domingo, 5 de julio de 2015

Perpetua para mujer quechua que no sabe hablar castellano

Su nombre es Reina Maraz, estuvo presa con su bebé durante tres años. La condenan por ser boliviana, pobre y mujer. No habla castellano, su lengua materna es el quechua y nadie le explicó en su idioma de qué la acusan. Reina es victima no solo de la violencia machista, sino de la violencia institucional del propio Estado y de su Justicia.

Reina Maraz es inmigrante boliviana, madre y pobre. La condenan a perpetua por haber asesinado a Limber Santos, su esposo en el 2010. La defensa insistió en que no hay pruebas y que la mujer esta en una situación de vunlerabilidad.
La detuvieron en 2010. Estaba embarazada y pasó siete meses en una comisaría. Después la trasladaron a la Unidad 33 de Los Hornos, en La Plata, donde nació su tercer hijo.
Pero tuvo que esperar tres años para que le explicaran su situación, ya que no entendia porque estaba detenida. En el 2013 alguien del Tribunal Oral Criminal Nº 1 le explicará la situación procesal en su lengua materna.
El fiscal exigió la perpetua ya que argumentó que el asesinato de Limber lo realizo Reina en conjunto con Tito Vilca – un acosado que murió en prisión- para robarle mil pesos que guardaba en un zapato. El delito que le imputan es “Robo agravado por convicción de despoblado y en banda” y “homicidio agravado por estar premeditado”. Además por utilizar “el toallón a modo de porra”, por eso la condena de perpetua.
La defensa de Reina pidió la absolución porque “no hay pruebas”. El vicecónsul de Bolivia relato que en un dialogo con Tito cuando estaba preso el hombre se autoincriminaba. La única prueba solida es el tesmtimonio del niño menor de Reina que cuando sucedió el caso tenia solo 6 años y su testimonio fue sin presencia de psicólogas, sin lenguaje simbolico y duro solo 20 minutos, al caer esa prueba no hay nada solido que demuestre la culpabilidad de Reina
Ella comienza su testimonio de esta forma: “Saludo con respeto a ustedes”, en un castellano precario en la primera audiencia del juicio. Cada tanto se detenía y la intérprete traducía: conoció a Límber en Avichuca, una comunidad kichwua cerca de Sucre, en Bolivia. “Éramos hermanos de la misma religión”, dijo.
“Cuando se emborrachaba me pegaba. En el campo no es fácil vivir, solo dios sabe lo que pasa ahí”, contó. Él fue el primero en venir a la Argentina. Vino en busca de trabajo y plata pero cuando volvió a Bolivia llegó “con 25 centavos en el bolso”. El hijo menor estaba enfermo y Reina cocinaba para una feria para mantenerse. “A él no le importaba”, relató.
Reina nunca quiso venir a la Argentina, pero él la obligó: “Se llevaba a mis guaguas, yo tuve que venir”. Llegaron en 2009. Primero vivieron en lo de la hermana de Limber. Ahí, la maltrataban todos: Limber, la hermana y el padre. Ella no entendía nada: ni cómo comunicarse ni cómo cocinar. “Nosotros allá cocinamos distinto”, contó. Después se mudaron a lo de un tío y, ahí, un día “Limber se volvió loco y me quería matar”. Rompió todo lo que encontró: vajilla, ropa, todo. “Yo igual lo quería a él”, dijo con la voz entrecortada. “Si hubiera conocido una comisaría, iba”, dijo.
Más tarde se mudaron a “los hornos de Chacho”, en Florencio Varela: ahí vivían en una pieza sin baño. Límber trabajaba en la fábrica de ladrillo. Tito era un amigo con el que iban a las bailantas de Liners y con quien Limber tenía una deuda. Ella no sabe de cuánto ni por qué. Sólo sabe que su marido y Tito desaparecían varios días, se iban de gira. Una madrugada Tito llegó sin Limber y le dijo a Reina: “Tu marido tiene una deuda conmigo”. Y la violó.
Límber volvió recién a las dos de la tarde. “¿Por qué me mandaste a Tito? ¿Por qué no me avisaste lo que pasaba?”, reclamó ella. La respuesta de él fue golpearla hasta que perdió el conocimiento. El último día que vio a su marido se habian levantado a las 4 de la mañana para preparar la plata que le llevaría Límber a su hermana. Ella lo ayudó a ponerla en el zapato. En plena oscuridad apareció Tito: “Devolveme mi dinero, tengo mi mujer y mi familia”, gritaba. Y se agarraron a las trompadas. La dejaron adentro de la casa: “pelearon entre ellos, entre hombres. Esa fue la última vez que vi a mi marido”. El cuerpo apareció enterrado a un metro de profundidad en el terreno donde vivían. Tito fue preso y murió antes del juicio.
El relato de Reina demuestra dos cosas, una la realidad de miles de mujeres que padecen la violencia bestial dentro de su hogares y las nulas herramientas por parte del Estado para salir la espiral del horror. Y segundo, la respuesta del Estado y la Justicia que re victimiza a la mujer en situación de violencia.
La justicia patriarcal que condena a una mujer analfabeta con todo el rigor de la ley, sacándole todas las garantías y protecciones al ser parte de un grupo social vulnerado como mujer e inmigrante, pobre y analfabeta. La realidad de Reina es la realidad de muchas mujeres y su condena es también una condena a cualquier mujer, ya que su único delitofue ese: ser mujer y pobre.

Adriana Paprika
Miembro del CeProDH

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