domingo, 9 de diciembre de 2007

Diez anécdotas sobre el Che.

Por Daima Cardoso Valdés

Casi siempre la personalidad del Che se nos presenta como el médico que dejó atrás su profesión para abrirse paso hacia una quimera.

Es el Ministro de Industria, el presidente del Banco Central de Cuba, el impulsor y creador del trabajo voluntario, el amigo fiel de Fidel.

El Che es el hombre de Cuba, de América, de África y del Mundo. Es el hombre que saltó las fronteras de la esencia humana y nos legó un ejemplo difícil de superar.

En él convergen valores que lo hacen paradigma de solidaridad, entrega sin limites a las causas justas, desprendimiento, fidelidad y amor.

Hoy nuestra página Web pone a disposición de los amigos que nos visitan un grupo de anécdotas que reflejan el temperamento, el carácter, la valentía y disciplina de este “soldado” como él mismo se llamó.

Anécdotas

1- Narra Carlos Alfara que en una ocasión se envió para Guanahacabibes a un administrador de una fábrica que había cometido malversación. Cuando el Che se enteró llevó el caso al consejo de dirección y especificó:

- De ninguna manera ese hombre va para Guanahacabibes. Ese hombre tiene que ir para la cárcel. Guanahacabibes es para los revolucionarios que se equivocan; para los ladrones está la cárcel.


2- Juan Valdés Gravalosa, uno de los cubanos que más cerca estuvo del Che rememora detalles de quien fuera su inolvidable jefe. Cuenta que siempre usaba el uniforme y las botas de soldado porque eran los más baratos del ejército. A veces no tenía ni noción del dinero que debía llevar en sus bolsillos. Una vez estaban en Nicaro, en alguna cafetería, tomando café y el Che le decía bajito Paganini, y él sacaba diez centavos, el medio del Che y el medio de él, porque Paganini era que pagara.


3- El Che tenía una gran humildad -nos dice Salvador Vilaseca-. Cuando fue nombrado presidente del Banco, llamó a un amigo para que fuera a trabajar con él en un cargo de importancia de esa institución. El amigo, asustado por la responsabilidad que el cargo significaba, le objetó no creía tener condiciones para desempeñarlo, puesto que no sabía nada de banca, a lo que el Che le contestó:

“Yo tampoco sé nada de eso y estoy de presidente”. Con esta respuesta dio dos lecciones al amigo, una de humildad y otra del deber que tiene todo revolucionario de ocupar el puesto que la Revolución le asigne.


4- Mariano Rodríguez cuenta en el libro Con la adarga al brazo que un día salían de Fomento en el Chevrolet del Che y este iba manejando, pero aparece en la carretera un viejito manejando una bicicleta que llevaba en la parrilla una guataca con el cabo apuntando para la vía. El Che no ve el cabo de la azada y al cruzar toca con el guardafangos derecho el palo y lanza al viejito y la bicicleta a la cuneta. Automáticamente detiene el auto y se preocupa por la salud del anciano quien está sentado mirando los golpes que se ha dado la bicicleta. Llega el Che y le pregunta:

-¿Se ha dado algún golpe? ¿Le ha pasado algo?

Levanta la cabeza el viejito y cuando reconoce que era el Che le dice:

-¿Pero fue usted quien me arrolló?

-Sí, por desgracia

Y el viejito decía:

“¡Qué desgracia de qué! ¡Qué suerte tengo yo, que usted me haya arrollado! ¡Usted sabe lo que es que yo le diga a mi familia que usted me arrolló! ¡Qué suerte tengo yo de haber salido hoy...! ¡Si no salgo hoy usted no me arrolla! ¡Qué clase de suerte tengo yo!”.

El Che sonriente exclama: “Todavía este hombre me da un beso por haberlo arrollado...”

Le dice al viejito: “Déme acá su bicicleta para mandársela a arreglar”

Pero el viejito argumenta: “¿Arreglar? ¡No! ¡Qué va! Esta bicicleta yo no la arreglo ya nunca más, esta bicicleta la guardo para enseñarla a mi familia del día que tuve la suerte de conocer a Che Guevara...”

