jueves, 9 de septiembre de 2021

Brasil: un gobierno débil que pretende pisar fuerte


En el día de hoy, Bolsonaro concretó su propósito de copar el día de la Independencia de Brasil con una serie de manifestaciones. No fue, con todo, la Marcha sobre Roma, del presidente brasileño, ni llegó a convertirse en un amotinamiento. De acuerdo a la información de la secretaría de Seguridad de Sao Paulo, los bolsonaristas habrían reunido 125 mil personas en la capital del estado – en un día feriado. Aunque el dato luzca desinflado, el doble de esa cifra tampoco conmueve. La misma fuente asigna 15 mil personas al acto con Bolsonaro en el Vale do Anhangabahu, en el centro viejo de la ciudad – muy lejos de una movilización de fuerza, que incluye caravanas de ómnibus desde todo el país. Las noticias del día no recogen una participación armada de las milicias bolsonaristas ni de parte de la Policía Militar.
 El diario de mayor circulación de Brasil, Folha de Sao Paulo, sacó la interesada conclusión de que Bolsonaro ha salido debilitado de la jornada. Esto habría sido cierto si la oposición a Bolsonaro hubiera salido a disputar la calle al gobierno. Prefirió, en cambio, la ‘astucia’ – ‘no hacerle el juego’ al hombre empeñado en pasar de un bonapartismo que ha fracasado, al fascismo. En las grandes crisis políticas, se imponen la decisión y la fuerza, no la falsa prudencia de los timoratos. Lula no se hizo siquiera presente en las débiles manifestaciones que reclaman ‘Fora Bolsonaro’. El hombre con la mayor intención de voto en el país, entendió en exceso que los jefes militares de mayor peso político en las Fuerzas Armadas protegen al ‘loco del Planalto’. En lugar de pelear la jornada de la Independencia al gobierno, una coalición de once partidos opositores, prefirió hacer ‘mutis por el foro’. Antes, había ‘sondeado’ la opinión de los militares.
 Bolsonaro se ve acosado por el Tribunal Superior de Justicia, que lo investiga por demagogia “autoritaria”, ya que cuestiona el sistema de voto electrónico y ha dicho, a lo Trump, que no reconocerá ningún resultado electoral obtenido por ese método, que rige en Brasil desde hace 25 años. Más prosaicamente, se encuentra investigado por haber embolsado dinero en la adquisición de vacunas y otros actos de corrupción que involucran a sus hijos. Contra el 51% que favorece a Lula para las elecciones del año que viene, Bolsonaro exhibe un triste 24 por ciento. El hombre asegura, sin embargo, que “sólo Dios” lo sacará de Brasilia. Luego de haber sido el principal organizador del golpe de estado que derribó a Dilma Roussef, el ejército no está ‘preparado’ para admitir un retorno del PT al gobierno. El armado de una “tercera vía” luce cada vez más difícil. La perspectiva de un golpe militar no la excluye ningún protagonista de la política y la burocracia estatal brasileña, aunque aparezca inviable en el momento actual, por un conjunto de razones. Recientemente, en Perú, fracasó el intento de utilizar a la Marina para bloquear el ascenso de Pedro Castillo a la Presidencia, pero esto no ha amainado la movilización del fujimorismo para echarlo a corto plazo – como lo acaba de reclamar en estos días, la llamada “vacancia” de poder, nada menos que la presidenta del Congreso peruano. A Castillo lo protege Biden.
 En un par de años, Brasil ha sido desalojado del podio de las naciones emergentes en poderoso crecimiento. La gran industria ha retrocedido, en contraste con el agro negocio, cuya frontera se expandido, como es el caso de la Amazonia. El ejército respalda la destrucción capitalista de este territorio, por razones de seguridad nacional, con un mayor poblamiento. De otro lado, el PBI ha dejado de crecer, la inflación alcanza el 10% anual y se han violado los topes de gasto presupuestario. La gran banca y la industria se han dispuesto contra Bolsonaro y han trabajado por desarrollar un frente de oposición Henrique Cardoso-Lula. El Congreso ha rechazado una enmienda de Bolsonaro para volver al voto papel, y una comisión lo investiga por su manejo de la pandemia. En los esquemas de auto-golpe, Bolsonaro pretende repetir la experiencia de Fujimori – intervención del poder judicial y, eventualmente, cierre del Congreso. Apuesta cada vez más alto, frente a una oposición quietista, que opera tras bambalinas y no quiere ‘incomodar’ a las fuerzas armadas. Biden es una barrera a las ambiciones de Bolsonaro, y más todavía después de la fuga de Kabul. El fiel de la balanza es el alto mando militar, que se encuentra dividido. Bolsonaro logró desplazar a los comandantes en jefe opositores, como lo hizo Trump con varios ministros de Defensa. La política lulista, ‘habemus 2022’, que sería completada con una fórmula presidencial de compromiso -a la CFK en 2019- le da cuerda al bolsonarismo. La división de las fuerzas armadas, en un cuadro creciente de crisis, se encuentra entre los escenarios posibles.
 La clase obrera brasileña está políticamente desarmada. Diputados acaba de dar media sanción a un proyecto de ley que elimina aguinaldo, vacaciones pagas y pago especial de horas extras, y ha establecido un régimen de pasantías semi-gratuitas para quienes buscan primer empleo. Ni la CUT ni el PT mueven un dedo. Es necesario rearmar a la clase obrera, de cara a crisis que rápidamente se convertirán en pre-revolucionarias. De acuerdo a lo que los brasileños llaman el ‘efecto Orloff’ -por el vodka- la resaca de la crisis en uno de los países, sea en Argentina o Brasil, tendrá una repercusión fulminante en el otro. Las más de tres décadas de ‘democracia’ en América Latina, han entrado en cuenta regresiva. 

 Jorge Altamira 
 08/09/2021

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