miércoles, 27 de abril de 2011

Julio Gambina: “El discurso neoliberal se combate pero su institucionalidad persiste”


El doctor en Ciencias Sociales Julio Gambina, asegura que en la última década ya no se escuchan defensores de las políticas de los ‘90, aunque son pocos los que pretenden combatirlas. Remarca que América Latina marcó un cambio político mundial que ahora puede tener continuidad en medio oriente
En medio de las turbulencias en medio oriente y cuando los históricos regímenes están en jaque, Julio Gambina analiza los hechos en relación a la dependencia de las potencias mundiales con respecto a la producción petrolera. Además, asegura que el lugar del cambio político fue América Latina durante la década pasada, donde un aymara llegó a presidir un país, también un cura, un militar y un puñado de mujeres.
En un párrafo aparte, el doctor en Ciencias Sociales y economista cuestionó el perfil progresista del gobierno nacional y aseguró que sigue gobernando con la misma institucionalidad de los ‘90.
¿Por qué América Latina es el lugar de cambio político en el mundo?
Uno tiene que pensar que la Cepal calificó a la década del ‘80 como perdida porque fue de decrecimiento productivo y económico en la mayoría de los países de la región. La década del ‘90 fue considerada medio perdida por la Cepal, pero agregó además que lo ganado era la recuperación de los procesos democráticos. Eso haría un balance crítico de lo económico y de relativo rescate de los procesos políticos de transiciones de las dictaduras a procesos constitucionales en la región. Cuando uno mira la década del ‘90 ve una década de ofensiva del programa de liberalización de la economía muy grande. Incluso Argentina fue el país de la región que más avanzó en la liberalización con flexibilización laboral, privatización e inserción subordinada que fue expuesta en aquella triste expresión de “relaciones carnales” con Estados Unidos. Famoso dicho de Di Tella que marca toda una época. Los ‘90 son el avance de la institucionalidad neoliberal en toda América Latina y que queda plasmada en la reforma constitucional del ‘94 en Argentina. Es lo que muestran las reformas constitucionales de esa década, los estatutos de integración. El Mercosur, ya desde su propio nombre y lo que significó como convergente y coherente con los tratados de libre comercio que se impusieron en los ‘90. El elemento máximo de debate fue el ALCA.
¿De todo eso hay un giro en el continente ahora?
Bueno, todo eso cambia sustancialmente en la primera década del siglo XXI. Es totalmente distinta y lo mayoritario es la crítica al sistema neoliberal. Y tan importante es el tema que Dominique Strauss-Kahn, el titular del Fondo Monetario Internacional (FMI) dijo que ya se agotó el Consenso de Washington. Hoy el FMI da por muerto el consenso de Washington, que fue la política hegemónica de la década del ‘90. Es decir que el Fondo está diciendo lo que venimos diciendo nosotros desde hace rato, la práctica social y política de América Latina enterró el discurso del Consenso de Washington, que era el empuje a la iniciativa privada, la desregulación, la reducción del gasto público. Y la crisis de la economía mundial contemporánea, 2007-2011, ha hecho que los gobiernos aún gobernados por sectores de la derecha política, como Estados Unidos, Europa o Japón, hayan instrumentado políticas de grosera intervención del Estado para el salvataje de bancos y grandes empresas. Y no hablo de Obama en Estados Unidos, hablo de Bush, que en 2008, en el epicentro de la crisis, orquestó un salvataje gigantesco para las grandes empresas. Se habló de socialismo con la nacionalización de la General Motors, una empresa emblemática si la hay en Estados Unidos. No es una historia de demócratas o republicanos sino que los propios republicanos más vinculados al proyecto clásico neoliberal de restauración conservadora con Reagan acudieron a las políticas estatales. Entonces, la primera década del siglo XXI muestra el entierro del discurso neoliberal. Hoy en América Latina nadie levanta el discurso neoliberal. Más bien yo diría, hablando de Argentina, que Macri podría ser considerado un gobernante de derecha; sin embargo no ganó con un discurso neoliberal clásico. Y las medidas que intentó aplicar de privatización de la educación, de la cultura, no pudo llevarlas adelante. Pese a que lo votó la población de la Ciudad de Buenos Aires, cuando quiso implementar sus políticas coherentes con un neoliberal de derecha, la gente no lo dejó. Hoy en América Latina no se pueden implementar esas políticas.
