sábado, 25 de enero de 2020

El Pepe, ¿una vida suprema?



El documental "El Pepe, una vida suprema", de Emir Kusturica sobre la vida de José “Pepe” Mujica que se puede ver desde fines del año pasado por Netflix, permite una reflexión, más allá de la figura del exguerrillero, sobre el destino político del MLN y del propio Mujica.

Un retrato del "Pepe"

El documental, basado en una serie de entrevistas a Mujica y decenas de horas de grabación producto del seguimiento de Kusturica y su equipo al expresidente durante más de 3 años, tiene la virtud de pintar de manera bastante certera y completa la figura del ex guerrillero.
Se ha dicho aquí en Uruguay que no agrega nada nuevo a lo que ya se conoce, y eso no deja de ser cierto, pero seguramente es un merito del propio Kusturica haber captado, desde la ajenidad y exterioridad que puede tener el director serbio, los aspectos principales de la figura del protagonista.
Sin la creatividad y originalidad que podemos observar en sus principales filmes (¿Te acuerdas de Dolly Bell?, Papá salió en viaje de negocios, Underground, Tiempo de gitanos) Kusturica recorre la historia del lider del MLN, su vida en común con su pareja (la también tupamara Lucia Topolansky), sus años de cárcel como rehén de la dictadura uruguaya, su vida austera en su casa de Rincón del Cerro, así como diálogos y frases que revelan los aspectos principales del semblante de Mujica.
A lo largo de los 73 minutos del documental también aparecen figuras relevantes del movimiento tupamaro, entre ellos, además de la ya nombrada Topolansky, sus compañeros de cárcel Eleuterio Fernández Huidobro y Mauricio Rosencoff. Huidobro, cuyo testimonio es central en el film, fue ministro de Defensa del gobierno de Mujica y figura primordial en la defensa de la impunidad para los torturadores y militares genocidas.
Podría resultar paradójico que luego de 13 años de cárcel en condiciones totalmente inhumanas sean las propias figuras tupamaras fervientes protectores de los responsables de los crímenes de la dictadura; pero en el fondo Mujica es así: una suerte de razón de Estado lo ha llevado defender (implícita o explícitamente) a aquellos que torturaron, encarcelaron y asesinaron, incluso a sus propios ex compañeros de militancia.
Como bien ha señalado Jorge Zabalza (otro ex rehén tupamaro pero que no compartió el giro político de la dirección del MLN), también Mujica trivializa la acción guerrillera conocida como la “toma de Pando” (cuando tomaron por algunos minutos la comisaría, el cuartel de bomberos y algunos bancos, en el segundo aniversario de la muerte del “Che” Guevara), al relatar en la película que luego del operativo “se fueron a tomar cerveza” y omitiendo que algunos de sus compañeros integrantes del MLN murieron en ese hecho.
Mujica, Huidobro y compañía además evitan deliberadamente referirse al ascenso obrero de los 60 y 70, en Uruguay y toda la región, para centrarse en el accionar “heroico” de la guerrilla tupamara.
Sin dejar de reconocer que en toda esa época arriesgaron su vida por sus ideales, no podemos omitir que el MLN no fue parte de las masivas movilizaciones y luchas del pueblo uruguayo que en las calles se enfrentaba al pachecato y la represión.
Con una especie de mesianismo autoproclamatorio (que el propio Huidobro retoma en el documental cuando se jacta de haber casi “inventado” la guerrilla urbana) los tupamaros eligieron el camino paralelo de las acciones armadas, sin buscar empalmar con los centenares de miles de trabajadores y estudiantes que luchaban en las calles por terminar con el capitalismo. Esta misma visión en definitiva, fue la que les llevó a tener un papel prácticamente nulo durante la Huelga General del 73, cuando masivamente el pueblo enfrentó el golpe de estado.
Al retorno de la democracia el MLN deja atrás su etapa de lucha armada para comenzar un progresivo proceso de integración al régimen político (negociado con los militares con la participación del Frente Amplio en lo que se conoce como pacto del Club Naval). Con el correr de los años se profundiza su participación en las instituciones y mecanismos de la democracia burguesa hasta finalmente lograr que su líder, José Mujica alcance la presidencia de la república.

