viernes, 19 de junio de 2009

Defensor de la educación popular: Manuel Belgrano


“Hubo un tiempo de desgracia para la humanidad en que se creía
que debía mantenerse al pueblo en la mayor ignorancia, y, por
consiguiente en la pobreza, para conservarlo en el mayor grado
de sujeción, pero esa máxima injuriosa al género humano se
proscribió como una producción de la barbarie más cruel”.
Manuel Belgrano

Abogado, militar, escritor, economista, guerrero de la liberación hispanoamericana. He aquí algunos títulos que definen la personalidad de Manuel Belgrano, hombre consagrado a la justa causa de la Revolución de Mayo. Pero una de sus facetas menos conocidas es la de propulsor de la enseñanza y la educación popular, una línea que continuaría, años después, el sanjuanino Domingo Faustino Sarmiento.
En su autobiografía, señala Belgrano el momento culminante de la Revolución: la creación de la Primera Junta de Gobierno, de la que formó parte. “Apareció una junta de la que yo era vocal -dice-, sin saber cómo ni por dónde, en lo que no tuve poco sentimiento. Pero era preciso corresponder a la confianza del pueblo, y me contraje al desempeño de esta obligación, asegurando, como aseguro a la faz del universo, que todas mis ideas cambiaron, y ni una sola concedí a un objeto particular, por más que me interesase: el bien público estaba a todos instantes a mi sita”.
Había nacido en Buenos Aires el 3 de junio de 1770, hijo de Domingo Belgrano Peri, natural de Oneglia, en la Ligura, y María Josefa González Casero. Cursó en Buenos Aires las primeras letras y completó sus estudios en el Real Colegio de San Carlos, donde uno de sus maestros fue el doctor Luis Chorroarín.
A los 16 años Belgrano se traslado a España. En noviembre de 1786 se matriculó en la Universidad de Salamanca y tres años después se graduó de bachiller en leyes en Valladolid, donde se recibió de abogado en 1793. (1)

La influencia iluminista

Los idiomas, la economía política y el derecho público le atrajeron mucho más que el ejercicio de la abogacía. Era lector de Jovellanos, Campomanes, Quesnay, Montesquieu, Rousseau y Filiangieri. Profundamente impresionado por la Revolución Francesa, dice en su Autobiografía: “Se apoderaron de mi las ideas de libertad, igualdad, seguridad, propiedad, y sólo veía tiranos en los que se oponían a que el hombre fuese donde fuese, disfrutara que unos derechos que Dios y la naturaleza le habían concedido”.
Al fundarse el 30 de enero de 1794 el Real Consulado de Buenos Aires, Belgrano fue designado secretario perpetuo. Desde ese cargo combatió al sistema comercial monopolista español que respondía a los intereses económicos de los comerciantes de Cádiz y sus asociados o agentes en la colonia.
Sus pensamientos en materia económica quedaron expuestos en memorias que presentó anualmente. En ellas expuso los medios de fomentar la agricultura y la industria (el lino y el cáñamo, etcétera) así como un basto plan de educación política que incluyó la instrucción de las mujeres y escuelas gratuitas para todos. Con el auspicio del Consulado y movido por su prédica, se creó en 1799 las escuelas de náutica y de dibujo.
Belgrano sabía que la liberación de América del yugo español no sólo se lograría con ideas renovadoras. Allí nació el militar, que en 1806 había participado en la frustrada defensa se Buenos Aires contra las fuerzas expedicionarias inglesas, integrando las milicias urbanas. Llamado por Beresford para prestar acatamiento a los ingleses, como lo habían hecho los restantes miembros del Consulado, el patriota se fugó a la Banda Oriental. Después de la Reconquista, ingresó al célebre regimiento de Patricios con el grado de sargento mayor. “Desde ese día -dice en su Autobiografía- me contraje con empeño al estudio de la táctica y tomé maestro que me enseñase el manejo de las armas”. Desde esos años data la amistad con otros hombres que jugarían un importante papel durante la independencia: Juan José Castelli, Hipólito Vieytes, Nicolás Rodríguez Peña, Juan Martín de Pueyrredón.

Un militar al servicio de la unidad nacional

Pero no sólo su sable estuvo al servicio de la Revolución, sino que -como San Martín- no quiso desenvainar su espada contra sus compatriotas durante los inicios de la guerra civil.
Belgrano, como San Martín y Pueyrredón, influyó para que el Congreso declarara la independencia en Tucumán, el 9 de julio de 1816. Ese mismo mes, el Congreso lo designó general en jefe del ejército del norte, en reemplazo de José Rondeau que había sido derrotado en la batalla de Sipesipe. Durante tres años, a la cabeza de estas tropas, Belgrano desarrolló una intensa actividad.
En Tucumán trabó relación con Dolores Helguero, con quien tuvo una hija, Manuela Mónica Belgrano, que reconoció en su testamento.
El Directorio le ordenó a Belgrano que avanzara desde el norte sobre Córdoba y Santa Fe, sacudidas por las guerras civiles que el general intentó detener mediante el diálogo con los contendientes, antes que por las armas. En un oficio al gobierno porteño aconsejó buscar la paz con el caudillo Estanislao López, a quien había conocido en la campaña del Paraguay, como sargento de sus fuerzas.
“Es urgente -explicaba Belgrano- concluir esta desastrosa guerra, por cualquier modo… El ejército de mi mando no puede acabarla, es un imposible; podrá contener de algún modo; pero ponerle fin, no lo alcanzo sino por un avenimiento”.
Así logró Belgrano que el 12 de Abril de 1819 se firmara un tratado de paz con López, conocido como Pacto de San Lorenzo. Luego marchó a Tucumán, dejando en su lugar al general Francisco de la Cruz. Gravemente enfermo regresó a Buenos Aires, donde muere a las 7 de la mañana del 20 de junio de 1820.

