jueves, 26 de abril de 2007

La muerte de Yeltsin.

El final de una época y el inicio de una nueva.
Autor : Misha Steklov – Moscú
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Yeltsin fue un símbolo para el sistema capitalista que surgió después de la contrarrevolución capitalista que él encabezó. El hecho de que su muerte ayer fuera recibida con indiferencia en Moscú, muestra el débil apoyo que el capitalismo tiene en la capital, una ciudad donde, a diferencia de las provincias, una capa de la población vive mejor que en los tiempos soviéticos.
Como sucesor de Yeltsin y nuevo símbolo del sistema capitalista hoy, Putin alaba a Yeltsin. ¡Naturalmente! Putin no quiere criticar los orígenes de su propia dirección, está atado con un cordón umbilical al mecenazgo de Yeltsin. Por eso al hablar de Yeltsin, Putin realmente está hablando de sí mismo, por ejemplo, declarando que los “nobles pensamientos y palabras de Yeltsin: ‘cuidar de Rusia’, siempre han servido como punto político y moral de referencia”.
Por supuesto, esto no es otra cosa que asquerosa hipocresía. Ni Putin ni Yeltsin han cuidado jamás del pueblo ni de Rusia, excepto de lo relacionado con sus propias carreras. No es una cuestión de nobles pensamientos abstractos ni de democracia, sino que son cuestiones de clase. Si el Kremlin pueden controlar los votos de la población entonces el voto es legítimo, si no, por ejemplo, si un candidato comunista gana y plantea la renacionalización de la industria, Putin y compañía dirían que no se puede confiar en el pueblo, y así sucesivamente. Putin considera su dominio como legítimo, porque Yeltsin le entregó el poder a él, con unas elecciones presidenciales amañadas cuyos resultados estaban decididos de antemano. No es casualidad que Putin esté repitiendo el ejemplo de Yeltsin buscando un sucesor ya que su segundo mandato termina en la primavera de 2008. Teniendo en cuenta todo lo que ha cambiado Rusia bajo su gobierno, el traspaso de poder será básicamente el mismo y el siguiente dirigente deberá su puesto a Putin, y por tanto también a Yeltsin.
Pero no necesitamos mirar más que en Moscú para ver cuál es el verdadero legado de Yeltsin, y de Putin. Es el paraíso para los ricos, es la ciudad del mundo con más multimillonarios, excepto quizá Nueva York. El rápido ascenso de los ingresos de los ricos, el resultado del robo y el saqueo, los grandes ingresos del petróleo hacia el mercado inmobiliario, todo está alimentando la inflación y una desigualdad cada vez mayor. Los salarios no suben, los trabajadores ven la riqueza que están creando cómo la disfrutan los corruptos, los arribistas degenerados. En cambio, los empleos y los salarios son atacados, además el aumento del rublo abarata las importaciones y convierte a la industria rusa en menos competitiva. Las fábricas que podrían dar empleo a miles de trabajadores están siendo arrasadas para construir nuevas oficinas y centros comerciales. En sectores que están prosperando como el comercio inmobiliario, el gobierno local y las empresas constructoras emplean a trabajadores que proceden de fuera de Moscú, de Rusia o de otras antiguas repúblicas soviéticas, para dividir a los trabajadores y mantener bajos los salarios. Desgraciadamente, esto ha tenido un efecto, con la extensión del racismo contra los trabajadores inmigrantes. Sólo tienes que viajar durante una hora por las afueras de Moscú y verás la pobreza de las provincias. Esta es la realidad del capitalismo, sus contradicciones y el parasitismo.
La admiración profesada por Putin hacia Yeltsin y su política económica similar, demuestran que no hay diferencias fundamentales entre ellos. Las diferencias que existen se basan en factores personales. En realidad, el hecho de que tanto Yeltsin como Putin individualmente hayan sido capaces de influir en la política tanto, demuestra lo similar que son sus reinados. Los dos son dirigentes bonapartistas, que están al frente de un aparato del estado que en gran medida se ha independizado de la sociedad y utiliza esta independencia para sus propios intereses.
El papel del estado en la historia reciente de Rusia requiere alguna explicación porque está directamente relacionado con el colapso de la URSS. Yeltsin no creó las condiciones que él tuvo durante los años ochenta y noventa. En realidad estas condiciones son las que ayudaron a conformar a Yeltsin, que respondió a los acontecimientos en lugar de tener un plan preconcebido. Los orígenes subyacentes del movimiento hacia la contrarrevolución capitalista no se encontraban en el nacimiento de Boris Nikolaevich en el seno de una familia pobre de albañiles en 1931, sino el ascenso de la burocracia del partido en la URSS que buscaba defender primero los intereses de su propia casta y sólo en segundo lugar los de la URSS. Esta burocracia del partido fue capaz de establecer un firme grillete sobre la sociedad después de enfrentar a la débil clase obrera soviética contra el campesinado en los años veinte y treinta, ahora atacando a la clase obrera y dando concesiones a los kulaks, para después al campesinado y liquidar a los kulaks como clase. Al mismo tiempo que suprimían los derechos democráticos, lo que quedaba del Partido Bolchevique y del movimiento obrero independiente fue ahogado en sangre. Pero los regímenes bonapartistas por su propia naturaleza son regímenes en crisis, como demuestra el período anterior a la guerra. El papel de la burocracia del partido sólo fue realmente estable después de la victoria en la Segunda Guerra Mundial, cuando aparecieron décadas de estabilidad se convirtieron en la norma más que en la excepción. En este período se consiguieron resultados fantásticos. La URSS envió el primer hombre al espacio y se convirtió en la segunda potencia industrial del planeta.
