domingo, 16 de febrero de 2014

“Responsabilidad” para aumentar las ganancias



El pedido de Cristina de “responsabilidad” en los reclamos salariales es un llamado a que los trabajadores concedan una fenomenal transferencia de ingresos a los patrones. Por cada punto que la inflación le gana al incremento de salarios los capitalistas embolsan una parte mayor de la torta de la riqueza social que se produce cada año. Es que la inflación expresa la evolución de los precios de los productos que los empresarios venden mientras que el salario expresa el precio de la fuerza de trabajo de la clase obrera. De la evolución diferencial de los precios y los salarios resulta un ganador: el capitalista. En 2002 a la devaluación le siguió una inflación de 40% mientras que los salarios aumentaron 11%. Una enorme pérdida del poder de compra del salario. Pero no solo eso. La pérdida del poder de compra del salario se expresó en una caída de la participación de los salarios en la riqueza que el país produce: en 2001 los salarios se llevaron el 38,5% de esa riqueza, en 2002 solo el 31,4%. La contrapartida fue el enriquecimiento de los capitalistas que agigantaron su participación en la torta de 61,5% a 68,6% (Apuntes para el Cambio Nº3). Ese ataque al salario fue el principal “motor”, entre otros factores (como la capacidad ociosa existente en la industria y una situación internacional favorable), del crecimiento económico durante los años del kirchnerismo.
Frente al agotamiento de esas condiciones, hoy el gobierno y los empresarios atacan de nuevo el salario. La inflación anualizada podría ubicarse al menos en 40%. Con salarios creciendo al 25%, el techo que quieren poner en paritarias, se efectivizaría una transferencia de riqueza social en detrimento de los trabajadores y a favor de los empresarios de alrededor de 3% de lo que el país produce cada año.
Para Carlos Marx la plusvalía son las horas de trabajo que el capitalista no paga a los trabajadores. Estas horas no pagas son la fuente de la ganancia capitalista. Los empresarios buscan incrementar permanentemente esa plusvalía a través de las formas que Marx llamó “relativa” y “absoluta”. Mediante la inversión en nueva maquinaria y tecnología, los empresarios sacan más productos por cada hora de trabajo obrero. Esta forma de aumentar la explotación es lo que Marx llamó plusvalía relativa. En la “década ganada” las múltiples crisis en los ferrocarriles por el robo de los Cirigliano, en la energía eléctrica por las privatizadas y en el petróleo por el saqueo de Repsol, son muestra elocuente de las escasas inversiones para sostener el ritmo de crecimiento a tasas elevadas (algo que ya es pasado dado que la situación más bien se aproxima a estancamiento o directamente recesión). Ante la huelga de inversiones (o “reticencia inversora”, como dicen algunos economistas cercanos al gobierno), tiende a primar el mecanismo de la plusvalía absoluta, por el que las patronales imponen a los trabajadores jornadas de trabajo más extensas o mayor intensidad en el ritmo de producción. Principalmente con estas imposiciones, el producto que la clase capitalista sacó por cada obrero ocupado aumentó 33% entre 2001 y 2012 (Cifra, “Competitividad y productividad en un modelo de desarrollo inclusivo”). Como contrapartida, el costo laboral bajó 20% para los empresarios. Por eso cuando desde el gobierno se compara intencionadamente el poder adquisitivo de los asalariados con 2001 se abstrae todos esos beneficios del capital. En algunos casos el salario ganó poder de compra, en otros empató y en muchos otros perdió, pero en todos empeoró en relación a lo que se embolsan los capitalistas. Un negoción.
Otra forma de aumentar la plusvalía absoluta es mediante un empeoramiento de las condiciones de vida de la clase trabajadora, pagando el salario por debajo de lo que cuesta reproducir la vida. En la década K el 50% de los trabajadores cobra salarios inferiores a $3.900, muy lejos de lo que se necesita para cubrir la canasta familiar. Además, más de la mitad de los hogares no alcanza a cubrirla. Es decir que de imponerse el nuevo ataque al salario agravará las condiciones de carestía de la vida. La inflación apunta a esto. Los “Darío” que Cristina mostró en la inauguración de una cinta de montaje en una fábrica de Córdoba, en el supuesto maratón de obras nuevas que expuso por TV para intentar mostrar un gobierno activo, no son ejemplos generalizados. Por el contrario, las empresas intentan compensar la escasa inversión con aumentos de precios y devaluación para competir en el mercado mundial. La devaluación del peso abarató los salarios en dólares más del 30% los últimos meses: a modo de ejemplo, los salarios promedios de los obreros automotrices pasaron de 2.477 a 1.694 en dólares, los de la alimentación de 1.782 a 1.219. Frente al agotamiento de las condiciones que generó la devaluación de 2002 y el fin de ciclo del “modelo”, el gobierno y las patronales pretenden aplicar en dosis concentradas todos los artilugios que tienen a mano para aumentar las ganancias: inflación, techo salarial, mayor productividad, suspensiones y despidos. Los trabajadores tenemos que preparar nuestra salida, en el camino de acabar de raíz con la explotación capitalista.

Pablo Anino

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