miércoles, 23 de diciembre de 2020

El teatro del pueblo


90 años no es nada.

 La imaginación que despierta la palabra teatro ha sido confiscada a favor de paredes, plateas y fachadas. Espacios vacíos. Salas. La actividad teatral llega luego, a llenar esos vacíos. Es cierto, el teatro llega a llenar vacíos, faltas de sentido, angustias, tristezas, pesadumbres de conciencias que queman. El teatro es hijo de la desesperación, de las indignaciones, de los agotamientos del ser en los límites de cada una de sus sociedades, y en cada tragedia de sus particulares relaciones, máquina de los dramas y exorcismos.
 Al teatro independiente de nuestro país se le ha impuesto un cumpleaños, como a las salas se les impone un nombre. Según Leopoldo Marechal, “quien recibe un nombre, recibe un destino”. Para los agentes que imponen cumpleaños, y que no ahorran palabras para destacar nuestra particular corriente teatral (tal como lo es, un fenómeno cultural único), la misma debió nacer hace 90 años con la primera sala así considerada: independiente. La actividad teatral no estaba ahí, pareciera, hasta que hubo sala, aseguran, sala para una nueva actividad teatral, del pueblo, independiente del Estado y los capitalistas, aseveran, la sala Teatro del Pueblo. El teatro del pueblo (con minúsculas) nació entonces como destino de una así llamada sala de teatro, que sin dudas, en su espíritu, y en el de su primer director, el izquierdista periodista y escritor Leónidas Barletta, habitaba el empuje para las expresiones liberadas, especialmente, contra la dictadura de José Félix Uriburu. Empuje y objetivos fáciles de encontrar en las generalizadas iniciativas hasta nuestros días para dar cauce a la actividad teatral. 
 No se necesita más que indagar un poco en nuestra historia para descubrir estas ricas iniciativas, gestas y en definitiva expresiones acabadas de la existencia previa de la actividad, y no por algunos años, sino por varias décadas, en el lógico pertenecer a un devenir histórico que caminando hacia atrás, no se le ve el fin en su conexión con la historia de la humanidad. Pero en esto de jugar a qué está primero, como si se tratara del huevo y la gallina, a no caer en otra trampa: no hay tal relación. Las salas teatrales, en el sentido de la industria moderna, son empresas erguidas en la proyección de negocios privados. Los espacios teatrales llamados “alternativos” (desde ya, mil veces más genuinos que los otros), como fenómeno particular, en la mayoría de los casos, y más allá de sus derroteros, incluso más allá de dónde se ubican luego muchos de estos espacios, son respuestas de la corriente teatral, es decir, de actrices y actores, en la búsqueda de la independencia artística. El teatro, su activismo, su aspecto central, la actuación, es decir, su arte, existe de espaldas, y sólo de espaldas, a las circunstancias de alienación. Las poéticas son fruto de las militancias, clandestinas a las relaciones sociales, y en su potencial singular teatral, se alzan paredes. 
 Pero no hay burbujas. Hay relaciones de fuerzas de composición y descomposición. Un firmamento heterogéneo en el que se haya incluso el Teatro del Pueblo, su fundación y su Fundación, sus agentes de cumpleaños y sus preocupaciones siempre por los autores argentinos. Por los Argentores. Más allá de sus nacientes, mucho más allá de sus nacientes. Mucho… 
 Muchos van quedando lejos de sus nacientes. Supervivencias, persecución de subsidios, alquileres, presión estatal para definir los hechos como emprendimientos comerciales, crisis, comidas y cervezas, rendimientos, ruidos contra toda debilidad de la poesía del teatro del pueblo. Pymes con decenas de docentes sin aguinaldo, elencos que llenan vacíos, y bolsillos. 
 Hay que tener alguna suerte para hacer pie sin desnaturalizar la fuerza poetizante, en su combinación con el sustento de la vida bajo las crecientes condiciones de desprecio en este borde con la catástrofe. Dice Thomas Bernhard, en relación a la burguesía: “A esas personas, a la hora de destruir el espíritu, todos los medios les parecen lícitos”.
 También es cierto que el espíritu mejor parado, es el politizado. Nuestra extraordinaria historia teatral sigue (parece), tácitamente dirigida por aquellas y aquellos que formulan una política. Una política teatral, de composición artística. Una política para la poética teatral, antes que nada. Allí encuentra continuidad. Definitivamente en contra del mundo. Llenando otra vez el vacío de una política de quienes dominan los recursos. Un teatro del pueblo, de incierto destino en términos de Marechal, abandonado cada vez más al emprendimiento. Ramiro García Zacarías, quien está al frente del espacio Querida Elena (La Boca), junto a Rodrigo Mujico y al dueño de la casa, el artista plástico Eduardo Spíndola, reúne todos los elementos: “Pudimos mantener siempre una línea de apertura, que priorice el hecho artístico, incluso en sus