lunes, 14 de octubre de 2013

Las mujeres y el trabajo en las primeras décadas del siglo XX



Las mujeres desempeñaron un papel crucial en la provisión de mano de obra para el capitalismo en expansión. Lo hicieron tanto de manera directa como indirecta. Las pesadas labores domésticas que casi todas desempeñaban -crianza de los niños, atención de la alimentación, cuidado del vestido de maridos, etc.- eran fundamentales para la reproducción y mantenimiento de la fuerza de trabajo de la que luego se beneficiaban los patrones. Sin el trabajo presente de las madres, no habría brazos para contratar en el futuro.
Además, un obrero rara vez adquiría en el mercado las comidas que lo mantenían en condiciones de trabajar: su alimentación estaba casi siempre mediada por el trabajo de su mujer o su madre, que transformaban en un plato la mercadería que el salario compraba. Todo este trabajo fundamental, sin embargo, no recibía ninguna remuneración. Si los obreros hubieran tenido que contratar niñeras, cocineras, costureras y lavanderas para que se ocuparan de todos los quehaceres que las mujeres realizaban en favor de su supervivencia básica, sus salarios habrían tenido que ser muchísimo más altos. Si ellos mismos hubieran debido ocuparse de la crianza de los niños, de la cocina o de los remiendos, no habrían podido trabajar nueve y más horas por día. De las labores domésticas de las mujeres se beneficiaban así no sólo los varones de la casa, sino también los patrones, que se ahorraban un costo importante del mantenimiento de la mano de obra.
Pero además las mujeres contribuyeron en forma directa, empleándose ellas mismas masivamente. Las que así lo hicieron fueron doblemente explotadas: no sólo no percibían un centavo por sus tareas domésticas, sino que sus salarios fueron bastante menores a los de los varones en posiciones similares.
Aunque no hay certeza total sobre ello, la participación de las mujeres como proporción de la mano de obra total parece haber disminuido en los primeros tiempos de profundización del capitalismo. A medida que iba desapareciendo la producción autónoma que se realizaba en los hogares -por ejemplo en los telares artesanales, donde las mujeres tenían una intensa participación- la reemplazaban formas más “modernas” en las que, inicialmente, se tendió a emplear prioritariamente a varones. Sin embargo, esto se fue revirtiendo con el correr de las décadas, a medida que más y más mujeres ingresaban al mercado de trabajo. Hacia 1895 un 15,7% del total de la mano de obra industrial de todo el país (incluyendo tanto a obreros como empleados) eran mujeres, en su mayoría nativas, a las que se encontraba especialmente en grandes fábricas, en particular de los rubros el vestido y tocador, textil y de confección, químico, gráfico y de alimentación. Para 1947 habían ampliado el rango de ramas en las que tenían peso y se las encontraba en números importantes en casi todas ellas.
Sin embargo, esto no significó un aumento de su contribución porcentual relativa a las de los varones: en esa fecha representaban el 14,5% de los empleados y el 20,6% de los obreros de todo el país. Con todo, en algunas industrias su participación como obreras superaba a la masculina, por ejemplo en las del tabaco y las confecciones, mientras que en otras iba casi a la par, como en la textil y la del papel y cartón. En general, las mujeres salían a buscar empleo cuando eran solteras o recién casadas y se retiraban del mercado laboral durante la edad reproductiva, para regresar más tarde, una vez criados los niños. Además de emplearse como “fabriqueras”, tuvieron un lugar dominante en el “departamento exterior” de las empresas. En ciudades como Rosario, Tucumán, Córdoba y Buenos Aires miles de ellas trabajaban en sus casas o en piezas de conventillo como costureras, bordadoras, pantaloneras, o modistas a pedido de talleristas, industriales, tiendas e incluso del Ejército. Hacia principios del siglo XX, por ejemplo, 25.000 mujeres realizaban labores domiciliarias a cuenta de fábricas de fósforos, sombreros, vestimenta, bolsas, etc.
