sábado, 27 de abril de 2013

Debate sobre la inflación en Argentina (1)


En las ediciones del 10, 17 y 24 de marzo de Página 12 se desarrolló un interesante debate sobre las causas de la inflación en Argentina entre Pablo Manzanelli y Martín Schorr, investigadores de FlACSO, por un lado, y Eduardo Crespo y Alejandro Fiorito, y docentes de la UFRJ y la Universidad de Luján, respectivamente. Los primeros ponen el acento en la estructura oligopólica de la industria argentina, y los segundos en la puja por la distribución del ingreso. Debido a la actualidad del tema, y también respondiendo a algunas consultas que me hicieron amigos y conocidos, en esta nota examino los argumentos presentados. Dada su extensión, he dividido la nota, y la publicaré en secciones. En esta primera parte presento los ejes de la discusión y comienzo el examen de la primera postura, que atribuye un rol preponderante a la formación oligopólica de precios en el proceso inflacionario.

Los ejes de la discusión

La nota de MyS del 10 de marzo (http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/cash/17-6669-2013-03-10.html) comienza señalando que “las subas de precios de los últimos años no son un fenómeno exclusivo de la economía argentina, sino que se enmarcan en un contexto mundial significativo de aumento de los commodities (alimentos, petróleo)”. Luego señalan que la industria estaba más concentrada en 2010 que en 2001 (y en 2001 estaba más concentrada que en 1993), y plantean que los precios mayoristas de las industrias oligopólicas se incrementaron un 8% por encima del promedio industrial, mientras que las ramas fabriles con mayores niveles de competencia aumentaron sus precios el 10% por debajo de la media. “De esta manera se corroboró que el importante proceso de elevación de precios industriales en el período 2001-2010 fue conducido por ramas altamente concentradas”, concluyen. Aunque MyS admiten que “el grado de concentración no induce necesariamente a un ascenso de precios”, y que la “inflación oligopólica no es “el factor causal excluyente de la elevación de los precios fabriles”, consideran sin embargo que la misma “desempeñó un papel de suma relevancia”. Señalemos que la nota de MyS tiene como respaldo el trabajo académico de Schorr, Manzanelli y Basualdo (2012, FLACSO), en el que se relacionan las mayores subas de los precios relativos de la industria con el mayor grado de concentración. MyS afirman también que las grandes empresas obtienen ganancias extraordinarias, gracias a las barreras de entrada que existen en las ramas que dominan, pero han sido reticentes a invertir sus abultadas ganancias, y son las que presionan por una devaluación.
CyF, en su artículo del 17 de marzo, (http://www.pagina12.com.ar/diario/suplementos/cash/17-6677-2013-03-22.html) critican a MyS, en primer lugar porque no analizan los costos, y solo teniéndolos en cuenta, se podrían corroborar las prácticas oligopólicas. En segundo término, señalan que el índice industrial elaborado por FLACSO, con oligopolios incluidos, presenta una suba de precios inferior al promedio de la economía. Y un incremento del 8% por encima del promedio de un índice que creció menos que el resto de los índices sectoriales, no puede ser una causa importante de un aumento total de precios de cerca del 300% en el período 2001-2010.
Por otra parte, admiten que casi todas las actividades productivas en las economías modernas presentan barreras de entrada, y por esta razón obtienen ganancias extraordinarias. Si embargo, de esto no se desprende que los precios fijados por las grandes empresas deban ser necesariamente mayores que los establecidos por las empresas de menor tamaño. Es que las primeras gozan de economías de escala y bajan costos; en consecuencia las unidades de menor tamaño tienden a ser desplazadas de los mercados por las continuas reducciones de precios. Si fuera cierto que las empresas pequeñas colocan sus productos a precios inferiores, las grandes serían desplazadas. Luego de señalar que la tendencia a la concentración es inherente a la economía capitalista competitiva, CyF afirman que la causa fundamental de la inflación en Argentina es la puja distributiva entre el capital y el trabajo. También sostienen que no es cierto que las grandes empresas no hayan invertido una parte significativa de sus ganancias. Dado que en Argentina el PBI creció de manera importante en los últimos años, CyF concluyen que la inversión tuvo que haber crecido, tal como dice que debe suceder el principio de aceleración (la inversión aumenta cuando aumenta el ingreso).
En su respuesta del 24 de marzo, MyS sostienen que la crítica de los primeros se basa en una “receta”, que no atiende a la realidad. Afirman que las bajas de precios para desplazar a las empresas medias o pequeñas son circunstanciales, ya que una vez logrado su objetivo, las grandes vuelven a subir los precios; que las empresas grandes erigen barreras de entrada poderosas y que existen formas de competencia distintas del precio, como innovación de productos, marcas registradas, etc. También afirman que en los últimos años la contribución de las ramas altamente concentradas a la variación de los precios industriales fue del 64,8%, en tanto la de las ramas de menor concentración fue de solo el 22,2%, Admiten que no tienen estudios de costos, pero sin embargo los márgenes de ganancias de los oligopolios fabriles durante la posconvertibilidad fueron sumamente elevados, del 33,1%. En apoyo de su enfoque, citan a Kalecki, cuando afirma que el grado de monopolio afecta no solo la distribución del ingreso entre el capital y el trabajo, sino también la distribución del ingreso desde las empresas pequeñas a las grandes. Por último, y acerca de la inversión, sostienen que en tanto las utilidades de las grande corporaciones manufactureras fue en promedio del 33% en el período 2002-10, la inversión bruta sobre valor agregado fue de apenas el 11%.

