viernes, 17 de abril de 2020

Salud y trabajo: la pelea por las vidas obreras en la historia argentina



Algunos ejemplos del pasado reciente demuestran que organizar comisiones de Seguridad e Higiene controladas por sus trabajadores es una tarea de primer orden en tiempos del COVID-19.

En medio de cuarentenas "totales" que dispusieron diferentes países, millones de trabajadores continúan realizando sus tareas, en muchos casos sin las más elementales condiciones de higiene y Argentina desde ya que no fue la excepción. Uno de los casos que tuvo más repercusión fue el de los trabajadores aeronáuticos que reclamaron medidas básicas de protección al tener contacto con quienes volvían del exterior.
Es la misma realidad que se vive en tantos otros lados como en Wall Mart y Vital donde deben trabajar sin contar con barbijos ni alcohol en gel o en Cotosin ningún tipo de protección, también en La Virginia hubo denuncias similares. Incluso los trabajadores de la salud deben estar en la primera línea sin las medidas elementales de protección y los choferes de colectivo que son imprescindibles para el traslado de pasajeros, sufren una gran exposición sin contar con medidas de higiene.
La desidia patronal en medio de la profunda crisis abierta ya generó las primeras respuestas de la clase trabajadora como se pudo ver en Italia, Francia, EEUU e incluso en nuestro país.
Ante esta dura realidad, la conformación de Comisiones de Seguridad e Higiene controladas por sus trabajadores, cuando el COVID-19 se esparce por el mundo, es una tarea de primer orden.
En este artículo repasamos algunos de los procesos más destacados de la clase obrera Argentina en las que se emprendieron importantes peleas por salud y la seguridad laboral.

9 días de huelga en Zanón contra la desidia patronal

En la Argentina, una de las gestas más conocidas fue la de los obreros de la ceramista Zanón, hoy renombrada como Fábrica Sin Patrones (FaSinPat).
Durante los 90, tenía una escalofriante estadística de un muerto por año a causa de accidentes de trabajo evitables. A principios del año 2000, cuando los ceramistas conquistaron una Comisión Interna por fuera de la burocracia, la empresa presentó un preventivo de crisis y comenzó a amenazar con despidos. Esto generó medidas de fuerza para enfrentar la avanzada patronal.
Fue en el marco de esa pelea que 15 de julio de 2000, se produjo la muerte de Daniel Ferrás mientras se encontraba en la fábrica. Raúl Godoy, principal dirigente de la fábrica y militante del PTS, cuenta que "Daniel era un joven obrero de 21 años que se descompuso en el vestuario y, como no había ambulancia ni equipo médico y los tubos de oxígeno estaban vacíos, murió. (...) El avasallamiento de ese elemental derecho a la vida, fue el detonante para lanzar la huelga." (1). Así comenzó la huelga de los 9 días.
El paro fue contundente y en asamblea realizaron un petitorio que pedía una ambulancia, servicio médico y que se despidiera al jefe de Seguridad e Higiene. Ante la firmeza que mostraban los trabajadores, fueron convocados por el entonces gobernador de Neuquén, Sobisch, quien pretendía terminar el conflicto prometiendo que no habría despidos. Sin embargo, se llevó una amarga sorpresa cuando frente a una gran cantidad de medios que asistieron para la conferencia de prensa los ceramistas denunciaron que de lo votado en la asamblea "no se garantizaba ni siquiera la vida de los trabajadores" (2).
La pelea cobró una enorme repercusión. Día a día los trabajadores de Zanon definieron cómo continuar el paro por tiempo indeterminado. Se sumaron el bloqueo de portones, cortes de ruta, actividades de difusión y fondo de lucha, e incluso la conformación de una Comisión de Mujeres integrada por la familia de los trabajadores, que fue de enorme ayuda como sostén moral.
Recién tras 8 días de paro apareció el Secretario General del sindicato con una conciliación obligatoria para que retomaran el trabajo. La bronca y decisión que había en la base hizo que a pesar de las vacilaciones de algunos sectores ante la apretada de la burocracia, se decidiera continuar con las medidas de fuerza.
El noveno día de lucha consiguieron un enorme triunfo; “ambulancia las 24 horas, enfermero y médico en planta y una comisión mixta de seguridad e higiene donde los trabajadores votamos a nuestros representantes obreros con el mandato de inspeccionar todas y cada una de las zonas peligrosas y hacer todo tipo de denuncias sobre trabajos inseguros y de riesgo ante la patronal para que los solucione; y ante el Ministerio de Trabajo para que lleve un control permanente sobre este tema” logrando incluso el pago de los días de paro.
La crisis del 2001 llevó a los trabajadores a hacerse cargo de la producción en Zanon ante la amenaza de cierre de la patronal. Desde que la salud y la seguridad laboral pasaron a estar en manos de los ceramistas no hubo más muertes por accidentes laborales, ni siquiera accidentes graves.

