viernes, 3 de marzo de 2017

Macri y un discurso de “macrismo es más de lo mismo”

Una primera lectura del discurso del presidente en la apertura de sesiones del Congreso. Una arenga de campaña electoral, pobre en anuncios y con muchas estridencias.

“Locura es hacer la misma cosa una y otra vez esperando obtener diferentes resultados”, afirmó ingeniosamente Albert Einstein.

No podemos aseverar que el macrismo se esté volviendo loco, pero el discurso del presidente Mauricio Macri en la apertura de sesiones N° 135 del Congreso de la Nación, no dejó muchas novedades, aunque sí unas cuantas repeticiones con respecto al que ofreció el año pasado en este mismo escenario.
Aunque en distintas proporciones, los componentes fueron los mismos, sin que el orden de los factores altere el producto: antikirchnerismo de “herencia recibida” subido de tono y casi rabioso + cualunquismos de charla motivacional, combinados esta vez con una respuesta defensiva aunque difusa a los cuestionamientos por conflictos de intereses que estallan diariamente entre los funcionarios oficiales. Especialmente, el del Correo Argentino que involucra a su familia y apellido, a su mal nombre y honor e hizo que descendiera en diez puntos su imagen.
Inteligente de entrada, aunque derrapado al final, Macri comenzó agradeciendo el prolífico trabajo en común en el Congreso y especialmente a los peronismos varios (PJ, Frente Renovador y FpV) que votaron muchas de las leyes que garantizaron avanzar con el programa de Cambiemos.
En el discurso de apertura del año 2016, la primera media hora estuvo dedicada a la herencia recibida, en lo que habían llamado el sinceramiento sobre “el estado del Estado”. En aquel entonces, Macri prometió publicar los números y cifras que presuntamente demostraban el descalabro estatal. Si alguna vez se hizo, no tuvo significación política alguna, porque pese a la utilización del recurso, el vuelco político fundamental del último tiempo es que la gestión de Cambiemos y especialmente la economía están en el centro de la discusión pública y la “herencia recibida” es un limón -muy jugoso por cierto, legado por el kirchnerismo- pero ya demasiado exprimido.
La desvalorización del relato de la herencia quedó evidenciada en el mismo discurso de este miércoles: las referencias fueron más generales, con menos detalle pero con más furia. A menos contenido útil, más euforia y griterío lanzados a los cuatro vientos.
“Somos mejores de esta vida que estamos llevando; Argentina se está poniendo de pie; diálogo, comprensión, trabajo y entusiasmo; argentinos juntos en la tarea de cambiar el país”; fueron algunas de los lugares comunes PRO y hay unanimidad en las redes sociales para responsabilizar a la filosofía barata de Alejandro Rozitchner por estas, ejem… “ideas”.
Las cifras de las supuestas mejoras también fueron generales: un fantasmal pronóstico de inflación de 12 a 17 % para este año y una promesa de mejora de la economía, ya muy leve para 2017 y trasladada a 2018 e incluso 2019. Esperar el famoso crecimiento en la Argentina macrista es como esperar a Godot.
Dónde sí fue más preciso fue en los avances del mal llamado “campo”, en realidad la patronal y oligarquía agraria, con los números de aumento de ventas de cosechadoras y sembradores, que transparentaron el modelo de país de Macri: primarización y endeudamiento.
El balance de las medidas “populares” (aumento de AUH, jubilaciones, ayuda social o cambios en el impuesto a las ganancias aplicado sobre el salario) mezclaron iniciativas que ya habían anunciado el año pasado con otras que se notan tan poco por la dinámica inflacionaria que se olvidan rápidamente.
El gran problema de este combo, motivado más por la campaña electoral que por la realidad, es que la luna de miel terminó hace rato y pasó un año de evidente deterioro de las condiciones de vida de la población: inflación, tarifazos y miles de despidos.
En lo meramente táctico y de pequeña política, el discurso se mostró como un lanzamiento de campaña electoral, en una operación en espejo de lo que hacía el cristinismo en declive
Los presuntos avances en mediomabiente y lucha contra el narcotráfico, además de incomprobables, tienen un peso específico tendiente a cero en el contexto de la Argentina actual. Pueden desatar la sonrisita satisfecha del Rabino Sergio Bergman o de Patricia Bullrich por ser nombrados en el discurso presidencial, pero es difícil que logren desencadenar lo que se dice una pasión popular.
Dos momentos de soberana desubicación resaltaron en el discurso, además del desencaje final: uno cuando atacó a los docentes y especialmente al dirigente de Suteba y referente kirchnerista, Roberto Baradel, que recibió amenazas y a quien Macri le dijo “que no necesita que lo cuiden”; y el otro, cuando afirmó que “después una década de despilfarro y corrupción empezamos a normalizar el sector energético”, esto último desató un entusiasta aplauso de los legisladores de Cambiemos que en su afán de campaña electoral, estaban festejando los tarifazos que rechaza gran parte de la población, incluida una fracción de su base social. Un malestar agravado por estos días de calor agobiante y centenares de miles de usuarios afectados por los cortes de luz.
Sin ponerle nombre ni explicar el contenido, informó que en los próximos días emitirá dos decretos sobre juicios y contrataciones para la gestión de conflictos de intereses y pidió aprobar una ley de responsabilidad empresaria. Un misterio que amenaza con convertirse en una nueva declaración de intenciones, pero que demuestra que Macri acusó recibo del golpe que significó el cuestionamiento público por el carácter de un gobierno de los ricos que gobierna para los ricos en general y para los de sus familias en particular.
Sobre la anunciada reforma del régimen de responsabilidad penal juvenil, sólo hizo una vaga referencia. Es lógico, después de que las mesas de discusión convocadas por el Ministerio de Justicia de la Nación, se pronunciaran en contra por absoluta mayoría. En esta parte no pudo avanzar en robarle el discurso demagógico de populismo punitivista a Sergio Massa. No faltará oportunidad (ni oportunismo).
Los otros destacados dadores de gobernabilidad también tuvieron su momento en el discurso presidencial: Macri afirmó que “fortalecimos las obras sociales”, es decir, las arcas de los aparatos de la dirigencia sindical burocrática.
En lo meramente táctico y de pequeña política, el discurso se mostró como un lanzamiento de campaña electoral, en una operación en espejo de lo que hacía el cristinismo en declive: rabioso antikirchnerismo en un diálogo que tiende a reducirse a su núcleo duro, mientras los temas más acuciantes de las mayorías quedan afuera de la “posverdad” macrista.
“Basta de que nos regalen el presente para robarnos el futuro”, arengó agitado hacia el final, como si algún argentino dudara de que en el presente no le están regalando nada y que el futuro está más que complicado.
La furia final dejó en evidencia la situación paradojal que vive el macrismo: las mismas urgencias que dan configuración a su relato de polarización electoral futura, lo alejan de los acuciantes problemas de las mayorías populares en el presente. Pensando en mañana, fracasa hoy.

Fernando Rosso
@RossoFer

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