Inflación por oligopolio, cuestiones que no encajan

La explicación de MyS es posiblemente la más popular entre el progresismo izquierdista, al menos en Argentina. En esencia, se sostiene que la causa principal de la inflación reside en el poder que tienen los grandes grupos económicos para fijar precios por encima de los que corresponderían a sus “costos de producción” (en términos marxistas, por encima de los precios de producción, esto es, costos más una tasa media de ganancia establecida por competencia). Estos precios “manejados” serían entonces la causa principal de la inflación, así como la fuente de las ganancias extraordinarias sistemáticas de las grandes corporaciones. Precisemos asimismo que si bien MyS señalan que la inflación es un fenómeno complejo, y que sus causas no se reducen al componente oligopólico, de hecho es la única explicación que ofrecen. Incluso afirman que los oligopolios “condujeron” el proceso inflacionario en los 2000; y que la inflación es “estructural” y “tiene como una de sus causas principales al comportamiento de los sectores concentrados”. Vayamos ahora a algunas cuestiones casi evidentes en las que MyS se equivocan.
En primer lugar, MyS afirman que la alta inflación argentina no es un fenómeno exclusivo de este país. La realidad es que la tasa de inflación en Argentina es singular. De las 42 principales economías del mundo, de las que The Economist publica los principales datos macroeconómicos, Argentina tiene la inflación más alta: en 2012 fue del 23%, según las mediciones provinciales. Le sigue Venezuela, con el 20%, y luego, mucho más atrás, India, con 10,6%. La cuestión no es menor, ya que si se sostiene que la causa principal de la inflación en Argentina es la alta concentración de la economía (y en particular, de la industria), debería suponerse que el grado de concentración en el resto del mundo es mucho menor, y el de Argentina solo similar al de Venezuela (que, curiosamente, también tiene un gobierno empeñado en la lucha contra “el capital concentrado”). Sin embargo, nada indica que la concentración de la economía en Argentina sea distinta, en algún grado significativo, a la que existe, en promedio, en otros países con mucha menor inflación. Y si se estableciera con claridad esta singularidad de la inflación en Argentina, se estaría obligado a reconocer que el grado de concentración no puede ser la “diferencia específica” que explique, por sí misma, o de alguna manera determinante, esa singularidad.
En segundo lugar, MyS afirman que la inflación es “general” (esto es, afecta a todo el mundo) porque está determinada por el aumento de los precios de los commodities. Esto tampoco se ajusta a la realidad. En los dos últimos años no ha habido una particular presión por el lado de los commodities. Entre enero de 2011 y enero de 2012 el índice del Economist en dólares de los precios de los commodities bajó 17,6%; el de los alimentos bajó el 13,8%. Entre enero de 2012 y enero de 2013 el primero descendió 1% y el segundo aumentó 3,4%. Además, incluso cuando se produjo el fuerte ascenso de los precios de los commodities, entre 2002 y 2008, la tasa inflacionaria promedio de los países más importantes, desarrollados y del tercer mundo, estuvo muy por debajo de los dos dígitos. Por lo cual, no se puede sostener ni que el mundo tiene, “en general”, alta inflación; ni que se esté sintiendo una particular presión inflacionaria, en estos años, con origen en los commodities.

