viernes, 11 de julio de 2014

La lucha de Lear y el bonapartismo kirchnerista



Trotsky decía que, en América Latina, el peso del imperialismo por un lado y la relativa debilidad de la burguesía local frente al proletariado por el otro, creaban "condiciones especiales de poder estatal", más conocidas como "bonapartismo sui generis", tomando como referencia el bonapartismo "clásico" que era producto del "empate" de las clases en pugna que dejaba el camino libre para la dominación de la "burocracia, la policía y la soldadesca", pero en condiciones diferentes a las de los países metropolitanos. Los orígenes de esta conceptualización (muy utilizada en los escritos de Trotsky sobre la lucha contra el fascismo en Alemania) se remontan al 18 Brumario de Luis Bonaparte, en el que se explica cómo el híbrido de "restauradores" y republicanos de 1848 abrió el camino al bonapartismo de 1852.
La relativa "occidentalización" de la Argentina durante las últimas décadas (clase media de masas, grandes medios de comunicación, "democracia" formal más o menos continuada aunque no necesariamente estable), permite que las formas políticas "sui generis" se combinen con las "clásicas", dando lugar a combinaciones originales, cuya originalidad no impide sino que supone su carácter más o menos aberrante.
Pero, a diferencia de los procesos de 1848 a 1852, en la Argentina del 2014, los procesos políticos tienen sus particularidades que a su vez hacen su propio aporte a la historia de las restauraciones y los bonapartismos.
El kichnerismo ha logrado reunir en su propia trayectoria todos los "avatares" que van de la caricatura de revolución pasiva a la restauración y el bonapartismo. Fue abriendo el camino para las distintas mutaciones del régimen político pos-2001, siempre anómalo, inestable e incompleto, recostado siempre sobre alguna unilateral fortaleza coyuntural, protagonizando cada una de ellas, creando "sus" giros a la derecha, que lo consolidaban como sujeto del proceso de estabilización de la dominación imperialista y burguesa, tanto como lo alejaban de la quimera "progre" de los que querían "trascender el pejotismo".
Este es el momento, desde el 2003 hasta la actualidad, en que el kirchnerismo más consciente y abiertamente está actuando como "partido del orden" y a su vez todas las fracciones de la clase capitalista y su personal político, más allá de las internas y campañas electorales revistan en ese "partido".
Las condiciones que permiten esta "unanimidad" (doblemente borgeana por el término en sí como por la unidad por el espanto más que por el amor) son a su vez relativamente "anómalas": un "fin de ciclo" lleno de dificultades pero que por ahora no tiene salida catastrófica, lo cual encolumna a todos los sectores tras la perspectiva de una salida ordenada.
En este contexto, el gobierno de CFK de estos últimos meses constituye una forma aberrante de "gobierno de unidad nacional", no por la integración de todas las facciones políticas en el mismo, sino por la subordinación de estas al gobierno en retirada, en un marco de unidad burguesa y del crecimiento de las formas bonapartistas (disminución de la figura de Capitanich, vuelta de las cadenas nacionales y de la puesta en primer plano de la figura de CFK y sobre todo el uso de la Gendermería y la policía frente a las protestas obreras). Cabe recordar que Gramsci identificaba los gobiernos de "unidad nacional" como "un retroceso al cesarismo" (equivalente gramsciano del bonapartismo).
Como los fachos "securitarios" el gobierno parece decir "los despidos no son de izquierda ni de derecha, son necesarios" y actúa en consecuencia, actuando codo a codo con los factores del "poder real", como la burocracia del SMATA, el aparato represivo y las multinacionales extranjeras, mientras el progresismo en crisis no puede denunciar a los obreros por "destituyentes" ni defender el accionar del gobierno, aunque tampoco ofrecer una alternativa real al curso de su propio gobierno: se constituye en un "progresismo inoperante" que bien podría reservar mesa en el Varela-Varelita.
