lunes, 20 de marzo de 2017

Perón, el Che y el derrumbe de Guatemala

En 1954, un grupo de refugiados en la Embajada argentina en Guatemala terminó preso en la cárcel de Villa Devoto. Esta es la historia nunca contada de esos hombres que compartieron su asilo con Ernesto Guevara, que aún no era el Che.

Después del estallido militar y del bombardeo de Plaza de Mayo, en junio de 1955, el gobierno de Perón agonizaba rápidamente y decidió poner en libertad a algunos centenares de presos políticos. Entre ellos estaban treinta y cinco hombres que, a la hora de la liberación, presentaron una inesperada dificultad: resultaba difícil disponer su libertad porque ninguno de ellos estaba oficialmente preso. Eran treinta y dos ciudadanos de Guatemala y tres de El Salvador. Habían llegado a la Argentina el año anterior, después de obtener asilo en la Embajada de nuestro país en Guatemala, donde un golpe organizado por la CIA había derribado al presidente, coronel Jacobo Arbenz. Todos habían compartido el refugio diplomático con un médico argentino de 27 años que, al despedirse de ellos, les dio cartas de recomendación para sus padres y amigos en Buenos Aires. A los asilados se los recuerda como los prisioneros secretos de Perón. Y al joven médico que trató de ayudarlos se lo conoce por un apodo que entonces aún no había recibido: el Che.En junio de 1954, la invasión del territorio de Guatemala por una fuerza armada irregular y el bombardeo de la capital conmovieron profundamente a América latina y tuvieron una inmediata repercusión en la Argentina. Perón no ocultó su disgusto por la descarada intervención norteamericana en Guatemala y dio instrucciones a la Cancillería para que la posición oficial se expresara en la OEA. México, Chile, Uruguay y la Argentina votaron contra la intervención en Guatemala.La evolución de la situación en ese país había interesado a Perón desde el primer momento, cuando el joven coronel Arbenz, rodeado de un grupo de militares revolucionarios, emprendió un decidido programa de reforma agraria y cambios políticos que desde la perspectiva peronista mostraban cierto parentesco con el justicialismo.A fin de recibir información confiable sobre lo que pasaba en Guatemala, Perón designó a Nicasio Sánchez Toranzo, ex radical con quien consultaba temas políticos, como embajador en Guatemala. Y casi de inmediato hizo nombrar a su hermano, el general José Antonio Sánchez Toranzo, como jefe del servicio de inteligencia del Ejército.La cuestión de Guatemala, sin embargo, no era sencilla. Arbenz había recibido el apoyo del Partido Guatemalteco del Trabajo (PGT), construido sobre los cuadros del Partido Comunista, y existía una campaña internacional de prensa destinada a alertar sobre el peligro de que los comunistas terminaran dominando a los inexpertos militares del coronel Arbenz.También complicaba la posición ante la invasión a Guatemala una doctrina argentina sobre el asilo territorial que en esos mismos momentos se había discutido en la X Conferencia Internacional de Caracas. La doctrina reforzaba el principio de no intervención y, en cuanto a los exiliados políticos, sostenía que debía limitarse su potencial actividad hostil hacia el gobierno que los había desterrado. En la conferencia, la delegación argentina se enfrentó con la de los Estados Unidos, aunque tomó como reaseguro denunciar también la intervención comunista en el hemisferio, sin mencionar el lugar. Los representantes argentinos, encabezados por el canciller Jerónimo Remorino, recibieron instrucciones de no atacar la política de los Estados Unidos en América latina sino el bradenismo, una fórmula que personalizaba el conflicto en el ex embajador de los Estados Unidos en Buenos Aires, Spruille Braden, archienemigo de Perón, aunque siempre resultó funcional a los intereses políticos de éste. Y Braden estaba, precisamente, invitando al derrocamiento del gobierno de Guatemala.Por eso, el día que finalmente entraron en la capital de Guatemala los hombres armados por la CIA, el embajador Sánchez Toranzo recibió de Buenos Aires un mensaje cifrado, breve y dramático: Abra las puertas de la Embajada, decía.En las cuarenta y ocho horas siguientes unos trescientos hombres entraron en tropel en la sede diplomática argentina. Uno de ellos era el médico Ernesto Guevara, que sin embargo conservaría la privilegiada condición de invitado por el embajador Sánchez Toranzo. Y una treintena serían luego los incómodos prisioneros de la cárcel de Villa Devoto, a quienes un año más tarde se los puso en la calle sin ninguna explicación, exactamente igual que el día en que se los detuvo.Los trescientos refugiados de los primeros días se redujeron con el correr de las semanas hasta estabilizarse en menos de doscientos, que permanecieron esperando los