El subte conquista las 6 horas de trabajo

Otra lucha emblemática por las condiciones de trabajo, fue la de los trabajadores del Subte. Con la dictadura genocida del 76 habían perdido la condición de trabajo insalubre, por lo que en el año 1984 las volvieron a conquistar realizando un paro de 24 horas. Luego con el menemismo una vez más pasaron a trabajar 8 horas.
Fue entonces en el 2003, que llevaron adelante una importante lucha con la cual reconquistaron las 6 horas, reduciendo en dos horas su jornada laboral y logrando nuevamente el encuadramiento de trabajo insalubre.
La conquista comprendía a los conductores, guardas, personal de los túneles y mantenimiento y era un primer triunfo pero no incluía a todos sectores del subterráneo. Así fue que en 2004 emprendieron una enorme huelga que duró 4 días con la que consiguieron la reducción de jornada todos los trabajadores del subte sin distinción de sector. Así, los tercerizados de limpieza fueron pasados al convenio que comprendía las 6 horas, mejores condiciones laborales y mayores sueldos.
Según Claudio Dellecarbonara, delegado de la línea B “Fue producto de la lucha contra la empresa, la patota de la UTA y la represión estatal. Y producto de una organización, en ese momento, independiente de la burocracia y de los gobiernos de turno”.

En Madygraf logran imponer la comisión a través de la asamblea

Otro caso significativo fue el de la ex gráfica Donelley (hoy Madygraf), donde como cuenta Sandro Salazar “cada vez había más compañeros con dolores de espalda, manos, con licencias por enfermedad” entonces realizaron encuestas anónimas (para evitar la exposición frente a la patronal) y así conocer más precisamente en qué estado se encontraba la salud en la fábrica. Los resultados fueron impactantes, “el 80% siempre tenía dolores, es decir estaban lastimados. Los que sentían dolores solo algunas veces, era porque se auto medicaban y también estaba el compañero que ni siquiera iba al médico”.
El resultado era elocuente y por medio de la asamblea conformaron la comisión de seguridad e higiene que estaría conformada sólo por trabajadores, a pesar de que la empresa quería tener representación y el sindicato los apoyaba. Se consiguieron mejorar las condiciones en la producción y la patronal debió incorporar brazos hidráulicos, plataformas, zorras tijera y otros elementos para resguardar la integridad física.
Esto ocurrió meses antes del cierre de la fábrica en el año 2014, cuando la empresa huye del país y los trabajadores se hicieron cargo de la fábrica: "hoy con la gestión obrera lo que hizo fue reducir el grado de accidentes. Tratamos también de empezar a implementar un sistema de rotación donde empezamos a ver como nosotros los trabajadores nos cuidamos”. No sólo esto, ahora cuidan a la comunidad ya que hoy Madygraf reconvirtió su industria para producir insumos médicos para enfrentar al Covi-19.