Faltan evidencias empíricas generales

Más importante que lo anterior, la tesis sobre la inflación oligopólica (y la formación oligopólica de precios) se basa en afirmaciones que se dan por “sabidas”, pero sobre las cuales no existe evidencia empírica que las avale, a nivel mundial, ni tampoco en Argentina. Así, por ejemplo, uno de los puntos centrales es la idea de que existen ganancias extraordinarias sistemáticas, derivadas del poder de mercado (que debe distinguirse de las economías de escala, o del diferencial tecnológico, como veremos en la segunda parte de la nota) de las grandes empresas.
La realidad es que no hay datos que demuestren que existe una tasa de ganancia superior, sistemáticamente, en los sectores más concentrados en las economías capitalistas más desarrolladas, o a nivel mundial. Incluso sectores altamente concentrados han padecido períodos más o menos extensos de caídas significativas de la tasa de rentabilidad, sin que el pretendido “poder de mercado” pudiera hacer algo para aliviar la situación. Para dar solo algunos casos significativos de las últimas décadas, y a nivel mundial, de ramas en las que hubo sobrecapacidad instalada y sobreproducción, con efectos negativos sobre la rentabilidad, mencionemos el sector siderúrgico y construcción naval en los 70; siderurgia y petroquímica en los 80; y aviación comercial en los 2000. Incluso, y en este respecto, los defensores de la tesis de la formación oligopólica de precios parecen olvidar que así como existen barreras de entrada, también hay fuertes barreras de salida. Por ejemplo, una distribuidora de electricidad que está sufriendo pérdidas en un país no puede levantar sus inversiones de un día para el otro, para ponerse a fabricar hamburguesas o soquetes de lana. De ahí que en muchas ramas altamente concentradas (con exigencias de mucho capital “hundido”), se asista a prolongados períodos de pérdidas; lo que da como resultado que las tasas de ganancia, en promedio, no sean necesariamente más elevadas en las ramas con gran concentración de capital, que en aquellas que baja concentración.
Precisemos también que es un absurdo lógico sostener que en las economías modernas todas las ramas más importantes están concentradas, y que las grandes corporaciones obtienen ganancias oligopólicas sistemáticas. Como veremos en la segunda parte, las ganancias extraordinarias por monopolio (u oligopolio) en una rama solo pueden provenir de plusvalía generada en otra rama. Pero si todas las ramas fundamentales están dominadas por estructuras oligopólicas, ninguna puede obtener ganancias extraordinarias. La afirmación de que en la mayoría de las ramas existen ganancias oligopólicas encierra una contradicción lógica; por esto también es que no se verifica en la realidad.
Además, es otro error sostener, como hacen MyS, que las bajas de precios son solo circunstanciales, porque solo ocurren por competencia de las grandes empresas con las pequeñas o medianas, y que una vez eliminadas estas últimas, los precios vuelven a su nivel inicial. ¿De dónde sacan semejante cosa? En el mundo capitalista, las guerras de precios no solo ocurren desde las grandes a las pequeñas, sino también se dan, y de manera creciente (en la medida en que avanzan el poder de fuego de las grandes corporaciones y la mundialización) entre las grandes corporaciones. Se trata de una guerra entre los capitales (que no tiene nada que ver con la competencia perfecta neoclásica) que opera a través de reducciones de costos (sea por escalas, por cambio tecnológico) y que subyace a las caídas de precios relativos de muchos productos (un caso típico es el de los productos informáticos, o las comunicaciones). En Valor, mercado mundial y globalización presento los resultados de un pequeño estudio que hice acerca de estos fenómenos, para el período 1990- 2002, en base a informes recogidos de Business Week, The Economist y The Wall Street Journal of Americas, con especial atención a informes de empresas y ramas. Según lo recogido, en el período estudiado hubo guerras de precios (en muchos casos con marcadas caídas de la rentabilidad, incluso con fuertes pérdidas para grandes jugadores) en EEUU o a nivel del mercado mundial, en las ramas de semiconductores, automóviles, telecomunicaciones, acero, transporte de cargas, química, bancos, computadoras personales, seguros, líneas aéreas, telefonía celular, cadenas hoteleras y petroquímica. En prácticamente todas estas ramas hubo fuertes presiones bajistas de precios, que no tuvieron nada de “circunstanciales”. Llegaron para quedarse, vinculadas a sobrecapacidad, sobreproducción y sobreinversión. No hay “poder de mercado” que pueda eliminar estas cuestiones; ni la caída de rentabilidad que les está asociada. En el fondo, la tesis de la inflación oligopólica revela un profundo desconocimiento de la manera en que funciona el capitalismo, a pesar de su manía por el estudio de “los grupos concentrados”.
Digamos también que algo similar se puede decir sobre las tasas de rentabilidad y precios relativos entre ramas en Argentina. Por caso, en los años 90 grandes empresas productoras de bienes transables (acero, textiles, por ejemplo) tuvieron rentabilidades entre mediocres y negativas, en tanto grupos concentrados en no transables (telefónicas, medicina privada, compañías de electricidad) obtenían altas rentabilidades. Y lo inverso sucedió en los 2000. Estos cambios entonces se explican fundamentalmente por los cambios en las variables macroeconómicas (el tipo de cambio, en primer lugar), y otras, (regulaciones estatales, por ejemplo), y no por el grado de concentración empresaria. En este sentido, también carece de sustento afirmar que en estos momentos los únicos que presionan por una devaluación (en términos reales) de la moneda en Argentina son los grupos concentrados. La realidad es que están presionando por ese objetivo todos los sectores del capital, grandes o pequeños, que están vinculados a la producción de bienes transables.