Pero no es homogéneo...
Uno mira y ve el escenario de la costa atlántica más ligado a la izquierda y otro es el del Pacífico. Pero ve Perú ahora que Ollanta encabezó las preferencias de la población, igual que en su momento cuando ganó en primera vuelta y luego perdió. Veremos ahora cómo se procesa. Pero está claro que cambió el horizonte político de la región latinoamericana aunque haya algún gobernante de derecha, como Piñera en Chile. Pero el dato novedoso es la continuidad impensada de la Revolución Cubana. Hace 20 años, cuando se desarticuló la URSS, en 1991, la verdad es que nadie daba un peso por Cuba, pero ahí está, en un debate de modelo económico, de resignificación de su modelo político, económico y social. Nadie imaginaba que en 2004 un presidente constitucional ratificado en múltiples elecciones convocara a construir el socialismo, como Hugo Chávez. Y en 2010 asume su segundo mandato Evo Morales y plantea el horizonte de construir el socialismo comunitario recuperando la tradición histórica de los pueblos indígenas. Cuesta pensar lo que significa que un indígena gobierne un país de América Latina, cuando la población indígena fue masacrada, asesinada hace 500 años. Si uno quiere ver el origen de la revolución industrial tiene que mirarlo en la masacre de los pueblos originarios de América Latina. Ahora hay un proceso nuevo y esos sectores sociales son gobierno. Están aprendiendo un proceso de gobernar su propio país. Esa es la novedad, no que haya un gobernante de derecha, alguno de izquierda u otro de centro. Sino que hay nuevos sujetos sociales que intervienen en la política con capacidad de disputar poder. Un cura gobierna Paraguay, gobiernos de mujeres son ahora algo bastante normal y el caso se da en Argentina, Brasil y antes Chile. Hay cosas nuevas: que un obrero metalúrgico haya sido presidente de Brasil o que un militar sea presidente bajo gobierno constitucional. ¿Qué presidente del mundo se somete a un plebiscito revocatorio? No hay un solo presidente que lo haga, salvo el de Venezuela, y encima es estigmatizado como no democrático. Por eso es interesante y la gran novedad política de la primera década de este siglo fue América Latina.
¿Y ahora es Medio Oriente?
Ahora despunta la segunda década con la novedad de Medio Oriente, el norte de África, que no es un tema menor, porque estamos hablando del corazón del petróleo, el tema estratégico global.
¿Ahí está la clave?
Es eso, no hay otra explicación. No hay que hablar bien o mal de Khadafy. Hasta ayer nomás tenía excelentes relaciones con los jefes político-militares de la agresión que hoy sufre. Uno no entiende por qué hasta hace dos meses esos presidentes lo visitaban en Libia y Khadafy los visitaba en sus países. Hacía convenios, negocios. Se podía decir que era un hombre de ellos. ¿Qué pasó que ahora no es confiable? No es confiable porque se produjo algo en Túnez o en Egipto que desencadenó un proceso de cambios en Marruecos, Siria, Jordania. Despertó la rebelión de los pueblos. Ellos lo que quieren es restablecer el orden, porque el petróleo es estratégico en una época en el mundo en que se han agotado las reservas internacionales y los grandes consumidores son Estados Unidos, Europa y Japón. No pueden seguir con el modelo productivo actual si no conservan las fuentes de petróleo, que están en el sur del mundo. Y lo que digo con respecto al petróleo vale para el agua y la biodiversidad. De nuevo América Latina, como hace 200 años, es funcional a las necesidades del capitalismo desarrollado. América Latina no es un región pobre, es una región empobrecida porque tiene todo lo que necesita el capitalismo desarrollado. Por ejemplo Argentina no es un país minero, pero esa explotación está cada vez más desarrollada y están aquí las principales minas de oro, muy demandadas en el plano mundial. Es como la soja, todo eso no se produce para el consumo interno, se exporta todo. La soja se consume por animales en Asia para cambiar la dieta alimentaria de esos pueblos en función de su perspectiva de desarrollo. Entonces, más que ser un gran productor de alimentos para resolver los problemas alimentarios del mundo, está siendo funcional a la acumulación de riqueza, poder y ganancias de las transnacionales de la biotecnología, de la alimentación. Hay una funcionalidad nacional a la demanda de ganancia de los capitales transnacionales.