En el espacio urbano también fueron legión como administrativas, empleadas de comercio y de diversos ramos del sector servicios, enfermeras o parteras. El servicio doméstico continuó siendo un ámbito de empleo de gran importancia. Con el correr de los años los varones fueron perdiendo participación en este rubro, dominado en los años cuarenta casi totalmente por el trabajo femenino. Aunque en la zona de Buenos Aires y el litoral criollas e indias compartieron estas labores con trabajadoras inmigrantes, en el interior predominaban claramente las nativas.
En el campo, el trabajo femenino no fue menos importante. Por todas partes compartían las faenas rurales con los hombres, ordeñaban, producían queso y manteca, cuidaban de los animales, amasaban pan. Pero incluso aportaban su sudor en las más pesadas tareas asalariadas. En 1914, por ejemplo, el 18,1% de los trabajadores de los ingenios azucareros eran mujeres. En el Ledesma el porcentaje llegaba a casi el 40%. En la región del gran Chaco, las mujeres de los hacheros con frecuencia ayudaban en el desmalezado previo a la tala, tarea por la que no percibían ningún ingreso. Tanto en ciudades grandes como en pequeños pueblos rurales de todo el país, la prostitución fue una opción laboral para un número importante. Es difícil calcular cuántas la ejercían, pero indudablemente se contaron por millares, sobre todo en las primeras décadas de este período, en las que el ingreso de inmigrantes varones superaba el de mujeres. Incluso en un pueblo pequeñísimo como el de Uriburu, en el territorio de La Pampa, se contaron más de 100 prostitutas en los años veinte.
Las condiciones de trabajo fueron para las mujeres bastante peores. Los patrones las requirieron, entre otras cosas, por la posibilidad de controlarlas mejor y pagarles sueldos más bajos (razón por la cual algunos sindicatos, como los de los gráficos o los maquinistas ferroviarios, llegaron incluso a exigir a la patronal que no contratara mujeres para los puestos que requerían mayor calificación, una medida orientada a defender los ingresos pero claramente discriminatoria). Un censo realizado en 1909 en la ciudad de Buenos Aires reveló una enorme diferencia de salarios entre trabajadores del sexo femenino y masculino. A fines de la década de 1930 los trabajadores varones cobraban en promedio más de un 40% más que las mujeres. Además, las trabajadoras padecían formas de violencia laboral especiales de su género. El acoso sexual por parte de patrones, jefes y compañeros de trabajo era una constante. Las relaciones sexuales forzadas y la violación de empleadas domésticas era una práctica habitual entre las familias adineradas. La violencia física contra las prostitutas por parte de clientes y “cafiolos” era constante.
Además, las trabajadoras con frecuencia se veían afectadas por formas especiales de control “moral” y de discriminación laboral. En muchas fábricas fueron comunes reglas que impedían la contratación o permanencia de madres solteras, o que prohibían a los empleados ponerse de novios entre sí. Las telefonistas de la Unión Telefónica no sólo trabajaban por un sueldo menor al de los varones, encerradas en ambientes poco ventilados y bajo estricta supervisión, sino que además se les exigía permanecer solteras. Hasta aproximadamente 1935 la empresa no tomaba mujeres casadas o con hijos y despedía a sus empleadas cuando se proponían formar familia. En 1921 esta injusticia llegó a la prensa con motivo del caso de una telefonista que acuchilló al administrador general de la empresa tras haber sido despedida, luego de 14 años de servicios, por el solo hecho de haberse casado.
En general, la cultura dominante de estos años estigmatizaba el trabajo femenino, especialmente el de las fábricas. Un prejuicio extendido consideraba que en la condición obrera había algo contrario al honor, la suavidad y la belleza que se esperaba de las mujeres.

Ezequiel Adamovsky
Fragmento del libro Historia de las clases populares en la Argentina: desde 1880 hasta 2003, Buenos Aires, Sudamericana, 2012. NB: Algunos de los datos de esta nota están tomados de investigaciones de Mirta Lobato y Dora Barrancos.

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