salvoconductos para abandonar el país. El nuevo gobierno impuso la condición de que los asilados debían partir hacia el país cuya embajada los había recibido, aunque la mayoría prefería establecerse en México por la cercanía que habría entonces con sus familiares.Desde el primer momento el gobierno argentino había revelado preocupación por los refugiados en su Embajada; al principio se contaba medio centenar de oficiales jóvenes, pero éstos gradualmente fueron renunciando al asilo. Quienes permanecieron hasta que se los trasladó a nuestro país fueron los sindicalistas, algunos intelectuales jóvenes y líderes estudiantiles, muchos de ellos efectivamente comunistas. En las calles cazaban comunistas, a los que se sometía a juicios sumarios, y había fusilamientos públicos y clandestinos en distintos lugares.Perón siguió personalmente el caso de Guatemala y no fue un secreto que, en esos años, más de una vez temió que una fuerza organizada por exiliados argentinos intentara derrocarlo desde el exterior. Y también lo siguió porque la suerte de estos militares embarcados en una revolución social era, en cierto modo, una materia de su propiedad. Arbenz -escribió el historiador estadounidense Ronald M. Schneider- contó con un ejército que por lo menos fue neutral y que en la mayoría de los casos favoreció a su gobierno.Por fin, a mediados de setiembre de 1954, y al cabo de diez semanas de asilo en la hacinada Embajada, los refugiados recibieron la noticia de que serían transportados a Buenos Aires en aviones T-11 de la Fuerza Aérea Argentina. Apenas con lo puesto, ciento dieciocho hombres abandonaron la residencia diplomática. Casi ninguno tenía información sobre el país al que se dirigía, algunos conocían vagamente el nombre de Perón, pero todos estaban completamente convencidos de algo: seguían con vida gracias a la protección argentina.Esa línea tenue que separa la vida de la muerte y que no traspasaron cuando eligieron la Embajada como refugio, se les volvió a presentar ante los ojos a los pasajeros del segundo vuelo, que casi termina en catástrofe. Fue cuando el transporte de la Fuerza Aérea entró en emergencia sobre territorio argentino y, para aliviar la carga, la tripulación y los cuarenta pasajeros arrojaron al espacio los asientos primero y las mismas puertas después, seguidos por la máquina de escribir de Roberto Paz y Paz, veterano periodista de la Agencia de Prensa de Guatemala (APG). La accidentada llegada al país culminó con el aterrizaje en la base de la aeronáutica militar de Villa Mercedes, de San Luis, y desde allí se hizo un traslado improvisado hasta el viejo Hotel de Inmigrantes de Buenos Aires.Para la mayoría de los recién venidos se abrió una etapa de adaptación, búsqueda de trabajo y de relaciones. Varios de ellos echaron mano a las esquelas de presentación del médico argentino que habían conocido bajo el mismo techo de la Embajada. Ernesto Guevara, tal vez, esperaba más de su familia: en alguna carta desliza que no hubo de parte de ella tanta solidaridad con estos hermanos latinoamericanos que habían escapado a la muerte segura.Una parte de éstos, entretanto, enfrentaba ahora un nuevo drama: convocados a presentarse ante las autoridades fueron conducidos a la cárcel de Villa Devoto, donde permanecieron entre diez meses y un año, prácticamente hasta las mismas vísperas de la caída del gobierno peronista en setiembre de 1955.Los motivos del cambio de actitud hacia estos perseguidos no fueron conocidos durante su cautiverio, inexplicable, ya que no habían cometido delito alguno y, por el contrario, habían merecido primero el asilo diplomático y después el ingreso legal al país. Recién después de la caída de Perón pudo saberse que el secretario de Estado estadounidense, John Foster Dulles, había exigido al gobierno argentino una prueba de que no estaba protegiendo a comunistas ni favoreciendo su actividad.Dulles fue el hombre fuerte de Washington en los peores años de la Guerra Fría y concibió un plan truculento para los refugiados en las embajadas de la capital de Guatemala, el que consistía en otorgarles salvoconductos, pero únicamente si se los enviaba a Moscú sin escalas.También llegó a proponer al régimen militar derechista que asaltara las embajadas extranjeras, donde en total se alojaron setecientas personas, o bien que les iniciara acciones judiciales que, más o menos legalmente, impidieran su salida de Guatemala todo el tiempo que fuera posible. Fue bajo esta presión insoportable que el gobierno argentino convirtió en prisioneros secretos a quienes antes había acogido protectoramente, aunque el gesto no alcanzó para tranquilizar la ansiedad anticomunista de Foster Dulles, el látigo de Washington.

Rogelio García Lupo

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