sábado, 16 de agosto de 2008

El bacilo de Carlos Marx


Roberto Arlt cumplió el primer centenario de su nacimiento el 29 del pasado mes de abril. Murió a los cuarenta y dos años, en 1942. Su obra vive a su manera y su humor le agrega vida y actualidad. En este ensayo, Arlt nos da los síntomas de la enfermedad del comunismo que, de repente, ataca a los plácidos burgueses (en algunos aspectos se adelanta a la noción de radical chic). Insiste, además, en que la impaciencia es uno de los rasgos más notables de los recientes conversos y señala el camino del estudio y la práctica de la sensatez como únicos caminos para la izquierda democrática. En estos momentos, frente a la ofensiva de la derecha intelectual que va aumentando sus niveles de virulencia antiprogresista, las únicas respuestas son el aprendizaje serio y riguroso, y la verdadera convicción democrática.

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Ignoro si el público de Bandera Roja conoce cierto fenómeno que se está operando lentamente en nuestro ambiente burgués. Quiero referirme a los estragos que causa el bacilo de Carlos Marx, también si ustedes quieren, la espiroqueta comunista. Peor que la sífilis. Sí. Por un ciudadano bien intencionado caen diez atacados del mismo mal... y esos quedan incurables para siempre. ¿Qué incurables? Tan empecinados que no descansan hasta enfermar a otros. ¡Y el bacilo de Carlos Marx se multiplica indefinidamente!

Cómo enferman los burgueses de comunismo

Nuestra burguesía se está enfermando de comunismo. Despacito. Pero la vacuna prende. A Uds. debe interesarles el fenómeno. Claro está... Los tiempos cambian. Las rentas han disminuido. Las exigencias económicas han aumentado. La familia burguesa casi siempre tiene en la familia dos o tres chicas que van al cine. En el cine aprenden de qué modo se conserva la virginidad perdiéndola. Pero en conjunto, con el arte de dar besos en diversos estilos estas chicas aprenden involuntariamente otras cosas. Y un buen día largan la chancleta exclamando: ¡Estamos hartas de prejuicios!
Y hacen su vida. Una vida perfectamente individualista. Cuando un esclavo se libra de sus cadenas se vuelva inmediatamente al individualismo. Al anarquismo. Cree que haciendo lo que se le da la gana será feliz. Luego cuando se harta de hacer lo que se le antoja comienza a examinar la realidad de lo que le rodea. A decirse: "¿Por qué esto?, ¿por qué aquello?"
En cuanto un ciudadano o una fulana se hicieron media docena de veces esta pregunta, la vacuna comunista empieza a prender en ellos. Por asco a la presente forma de civilización capitalista. Y como fuera de esta forma de civilización no existe otra más perfecta que la comunista, fatalmente los ojos se vuelven hacia Rusia. Se vuelve hacia Rusia de tal manera que anoto aquí una confesión de revendedor de libros: los libros que más se venden son aquellos que tratan de Rusia.