Sin embargo, aunque la clase obrera se volvió numérica y culturalmente más fuerte, eso no se tradujo automáticamente en un peso social mayor ni en una influencia política más grande. El nivel en el que factores como los partidos políticos y las clases pueden afectar a su vez al desarrollo económico no desaprueban el marxismo, que no tiene nada en común con la caricatura formalista, antidialéctica del marxismo representada en la Unión Soviética por el PCUS, que reducía el desarrollo social simplemente a la economía. Esto es algo que los teóricos de la conspiración de la izquierda en la Unión Soviética han tenido en cuenta cuando después han culpado del colapso de la URSS a Gorbachov y Yeltsin, en lugar de explicar las causas más profundas y de mayor alcance. Pero esto no significa que los marxistas tengan una bola de cristal con la que puedan predecir el futuro de manera exacta. El método marxista puede revelar la crisis subyacente en la que se encontraba la URSS, pero no definir por adelantado que resultados tendría el final del control burocrático del Estado y la sociedad. Ted Grant explicó a principios de los años setenta, tan pronto como las tasas de crecimiento en la URSS se aproximaban a cero, que el régimen no podía durar y que sería derrocado, pronosticó que la clase obrera recuperaría el control del aparato del Estado y democratizaría los sindicatos, inyectando nueva savia en la economía soviética y en la revolución mundial. Esto era totalmente posible.
De ninguna manera era inevitable que la burocracia consiguiera con éxito restaurar el capitalismo. Al final esto se consiguió, en gran medida, debido a la ausencia de organización por parte de la clase obrera, que no pudo desarrollar un programa o un partido capaces de tomar el poder. Durante el proceso de contrarrevolución capitalista, ni la clase obrera, debido a su falta de organización, ni la clase capitalista, que sólo existía a principios de los años noventa en una forma embrionaria, fueron capaces de controlar el Estado. En su lugar, el Estado con Yeltsin, a pesar de su propia debilidad interna, fijo la última palabra en la política, como fue aparente con el uso del ejército aplastando a la oposición en el parlamento en 1993 y en otros ejemplos. Y dentro del aparato del estado, el presidente tenía un gran peso como árbitro a la hora de decidir el resultado de los enfrentamientos entre fracciones rivales. Por ejemplo, incluso cuando la tasa de aprobación de Yeltsin cayó al 2 por ciento a finales de los años noventa, aún tenía muchas palancas de poder para nombrar y despedir a toda una serie de primeros ministros.
En esencia, lo mismo se aplica al régimen de Putin. Es verdad que en contraste con el reinado de Yeltsin, el capitalismo ahora se ha consolidado y la clase capitalista es más fuerte. Pero, como con la clase obrera en la URSS, esto no significa que la clase capitalista haya aumentado su control sobre el Estado. Todo lo contrario, el Estado con Putin se ha fortalecido y se ha convertido en una palanca por encima de la clase capitalista. El odio del capitalismo y de los capitalistas no ha socavado la dirección de Putin como tampoco lo consiguió con Yeltsin. En su lugar, Putin se ha apoyado en las masas y explotado este descontento para golpear a los oligarcas como Mijail Khodorkovsky, mientras que los intereses comerciales del Estado se han expandido al sector automovilístico, la minería y la defensa. Igual que el Estado ha pisoteado la competencia capitalista en la industria, ha conseguido establecer un monopolio en el parlamento con la recreación del partido del poder, llamado Rusia Unidad, cuyos orígenes, junto con los del dominio de Putin, se encuentran en la época de Yeltsin.
Esta redivisión de la propiedad y el poder se ha producido a costa de antiguos aliados de Yeltsin, que han sido echados de los pasillos del Kremlin por los aliados de Putin en las fuerzas de seguridad. Aquellos que apoyaban a Yeltsin por sus propios intereses empresariales y personales, ahora pretenden que Putin está atacando las libertades y que Yeltsin las defendía, sin clarificar que están hablando de la libertad de los oligarcas a enriquecerse y no de los derechos de la gente corriente. Sobra decir que estas mismas personas en el poder apoyaron a Yeltsin cuando ilegalizó el Partido Comunista y más tarde pisoteó su propia constitución al ordenar que los tanques dispararan contra la Casa Blanca en octubre de 1993. El régimen de Putin es la evolución natural del régimen de Yeltsin. La única razón por la que Yeltsin toleró a la oposición, en un período en que el PCFR tenía mucho poder en el parlamento y entre los gobernadores regionales, es porque él era débil. Si hubiera sido más fuerte no habría actuado de manera diferente a la de Putin.
