miércoles, 8 de marzo de 2017

El desbande del acto de la CGT y sus implicancias.

Otro clavo en el cajón

El acto de la CGT culminó en una desbandada sin precedentes.

La tentativa de la burocracia de contener la bronca y la profunda tendencia a la lucha contra el ajuste que recorre a los trabajadores con un acto frente al Ministerio de Producción –en alianza con una parte de las patronales afectadas por las importaciones y el tipo de cambio– y postergar el llamado a la huelga por enésima vez derivó en un fracaso político monumental.
Los triunviros creyeron que podrían renovar indefinidamente la promesa del paro nacional, pero cuando Héctor Daer, el último de los oradores, abandonó el escenario sin precisar la fecha del paro general, estalló una batahola, incluso entre grandes franjas de las delegaciones encuadradas en la movilización de la CGT. La burocracia sindical peronista sintió el mundo moverse bajo sus pies. Literalmente, sus líderes debieron huir despavoridos de la multitud.
En los quince meses que lleva el gobierno de Macri, hubo varios indicios de un proceso soterrado por la burocracia pero potencialmente enorme, desde la gran huelga estatal de febrero de 2016 contra los despidos hasta las ocupaciones de Banghó, Textil Neuquén y AGR-Clarín; pasando por decenas de combates fábrica por fábrica –desde Mascardi y Atanor hasta la General Motors, en Rosario– y la pueblada contra los despidos que conmovió a la localidad de Baradero durante el fin de semana. Pero la burocracia siguió adelante en piloto automático.
Veinticuatro horas antes de que el Titanic chocara con la punta del iceberg en las inmediaciones de Belgrano y Diagonal Sur, una multitud de docentes –casi cien mil movilizados en todo el país– increpó al triunviro Carlos Acuña, frente al Palacio Pizzurno, con el mismo reclamo: “paro, paro, paro, paro general”.
El pueblo argentino asiste hoy a una escena gloriosa, la de la burocracia sindical expuesta como la corporación putrefacta que es. En el largo proceso que derivó en el papelón de Daer, Schmid y Acuña de hoy se enlaza con la lucha por encarcelar a Pedraza por el crimen de Mariano y la conquista del Sutna a manos del clasismo; es decir con la demolición sistemática del edificio burocrático a manos de una nueva generación.

La burocracia salió golpeada de su propio acto, pero no fue la única.

El gobierno también sufre el golpe por el fracaso de un aliado fundamental. Basta recordar que la burocracia dejó pasar sin pena ni gloria 200 mil despidos; maniobró para conducir sin ninguna lucha el tema al parlamento y finalmente aceptó el veto de la “ley antidespidos” sin chistar. Su acuerdo también fue fundamental para la reforma de la ley de riesgos de trabajo, que pone en juego la salud y la vida de los trabajadores y es un gran negocio para las patronales. Y su colaboración fue clave para avanzar en la liquidación de los convenios, como ocurrió con los petroleros, con el personal marítimo y como se planea hacer pronto con los obreros automotrices.
Al cabo de una semana, el gobierno de Macri, embretado en sus propios fracasos, habrá enfrentado una huelga docente de proporciones, el reclamo obrero de paro general, la que probablemente sea un día internacional de lucha de las mujeres con pocos precedentes y se avecina un 24 de Marzo que le hará sentir el rigor de la movilización histórica del pueblo argentino contra la impunidad y sus agentes.
Por último, la oposición patronal que integra la “coalición del ajuste” encabezada por el gobierno de Macri y prestó su apoyo a la marcha –“sin politizar el reclamo”, eso sí– tampoco se la lleva de arriba. Empezando por Massa, que tiene a Daer y a Acuña entre sus huestes parlamentarias. La “Corriente Federal” K, enemiga declarada de las ocupaciones de fábrica cómo método de lucha, no ha salido a decir esta boca es mía.
Lo ocurrido en la tarde del martes es una postal de la Argentina. Es necesario desarrollar a fondo estas tendencias para liquidar el ajuste, recuperar los sindicatos y preparar el terreno para que el gobierno pase a manos de los trabajadores.

Jacyn

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