miércoles, 22 de junio de 2011

Agrotóxicos, salud y renta sojera


Desde hace unos 10 años, diferentes grupos de vecinos y organizaciones vienen denunciando que los venenos que se utilizan en varios cultivos los están enfermando. Reflejo de esas luchas son las Madres de Barrio Ituzaingó de Córdoba, que denunciaron la gran cantidad de enfermos de cáncer, leucemias infantiles sobre todo, y de malformaciones congénitas que se presentaban en ese barrio rodeado de campos con agricultura (también existían aquí otros factores de agresión ambiental que fueron de alguna manera remediados).
En Santa Fe, Buenos Aires y Chaco también grupos de vecinos organizados manifestaron los mismos reclamos.
Es preciso conocer que desde 1996, en el que se introduce la soja transgénica a la Argentina, se fue extendiendo un modelo de producción agroindustrial caracterizado por la práctica de siembra directa, semillas transgénicas y uso creciente de agrotóxicos. Estos constituyen lo que llaman el paquete tecnológico de la nueva agricultura, sin agricultores. Hemos perdido más de 200.000 productores, quedan sólo 300.000, de los cuales 80.000 hacen soja y maíz transgénicos.
Las semillas transgénicas y los agrotóxicos son provistos por las multinacionales (Monsanto, Syngenta, Novartis, Bayer), que tienen participación en el comercio internacional de alimentos y son parte de la especulación financiera en alimentos (especialmente maíz, arroz, soja y trigo) que produce un aumento sostenido del precio internacional de estos productos.
Nunca como hasta ahora nuestros productos de exportación tradicional han tenido precios tan favorables en dólares; también nunca como hasta ahora el Imperialismo tuvo una propuesta integral, desde la semilla hasta la venta en el mercado de cualquier pueblo, para apropiarse de la renta en este negocio y generar un mercado de especulación que le genere millonarias ganancias.
La extensión de la agricultura se hizo avanzando sobre los bosques naturales, desplazando población campesina, destruyendo la biodiversidad y apropiándose de tierras fiscales o de ocupación consuetudinaria.
Pero una característica inevitable de esta práctica es que cada vez, año a año, necesitan más y más agrotóxicos para sostener la producción. Esto se debe a que los monocultivos son especialmente propensos a plagas que afectan su rendimiento. Es así como en nuestro país se aumentó de 30 millones a 340 millones la cantidad de litros de venenos que caen, cada año, en una superficie donde viven 12 millones de personas. En los primeros años se usaba 2 o 3 litros por hectárea de glifosato, hoy utilizan entre 10 y 14 litros en la misma ha. El mercado de agrotóxicos en la Argentina es de 2.200 millones de dólares. Agrotóxicos que su principales promotores aseguraban que eran atóxicos e inocuos, pero que la experiencia de la gente de los pueblos fumigados sabe que no es así, las observaciones de los médicos de esos pueblos tampoco, la investigaciones de muchos científicos argentinos tampoco y menos aun la enorme cantidad de datos científicos independientes (de Monsanto y los otros grupos) que demuestran como el glifosato, endosulfán, atrazina, clorpirifós, etc. generan cáncer, malformaciones en los niños que nacen, trastornos hormonales, etc.
Un gupo de universitarios de la salud, de distintas unidades hemos podido hacer conocer esta información y potenciar las denuncias de las organizaciones de los pueblos fumigados. Podemos decir que se comienza a conocer el perjuicio sanitario y ambiental que la renta sojera esta ocasionando en nuestro país. Esto es así a pesar de las presiones de Monsanto y sus grupos académicos cooptados, las asociaciones de productores concentrados y los gobiernos nacionales y provinciales que sostienen fuertes políticas neoextractivistas.
Mucho queda aún para avanzar, la UE prohibió en el 2009 todo tipo de fumigaciones aéreas, estas son las más utilizadas por los pooles de siembra y es la forma de pulverización criminal de venenos que más perjuicio producen a las personas y al ambiente. Los Médicos de Pueblos Fumigados venimos reclamando su prohibición total en Argentina, y que se alejen las fumigaciones terrestres a más de 1.000 metros del límite de los pueblos, como medidas inmediatas de defensa al derecho a la salud. También reclamamos que se aplique el Principio Precautorio de la Ley General del Ambiente y que se promuevan prácticas agroecológicas que pueden sostener la producción en una forma equilibrada y sustentable.
Mahatma Gandhi decía que la Tierra puede alimentar al hambre de todos los hombres, pero no a su Codicia. Hoy esta sentencia sigue siendo cierta, a pesar de la hipertrofiada codicia del neoliberalismo.

Medardo Avila Vázquez
Médico Pediatra y Neonatólogo
Coordinador Red Universitaria de Ambiente y Salud
Médicos de Pueblos Fumigados
www.reduas.fcm.unc.edu.ar

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