sábado, 5 de abril de 2014

Mujeres en Guerra de Malvinas

Tras su manto de neblinas, no las hemos de olvidar

Poco se sabe de las historias de los combatientes de Malvinas, pero aún menos se conoce sobre las mujeres que fueron a la Guerra. Mujeres no fueron solo las que esperaron a los soldados, sino que existieron las que -comprometidas con la lucha por la soberanía argentina- fueron convocadas por las Fuerzas Armadas para combatir.
Más de veinte mujeres: comisarios de abordo, enfermeras, instrumentistas quirúrgicas y radioperadoras de los barcos mercantes de la Empresa de Líneas Marítimas Argentina (ELMA), del Comando de Transporte Navales de la Armada Argentina (ARA), cadetas de la Escuela Nacional de Náutica (ESNN) y dotación de los hospitales militares Central y Campo de Mayo (HMC), participaron en operaciones de inteligencia en torno a la isla Ascensión. O sencillamente en buques que buscaron y detectaron a la flota británica en medio del Atlántico u otras, a bordo de los barcos que trasladaban pertrechos entre las localidades de la Patagonia y las Islas Malvinas o que formaban parte del grupo de profesionales de la salud embarcadas en el Buque Hospital Rompehielos ARA “Almirante Irizar.”

Alicia

Hace 32 años cuando comenzó la guerra de Malvinas, Alicia Reynoso era enfermera profesional de la Fuerza Aérea. Estaba en su casa de Buenos Aires cuando el portero del edificio subió para avisarle que la buscaba la policía. Tenía que presentarse en el hospital. Pensó que se trataría de una evacuación aeromédica de las que hacía frecuentemente, pero cuando llegó le informaron que se iba a la guerra, de inmediato.
Alicia tenía 23 de años y no sabía ni dónde quedaban las Malvinas. En el apuro, sólo alcanzó a dictarle a una amiga una carta para su familia.
La madrugada del 03 de abril llegó al Palomar. Fue allí, en medio de tantas armas, soldados, llantos, euforia y gritos de “viva la patria” donde empezó a entender que iba a la guerra.
Todo sucedió muy rápido. Junto a ella, otras cuatro mujeres (Gladys Maluendez, María Masitto Anan, Gisella Bassler y Stella Maris Morales) subieron a un avión lleno de soldados que les decían de todo. En esos tiempos dictatoriales las mujeres no tenían permitido ser parte de las fuerzas armadas. De hecho, lidiaban con vestimenta pesada, grande y muy incómoda, pensada para que la usen solamente los hombres.
La tristeza que jamás va a olvidar es cuando le dijeron que la guerra había acabado. De la noche a la mañana, del mismo modo en que había llegado al sur, Alicia debió irse.
Los años que siguieron fueron de ‘desmalvinización’. Ese fue el dolor más grande: el abandono por parte del Estado y de la Fuerza Aérea. La destinaron a la escuela de aviación de Córdoba para realizar el curso de oficial. No le dieron una licencia, ni le permitieron ver a su familia, ni le brindaron la más mínima contención o asistencia.
Durante muchos años, debido a la angustia que sufría, Alicia no habló del tema. Silenció ante sus dos hijas y dos nietos los peores días de su vida, rodeada de horror, maltrato, dolor y sangre.

Silvia

Susana Maza, Silvia Barrera, María Marta Lemme, Norma Navarro, María Cecilia Ricchieri y María Angélica Sendes no dudaron en aceptar cuando el 9 de junio de 1982, el Director del Hospital Militar Central solicitó “instrumentadoras quirúrgicas” y enfermeras para ayudar en el Hospital Militar Malvinas, en Puerto Argentino.
Silvia y sus compañeras participaron en el conflicto del Atlántico Sur ayudando a los heridos en combate a bordo del Rompehielos ARA “Almirante Irízar”, que funcionó como buque hospital. Estaban divididas por áreas: María Marta estaba en el área de Cirugía General, Susana en la de Cardiovascular, Norma y Celia en Traumatología, María Angélica en Oftalmología y Silvia en Terapia Intensiva.
Los soldados llegaban gravemente heridos por los bombardeos. Ella, junto a sus compañeras emparcharon cuerpos, cosieron heridas y, sobre todo, contuvieron a los soldados que lloraban y sufrían mientras ellas mismas no tenían con quién desahogar sus miedos.
Las mujeres tuvieron que soportar, también, la discriminación y maltrato por parte de sus compañeros hombres, que creían en la superstición de que las mujeres y los curas a bordo traían mala suerte. En una oportunidad, simularon un hundimiento solo para asustarlas.
En algunas ocasiones, los vientos del Atlántico Sur llegaban a más 100 kilómetros por hora y el buque se movía mucho, por eso, durante las operaciones, solían atarse junto al cirujano a las camillas fijadas en el piso del quirófano para no perder el equilibrio.
Silvia sigue hoy trabajando en el Hospital Militar. En varias entrevistas destacó que sus hijos mayores, por haber crecido en la etapa de “desmalvinización”, saben muy poco de la guerra en la que estuvo su propia madre, mientras que destaca positivamente que en la actualidad las escuelas de sus dos hijas menores incluyen la historia de la guerra de Malvinas en sus currículas.

Reconocimiento

Tuvieron que pasar 31 años para que desde el Estado se reconocieran los esfuerzos realizados por estas mujeres. En marzo del 2013, el Ministerio de Defensa entregó la resolución junto con un diploma de honor a Silvia y sus compañeras, junto con otras que prestaron servicio en el sur entre mayo y junio de 1982. Por su parte, Alicia y sus compañeras sólo fueron reconocidas por la legislatura porteña, en el mismo año.
Aún les quedan muchas historias por contar, pero es todo un avance que hoy puedan romper el silencio y recuperar así la otra Historia que nunca nos fue contada, la de las veteranas de guerra.

Alejandra Soifer y Josefina Avale
Notas

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