¿Cómo se explican los cambios en las tasas de inflación?

Uno de los problemas que tiene la tesis de la inflación por oligopolio es que, así como no puede dar una explicación satisfactoria de los precios y ganancias (lo veremos brevemente en la segunda parte), tampoco puede encadenar de forma coherente por qué la inflación. Esto es, hay un salto lógico entre decir que los precios se forman de manera oligopólica, a sostener que la inflación se debe a esa formación oligopólica. De ahí la incapacidad para explicar también la inflación. Puesta la cuestión en forma de pregunta, si la dinámica inflacionaria se debe a la estructura oligopólica, ¿a qué se deben los cambios de las tasas generales de inflación, a nivel mundial, entre las décadas de 1970 y 1980, o entre las de 1970 y 1990? ¿Acaso a los cambios en el grado de concentración? No hay manera de explicarlo. No hay forma de demostrar que estas grandes variaciones en la tasa de inflación promedio mundial haya estado relacionada, de alguna manera fundamental, con variaciones en los grados de monopolio.
Por supuesto, tampoco se puede aplicar esa tesis a Argentina. Tengamos presente que la década 1981-1991 fue de alta inflación; que el siguiente período 1991-2001 fue de baja inflación; y 2002-2010 (y hasta el presente), de nuevo de alta inflación, aunque menor que en los 80. Los investigadores de FLACSO sostienen que la concentración de la economía argentina ha ido aumentando de manera sostenida a lo largo de estas tres décadas (Schorr, Manzanelli Basualdo, 2012). Más en particular, en 1993 era mayor que en los 80, y en 1999 era mayor que en 1993. Pero la inflación en los 90 fue mucho menor que en los 80; y en 1999 era menor que a comienzos de la década. A su vez, en los 2000 fue menor que en los 1980, a pesar del grado bastante mayor de concentración. La tesis de la inflación por oligopolio hace agua ante estos datos.
Todavía, si se quiere, podemos tomar el caso de la suba mundial de los precios de los commodities, que se produjo entre 2002 y 2008. No puede explicarse con la tesis “inflación provocada por el accionar oligopólico”. Primero, porque nada demuestra que la producción de commodities esté concentrada en algún grado cualitativamente mayor como para disparar ese aumento de los precios. Segundo, porque la tesis no puede explicar por qué en los 1980 y 1990 los precios de los commodities se ubicaron a niveles históricamente bajos, y se elevaron a partir de 2002; entre ambos períodos tampoco se registra un cambio importante en el grado de concentración en la producción de commodities, que pudiera explicar ese alza de precios. Es muy difícil sostener, con estos datos a la vista, que la inflación está vinculada “estructuralmente” a la concentración de la economía (o de la industria); o que la concentración haya jugado algún rol decisivo, o haya “conducido” de alguna manera determinante, los procesos inflacionarios.