La educación popular

De Condorcet tomó Belgrano la idea de “buscar la igualdad dentro del pueblo de cada nación, mediante la supresión del prejuicio racial o nacional”. Ambos propusieron imperiosamente la necesidad de dar instrucción al humilde para sacarlo de la profunda desigualdad social de esos tiempos.
El español que más influyó en el prócer fue Jovellanos y de él tomó el concepto de gratuidad y obligatoriedad de la enseñanza primaria, y el de la necesidad del estudio de las carreras técnicas: matemáticas, dibujo, comercio y náutica, especialmente. También recibió la influencia de Genovesi de quien asimiló el concepto de dar educación a los labradores.
El estado de la escuela y de la enseñanza en la época colonial era lamentable. Relata Belgrano que “no es fácil entender en que ha podido consistir, ni en que consista que el fundamento más sólido, la base digámoslo así, y el origen verdadero de la felicidad pública, cual es la educación, se halla en un estado tan miserable, que aún las mismas capitales se resienten de su falta. Mas es, los ha habido, los hay, es a saber, escuelas de primeras letras, pero sin unas constituciones formales, sin una inspección del gobierno y entregadas acaso a la ignorancia misma”.
Continúa su prédica en El Correo de Comercio el 17 de marzo de 1810: “Así pues, debemos tratar de atender una necesidad tan urgente, como en la que estamos de establecimientos de enseñanza, para cooperar con las ideas de nuestro sabio gobierno a la propagación de los conocimientos y formar al hombre moral al menos con aquellas nociones más grandes y precisas con que en adelante pueda ser útil al Estado”.
Después de la Revolución, persiste en su política educadora, aun cuando otras tareas más inmediatas -especialmente militares- ocupaban su tiempo. Para combatir el ocio propone trabajar las materias primas de que se dispone la lana, el algodón y “otras infinitas materias que tenemos y podemos tener con nuestra industria, pueden proporcionar mil medios de subsistencia a estas infelices gentes que, acostumbradas a vivir en la ociosidad desde niños, les es muy penoso el trabajo en la edad adulta, y son y resultan unos salteadores o unos mendigos”. Para terminar con esa situación expresa: “Hay que crear escuelas gratuitas donde puedan los infelices mandar a sus hijos, sin tener que pagar cosa alguna por su instrucción”.

Ejemplo militante

Fiel a los objetivos que había fijado para su vida, estando en Jujuy, al recibir un oficio de la Asamblea Constituyente, en el que se le notificaba de los premios que se le otorgaban -un sable con guarnición de oro y cuarenta mil pesos en valor de fincas pertenecientes al Estado-, agradeció los mismos diciendo: “Cuando reflexiono que nada hay mas despreciable para el hombre de bien, para el verdadero patriota que merece la confianza de sus conciudadanos en el manejo de los negocios públicos, que el dinero, o las riquezas, que éstas son un escollo de la virtud que no llega a despreciarlas, y que, adjudicarlas en premio no sólo son capaces de excitar la avaricia de los demás, haciendo que por principal objeto de sus acciones subroguen el bienestar particular al interés público, sino que también parecen dirigidas a lisonjear una pasión seguramente abominable en el agraciado”, y agrega: “he creído propio de mi honor y de los deseos que me inflaman por la prosperidad de la Patria, destinar los expresados cuarenta mil pesos para la dotación de cuatro escuelas públicas de primeras letras”. Las escuelas se instalarían en las ciudades de Jujuy, Tarija, Tucumán y Santiago del Estero. Redactó el reglamento que debía regirlas. El artículo 8° puso de manifiesto su interés por la instrucción y por la dignificación del maestro. En las fiestas patronales o cívicas de la ciudad “se le dará -decía Belgrano- asiento al maestro en el cuerpo del Cabildo, reputándosele por un Padre de la Patria”.
El hombre constituía para Belgrano el factor esencial de todo proceso económico, social y político, y señalaba en forma permanente las deformaciones que se crean al intentar poner al hombre al servicio de determinados intereses económicos particulares. “Mi ánimo se abatió -expresaba-, y conocí que nada se haría en favor de las Provincias por unos hombres que por sus intereses posponían el del común, sin embargo, ya por las obligaciones de mi empleo podía hablar y escribir sobre tan útiles materias, me propuse al menos echar las semillas que algún día fuesen capaces de dar frutos ya porque algunos estimulados del mismo espíritu se dedicasen a su cultivo, ya porque el orden mismo de las cosas las hiciese germinar”.
Pobre y olvidado, veinticinco días antes de su muerte, el mismo día en que se cumplía la primera década de la Revolución, el prócer dictó su testamento. En él encargaba a su hermano, el canónico, del cuidado de “mis escuelas”. Así concluyó la existencia de un hombre empecinado en transformar a los habitantes de este suelo, que soñó con escuelas pobladas de niños y de jóvenes. Belgrano nos ha legado algo más que la bandera nacional, nos ha legado una conducta militante al servicio del país. El 20 de junio de 1920, Ricardo Rojas pudo decir con acierto: “Belgrano, el hombre que no sabía mentir, el hombre que no sabía calumniar, el hombre que no sabía doblegarse sino al yugo del sacrificio y del deber”.

Nota:
1) Ver: Semblanza de Manuel Belgrano, por Irma B. de Gallino, Editorial Centro de Estudios de Acción Argentina.

Francisco Miranda (ARGENPRESS)

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