¿Y eso es malo?
Bueno, Argentina se queda con un excedente importante. Pero la pregunta es, pensando en que se genera un excedente apropiado por el Estado vía retenciones, que de hecho es así, ¿cuál es el uso de ese excedente? ¿Se está volcando en más educación, salud, desarrollo de fuentes de trabajo? Argentina es un gran productor de automotores y el 70% se exporta. Más de la mitad de los autos que se consumen en el mercado son importados. La industria trata de bajar costos y por lo tanto paga los salarios más bajos posible y además cada vez las autopartes tienen menor incidencia en el valor del producto final. Cuál es la ventaja de una gran industria automotriz, de una gran producción sojera, de una gran producción de oro si eso no implica una mejora en la calidad de vida de la mayoría de la población. Me dirán que hay retenciones, que hay recursos fiscales, pero quién se apropia del superávit fiscal.
La vieja dicotomía entre crecimiento económico y desarrollo...
Es vieja pero resignificada. Porque hoy además del debate entre crecimiento y desarrollo que había en los ‘60, hay que discutir qué tipo de crecimiento y qué tipo de desarrollo. Porque el desarrollo de los ‘60 y ‘70 estaba vinculado al mercado interno y el desarrollo contemporáneo es de la transnacionalización. El Indec, que es muy discutido, tiene su encuesta para grandes empresas que es maravillosa, y ahí no miente. Bueno, ahí se ve cómo la economía argentina se está transnacionalizando, se está extranjerizando y se está concentrando. Hace 30 años las empresas más grandes de la Argentina eran estatales, hoy son privadas, y son privadas y extranjeras. Cada empresa nacional que crece en su proceso de acumulación llega a un punto en que no puede competir con las transnacionales. Y lo que hace es vender. ¿Qué hace el empresario argentino que acumula con lo que cobra? Lo reinvierte en procesos derivados, subordinados o lo manda al mercado financiero global insertando a la Argentina en la transnacionalización de la economía vía financiera, económica o productiva. Y por lo tanto el modelo productivo actual está subordinado a la demanda de las transnacionales. No hay sector de la economía que no esté subordinado. Por ejemplo, la soja depende mucho más del paquete tecnológico que manejan las transnacionales que de la capacidad que puedan tener los propietarios de tierras.
¿Y el gobierno nacional, que se autodefine progresista, avanzó sobre ese esquema?
