miércoles, 28 de diciembre de 2016

La muerte de Andrés Rivera: un enorme escritor y su tragedia



El autor de "La revolución es un sueño eterno" murió a los 88 años.

Como en pocos escritores, algunos datos biográficos de Andrés Rivera son indispensables para entenderlo: nació de madre ucraniana y padre polaco, judío y comunista, perseguido por ambas cosas. Marcos Ribak (tal su nombre de nacimiento) respiró su primer aire en 1928, en la porteña Villa Crespo. Como su padre, ingresó prontamente en el Partido Comunista y fue, también él, obrero textil durante seis años (entre sus 20 y 26 de edad) en una fábrica en Villa Lynch. En 1993, en una entrevista con Guillermo Saavedra, diría que del trabajo fabril aprendió dos recursos estilísticos presentes en toda su literatura: la economía de palabras y de movimientos.
Su primera novela es de 1956, El precio, seguida de otra, Los que no mueren. En los años siguientes publicó tres libros de cuentos: Sol de sábado, Cita y El yugo y la marcha. Hasta El yugo y la marcha (1968) sigue la línea que el estalinismo le imponía a toda producción artística: el “realismo socialista” (no era realista y mucho menos socialista). Ambientadas en el mundo fabril, aquellas obras describen las huelgas y las luchas de los trabajadores con un optimismo sin fisuras, en medio de un avance lineal hacia la revolución. La representatividad de los personajes está dada sólo por la realidad social, por su lugar en las relaciones de producción.
Sin embargo, en 1964 se había producido un hecho clave para toda su evolución posterior: fue expulsado del Partido Comunista por sus observaciones críticas a las posiciones del PC en materia de política y de arte. Es muy notable en Rivera la influencia determinante de sus posturas políticas en su obra literaria.
En 1972 publicó Ajuste de cuentas, y sobrevino luego un silencio de una década. Se trataba, en verdad, de un ajuste de cuentas con su propia literatura, de un punto de inflexión que depararía un giro radical en su escritura. Cuando en 1982 vio la luz Nada que perder había transcurrido la dictadura militar, la casi clandestinidad, la oscuridad silenciosa. Su novela El verdugo en el umbral, escrita en 1975, no se publicó hasta 1994, reescrita casi por completo. Es sintomática en la producción del Rivera pos-dictadura la reescritura, la reelaboración y el entrecruzamiento de personajes de distintas obras. Esos personajes, ahora, adquieren dimensión existencial propia, individual, aunque persiste lo colectivo, el contexto social en el que se desenvuelven.
En este “nuevo” Rivera, el poder ya no es un monstruo compacto, sin fisuras, un simple andamiaje económico. Siniestro, umbrío, ahora el poder es también azaroso, cambiante, muchas veces imprevisible. El determinismo económico da paso a la política y la política es, ante todo, relaciones de fuerza entre individuos y grupos. La lucha de clases queda, en buena parte, diluida en esas relaciones.
Por la obra de Rivera desfila la historia y tiene en ese punto dos obras monumentales: El amigo de Baudelaire (1991) y La sierva (1992). También En esta dulce tierra, que empieza a transcurrir en 1835, durante el segundo gobierno de Rosas; y La revolución es un sueño eterno, con la lucha entre jacobinos y conservadores en Mayo, según la visión del escritor sobre aquel episodio histórico. No se trata de novelas históricas sino de personajes que viven en una determinada época, pero el lector ve pasar por las páginas de Rivera las invasiones inglesas, Artigas, la guerra española, el gobierno del general Justo, el surgimiento del fascismo italiano, el movimiento sindical argentino de comienzos del siglo XX y hasta la invasión a Ucrania por Simón Pletiura, y Rosa Luxemburgo, el alza revolucionaria en la América latina de los años 60, Perón y el peronismo. En todos esos procesos, Rivera sugiere su propio desánimo, su decepción, las luchas enormes y la inevitabilidad de la derrota, como si el estalinismo hubiera roto las ilusiones del artista hasta que le fue imposible reconstruirlas. Así, incluso desde el punto de vista estilístico Rivera se replegó en la brevedad del cuento y la nouvelle.
Fue la tragedia, política y artística, de un enorme e imprescindible escritor argentino.

Alejandro Guerrero

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