La angustia de los aprendices

En el desenvolvimiento de la "enfermedad" comunista, se produce un síntoma curioso: la angustia.
He conversado con muchas personas de la clase media que se interesan por el comunismo.
Esta gente después de decirle a uno:
-Sí, yo estoy de acuerdo con el comunismo -formulan la inevitable y tímida pregunta:
-Dígame, ¿qué es lo que hay de cierto en todo lo malo que se dice del comunismo? ¿Es posible que todos los diarios mientan a sabiendas sobre el comunismo?
Entonces no queda otro remedio que explicarle a esa gente que los diarios no tienen otra fuente de información que ciertas importantísimas agencias telegráficas e informativas extranjeras las cuales, a su vez, no son independientes sino que se encuentran al servicio de potentísimos capitales, y que a su vez estos potentísimos capitales no son independientes como se pudiera creer, sino que se hallan movilizados por directorios de accionistas... una novela de nunca terminar y que pone al descubierto cuán complicadísimas son las marañas del capital. (Léase Citröen, de Ilya Eremburg.)
¿Es cierto que las empresas de diarios no son independientes?
Se experimenta una especie de terror cuando se piensa en todo lo que ignora la gente, y que uno de buena fe creía que estaba enterada en la misma medida que el propagandista.
Otra angustia del simpatizante del comunismo es la siguiente, manifestada de esta manera:
-Yo estudio comunismo, me parece que todo es cierto, mas fíjese, cuando salgo a la calle y veo los tranvías que andan, los tenderos que venden sus tejidos, las casas de moda que funcionan como siempre, me digo: "¿Es posible el comunismo?"
Y entonces hay que explicarle a esta gente que en octubre del año 17, cuando el grupo comunista se apoderó del poder en Rusia, la gente iba a los teatros, a los bailes, a las exposiciones de pintura y a escuchar a las declamadoras de versos, y que si alguien tenía el mal gusto de acordarse de los comunistas, la gente se reía de "ese montón de locos".
Y el aprendiz de comunismo mueve nuevamente la cabeza entre triste y convencido.

La impaciencia

Todo simpatizante con la causa comunista, sobre todo cuando se inicia en los estudios del marxismo elemental se convierte en un impaciente. Es curiosísimo. Este individuo que vivió veinte, treinta años, tranquilamente en la sociedad capitalista, de la mañana a la noche quisiera que estallara la revolución, todo le parece lento y lejanísimo.
Alguien me preguntará: ¿Con qué objeto enumera Ud. estas anomalías?
Con el fin de que aquellos que las experimenten, se pongan en guardia contra sí mismos. Tanto y tan mal se ha escrito sobre el comunismo, que incluso los más vivos simpatizantes se decepcionan y desilusionan por momentos, pues si por un lado está la evidencia de la realidad social, con su miseria, su crisis, sus guerras imperialistas, por el otro encontramos el material acumulado por los traidores de todos los matices, al servicio de la clase capitalista, los cuales no han vacilado en inventar mentiras, en deformar realidades, en señalar maliciosamente defectos que son naturales a toda revolución, incluso la más conservadora.
Hay gente que experimenta una satisfacción inmensa en decirle:
-Vea los rusos, hasta los mismos rusos confiesan que se han equivocado "en esto y en aquello".
El propagandista nuevamente se encuentra ante el problema de explicar por analogía que si Rusia se ha equivocado "en esto y en aquello", el régimen capitalista está a todas horas equivocándose de tal manera que sus equivocaciones se traducen en cerca de cuarenta millones de muertos de hambre sobre la superficie del planeta.

El motivo de este artículo

El motivo de este artículo es lo siguiente:
Hacer comprender a todo tibio simpatizante con la causa de Rusia que su deber, su único, exclusivo deber, es estudiar de continuo. Un propagandista preparado es un arma de combate terrible. Una especie de cultivo de bacilos elevado al máximum de su poder tóxico.
No basta la intención, la simpatía, ni el entusiasmo. Hay que reemplazar el entusiasmo por una conducta fría, concentrada. El boxeador que se entusiasma o se enoja en el ring, pierde en el noventa por ciento de los casos la pelea. El que ganó es el otro, el calmoso, el tranquilo, el que ubica sus trompadas con precisión de cañonazos.
La multitud necesita el entusiasmo para actuar. El individuo, la serenidad. Y la serenidad nace del conocimiento.
Muchos dirán: No tengo tiempo de estudiar.
Todo hombre dispone de una hora para estudiar en el día. De media hora. Y basta la media hora utilizada concienzudamente para que los resultados sean sorprendentes en poco tiempo.
Un partido compuesto de hombres, de los cuales cada uno es técnico en la ideología en que se basan sus principios, disfruta de una fuerza tan extraordinaria de penetración que nada se le resiste.
Pero para esto hay que estudiar, estudiar y estudiar. Nada más.

Encontrado en: http://www.jornada.unam.mx/2000/jul00/000716/sem-corral.html

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