necesidades materiales hasta donde nos da el cuero, y también pudimos mantener nuestras propias iniciativas artísticas, incluso sin venta de comidas y bebidas. Me queda muy claro que ha sido clave no tener que pagar alquiler. Algunos subsidios nos ayudan a generar y mantener las condiciones para que las actividades se puedan desarrollar, no pueden destinarse al pago de trabajadores”. Es muy claro que el Estado no quiere proteger este impulso genuino popular que podría crecer y alcanzar mayores públicos. Para Melania Buero, de Cultura del Sur (Temperley), donde sí se paga alquiler, las consecuencias son las que prevé el propio Ramiro: “Sostener mi vida y el espacio bajo las condiciones políticas a las que no pensamos renunciar, me demanda cuerpo y alma, por más que seamos un colectivo, apenas puedo pensar como actriz de vez en cuando. Este año casi no pudimos pagar el alquiler, tenemos una deuda gigante”. Ofrendas. Los espacios fueron formando parte de la corriente, y ya no podría pensarse la historia de la actividad sin sus condiciones, incluso sus características formales. 
 También forma parte de los ofrecidos, la búsqueda de afirmar la iniciativa individual en el espacio propio. Las actrices y los actores del movimiento desarrollan la tarea bajo las más inconcebibles condiciones de precarización. Los sindicatos prácticamente niegan en su estructura la existencia de esta naturaleza popular, reducidos a las cuestiones comerciales e industriales, completamente desmovilizados y entregados a las necesidades patronales y estatales. El harto repetido mote de fenómeno que jadea en las bocas de sindicalistas y colocadores de cumpleaños (a lo sumo), asume en los destinos presupuestarios una negación de clase e ideológica, como si los pueblos hubieran llegado a estas pampas a alguna otra cosa que no sea desarrollar sus sentidos asuntos. Una “autonomía” para la creación, la elaboración y el soporte para los aspectos de la vida orgánica, que el Estado intenta “proteger”, una y otra vez, con el disimulado abandono. 
 Los espacios para el teatro están en jaque. Pero no se trata de un aspecto central o aislado. La actividad teatral generalizada, multifacética y tan propia, la que llena tantos vacíos, está suspendida desde hace meses. Si hasta ahora se desarrollaba básicamente en el edén de la “autonomía”, hoy esta tierra no tiene más que leer unos listados de IFEs y abyectos Sostener Cultura, mientras, con el último aliento, escuchamos en nuestra antena, de papa y alambre, el Presupuesto 2021, esperando todavía el momento en el que nos mencionen.
 Actrices y actores, por lo general, tenemos otros trabajos. Muchas y muchos hemos escuchado a funcionarios decir por lo bajo que se hace lo posible para que podamos realizar la actividad, contando ellos con esos otros trabajos nuestros. Como si esos otros trabajos nuestros no atentaran contra la genuina actividad, como si fuera fácil encontrarlos, y como si no fueran la causa principal por la que la gran mayoría de las y los trabajadores casi no pueden acercarse a una actividad artística. Y digo actividad artística en el más amplio de los sentidos, es decir, ese único sentido humano de la vida. 
 Las vocaciones no respetan nada. Desarrollan su gestación en el seno de la curiosidad deseosa. ¿Quién podría verse desprovisto de esta sustancia básica? ¿Por qué nos resistimos, una y otra vez, al yugo, a la pesadilla esclavizante, a la anulación del individuo? ¿Quién empuja allí, en la sombra del mismo ser? Las paredes que albergan el teatro del pueblo son parte de la obra, del incesante obrar contra la corriente, la otra, la social explotadora antipoética. Por generaciones, actrices y actores hemos puesto en valor poético cada muro, cada elemento, ingresados repetidas veces a la zona de composición, atravesados por la actuación, munidos de resonancias de maravillas. Tantas pequeñas salas han sido cuevas de las travesuras que extrañamos, de tantos atentados contra la sociedad, tanta locura conscientemente contagiosa. Los derechos son una contingencia bajo el dominio de una minoría criminal. Los pueblos y los individuos no buscamos componer nuestras locuras por derecho, sino por individuos y por pueblo. En circunstancias de crisis profunda, cuando el atentado material de la clase dominante amenaza llevarse todo puesto, Melania sentencia: “El teatro me enseñó que todo es posible”. 
 En definitiva, para regresarle valor al cumpleaños, el Teatro del Pueblo se fundó en dictadura y en plena crisis mundial del capitalismo. Cabe pensar que seguiremos ahí, en la ofrenda y en la lucha. Y en esta bifurcada crítica, me quedo con el “todo” de Melania, hallado en la escuela del teatro del pueblo. Todo: socialismo y liberación de la humanidad, para la organizada composición del mundo que dé paso al activismo curioso de todas las personas. 

Andrés Mangone
 Actuemos

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