sábado, 22 de agosto de 2009

La detención del capitán Sosa


El fin de un secreto de la Armada

El represor fue arrestado en una inmobiliaria de Recoleta. Un hijo de desaparecidos, que le había comprado el departamento sin saber quién era, aportó los datos para ubicarlo. Su paradero fue durante años un secreto. Está acusado de 16 asesinatos y tres intentos de homicidio por la masacre de Trelew.

Por Diego Martínez

Según las crónicas periodísticas de los últimos veinte años el paradero del capitán de fragata retirado Luis Emilio Sosa era uno de los secretos mejor guardados por la Armada Argentina. Sin embargo, apenas cuatro días después de que la Justicia federal librara su orden de detención, agentes de la Brigada de Drogas Peligrosas de la policía de Chubut detuvieron al marino de 73 años en una inmobiliaria de la Recoleta. Un hijo de desaparecidos que dos años atrás le compró un departamento, sin saber que el anciano era el célebre marino acusado de masacrar a 16 presos políticos en la Base Almirante Zar de Trelew, insultó de bronca cuando lo supo y aportó un dato clave para dar con el represor. Mañana será trasladado a Rawson y el jueves será indagado por el juez Hugo Sastre
Fueron necesarios treinta y cinco años, cinco meses y veinte días para que la Justicia argentina diera con uno de los dos principales acusados por la masacre de Trelew. Los policías chubutenses, que por su especialización en narcotráfico se movilizan de civil, se presentaron a las 14.57 en un domicilio de Austria al 2000, el último registrado a nombre de la esposa de Sosa. Los atendió un hombre joven.
–No, no vive acá. Le compré el departamento hace dos años.
–¿Sabe cómo encontrarlo? –preguntaron los policías.
–No, no lo vi más, no tengo ninguna relación –hizo un silencio y tanta pregunta le generó curiosidad–. ¿Por qué lo buscan?
–Está acusado por la masacre de Trelew –le explicaron los agentes.
El muchacho se sobresaltó con la noticia.
–¡Hijo de puta! –gritó. Luego explicó que sus padres eran desaparecidos, confesó que quería ayudar y pidió “un par de horas para ver si se me ocurre alguna punta”. Revolvió papeles viejos hasta dar con la dirección de la inmobiliaria donde compró la propiedad: “Acher Salomón”, en Pueyrredón 1317, piso 3, departamento C, barrio de Recoleta.
El propio dueño recibió a los policías. No hizo falta demasiada explicación. “Es mi amigo. Su esposa trabaja acá. Los está esperando”, resumió. Levantó el teléfono y le informó al marino sobre la visita anunciada. Minutos después llegó Sosa, solo. Se entregó manso a su destino inexorable.
Por sus 73 años, el cáncer que padece y el antecedente Febres, que obligó a replantearse los criterios de seguridad a varios magistrados, Sosa quedó alojado en el edificio Centinela de Gendarmería Nacional. Hoy a las 9.30 será trasladado a Rawson en el mismo avión de la provincia que a primera hora traerá al gobernador Mario Das Neves. Mañana prestará declaración indagatoria ante el juez Sastre.
“No fue sencillo ubicarlo, todo lo contrario”, resumió el secretario del juzgado federal, Mariano Miquelarena.
“Deseaba fervientemente poder saber algo antes de morirme pero no pensaba que se fuera a concretar”, confesó emocionada Soledad Capello, la madre de Eduardo (militante del PRT-ERP), de 86 años. Durante años junto con su marido la mujer viajó 1400 kilómetros cada semana para visitar a su hijo preso en Rawson. Para ayudarlo a combatir el frío le tejía pullóveres y medias que Eduardo repartía entre sus compañeros. “Acabo de brindar. Es un placer fuera de los límites”, describió Capello, querellante con el patrocinio del Centro de Estudios Legales y Sociales.
“Recibimos la noticia con muchísima alegría, porque es una deuda histórica y un avance enorme en la lucha contra la impunidad”, consideró Luis Eduardo Duhalde, titular de la Secretaría de Derechos Humanos y uno de los abogados que viajó a Trelew después de la fuga del penal de Rawson para exigirle al gobierno de Alejandro Lanusse garantías sobre la vida de los presos capturados. “La masacre de Trelew tiene un carácter emblemático por ser el antecedente más notorio de la aplicación del terrorismo de Estado aplicado durante la dictadura.”
La Secretaría de Derechos Humanos pidió la detención de Sosa & Cía. el 22 de agosto pasado, al cumplirse 35 años de la masacre. “El juez me dijo en ese momento que era ‘un poco prematuro’ pero que lo tendría presente cuando la causa avanzara”, contó Duhalde, quien sabía que Sosa cobraba su retiro como oficial retirado de la Armada y que Panamá le denegó un pedido de radicación el 16 de mayo pasado.
Cuando Sosa despegue rumbo a Rawson, el juez Hugo Sastre les recibirá declaración indagatoria a los dos primeros detenidos: el capitán de navío (R.) Rubén Norberto Paccagnini, jefe de la base Zar que sugestivamente pidió licencia el día anterior a la masacre, y el capitán de fragata (R.) Emilio Jorge del Real, que está acusado de haber estado presente durante los fusilamientos. Ambos nombraron como defensores a dos penalistas chubutenses: Fabián Gabalachis y Gustavo Latorre.
El cabo primero Carlos Amadero Marandino tenía previsto retornar al país desde Estados Unidos esta semana. Habrá que ver si la orden de captura librada el viernes lo hizo cambiar de planes. “Del que menos datos tenemos es del teniente Bravo”, admitió Maquilarena. Carlos Guillermo Bravo, el otro “gran secreto” de la Armada Argentina, es el segundo protagonista estelar de la masacre. Tal vez en los próximos días caiga otro mito.

