lunes, 11 de mayo de 2009

Disparen contra el proletariado


Fábrica de hijos”, titula una nota el diario Clarín. “Conciben en serie y obtienen una mejor pensión del Estado”, completa.
“La ayuda, equivalente a una jubilación mínima era recibida hace siete años por 56.450 madres de siete hijos o más. Pero desde entonces hasta hoy, la cantidad prácticamente se cuadruplicó (...) Mientras las provincias financian planes para madres que tienen de 3 a 6 hijos, de unos 200 pesos, según el caso, la Nación abona 747 pesos a las mujeres que llegan a siete chicos o superan esa marca. Es un presupuesto de 173.700.000 pesos al año, algo así como la recaudación completa de 40 partidos de la Selección de Maradona en el Monumental (...) Además de los 747 pesos, obtienen cobertura médica del Estado...”
“...‘En algunos casos, es muy posible que la mujer busque alcanzar el umbral de 7 hijos para aumentar su ingreso (...) hecho el subsidio, hecho el formato familiar’, señaló Mabel Bianco, presidenta de la Fundación para Estudio e Investigación de la Mujer...”
"Hay madres muy jóvenes (declaró el cura Sergio Hayy, consultado por Clarín) que aún no están preparadas para una maternidad responsable, ni tienen un dispensario cerca. Es una mezcla de falta de acceso a la educación y pobreza estructural...”

Deshumanizar es la consigna

Proletario, en la antigua Roma era el ciudadano pobre que únicamente con su prole podía servir al Estado. Así lo siguen consignando los diccionarios.
Siglos después, Marx identificó al proletario de la era industrial, es decir, a aquél que sólo tiene para ofrecer sus brazos (la fuerza de trabajo) y a las mujeres que sólo tienen para ofrecer sus vientres (reproducción de la mano de obra).
De esa extrema deshumanización y cosificación del individuo, que era tratado por los propietarios como un simple medio, como una herramienta al servicio del lucro y la ganancia, saldría finalmente (en la utopía socialista del siglo XIX) la clase obrera organizada, llamada a terminar con todas las formas de la explotación del hombre.
Hasta allí, lo que dicen los manuales. Pero podríamos agregar más. Podríamos decir, por ejemplo, que para los estancieros latifundistas argentinos, hasta muy entrado el siglo XX, la vida de un trabajador, de un puestero, de un boyerito de su establecimiento, no valía más que la de los animales que criaba.
“Nació y murió / junto a una vaca. / Entre sus manos duras, / la suavidad del mundo / tomó formas de vaca”, escribe Marechal en su Epitafio a la peona Ezequiela Farías.
Y la pregunta que nos hacemos, con perplejidad, es cómo puede ser que al cabo de tanta historia, de tanto folklore, de tanta memoria compartida sobre el sufrimiento de los pobres de nuestra patria, haya periodistas -dizque periodistas- que puedan hablar y escribir impunemente de una “fábrica de hijos”.
Cualquier señora mayor de las que tratamos en la feria; cualquier Doña Rosa de aquéllas que inventaba el finado Neustadt o hasta la mismísima Rosa Luxemburgo (rosa roja de los tiempos idos), le hubieran respondido al tilingo de Clarín: “¿Pero vos no tenés madre, che?
Sin embargo, la deshumanización rampante y este súbito maltrato periodístico a los pobres no son casuales. La Argentina atraviesa un ciclo económico que se caracteriza hoy por la concentración de la propiedad de la tierra, la hipertecnificación agraria y la expulsión de mano de obra. Por eso, es sintomático que aparezcan comunicadores transgénicos que descubran, de pronto, que los pobres se multiplican, que son una carga para el Estado y que ya sería hora de que los fabricantes del glifosato y la soja RyR añadan anticonceptivos a sus productos, para acabar con la maleza del campo y con los pobres en una sola pasada.
“Dow Chemical, napalm y condones, odiadora de la vida”, escribió alguna vez el cura y poeta Ernesto Cardenal.

Lugo y la hipocresía organizada

Qué fácil que resulta, en las Indias (perdón por el anacronismo) acabar con un presidente o un jefe de Estado elegido por el pueblo. “Péguenle a Lugo”, parecen decir los poderosos. Péguenle ahora, que es gratis. Un obispo que escondía su paternidad. Qué horror. Un prelado que sedujo a una muchacha. Qué horror.
Las señoras del Partido Colorado, las Damas Trujillistas de la Caridad, las Vestales Somocistas del Séptimo Día, la rastrera cohorte de cualquier dictador de nuestra América, ésos que hacían cola para entregarle sus hijas al gran Macho, hoy ponen el grito en el cielo porque el ex monseñor escondía un puñado de hijos entre los pliegues de su sotana (metafóricamente hablando).
No vendría mal recordar, en este trance, que durante más de diez siglos -hasta el Concilio de Letrán de 1123- los papas, los obispos y todos los sacerdotes católicos podían casarse y tener hijos, sin impedimento alguno.
Tampoco vendría mal recordar que aún después de establecerse la obligación del celibato, hubo papas como Inocencio VIII, Alejandro VI, Julio, Pablo III, Pío IV y Gregorio XIII que tuvieron hijos ilegítimos.
Gobernantes del pasado y el presente argentinos participaron, a su modo, de ese orden machista y despótico construido en 200 años de vida dizque independiente.
“Palermo -leemos en un artículo de María Sáenz Quesada- era un paraíso para los hijos naturales de Rosas. (...) Cada uno recibió un sobrenombre. Rosas bautizó Manduca a Mercedes, porque la habían pillado ‘manducando’ dulce a escondidas; Ángela era ‘el soldadito’ porque se disfrazaba de militar para jugar con su padre; Ermilio, ‘el coronel’, por las mismas razones; el apodo de Nicanora, ‘la gallega’, recordaba a los humildes inmigrantes hispanos de aquella época. ‘Lleven a esa gallega salvaje unitaria a que le den 500 azotes’, ordenaba Rosas, y la pena se cumplía, en un simulacro, realizado sobre unos paraventos o cartones, que dejaba a la niñita llorosa y calmada...”
El entrerriano Justo José de Urquiza, comandante de aquel Ejército Grande que acabó con la tiranía de Rosas, convivía en el Palacio San José con su esposa Dolores Costa y veintitrés hijos extramatrimoniales.
De los casos de esta época no hace falta hablar. Varios ya son de dominio público.
¿Es que pretendemos justificar aquí la conducta del Presidente del Paraguay?
De ningún modo. Pero nos subleva la hipocresía de quienes han consentido los más terribles crímenes de Stroessner en el pasado reciente y hoy se regodean fustigando a un hombre que mostró, de última, que sigue atado a vicios y prácticas lamentablemente arraigados en su tierra (que Fernando Lugo no es el hombre nuevo, está claro).
Por último, como un broche a esta doble crítica inspirada en las noticias que nos trae el diario, nos queda la manifestación, la reiterada manifestación, de un sentimiento humano y ancestral: la alegría por los nuevos nacimientos.
Cada niño que llega es una dulce promesa. Una pluma de gala. Una fiesta.
Cada niño que llega pone en cuestión al Estado. Desbarata a los escribas. Deshace sus argumentos.
Cada niño que llega nos desafía a pensar -y a construir- un mundo nuevo.

Oscar Taffetani | Agencia Pelota de Trapo

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