ASTARSA, un emblema

Estas peleas por la salud en los lugares de trabajo tuvieron importantes experiencias anteriores que se convirtieron en una referencia para pensar las comisiones de seguridad e higiene. Uno de los casos más emblemáticos es el de ASTARSA que se desarrolló en un momento de gran efervescencia obrera que tuvo lugar en la década de 1970.
El astillero se encontraba en la zona industrial más importante de la Argentina, en la Zona Norte de la Provincia de Buenos Aires. A principios de los 70 había allí alrededor de mil trabajadores que desempeñaban sus tareas en condiciones insalubres, con extenuantes ritmos de trabajo en jornadas que podían extenderse hasta 12 horas y donde se producían gravísimos accidentes laborales.
Todo cambió cuando José María Alessio se prendió fuego de los pies a la cabeza en mayo de 1973, durante la presidencia de Cámpora. Un compañero le tiró su blusa encima logrando apagar el fuego pero estaba todo quemado. "No había camilla, no había bomberos, no habían mangueras (…) entonces dijimos: ‘acá paramos’”, según cuenta Carlos Morelli en el libro Insurgencia obrera.
La escalofriante estadística de Astarsa hasta el momento era de entre uno y dos obreros muertos durante la construcción de cada barco que salía del astillero.
No se aguantaba más. Entonces en una asamblea donde la burocracia sindical peronista venía intentando desarticular la respuesta obrera, se conoció la noticia de la muerte de Alessio, generando una gran indignación entre sus compañeros y desarmando la maniobra del sindicato metalúrgico que pretendía dividir la lucha.
En el mismo libro dice que en ese momento “se decide la toma de fábrica con los directivos de la empresa como rehenes. Las reivindicaciones en su inicio eran que ya no existiera la Comisión de Seguridad e Higiene de la patronal y que el control se hiciera por intermedio de los compañeros. En el transcurso de la toma se fueron agregando reivindicaciones”. El lema que cruzó el conflicto fue: “Queremos que sea un astillero y no un matadero”.
Luego se tomó el control total de la fábrica y se exigió la destitución del cuerpo de seguridad, el control obrero de la seguridad del taller, la reincorporación de todos los despedidos por causas políticas y gremiales durante los dos últimos años, el pago de los salarios caídos por el conflicto y el compromiso patronal de no tomar ningún tipo de represalia. Rápidamente se generó un movimiento de solidaridad que se extendió a varias fábricas de la zona.
En Astarsa se había logrado un triunfo histórico. Morelli relata su experiencia posterior, al conformarse la Comisión de Seguridad e Higiene obrera que funcionó desde 1973 hasta el golpe 1976: “El compañero Luis Venencio ‘Jaimito’ fue el encargado de organizar la Comisión de Seguridad e Higiene obrera, obviamente asesorado por el decanato de la Facultad de Medicina–que en ese momento lo tenía un compañero de izquierda– y la Universidad Tecnológica. De esa forma se pudo poner a discutir de igual a igual con la patronal y con la Comisión de Seguridad e Higiene que todavía tenía la patronal, acerca de las causas por las que nosotros decíamos que algún lugar era riesgoso” (3).
Así se descubrió que la mayoría de las partes del buque en que se trabajaba eran insalubres. “Eso implicaba que si estabas trabajando 12 horas, trabajabas 8 pero te tenían que pagar por 12. Eso lo logramos nosotros con la toma de fábrica. Además logramos que se ampliara a los otros astilleros, porque sirvió como reflejo. Los demás astilleros implementaron la Comisión dentro del cuerpo de delegados”.
Los combativos astilleros fueron un ejemplo que marcó todo el período. Por eso fueron perseguidos en democracia por bandas de la derecha peronista como la Triple A y la CdeO y en dictadura por los grupos de tareas.

La salud y la seguridad en manos de los trabajadores

El denominador común que tienen estas luchas por un lado es que fueron llevadas adelante para conquistar mejores condiciones de trabajo y que se dieron por fuera y contra de la burocracia sindical que, tanto en esos momentos como ahora, se preocupa más por cuidar la ganancia de los empresarios que por resguardar la salud de los trabajadores.
Lo que queda en claro es que la única manera de garantizar las condiciones de salud y seguridad laboral es a través de la organización democrática de los trabajadores, que son quienes están realmente interesados en preservar su vida e integridad física, mientras que a los empresarios sólo les importa sus ganancias y cuentan con el aval del Estado. Por eso a los trabajadores sólo les queda confiar en sus fuerzas para imponer las condiciones de trabajo a sus empleadores. Para eso sirven las comisiones de seguridad e higiene: como una herramienta de la clase obrera para organizarse frente a la desidia patronal.

Matías Pore
@pore_69
Martes 14 de abril | 20:35

Notas

1. La cita es del libro Zanón Fábrica militante sin patrones: el rol de los trotskistas, Raul Godoy, Ediciones CEIP, 2018 p. 29.
2. La cita es del mismo libro en la página 30.
3. En el libro Insurgencia Obrera. Clasismo, coordinadoras interfabriles y estrategias de la izquierda de Ruth Werner y Facundo Aguirre, Ediciones CEIP, 3era ed 2016.

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