domingo, 3 de agosto de 2014

Familiares que no pierden la memoria



Alejandra Ballestero y Viviana Valentich, hijas de obreros desaparecidos.

Familiares de los obreros desaparecidos de la textil formaron un grupo. Quieren que la Justicia investigue a la empresa por esos crímenes de lesa humanidad.

Era un día caluroso entre 1974 y 1975. Festejos por Navidad o el Día de Reyes. La memoria flaquea en ese detalle, pero hay uno en el que no falla: “La imagen de Pipo Pescador es la única que me quedó grabada claramente en la cabeza: Pipo en el estacionamiento de la Grafa”, detalla Viviana Valentich sobre aquel día de festejo en la fábrica textil de Villa Pueyrredón que compartió, sin saberlo, con Alejandra Ballestero. Sus padres fueron obreros de Grafa, integraron la lista Blanca, de resistencia a la burocracia sindical de Casildo Herrera, y están desaparecidos desde la última dictadura cívico-militar. Casi 40 años después, ambas integran el grupo de familiares de víctimas del terrorismo de Estado de Grafa –por ahora hay registro de que 13 obreros de la textil permanecen desaparecidos– que buscan presentar una querella conjunta para que se investigue a la patronal de esa empresa por delitos de lesa humanidad.
Fue Alejandra quien empezó a rastrear datos que le hablaran de su papá, Adrián Ballestero, el “Negro Víctor”. El contacto, temprano y casual, con algunos de sus ex compañeros la llevó a conocer la historia de otros pares que no habían sobrevivido al golpe de Estado del 24 de marzo de 1976, que habían caído en la cacería de militantes, sindicalistas, trabajadores barriales, estudiantes y tantos otros. Desde entonces, la intención fue reunir información, testimonios, trabajar en conjunto con un único objetivo: justicia. Era 1988 y, para entonces, ya vivía con Miguel Fernández, quien hoy es, además de su compañero, el director de Derechos Humanos de la Municipalidad de Moreno.
Por entonces, y durante mucho tiempo más, la vida de Viviana era muy diferente. “Estaba llena de odio, enojada con todos y con todo, de mi papá solo sabía que estuvo con nosotros hasta mis tres años”, describió. Su “nosotros” incluía a su mamá y a su hermano, una familia que se desintegró cuando se llevaron al jefe. “Mi hermano se crió con la esperanza de que mi viejo estaba de viaje y algún día iba a volver. Lo buscó a través de embajadas, siempre lo esperó”, lo extraña Viviana. Su hermano falleció hace unos años, con la verdad revelada, pero sin justicia. Recién en 2008, cuando ella aceptó dialogar con Alejandra y Miguel, que insistían desde hacía bastante tiempo, los hermanos pudieron comenzar a reconstruir los años perdidos y a llenar casilleros vacíos con la información de quién había sido su papá y las razones de su ausencia irreversible.
Desde que Miguel dirige el área de Derechos Humanos de Moreno, la localización de familiares de desaparecidos que vivieron en la zona y la insistencia para que aporten su muestra de ADN al banco de datos genéticos del Equipo Argentino de Antropología Forense se convirtió en un genuino caballo de batalla para la búsqueda de Alejandra: justicia para los obreros de Grafa. Como encontró a familiares de Rito Bustamante, a quien se llevaron de su casa en Pilar el 13 de septiembre de 1976, o al chileno René Moscoso, que lo secuestraron a la salida de la fábrica –era el único que no había entregado la información sobre domicilio y recorrido realizado para ir y volver del trabajo que la empresa exigía a sus trabajadores–, también localizó a Viviana.
El encuentro le sirvió a Viviana para abrir puertas: “Yo no milité nunca, no busqué a mi papá porque nunca se me habló de él, de qué fue lo que le había pasado y estaba muy enojada por su ida, porque destruyó mi vida”, apuntó. La posibilidad de la desaparición de José le llegó de parte de la hija del Negro Víctor, que Viviana corroboró con su mamá, más de 30 años después: “La senté a mi mamá y le exigí que me dijera la verdad, y entonces me contó que mi papá militaba en la Grafa, que iba a reuniones con sus compañeros, que venían a casa, me contó del Negro Medina, de Adrián Ballestero, que integraba con ellos la lista Blanca en contra de la burocracia de Herrera, que antes de que se lo llevaran le habían pegado a la salida de la fábrica y que para aquel tiempo ya estaba nervioso mi papá, porque en una reunión en la que había estado había visto a una persona que no conocía”. Su mamá también le aseguró que la camioneta roja que vio la mañana del 15 de septiembre de 1976 en el estacionamiento de la textil, adonde fue a pedir explicaciones por el episodio que se había tragado a su marido, era la misma en la que lo habían cargado, encapuchado, algunas horas antes. “Los dueños de la empresa sabían lo que había pasado y yo quiero que la Justicia les exija que digan qué pasó”, remarcó Viviana.
Por compañeros de su papá que sobrevivieron al terrorismo supo que José “fue un buen compañero que luchó por una vida digna para todos sus compañeros, que fue un buen padre y que luchó hasta donde pudo”. Los testimonios de quienes trabajaron y militaron con los desaparecidos de Grafa le sirvieron a Alejandra para confirmar todo lo que ya sabía de su papá, incluso algunos vagos recuerdos. Tenía nueve años aquel 24 de septiembre de 1974, cuando una patota “de militares, civiles y policías” lo llevó herido desde la esquina de su casa, en Moreno. “Supimos qué le había pasado cuando mi papá no volvió a casa, los vecinos lo habían visto resistir a los tiros, pero no se animaron a tocarnos el timbre.”

Ailín Bullentini

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