“Lo único que pudimos hacer fue gritar y golpear los platos”

En 1972 Celedonio Carrizo tenía 21 años, militaba en las FAR y estaba preso en Rawson. Cuenta cómo se vivió, dentro de la cárcel, la fuga de los seis dirigentes, la captura de los 19 detenidos y la noticia de los fusilamientos.

Por Julián Bruschtein

La noticia de la captura del capitán de fragata retirado Emilio Sosa, sindicado como uno de los autores materiales de la masacre de Trelew, sacudió a los ex presos políticos. Celedonio Carrizo tenía 21 años y formaba parte del grupo que no pudo salir del penal de Rawson durante la fuga y mantuvo tomada la cárcel hasta el día siguiente. Nacido en Jujuy, trabajaba de changarín en los Altos Hornos Zapla cuando se integró a la Juventud Revolucionaria Peronista de mediados de los ’60. Su militancia desembocó en las Fuerzas Armadas Revolucionarias (FAR), que más tarde se fusionarían con Montoneros, pero fue en ese período cuando participó de la toma del penal y la posterior fuga.
El 15 de agosto de 1972 escaparon del penal de Rawson y lograron subirse a un avión seis dirigentes de las organizaciones FAR, ERP y Montoneros. Otros diecinueve presos pudieron llegar hasta el aeropuerto, pero no consiguieron abordar un avión y fueron capturados. Serían fusilados una semana después en la base aeronaval Almirante Zar. Tres de ellos sobrevivieron, pero fueron secuestrados y desaparecidos durante la última dictadura. Dentro de la cárcel, más de cien presos políticos que no pudieron plegarse a la fuga siguieron los acontecimientos.
–¿Cómo se vivieron dentro del penal los momentos posteriores a la fuga de los primeros grupos?
–Yo estaba en el grupo 4, y cuando vimos que no llegaban los vehículos que faltaban nos replegamos. Después de la fuga los compañeros que quedamos adentro aguantamos toda la noche hasta las ocho de la mañana, con las armas y los rehenes, pidiendo por la integridad física de nuestros compañeros. No estábamos dispuestos a entregar nada hasta que nos garantizaran la seguridad de la integridad física de los que habían podido salir. A la mañana escuchamos por la radio que ya habían negociado y les habían dado todas las garantías, entregamos todo y a partir de ahí quedamos incomunicados.
–¿Y cómo les llegó la noticia del fusilamiento?
–Estábamos todos en celdas individuales absolutamente aislados y nos llevaban al baño de a uno. Nos comunicábamos a través de las mirillas y algunos compañeros se habían ido enterando a través de los presos comunes. Pero la confirmación nos llegó porque había un compañero que había podido encanutarse una radio pequeña, por donde nos enterábamos a escondidas de las noticias.
–¿Y cuál fue su reacción?
–Cuando este compañero escuchó que daban a conocer la noticia empezó a gritar “¡los mataron, los mataron!!”, y todos nos pusimos a gritar con desesperación. A partir de ahí nos mandaron la requisa y nos sacaron todo lo que teníamos, así que perdimos la radio. Lo único que pudimos hacer fue gritar y golpear los platos y los jarros que teníamos contra los barrotes. También fue emocionante cómo en medio de esa tristeza y ese dolor se podía escuchar cómo el pueblo de Rawson se solidarizaba, porque de afuera venía un sonido de caceroleo impresionante, y esto es muy importante de destacar.
–¿Se volvió a ver con los otros presos sobrevivientes?
–Sí. El año pasado estuvimos una gran cantidad de compañeros en Trelew, en el aniversario de la fuga y la masacre, y nos reencontramos con algunos que hacía años no veía. Pudimos entrar a la cárcel, en el penal de Rawson. Anteriormente yo había podido entrar a la base aeronaval con una comisión de la Secretaría de Derechos Humanos de la Nación, y estuvimos donde fusilaron a los compañeros. Es realmente escalofriante, cambiaron todo adentro de la base, está todo remodelado, pero el espacio está y hay muchas cosas que siguen estando.
–Se dijo que el paradero de Sosa era el secreto mejor guardado de la Armada. ¿Le parece que era así?
–Que no queden dudas de que la Armada tiene secretos más graves y mucho mejor guardados que este. Pero sin duda que esto es algo que siempre esperamos y ya pensábamos que no se iba a lograr.
–¿Cómo tomó la detención de Sosa casi 35 años después de los fusilamientos?
–Bueno, como todas las cosas que están sucediendo en el país: tarde, pero es bueno que sucedan. Bienvenido sea todo lo que tenga que ver con recuperar la memoria y que se haga justicia. Todo estos logros caen bien, pero siempre se sigue juzgando al brazo ejecutor y no se llega a los autores intelectuales, que son los grupos económicos. Jamás se los toca y siguen estando presentes. La justicia llega y debe ser así. Aunque sea tarde tenía que llegar. Este es uno de los hechos más viejos que hay dentro de lo que es nuestra historia (los ’70) y ver que los culpables de la masacre empiezan a aparecer e ir a la cárcel es algo que realmente vale la pena. Aunque sea para que quede en la memoria de la gente.