En el movimiento obrero, la dinámica es, como en todos los demás planos, de "discordancia de los tiempos". En los sectores más avanzados y combativos se empieza a establecer una dinámica "pre-peronista" (lo de "pre" no implica un ingenuo "retroceso en el tiempo" sino que pretende llamar la atención sobre los elementos de continuidad de un incipiente "nuevo movimiento obrero" con las experiencias del pasado, que a su vez tiene un componente de renovación generacional) caracterizada por la acción directa e iniciales enfrentamientos con las fuerzas policiales, clasismo, organización independiente de la burocracia y cuestionamiento a la subordinación de los sindicatos al Estado, mientras que en las masas más amplias, sigue el descontento y a fuego lento se va llevando adelante la "experiencia" con el "ciclo histórico del peronismo".
La posibilidad de confluencia de ambos procesos depende no solamente de la voluntad de la izquierda sino también de factores objetivos. Sin embargo, la presencia de Facundo Moyano en la carpa de Lear y el apoyo de la CGT tanto a este conflicto como al de Emfer, indica que ambos "mundos" no están desligados: lo que en la vanguardia es acción directa y organización en la resistencia, en las masas es descontento y formas diversas de exigencia a los sindicatos de que defiendan el interés de los trabajadores. Los sectores de la burocracia que definieron no morir atados al gobierno lo saben y actúan en consecuencia, aunque se cuidan de realizar acciones que faciliten esa confluencia en el presente, mientras anuncia paros para el futuro.
Y también hay una discordancia de los tiempos entre la apuesta a solucionar la cuestión de los “fondos buitre” que abra la posibilidad de un nuevo ciclo de endeudamiento (y una sobrevida más “tranquila”) y las necesidades de la hora de una economía en retroceso, que la salida de enero empujó hacia mayores tendencias recesivas, retroceso en empleo y en el salario (el impuesto a las ganancias y la no actualización del "piso" empieza a afectar otra vez a sectores masivos de los trabajadores).
El kirchnerismo está cruzando dos límites que se había autoimpuesto relativamente como gobierno de contención y desvío: la no represión (pese a que ya había llevado varias adelante) y la bandera del no retroceso del empleo. La “foto” de este martes combinó en un mismo acto el cruce de esos límites: represión a trabajadores que cuidan sus puestos de trabajo. Y esto llevado delante de la mano de los peores rostros del personal de su coalición: la burocracia sindical del SMATA y su máximo exponente, el patotero Pignanelli, y la patota armada a las órdenes de Sergio Berni.
Todos, trabajando para garantizar la violación de todos los derechos laborales y sindicales (con despidos y ataque a la comisión interna) por parte de una multinacional yanqui, justo cuando se está “enfrentando” a los buitres. La presencia del “Chino” Navarro en Lear es, además de un “homenaje” de un diputado que dirige un movimiento social a fin al gobierno, al renovado peso de la “cuestión obrera”; una manifestación de las contradicciones y la crisis de esa fracción de la coalición oficial. El silencio o las declaraciones de rechazo a la represión (como la del CELS) de sectores de ese espacio en las redes sociales, es parte de esto.
El dilema para el gobierno y las patronales es que la resolución de lo “macro” (la posibilidad de nueva deuda) presupone mantener los lineamiento de este ajuste, y pese a eso no está garantizado que pueda solucionarse en el tiempo necesario.
Lo destacado es que pese al mundial y la histórica llegada a semis (después de 24 años), el movimiento obrero, o sectores de vanguardia del mismo pueden ocupar la escena, hecho que evidencia que el “nacionalismo por el mundial” (que ya termina) tiene sus límites en un malestar general.
Este fin de ciclo, como ya se dijo, a diferencia de otros se caracteriza por dos hechos relevantes: una recomposición obrera y una izquierda con disposición a dar las peleas a la altura de la circunstancias (aunque sin garantía de triunfos en cada lucha particular) lo que es una escuela para el conjunto.

Fernando Rosso/Juan Dal Maso

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