Ni siquiera los datos de FLACSO encajan

Schorr, Manzanelli y Basualdo (2012) presentan la evolución de los precios relativos entre 2001 y 2010. Según el estudio, los vinculados a minas y canteras (hidrocarburos, minería metalífera) aumentaron 113,3% entre 2001 y 2010; los agropecuarios 143%; los de servicios disminuyeron 14%; y los de la industria crecieron el 12,5%. Pues bien, si la tesis de la inflación oligopólica es correcta, habría que relacionar de alguna manera estas evoluciones con los respectivos grados de concentración sectoriales. Pero no hay forma de establecer esa relación. Así, no hay manera de demostrar que la producción agropecuaria está más concentrada que la del automóvil, por ejemplo, o que la industria en general. Tampoco que la producción industrial esté más concentrada que la de servicios (por caso, medicina prepaga). Y así podríamos seguir.
Pero lo tesis tampoco parece tener éxito cuando se trata de explicar el comportamiento de los precios relativos en la manufactura, incluso con los datos que proporcionan los investigadores de FLACSO. Es que, según Schorr, Manzanelli y Basualdo (2012), las ramas que aumentaron los precios, entre 2001 y 2010, por encima del promedio de la manufactura, de mayor a menor, fueron: 1) máquinas y aparatos eléctricos (509,3%); 2) metales básicos; 3) productos metálicos (excluidas máquinas); 4) madera y productos de la madera (excluidos muebles); 5) papel y derivados; 6) máquinas y equipos; 7) caucho y plástico; 8) refinados de petróleo; 9) minerales no metálicos; 10) textiles; 11) sustancias y productos químicos; 12) sector automotor, carrocerías y repuestos (290,1%).
A su vez, el promedio de aumento en la manufactura fue 284,5%, y por debajo del promedio se encuentran, entre otros, muebles y otros productos industriales (276,5%); alimentos y bebidas; tabaco; impresiones y reproducción de grabaciones; otros medios de transporte; equipos y aparatos de radio y televisión (96,4%); y maquinaria para oficina (78%). A la vista de esto, es difícil encontrar una relación sistemática entre grado de concentración y aumentos de precios. Por ejemplo, máquinas y aparatos eléctricos y productos metálicos excluidas máquinas, figuran en el primero y tercer lugar, respectivamente, de los sectores con mayores alzas de precios. Pero no son ramas en las que exista una concentración especialmente alta; no hay manera de explicar que máquinas y aparatos eléctricos hayan aumentado 200 puntos porcentuales por encima de automóviles, o más de 400 puntos porcentuales por encima de “otros medios de transporte”, debido al grado de concentración. De la misma manera, los precios de textiles aumentaron más que los de automotores, tabaco, equipos para medicina e instrumentos de medición, sin que haya evidencia de que exista algún tipo de correlación en este ordenamiento con los grados de concentración de las ramas respectivas. Los propios autores parecen admitirlo, cuando afirman: “En algunas de ellas (de las ramas) parecería quedar de manifiesto cierta asociación entre la evolución de los precios mayoristas y la respectiva estructura de los mercados”, y mencionan los casos de textil, calzado y marroquinería, y maquinaria de oficina (énfasis agregado). Pero no hay manera de probar que textil sea más concentrado que producción de automóviles o tabaco. De ahí también la vaguedad de la formulación (“parecería”, existir “cierta asociación”); demasiado débil como para sostener una tesis general acerca de un factor “principal”, y “estructural” que “condujo” el proceso inflacionario.
Algo similar puede decirse de la evolución de los precios mayoristas de “alimentos y bebidas”, que tuvo un aumento promedio del 248,2% entre 2001 y 2010. Azúcar (391%) y aceites y grasas vegetales (390,8%) encabezan los aumentos entre esos años; en tanto que alimentos balanceados (243,2%), harinas (226%) y bebidas no alcohólicas (220,4%) están por debajo del promedio. No hay forma de demostrar alguna relación sistemática entre estas diferencias, y los grados de concentración respectivos; tampoco de establecer la relación con los aumentos de otros rubros. Por caso, en el mercado de gaseosas, Coca Cola y Pepsi dominan el 90% del mismo; de conjunto, Coca Cola posee el 61% del mercado de bebidas no alcohólicas (incluye aguas y aguas saborizadas), en el que intervienen también gigantes como Quilmes-Nestlé y Danone. Es imposible explicar que máquinas y equipos eléctricos hayan aumentado el doble que bebidas no alcohólicas, por la tesis del dominio oligopólico.
En la segunda parte de la nota, exploraremos las razones teóricas de estos problemas.