El capitán que no tenía honor

Por D. M.

Apenas frustrada la fuga del penal de Rawson, frente a un juez y decenas de testigos, el capitán de corbeta Luis Emilio Sosa dio su “palabra de honor” ante los guerrilleros sitiados en el aeropuerto de Trelew. Volverán al penal, prometió. A mitad de camino el colectivo se detuvo. Cuando arrancó hacia la base Almirante Zar, el honor de Sosa se hizo añicos. Una semana después, junto con el teniente de navío Roberto Guillermo Bravo, pasó a la historia por encabezar el fusilamiento que el gobierno de Alejandro Lanusse publicitó como un enfrentamiento con 16 muertos y tres moribundos de un lado y ningún rasguño del otro.
Luis Emilio Sosa nació el 18 de enero de 1935. Tenía 20 años cuando la Armada bombardeó Plaza de Mayo y 21 cuando egresó del Comando de Infantería de Marina. El 15 de agosto de 1972 encabezó al grupo de marinos que sitió a los 19 guerrilleros de tres organizaciones armadas que no alcanzaron el avión para concretar la huida. Cuando Mariano Pujadas pidió que un médico constatara la salud del grupo, porque “tenemos experiencia sobre la forma en que hemos sido torturados”, Sosa simuló asombro:
–¡No lo voy a permitir! –reaccionó.
–No estoy diciendo que usted sea un torturador. Pero, le repito, tenemos experiencia. En otras oportunidades la policía nos aseguró que no seríamos torturados y sin embargo hemos sufrido torturas.
Luego un médico revisó a los militantes y Sosa dijo garantizar el traslado al penal. Poco después el mundo supo del valor de su palabra.
El segundo hito de su carrera se concretó una semana después. Según su propia versión (ver la revista Marcha, 8-9-72), Pujadas le dio un golpe de karate que lo tiró al suelo, le quitó el arma pero con pésima puntería: no hirió a nadie. Sosa logró zafarse y ordenó reprimir a los guardias atónitos. Pese al riesgo de herirlo vaciaron sus cargadores hasta matar a 16 guerrilleros y dejar moribundos a otros tres. En medio de la balacera, ni de refilón Sosa recibió un tiro. Luego los tres sobrevivientes contaron la historia real: los hicieron formar en dos filas, al costado de los calabozos y los fusilaron a mansalva con ráfagas de ametralladora.
El 30 de abril de 1973 el general Lanusse envió al capitán Sosa a Estados Unidos, becado y con sobresueldo, para instruirse junto a los infantes de marina norteamericanos. En 1974 su abogado, Jorge Carlos Ibarborde, informó como domicilio de sus defendidos Sosa y Bravo la Agregaduría Naval Argentina en Estados Unidos, en el 1816 de Corcoran Street, en Washington. “Los paraderos de Sosa y Bravo son de los secretos más celosamente guardados por la Marina hasta hoy”, publicó el diario Noticias ya en agosto de 1974.
Desde entonces circularon infinidad de versiones sobre su paradero: en Estados Unidos con identidad falsa, en Centroamérica, visto en Buenos Aires durante la guerra de Malvinas, agregado militar en la embajada argentina en Honduras, anclado en Puerto Belgrano, gozando de una vejez silenciosa y, por qué no, muerto. Sus destinos durante la última dictadura también son un misterio. Una versión indica que el jefe de la ESMA Jorge Acosta lo expuso ante un grupo de cautivos como ejemplo entre los precursores de la aplicación de “métodos antisubversivos”. Se retiró como capitán de fragata en marzo de 1981. Ningún juez, hasta el viernes, había ordenado su detención. Ayer pasó su primera noche en prisión.


