martes, 22 de diciembre de 2020

“Rompan todo”: la historia del rock en América Latina


Los últimos cincuenta años de la historia latinoamericana están plagados de convulsiones sociales y políticas. De manera inherente, esta también es la historia del rock latinoamericano. Sus orígenes, influencias líricas y repercusiones se relatan en la docuserie “Rompan todo” estrenada en Netflix, dirigida por el director Picky Talarico, de larga trayectoria, y coproducida por Gustavo Santaolalla. A lo largo de sus seis capítulos se recogen un centenar de entrevistas y archivo audiovisual inédito de Fito Páez, Julieta Venegas, Charly García, Alex Lora, Rubén Albarrán y un largo etcétera de artistas que fundaron este género musical de masas.
 La idea principal del documental es mostrar cómo comenzó todo y la trayectoria del mismo. Igualmente, no faltará la pregunta fundamental: ¿Qué es el rock? Para Alex Lora es “un medio de comunicación” y para Julieta Venegas “actitud”. Mon Laferte dirá que es algo “muy liberador” y Andrés Calamaro que se reduce a “sexo, drogas y rock and roll, o por lo menos dos de esas tres cosas”. “Un ejercicio de creación espontánea”, añade Zeta Bosio, y siempre fiel a su estilo, Charly García dice que el rock es “fuck you”. 

 Yo que nací con Videla, yo que crecí sin poder 

 Hay una larga discusión sobre si la primera canción de rock en español fue de Los Saicos (Perú, 1965) o de Los Beatniks (Argentina, 1966). El documental aporta su tercera posición: el estadounidense Ritchie Valens y su versión de “La bamba” (México, 1958). “Siempre decimos que si no se hubiera muerto en ese accidente, el rock en Latinoamérica se hubiera adelantado diez años”, dice Talarico. Según este documental, su propagación también continúo en México con Los Teen Tops y sus covers en español de The Beatles o Little Richard. Sin embargo, existen más bandas que también los hacían: Los Ramblers (Chile), Los Shakers (Uruguay) y Sandro y los de Fuego (Argentina), resultando ser las primeras bandas en llegar a la radio o televisión.
 Más allá del debate, lo concreto es que los orígenes del rock se ubican en contextos de convulsión social. Eran tiempos de censura y represión, factores que se fueron intensificando con el tiempo. Las composiciones propias eran desestimadas por las productoras: nadie se quería arriesgar a publicar líricas contra el sistema, contra el futuro impuesto o la vida mercantil. Desde un primer momento, el rock fue una expresión del descontento juvenil, de su visión alternativa y de sus propias experiencias, lo cual polemizaba constantemente contra lo establecido. Las dictaduras y gobiernos totalitarios que asolaban Latinoamérica condenaban, oprimían y luchaban contra estas tendencias, pero el resultado fue la incrementación. La rebeldía era el sello distintivo de una juventud que no quería callarse más y estaba dispuesta a cambiarlo todo. Y esta sumatoria politizaba por completo al rock. En los recitales se denunciaban las desapariciones y las torturas; se lloraba la guerra de Malvinas por un lado y se quemaban banderas británicas, por el otro; se reclama por libertad de expresión y también contra de la criminalización de la juventud. Quienes asistían a estos eventos, desde los artistas hasta el público en general, solían terminar la noche en comisarías y golpeados por la policía (por ejemplo, a León Gieco le prohibieron cantar “Sólo le pido a dios” con un arma en la nuca). Y eso se mantuvo durante su posteridad. La década neoliberal de los ‘90, el Argentinazo del 2001 y la tragedia de Cromañón en 2004, el Tequilazo y las censuras de Peña Nieto, hasta la rebelión popular chilena del 2019 se encarnó en el compromiso social del rock. Las letras que se escribían demostraban un deber de querer cambiar lo impuesto.

 Ese extraño del pelo largo

 En un mundo de adultos con traje y corbata, el rock apadrinó a todos esos huérfanos del sistema. Se construyó, a partir de entonces, una bandera identitaria propia, costumbres y estilos. El pelo largo, los vinilos de madrugada, los recitales de Almendra en antros marginales o los primeros acordes aprendidos forjaron una postura contestataria. El sentido de pertenencia más allá de la música, se hacía presente y marcaba una diferencia generacional. 
 Los autoritarios también respondían. A Luis Alberto Spinetta lo detuvieron y lo raparon, lo cual tiene un violento simbolismo como rasgo de época. También la censura era moneda corriente: Sui Generis cambiando las letras de Botas Locas en plena grabación o en México a mediados de los 80’ que cuando se impuso la dictadura tener una banda de rock era una prohibición por ley. Veían en este género un potencial revolucionario y lo endilgaron a “los comunistas apátridas”. Tanto era así que cuando empezó a exacerbar la situación de dictadura, artistas que estaban en listas negras optaron por el exilio: Anibal Kerpel, cantante de rock argentino, cuenta: “Uno sentía que lo echaban de su país” mientras que Billy Bond añade: “A mi me dijeron que me borre o me iban hacer pelota, y ahí me fui”. 

Algunas polémicas

 Desde que se publicó el póster, aparecieron varias discusiones de “los excluidos” y cuestionando que, la mayoría de los artistas y bandas, guardan una relación de amistad o descubrimiento artístico con Gustavo Santaolalla (casos de Café Tacuba, Julieta Venegas o Andrés Calamaro) y también que se abocan más a las tradiciones argentinas o mexicanas, dejando por fuera a Venezuela, Colombia o Perú. En su defensa, Santaolalla y Talarico declararon que la historia del rock es muy rica en todos los países y que, por una cuestión de producción, era imposible abarcarlo completo en una serie. 
 Lo que aún no aclararon fue sobre el rol relegado de las mujeres. Solo hacen mención de la primeras cantantes del rock en distintos países pero sin profundizar en la cuestión y recién en el último capítulo aparecen cantantes influyentes pero solo por algunos minutos. Se reivindica a Mon Laferte, Andrea Echeverri, Juana Molina y Celeste Carballo como voces nuevas dentro del género que ganaron su lugar, pero sin mayores profundidades e incluso continuando con el olvido de bandas como Viuda e Hijas, Amanitas y Ruido Rosa, o artistas como María Rosa Yorio e Hilda Lizarazu. 
 Finalmente, el último punto que toca la serie es sobre la muerte o subsistencia del rock. “Es una actitud y […] tiene en Residente a un referente que involucra al rock en lo que hace, lo mismo que Wos. Estamos en un momento medio de hibernación. Pero con lo que no hay discrepancia, de hecho, es que el rock va mutando y siempre encuentra nuevas formas. Sin embargo, estoy convencido de que existe un futuro para el rock”, reflexiona Santaolalla. Por su parte, Axel Lora lo resume mejor “mientras haya políticos corruptos, el rock va seguir existiendo, por ende, nunca se va acabar.” 

 Milagros Romero, Álvaro Chust

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