De todos modos el Che le envió posteriormente una bicicleta.


5- Cuando el Ministerio de Industria se trasladó para el edificio que hoy ocupa el Ministerio del Interior, cuenta Alfara que había un perro que todas las noches cuando el Che se retiraba salía corriendo y ladrando detrás de los carros. Un día uno de los escoltas se le acercó y le dijo:

-¡Mira que este perro molesta! Lo vamos a amarrar para que no ladre más, a ver si luego lo soltamos por otro lugar.

Y así se hizo.

A las dos de la madrugada el Che se marchó, pero para sorpresa de todos, regresó porque sencillamente había notado la ausencia del perro, pensó que la suerte que podía correr el animal era oscura, y de muy mal humor, obligó a los escoltas a ponerlo de nuevo en libertad.


6- Una vez, en aquellos días duros de la Sierra Maestra, pasó la columna junto a un naranjal, algunos compañeros tomaron naranjas contraviniendo la orientación del Che. Alfonso Zayas, cogió una y al conocer la orden del Che la arrojó. El Che dispuso que el que hubiera cogido naranjas no tomaría chocolate. Guiado por su intuición se acercó a Zayas:

- Alfonso: tú cogiste naranja.

- Sí Comandante, cogí una pero no me la comí, la boté al camino.

- Bueno, no importa. Si cogiste una naranja no puedes tomar chocolate

Estas medidas respondían al doble propósito de respetar lo que poseían los campesinos e impedir que quedaran huellas de los rebeldes.


7- La primera vez que el Che habló en la escuela de reclutas de Caballete de Casas, todos estaban muy emocionados. Cuando terminó de hablar, Herrerita gritó:

-¡Viva el Che!

- Che preguntó:¿Quién gritó viva el Che?

Herrerita sale de la tropa y afirma que es él. Al momento el Che le dijo:

- Hay muchas cosas a las que se les puede dar vivas, como a la Bandera, la Patria, a Martí. Nunca se las des a un hombre que vive.


8- En el libro Descamisado, Enrique Acevedo cuenta como el Che dio un ejemplo difícil de olvidar cuando un día en que se repartió una lata de leche por hombre, el de suministro dejó alrededor de cinco o seis latas sobrantes guardadas en una esquina. El ojo sagaz del jefe de la columna lo detectó y preguntó qué era aquello. El gran camaján le contestó con una sonrisa perruna:

- Jefe, esto es una pequeña reservita para la comandancia o para lo que usted diga.

Con una elegante patada del Che las latas cayeron dispersas por el suelo:

- Mira, guataca, dale y reparte ahora aunque sea a una cucharada. Que esto no suceda más.

Acostumbrados ya a ese trato tan justo, era difícil comprender el régimen que existía en este campamento.


9- Joel Iglesias Leyva contó cómo cuando el combate de Mar Verde cayó herido frente a los guardias y el Che tuvo que rescatarlo, se hizo las primeras curas y lo envió al hospital de La Mesa, pero antes de ello le sacó las pertenencias que llevaba en el bolsillo. Es por ello que vio una cartica de amor que le había escrito a una muchacha y supo entonces que ya sabía escribir por lo que lo ascendió a teniente.


10- En la revista Moncada en el año 1987, Ricardo Martínez narró que no podía olvidar la vez que hambriento y desfallecido ascendía la escarpada pendiente de una montaña, se había quedado rezagado, a la retaguardia de la tropa, y estaba solo. Sin fuerzas se derrumbó junto al trillo, permaneciendo inmóvil, como muerto. De pronto, unos pasos llamaron su atención, miró hacia abajo y descubrió al Che que con dos mochilas encima y ahogado por un fuerte ataque de asma subía la cuesta.

Lo observó con pena. Llegó hasta él, y al tiempo que le daba unas palmadas en el hombro, le decía con su acento argentino:

¡Vamos, muchacho, ya estamos llegando!

Las palabras animosas de aquel que no era cubano, y a pesar de su situación seguía adelante, lo conmovieron, sacando fuerzas de donde no las había y reanudó el camino.

(Tomado del periódico provincial Guerrillero)

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