El símbolo de una época

Por Luis Bruschtein

“Fue un intento de fuga”, explicó el general Alejandro Agustín Lanusse, presidente de facto en ese momento. No hubo más explicaciones ni investigación. La poca legitimidad que le quedaba al gobierno militar se caía a pedazos ante el evidente fusilamiento de presos indefensos. En la sociedad el impacto fue tremendo. Pocos días antes, los presos fusilados habían aparecido en todos los televisores del país, no eran desconocidos, habían hablado de propuestas políticas, se habían humanizado frente a una sociedad para la que, de otra manera, hubieran sido seres anónimos en la lista de demonizados. Además se habían entregado, se les había prometido que su integridad y sus vidas serían respetados. Fue la única condición que habían puesto para rendirse. Todo eso delante de las cámaras, conversaciones, historias, que después habían sido multiplicadas por los medios gráficos. Si se habían rendido estando armados era ridículo pensar que intentaran fugarse sin armas y siendo prisioneros en una cárcel militar. Estaban en el centro de atención y del interés mediático cuando fueron fusilados. Y encima, habían sobrevivido tres de ellos que, apenas pudieron, contaron que habían sido masacrados por el pelotón al mando del capitán Luis Sosa.
Los fusilados de Trelew se convirtieron en símbolos de las luchas populares, incluso para los que no coincidían con las organizaciones armadas. Y el capitán Sosa pasó a tener un lugar destacado en la lista de los oscuros, de los odiados, había dado su palabra a los prisioneros de que respetaría sus vidas y los fusiló indefensos dentro de sus celdas. Los fusilamientos de Trelew prenunciaban el tipo de represión que sobrevendría con el golpe del ‘76 y Sosa era el referente de esa modalidad inminente.
Pero Sosa se esfumó. Tras los fusilamientos se perdió en la oscuridad. En el ’73, ya con los gobiernos elegidos democráticamente, se hizo poco y nada para buscarlo y lo que se hizo no logró ningún resultado. Hubo investigaciones periodísticas, pero sólo sirvieron para construir versiones: protegido por la Armada –se decía–, Sosa había escapado a los Estados Unidos, donde viviría con otra identidad y nunca más regresaría al país. Poco a poco, mientras el 22 de agosto, el día de los fusilamientos, se convertía año a año en una fecha de movilizaciones, Sosa se fue perdiendo en el olvido. Hasta que ya nadie preguntó por él y se llegó a decir que había muerto. Fue la última versión. Quedó en esa nebulosa que lo congeló como un símbolo del terrorismo de Estado. La generación que en esos años salía de la adolescencia fue marcada a fuego por los fusilamientos, fue su forma de despertar en la política.
Sosa fue opacado más tarde por las proezas de la dictadura de Videla, Massera y Agosti, pero nadie le quita el demérito de haber sido uno de los adelantados. Es difícil compaginar al hombre que llevaba una vida normal aquí en la Capital con el fusilador que tanto impactó en una generación de nuevos militantes cuyos pocos sobrevivientes hoy están pasando los 50 años.
Aunque hayan pasado treinta años, su captura y juzgamiento serán una forma de arrancar las huellas del terrorismo de Estado de las consecuencias del poder absoluto de las dictaduras militares en la historia de este país.

Página/12, 12/02/08

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