Al principio decíamos que ya no entra el discurso neoliberal en la Argentina, pero la institucionalidad neoliberal que se consolidó en los ‘90 en el país subsiste. Por ejemplo, en el ‘96 se aprobó la producción transgénica en la Argentina. Si uno quiere explicarse el proceso de sojización tiene que mirar el ‘96, a Felipe Solá, a Domingo Cavallo y Carlos Menem. Uno puede hacer críticas a esa política, pero si la institucionalidad se mantiene hay que llamar la atención sobre ese dato estructural. Otro dato importante es que el acuerdo minero con Chile se firma en el ‘96, por eso es que hoy hay inversión minera en Argentina. Y la minería en San Juan se lleva adelante con uno de los gobernadores más alineados con el gobierno nacional. No es un problema de izquierda o derecha sino de intereses económicos asociados a ese modelo productivo de la megaminería a cielo abierto. La ley de educación superior es de 1995 y desde ese momento no hay cambios. Cuando uno mira la institucionalidad que gobierna la Argentina se va a encontrar que la década del ‘90 se constituyó. Y ese es el elemento estructural, jurídico y legal que fundamenta la actualidad. La reforma constitucional es de 1994 y consolida la apropiación por parte de las provincias de los recursos naturales. Si hoy viene un presidente y quiere nacionalizar YPF va a tener una traba constitucional muy seria de que los pozos petroleros están asentados en los territorios de las provincias. Aquel mecanismo que fue útil para la privatización en la década del ‘90 y para ganar la voluntad de los gobernadores, hoy es una traba institucional para un proyecto que pretenda revertir la situación.
Ahí Kirchner dio su aval y fue beneficiado en Santa Cruz...
Sí, no sólo fue beneficiado sino que fue impulsor, protagonista, y el vocero de la privatización de YPF en el Congreso fue el actual secretario de la Presidencia de la Nación, Oscar Parrilli. Por eso no es un tema de discursos, que se pueden hacer de un modo o de otro.
¿Ve una disociación entre discurso y hechos o políticas?
Ni siquiera, porque el discurso nunca plantea que va a confrontar contra esos datos estructurales. Si uno lee el discurso originario de Kirchner del 25 de mayo de 2003, cuando asume y deja en claro que viene a restablecer el capitalismo nacional. Hoy el capitalismo nacional es éste que existe, dominado por las transnacionales, que lo hegemonizan con una acumulación impresionante de ganancia, de riqueza y de poder. Por lo tanto, no hay tampoco tanto doble discurso. Lo que hay es una crítica al discurso hegemónico de los ‘90 y una práctica política de continuidad de administración de ese capitalismo reestructurado con mucha fuerza en aquella década y que llevó a Martínez de Hoz a decir en ese momento que era lo que habían querido hacer en los ‘70. Y de hecho ahora tenemos un Martínez de Hoz que sigue en libertad cuando debería ser enjuiciado por el empobrecimiento que generó en el conjunto de la sociedad esa idea que se materializó en los ‘70, que se plasmó en los ‘90 y que derivó en una herencia estructural institucional. Es la gran cuenta pendiente de hoy, donde más que discutir los discursos hay que ver cómo se revierte la ecuación de beneficiarios y perjudicados, y eso supone cambios muy profundos para eliminar la impunidad patronal que existe en la Argentina, y que tiene al 50% de los trabajadores en situación irregular. El Indec dirá 35%, que ya es una barbaridad. Pero hay que tener en cuenta que el principal empleador del país es el Estado y el principal flexibilizador. Y allí entran la Justicia, los poderes ejecutivos de todos los niveles, la Universidad. Eso es lo que hay que revertir y también discutir el papel del Estado en la economía, sobre todo en tiempo de crisis, cuando el Estado actuó como salvador de las empresas en crisis. Es más, los recursos de Anses se están utilizando para mantener un nivel de actividad que está favoreciendo la acumulación de ganancias en el sector más concentrado de las empresas.

Perfil

Ju­lio Gam­bi­na es doctor en Ciencias Sociales de la Facultad de Ciencias Sociales de la UBA. Es profesor de Economía Política en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de Rosario, presidente de la Fundación de Investigaciones Sociales y Políticas, e Integrante del Comité Directivo del consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales, CLACSO. También participa como miembro del Consejo Académico de ATTAC-Argentina y dirige el Centro de Estudios Formación de la Federación Judicial Argentina. También participa como columnista sobre Economía y Cooperativismo en medios periodísticos.

Gonzalo Dal Bianco, Diario Puntal de Río Cuarto

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