Un gestor y administrador del capitalismo

El propio comienzo del film resulta algo paradójico; luego de la escena del mate entre Mujica y Kusturica, la voz en off del líder tupamaro presenta al Uruguay como el paradigma de la socialdemocracia. Sin embargo el concepto choca con las propias imágenes que se ven en ese preciso momento; mientras Mujica habla de la “excepcionalidad” uruguaya, trabajadores y estudiantes luchan masivamente en las calles o enfrentan a las fuerzas represivas.
El”relato” de una supuesta sociedad hiperintegrada y sin grandes desigualdades no es inocente; el Mujica de hoy, el presidente y miembro de la clase política, intenta justificar el abandono del horizonte revolucionario y de cambio profundo, por el ideal de la sociedad batllista y amortiguadora de conflictos, pero plenamente inserta en el sistema capitalista. Como él mismo ha dicho su objetivo no va más allá de humanizar el capitalismo y sus (escasas) menciones al socialismo terminan siendo frases huecas y sin contenido.
Esta fue la política del MLN (y la de todo el Frente Amplio); ser un buen gestor del capitalismo, aceptar plenamente el orden mundial (buena letra con el imperialismo y sus instituciones) y búsqueda de inversiones a cualquier costo (incluso sin ninguna consideración por la cuestión ambiental); en definitiva un político “responsable” que acepta sin chistar el status quo.

Más allá de todo, un político del stablisment

La cautivación que genera la figura del expresidente en todo el mundo, origen seguramente del interés de Kusturica por realizar la película, no puede ocultar la distancia entre sus ideales de “juventud” y su presente como político totalmente integrado.
Su vida austera, sus declaraciones y modos que se apartan en parte de las convenciones, no impiden que Pepe se haya transformado en parte del elenco de los gobernantes de estos tiempos.
Es cierto que durante su gestión promovió varios puntos de la agenda de derechos (marihuana, aborto legal, matrimonio igualitario), accediendo a reclamos por los que se venía luchando desde hace mucho tiempo; pero luego, más allá de algunas poses, no hay una posición rupturista ni trasgresora real y el propio stablisment le ha dado un lugar. Su gobierno no cambió nada de la absolutamente injusta estructura económica del país, sino que por el contrario profundizó la penetración de la multinacionales y la concentración de la tierra y se supo rodear de empresarios “amigos” conocidos por sus posturas explotadoras y antiobreras (Lopez Mena, Fernández, ex dueño de Fripur, entre otros).
Cuentan que cuando se estrenó el documental en el Festival de Venecia (setiembre de 2018) Kusturica declaró que de haber sido joven y uruguayo en la misma época que lo fueron ellos (por Mujica y Topolansky), sin duda hubiera sido tupamaro.
Tomando libremente este comentario de Kusturica nosotros también podríamos preguntarnos acerca de que dirían esos jóvenes latinoamericanos de los 60 y los 70 que dieron su vida por la revolución si alguien les contara en ese momento lo que finalmente terminó sucediendo (50 años después) en un gobierno encabezado por un “tupamaro”.
Que tanto podrían sentirse identificados aquellos luchadores con el pensamiento político actual de un Mujica que en el propio documental señala que su objetivo es administrar el capitalismo y gestionarlo.
En este sentido la trayectoria política del expresidente es prácticamente la negación de los ideales que movieron a toda una generación y este aspecto constituye la conclusión principal a la que podemos llegar luego de observar su actividad política en las últimas décadas; posturas que en definitiva son las que aparecen reflejadas en el filme del propio Kusturica.

Hernán Yanes
Jueves 23 de enero | 09:24

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