Rolando Astarita (01.04.2013)

Texto citado:

Schorr, M.; P. Manzanelli y E. Basualdo (2012): “Elite empresaria y régimen económico en la Argentina. Las grandes firmas en la posconvertibilidad”, FLACSO, Área de Economía y Tecnología, Documento de Trabajo Nº 22.

***

Ampliación de “Debate sobre inflación (1)”

En el día de ayer Pablo Manzanelli tuvo la gentileza de enviarme un mail diciéndome que al leer mi crítica (aquí) a la nota que escribió junto a Martin Schorr, advirtió que yo no había leído la investigación correcta en la que desarrollaron la base empírica de su enfoque. Considerando que es crucial para el debate, me pasó el link del trabajo. Es http://www.iade.org.ar/modules/noticias/article.php?storyid=4372. En la nota anterior yo cité una publicación de Schorr, Manzanelli y Basualdo, de 2012, pensando (ahora veo que erróneamente) que era la fuente última de la posición expuesta en la nota de Página 12; el trabajo que me envió Manzanelli es más reciente, de 2013.
En respuesta a su mail, le dije a Manzanelli que en caso necesario rectificaría lo que había escrito. Pero luego de estudiar el trabajo, y en especial el Anexo 3, que tiene los datos estadísticos principales para las conclusiones, debo decir que estoy incluso más convencido, si se quiere, de que de la misma investigación que han hecho Manzanelli y Schorr no se desprende lo que ellos sostienen que se desprende, a saber, que los grupos concentrados tienen un mayor poder de determinación de los precios.
De todas formas, y antes de examinar la cuestión de la inflación en la industria, es preciso señalar que el escrito de 2013 no trata las altas diferencias de inflación entre sectores (agropecuario, minería, manufactura, servicios). Como sostuve en la nota principal, no hay manera de demostrar que el sector agropecuario aumentó los precios muy por encima del sector industrial, o servicios, debido a las diferencias en el grado de concentración.
Vayamos entonces a la industria. En el Anexo 3 del trabajo citado, figuran 129 ramas fabriles, que fueron estratificadas según su grado de concentración en el 2003. Fueron clasificadas en ramas altamente concentradas (RAC); medianamente concentradas (RMC) y escasamente concentradas (REC), y se registró el aumento de precios mayoristas de cada una de ellas para el período 2001-10. Se consideraron RAC las ramas en las cuales las 8 mayores empresas generan más del 50% de la producción; RMC las ramas en las cuales las 8 mayores generan entre el 25% y el 50% de la producción; y REC aquellas en las cuales las 8 mayores empresas generan menos del 25% de la producción.
Se ponderó, además la importancia relativa de cada industria en el valor de producción de la industria, La ponderación del peso de los sectores en el conjunto de la economía es importante, por supuesto, para conocer de qué manera influenciaron en el nivel general de alza de precios, pero tiene poca importancia para decidir si los sectores más concentrados pudieron elevar los precios de sus productos por encima de lo que lo hicieron los sectores menos concentrados. Para verlo con un ejemplo sencillo, supongamos que una rama represente el 0,05% de la producción total, pero tiene un poder oligopólico tal que le permite establecer un precio 10 veces superior al promedio de la industria. A la hora de medir el grado de monopolio de esta rama, el hecho de que represente una parte muy pequeña de la producción total no tiene importancia. Sí la tiene si queremos conocer la incidencia de esa suba del precio del producto de esa rama en la suba de precios total.
