lunes, 15 de mayo de 2017

La Bonaerense se desintegra

La caída del jefe Pablo Bressi y su relevo por Fabián Perroni, antiguo torturador.

La situación de Pablo Bressi al frente de la Bonaerense se había vuelto insostenible hacía ya mucho tiempo, y finalmente lo echaron horas después de que el comisario mayor Alberto Miranda, jefe de Plantas Verificadoras de Automotores de la provincia, fuera detenido con 189 mil pesos de una cadena de coimas.
La importancia del arresto de Miranda está dada porque la denuncia que lo hizo caer, anónima y escueta, llegó desde adentro de la propia policía. La infidencia indicaba con detalles las fechas y los lugares en que se entregaban los sobres con las coimas. Bressi aceptó renunciar de inmediato antes de ir, también él, a parar a un calabozo como su par de la Policía de la Ciudad, José Potocar.
La gestión de Bressi al frente de la Bonaerense estuvo marcada por la eclosión de corruptelas varias que involucran a comisario y oficiales. En abril del año pasado una investigación de Asuntos Internos encontró 36 sobres con $153.700 pesos en los escritorios de uno de los jefes de la Departamental de La Plata. Poco después, en el allanamiento del domicilio del jefe de una banda dedicada a levantar quiniela, fueron secuestrados 12 millones de pesos y sobres destinados a diferentes comisarías, la mayoría del oeste del conurbano.
Bressi tenía, además, denuncias abundantes por sus vínculos con el narcotráfico. En febrero de este año, Marcelo Di Pasqua, ex titular de la Superintendencia de Seguridad de Mar del Plata, lo denunció por encubrir y entorpecer investigaciones relacionadas con el narcotráfico en Lomas de Zamora. Bressi dirigió Drogas Peligrosas, un cargo al que no se accede sin el aval de la embajada norteamericana y la DEA, una de las principales organizadoras del narcotráfico en el mundo.
Fue precisamente otra habitué de la embajada yanqui, Elisa Carrió, quien embistió contra Bressi apenas asumió el cargo. Lo acusaba de ser el gran recaudador de Hugo Matzkin, jefe de la Bonaerense en tiempos Alejandro “38 especial” Granados y Daniel Scioli. María Eugenia Vidal lo sostuvo contra viento y marea, hasta ahora.
El sucesor, Fabián Perroni, además de ser un oficial de confianza de Bressi, tiene un prontuario ventrudo. En 1992 estaba en la comisaría 9ª de La Plata cuando fue denunciado por torturar a un joven, a quien primero le habían destrozado la casa. En esa comisaría, conviene recordar, desapareció Miguel Bru, causa por la cual fue condenado a perpetua Walter Abrigo, un íntimo de Perroni.
El gobierno vuelve a ensayar un pacto con la repodrida corporación de los comisarios, pero los acuerdos que teje se desintegran como resultado de la descomposición imparable que recorre al aparato policial. Así pasaron por la jefatura de la Federal Román Di Santo –imputado por el encubrimiento de la muerte de Nisman– y la nueva Policía de la Ciudad Pedro Potocar –preso por coimas– y ahora Bressi, cuya salida de la Bonaerense se inscribe en este marco.
La “maldita policía” está fundida con el hampa hasta ser parte integral de ella, pero el gobierno no puede prescindir de ella. En primer lugar, pretende un pacto político con ella para reprimir las luchas sociales. Pero no se trata sólo de la policía: el dinero de la corrupción policial hacia las cajas políticas y se entrelaza con el “poder territorial” de los punteros de la política burguesa argentina.
Entretanto, la población trabajadora es la gran víctima de la inseguridad, del delito promovido y protegido por esta policía. Por eso resulta indispensable establecer un programa para desmantelar este aparato corrupto: control de los libros de guardia y cuadrículas, fiscalización a cargo de los organismos de derechos humanos, junto a la elección popular de jueces y fiscales.
Ya es una cuestión urgente de salud pública.

Alejandro Guerrero

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