sábado, 22 de abril de 2017

Jornada laboral y desocupación según Marx



¿Por qué solo la reducción de la jornada laboral y el reparto de las horas de trabajo pueden poner fin a la precarización laboral?

En una Argentina con 34 % de empleo en negro y las más variadas formas de precarización laboral, la idea de disminuir la jornada de trabajo a 6 horas diarias podría parecer una utopía. Sin embargo, hace más de 150 años, K. Marx ponía de manifiesto la estrecha relación que existe entre el ejército industrial de reserva, las condiciones de trabajo para los ocupados, y los movimientos generales del salario.

Sobrepoblación relativa y jornada laboral

Una de las leyes fundamentales de la acumulación capitalista es la tendencia al desplazamiento de mano de obra por maquinarias y medios de producción, lo que Marx denominaba el “aumento de la composición orgánica del capital”. Es decir, el aumento en la proporción de la inversión en capital fijo (maquinarias, insumos, etc.) en relación a la inversión en capital variable (salarios).
Esto ocurre a medida que avanza el desarrollo de la tecnología aplicada a la producción de mercancías, porque cada vez se produce más riqueza con menos trabajo.
Al mismo tiempo el capital se concentra. Las empresas que no logran reducir el tiempo de trabajo socialmente necesario para producir sus mercancías son desplazadas por la competencia, y los adelantos de capital necesarios para ingresar y sobrevivir al mercado se vuelven cada vez más grandes.
A medida que se desarrollan las fuerzas productivas y aumenta la productividad del trabajo se va produciendo un desplazamiento de la mano de obra del campo a la ciudad, y de la industria hacia el sector servicios.
«Hasta donde se han desarrollado las fuerzas productivas de una nación lo indica del modo más palpable el grado hasta el cual se ha desarrollado en ella la división del trabajo. (...) La división del trabajo dentro de una nación se traduce, ante todo, en la separación de la ciudad y el campo y en la contradicción de los intereses entre una y otro. Su desarrollo ulterior conduce a la separación del trabajo comercial del industrial (K. Marx y F. Engels, La ideología Alemana).»
El capital crea el paisaje urbano a su imagen y semejanza. Las industrias son expulsadas del centro hacia los márgenes de las grandes ciudades, que ahora condensan la actividad comercial, administrativa, y financiera.
En la actualidad el sector servicios emplea a la absoluta mayoría de la población asalariada. Entre 1960 y 2015, el empleo agrícola en Argentina pasó del 16% al 6% de la población económicamente activa (PEA). En el mismo período, el empleo en la industria manufacturera va a pasar del 27% al 11% de la PEA. El desplazamiento es claramente hacia el sector servicios que, en 2015, concentra el 55% de la PEA . Dentro de este último sector, el comercio es la actividad con mayor peso relativo (34% del sector servicios y 16% del empleo total).
La productividad por obrero ocupado en la industria manufacturera, a pesar de ser Argentina un país relativamente atrasado, aumentó a tal punto que tan solo una empresa como Molinos Río de la Plata, con 5000 empleados, producen un cuarto de la “canasta de almuerzos y cenas” de la población nacional. La fábrica de calzados Alpargatas llegó a producir 7 millones de pares de zapatillas por año con 4000 empleados. En 2014 la fábrica de electrodomésticos Siam producía casi 100 mil heladeras por año con 350 trabajadores. En el sector agroindustrial la productividad es tal que ubica a la argentina en el octavo productor de alimentos según la FAO.
Pero la acumulación capitalista ampliada no solamente provoca este desplazamiento en la distribución del trabajo social. Además
«produce de manera constante, y precisamente en proporción a su energía y a su volumen, una población obrera relativamente excedentaria, esto es, excesiva para las necesidades medias de valorización del capital y por tanto superflua (…) esta sobrepoblación se convierte, a su vez, en palanca de la acumulación capitalista, e incluso en condición de existencia del modo capitalista de producción. Constituye un ejército industrial de reserva a disposición del capital… (El Capital, p.786).»
Esta sobrepoblación obrera relativa existe de múltiples maneras. Todo obrero la integra durante el período que está semiocupado o desocupado por completo. Marx se refiere a la sobrepoblación “estancada” como aquella parte de la población obrera cuya ocupación es absolutamente irregular, “sus condiciones de vida descienden por debajo del nivel medio normal de la clase obrera (…) el máximo tiempo de trabajo y el mínimo de salario la caracterizan” (ídem).
A fines de 2016 la población demandante de empleo (desempleados y subocupados) era nada menos que el 22,2% de la PEA, es decir, casi 4,5 millones de personas.
Pero las estadísticas oficiales miden el desempleo como aquella parte de la población que busca trabajo activamente y deja afuera a esa parte de la población desocupada que necesita pero ya no busca porque no encuentra. Este sector pasa a formar parte de la Población Económicamente Inactiva (PEI), junto a los jubilados y los niños menores de 14 años.
En Argentina la PEI en edad de trabajar está conformada por casi 7 millones de personas. Claro que no todos los inactivos estarían dispuestos a trabajar, pero aún si la parte que sí lo estuviera fuera un cuarto del total, estamos hablando de más de 1,5 millones de personas.
Entre los subocupados, desocupados, y desalentados, tendríamos una sobrepoblación obrera relativa de 6 millones de personas aproximadamente. Es decir, un sobrepoblación relativa equivalente al 35% de la masa de trabajadores ocupados.
Uno de los rasgos más notables en la evolución histórica del desempleo en nuestro país es que a pesar de haber disminuido significativamente desde 2001, luego de 10 años de crecimiento a tasas record, no logró perforar el piso del 7%. El desempleo promedio entre 1983 y 1989 fue de 5,8%, el promedio en los 90 subió al 12,3%. En 2002 comienza la recuperación de la larga depresión (98-01) y recién en 2006 el desempleo perfora el piso del 10% pero desde entonces nunca logró descender hasta los promedios de la turbulenta década del 80.
Por el lado del empleo en negro, parece haber un lento increcendo en los últimos treinta años, que en cada década alcanza un pico más alto para descender a un piso superior al de la década anterior. Entre 1985 y 1989 se mueve en un rango del 26% al 32,5%, entre 1990 y 1999 se eleva a un rango del 28 al 36,5%, y entre 2000 y 2014, llega a un pico del 47% en el punto más alto de la crisis, para descender al 33% luego de casi diez años de crecimiento a “tasas chinas”.
Paralelamente al deterioro de las condiciones de trabajo, se va a ir consolidando una alta proporción de trabajadores sobreocupados (con jornadas de más de 45 horas semanales) que se ubica en la actualidad en un 28% de la PEA, es decir, casi 6 millones de trabajadores, pero que llegó a alcanzar casi el 40% de la PEA en el punto más alto de la recuperación económica de la década pasada.