La muerte de Yeltsin es una oportunidad para enfatizar de nuevo que el régimen de Putin es la continuación de su régimen, e insistir en el hecho de que en el conjunto de la sociedad no se llora a Yeltsin, que el régimen que Putin ahora está presidiendo es la supervivencia del suyo. Pero a diferencia de Yeltsin no morirá de forma natural. Hay que luchar contra él y derrotarlo.
Aunque la clase obrera aún es débil, ya se están viendo los síntomas del resurgimiento de la lucha de clases. Por otro lado, sus enemigos de clase dentro de la elite no son tan fuertes como aparentan ser. Putin es popular como líder en parte porque es visto como algo diferente a los políticos corruptos y peleones que hay en el gabinete y el parlamento. Sin Putin las perspectivas para el sistema no son tranquilizadoras. La estabilidad que la dirección de Putin ha disfrutado es muy superficial. El Estado es poderoso contra grupos de capitalistas y trabajadores, estudiantes y pensionistas, etc., porque el Estado es la ley. Pero es incapaz de resolver de la misma manera las diferencias dentro del Estado. Éstas todavía sólo las puede decidir el presidente, esto significa que el próximo presidente tendrá el poder de ordenar una nueva ronda de redivisión de la propiedad, reflejando la debilidad de las relaciones de propiedad capitalistas y que los capitalistas no son capaces de defenderse del Estado, porque ellos mismos son fruto del mecenazgo del Estado. El surgimiento de un segundo partido de poder en la forma de Una Rusia Justa, ofrece una visión del potencial que la clase dominante tiene para socavar su posición a través de la división interna. En lugar de fortalecer el sistema como un todo, sólo están interesados en sus propios beneficios y prestigio.
La estabilización que ha tenido lugar en Rusia con Putin, ha fortalecido la posición negociadora de la clase obrera. Los trabajadores y la juventud están comenzando a pensar no sólo en la lucha por la supervivencia cotidiana, sino también en qué ocurrirá en el futuro. Según pasan los días, cada vez está más claro, aunque todavía es una minoría, que el dominio del capital, que está atado al dominio político de la burocracia estatal, sólo empobrecerá más a los pobres, explotará a los explotados y enriquecerá a los ricos. Una nueva generación está mirando hacia la clase obrera para que dirija a los estudiantes, a los intelectuales, a los pensionistas contra la clase capitalista y el aparato del Estado. Estas conclusiones están siendo estimuladas por el embrión del movimiento obrero que ha llevado a luchas en las fábricas de Ford, Coca Cola y Heineken, cerca de San Petersburgo. En condiciones de férreo control estatal por parte de los tribunales, pero la lucha sindical está orgánicamente vinculada a la lucha política no sólo contra los empresarios, sino también contra los tribunales y el parlamento. Sólo armados con el método del marxismo y un programa socialista claro, esta lucha embrionaria crecerá en un movimiento de la clase consciente políticamente y bien organizado capaz de derrocar a un régimen que tiene unas raíces muy débiles en la sociedad.
La realidad es que la clase obrera, a pesar de ser numéricamente más débil que en los últimos días de la URSS, aún es la gran mayoría de la sociedad. Sólo necesita estar organizada y generalizar su experiencia. Por ahora el principal activo de la elite dominante no ha sido su propia fuerza intrínseca, sino precisamente la ausencia de esta organización y conciencia por parte de la clase obrera. Pero esto se convertirá en su contrario, con divisiones internas y una posición ideológica débil de la clase dominante, que debe su estatus a los burócratas que traicionaron a la URSS, como Yeltsin, profundizando así la voluntad de la clase obrera para luchar contra el capitalismo y su confianza en sí misma como la única clase en la sociedad que puede modernizar Rusia.
Y lo que se aplica a Rusia también se aplica a la clase obrera de cada país. La derrota de la Unión Soviética y el triunfo del imperialismo afectaron a todo el mundo, no sólo a la URSS. La podredumbre del capitalismo en Rusia hoy es un reflejo de la senilidad del capitalismo globalmente. La nueva época en la que hemos entrado de guerras, revoluciones y contrarrevoluciones, creará muchas oportunidades para que la clase obrera tome el poder. La victoria de la clase obrera en un país estratégico transformará la situación. Este es el potencial de la revolución bolivariana en Venezuela, que está siendo seguida no sólo en América Latina, sino también en Rusia. No es casualidad que los trabajadores en Venezuela estén, sobre la base de su propia experiencia sacando las mismas conclusiones que en Rusia hacia casi cien años. Estas son las lecciones que los trabajadores hoy en Rusia deben aprender e inspirarse en ellas.
La clase obrera rusa es lo suficientemente poderosa para controlar las tendencias burocráticas dentro del estado y está más integrada con la clase obrera mundial que nunca. Una nueva edición de la revolución rusa en las condiciones actuales no sería una simple repetición de 1917. Sería una nueva revolución socialista pero a un nivel cualitativamente muy superior.

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