Yendo ahora al Cuadro del Anexo 3, vemos que de las 129 ramas, 14 son REC; 46 son RMC; y 69 RAC. Esto significa que las RAC abarcaban más del 53% del total de las ramas, y que la suma de las RMC y RAC representaba el 89% del total. El dato es importante para la segunda parte de la nota, en la que trataré la cuestión desde el punto de vista teórico.
Pues bien, a partir de los datos, calculé entonces cuánto fue el aumento promedio de las RAC, RMC y REC. El resultado que obtuve dice que no hay una relación sistemática entre el grado de concentración de las ramas y las subas de precios de cada una de ellas. Antes de presentar los totales, señalo que ese resultado ya se intuye cuando echamos un vistazo “al vuelo” a la lista de las 129 ramas y los aumentos respectivos. Es que la dispersión de aumentos entre RAC, RMC y REC, y al interior de ellas, es llamativa. Por ejemplo, en las RAC las alzas van desde el 833,7% en conductores eléctricos, o 675,6% en acumuladores eléctricos, al 78,2% fabricación de tubos y válvulas electrónicos y otros componentes eléctricos; fabricación de transmisores de radio y televisión y de aparatos de telefonía y telegrafía con hilos; y fabricación de receptores de radio y televisión, aparatos de grabación, y productos de sonido y video, y productos conexos. Asimismo, en las REC, fabricación de otros productos de madera, artículos de corcho, paja y materiales trazables, tuvo un alza del 399%, y fabricación de artículos de cemento, fibrocemento y yeso, excepto mosaicos, del 317%, muy por encima de muchas industrias clasificadas como RAC o RMC.
Lo importante, sin embargo, es que lo que se advierte intuitivamente se verifica haciendo las cuentas: entre 2001 y 2010 los productos de las RAC tuvieron un alza promedio del 309%. Poco más de 6 puntos porcentuales por encima del promedio, que es 302,8%. La diferencia no parece significativa, al menos como para sostener una tesis general de formación oligopólica de precios. La cuestión mejora para la tesis cuando vamos a los productos de las RMC, ya que tuvieron un alza del 290,7%. Existe una diferencia de unos 19 puntos porcentuales con respecto a los RAC, lo que de todas maneras no es demasiado significativo, dada la magnitud de las subas. Sin embargo, donde el resultado es extremadamente perjudicial para la tesis de la formación oligopólica de precios es en las REC: aquí el promedio de alza fue del 311%, esto es, por encima de las RAC y las RMC. La distribución de las alzas no parece corresponderse con los grados de concentración. Subrayo: son los datos proporcionados por los propios investigadores de FLACSO. No veo de qué manera se puede afirmar que estos datos proporcionan evidencia de la formación oligopólica de precios en la industria argentina entre 2001 y 2010.

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