Desocupación y salarios

La sobrepoblación relativa no sólo ejerce su presión sobre la extensión e intensidad de la jornada laboral de la porción ocupada de la clase obrera sino también sobre el nivel general de los salarios. Según Marx, “los movimientos generales del salario están regulado exclusivamente por la expansión y contracción del ejército industrial de reserva, las cuales se rigen, a su vez por la alternación de períodos que se opera en el ciclo industrial” (ídem).
Si observamos la evolución del salario real en Argentina, en los últimos treinta años, esta tiene una curva con forma de “escalera descendente”, tras las dos crisis más importantes (1989, 2001) la recuperación del salario real no llega a compensar la caída inmediatamente anterior. En 2003 comienza una fase de crecimiento económico y recuperación del salario que llega a un pico en 2013 que ubica el salario real en niveles similares al de 1994, pero casi 30 puntos por debajo del salario real de 1984. Pero incluso este movimiento descendente de los salarios reales se da en simultáneo con un notable aumento de la productividad por hora trabajada del 40%, entre 1990 y 2016. Es decir que los aumentos de la productividad, lejos de reflejarse en aumento de salarios, fueron embolsados completamente por el capital.
En la actualidad, para la mayoría de los trabajadores, el salario ni siquiera alcanza para cubrir las necesidades más elementales. En el tercer trimestre de 2016 el 50% de la población tenía un ingreso inferior a los 8000 pesos mensuales, cuando la canasta familiar superaba los 20.000 pesos.
Por lo tanto, no puede existir solución al problema del empleo informal y la precarización laboral en todas sus formas si no con la liquidación del ejército industrial de reserva masivo del que dispone la clase capitalista. La reducción de la jornada laboral y el reparto de las horas de trabajo apuntan en ese sentido, pero solo se podrán conquistar y defender en batalla abierta contra la clase propietaria de los medios de producción.
La tecnología aplicada a los procesos de producción ha avanzado a tal punto que, bajo una organización racional de la producción, con un mínimo de trabajo social se podrían garantizar el bienestar de toda la población. Con la automatización de los procesos productivos la jornada de trabajo podría incluso reducirse aún más y el ser humano podría liberar todo su potencial creativo.
Pero los avances de la tecnología se ciernen también como una temible amenaza para los trabajadores. Para acabar con el despotismo del capital hay que expropiar a una minoría de grandes capitalistas y terratenientes y poner los recursos productivos y creativos de la sociedad al servicio de la inmensa mayoría.

Emiliano Trodler

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