lunes, 27 de abril de 2020

Cuarentena a la carta: cómo sigue el aislamiento “obligatorio”



El lobby patronal sigue flexibilizando las medidas sanitarias.

La Decisión Administrativa del Jefe de Gabinete, Santiago Cafiero, que habilita a gobernadores e intendentes a presentar proyectos para solicitar la eximición de la cuarentena en diversas actividades económicas, se ha transformado en la válvula de escape de las patronales para evadirse de la cuarentena. La probable nueva extensión del aislamiento social obligatorio seguramente profundice aún más esta característica: mientras se exige a la población que siga recluida a cualquier precio, las patronales retoman el trabajo imponiendo sus condiciones sobre los trabajadores.
A los anuncios del día de ayer, que dispone retomar la actividad privada de la construcción y el ejercicio de las profesiones liberales en varias provincias, también se suma la Resolución 179/2020 del Ministerio de Desarrollo Productivo que habilita la actividad de otras 13 actividades industriales –se trata de la precisión de uno de los “procesos industriales específicos” de la Decisión Administrativa 524/20- y regula el procedimiento para establecer las actividades para exportación, también exceptuadas.
Por medio del mecanismo de Decretos, Decisiones Administrativas y Resoluciones, el gobierno nacional ha establecido el procedimiento por el cual ir habilitando los negocios de los empresarios según su discrecionalidad.
Mientras que muchas de las solicitudes no se han dado a conocer y se encuentran sometidas al estudio del Ejecutivo nacional, otras si salieron a la luz como medio de presión de las patronales para agilizar los trámites. Una de las más conocidas es la de la automotriz Volkswagen, que anunció que retomaría su actividad en su planta ubicada en Córdoba a partir del 27 de abril próximo. Para esto presentó una solicitud ante el gobierno nacional y ha sumado el lobby del gobernador Schiaretti. Otro que se emocionó con la idea es el intendente de Tigre, que pidió la eximición para ¡160 empresas de su distrito! Detrás de estos dos pedidos puntuales, que sirven como botón de muestra, hay una larga lista de gobernadores e intendentes haciendo presión para reactivar los negocios de los empresarios que representan.

Que se doble pero que no se rompa

El estiramiento de la cuarentena, como principal medida sanitaria de prevención, está dando lugar a una flexibilidad direccionada. Tal es así porque el gobierno actúa con mesura y comprensión con las patronales pero con dureza e inclemencia con la población. El punto más agudo de esta contradicción es el trato inhumano que reciben las personas privadas de su libertad, que ha dado lugar al crecimiento de las protestas en los últimos días, seguidos de una brutal represión policial.
Que el gobierno respalda a las empresa lo revela el conflicto del frigorífico Penta, donde a más de un mes de lock out patronal la empresa mantiene afuera a 240 trabajadores de una actividad esencial, con el único propósito de disciplinar al colectivo obrero. O lo sucedido en el frigorífico Federal, donde la patronal ignoró las medidas sanitarias, ocultó un caso de contagio, relativizó la muerte de otro obrero por Covid-19, siguió produciendo a pesar de la clausura y solo después de haber hechos todos estos estragos fue detenida por la policía.
La mayoría de las medidas del gobierno colocan el cuidado de la salud de los trabajadores en manos de las patronales. Las mismas que se negaron desde el primer día a costear las modificaciones sanitarias en los establecimientos de trabajo y las que hacen noticia todos los días por violar los procedimientos sanitarios.
Un sector importante de empresarios, principalmente del comercio, acaba de publicar una carta dirigida al gobierno, donde reclaman mayores estímulos, flexibilidad, liberación de precios y bloquear cualquier iniciativa tributaria que recaiga sobre sus espaldas.
Mientras las patronales impulsan su política por todos los flancos, la burocracia sindical se ha plegado a su agenda sin ningún miramiento. Solo dan marcha atrás cuando las bases se rebelan contra las entregadas, como acaba de ocurrir en el gremio de la UOM.

Gobierno, gobernadores y patronales

Las medidas tomadas por el gobierno nacional ofrecen una cuarentena a la carta para las patronales, ya que cada quien se sirve de lo que necesita con solo presentar una “propuesta”, que luego de analizada nadie hará cumplir. Se trata de un formalismo para cubrir las espaldas de Fernández, y su gabinete, ante eventuales crisis.
Los gobernadores, a su vez, han ampliado el radio de sus potestades, ya que son ellos quienes regulan el regreso de las actividades exceptuadas, dando lugar a todo tipo de arbitrariedades. Así lo reconoció el propio ministro de Salud Ginés González García cuando dijo que "Es difícil seguir tomando medidas generales. Hay que empezar a transitar que no va a ser igual en todo el país".
El gobierno nacional espera volver a juntarse con los gobernadores para presentar la extensión de la cuarentena como parte de una política de “unidad nacional”. Los medios descartan cualquier tipo de oposición de los gobernadores, quienes vinieron con la agenda de sus patronales y se llevaron respuestas a sus demandas.
Pero la cuarentena aun seguirá para las familias obreras, los desocupados, los jubilados, la juventud y las mujeres, sin ningún tipo de concesión a los reclamos que se han venido manifestando, que van desde la provisión de alimentos y elementos sanitarios, hasta los recursos económicos de emergencia y la adopción de medidas contra el crecimiento de la violencia de género. Allí donde se han retomado ciertas actividades se han vuelto a ver las postales de la población en la calle y el amontonamiento en determinados transportes públicos. La efectividad de la cuarentena y las medidas sanitarias demandan de un control obrero y popular de esta crisis.

Marcelo Mache

Pandemia y capitalismo de vigilancia

La pandemia del COVID-19 es más que un “cisne negro” (un hecho inesperado, poco frecuente). La pandemia seguramente pasará, pero la crisis quedará -la social, la económica, la política-, significando un mundo diferente que ni los más osados científicos sociales y politólogos han podido imaginar, con un estimado de más de tres mil millones de desempleados.
La necesidad de “quedarnos en nuestras casas” obligó a trabajadoras y trabajadores a seguir produciendo desde sus hogares con la modalidad del “teletrabajo”; docentes y estudiantes que continúan con parte de la currícula de manera virtual, así como también los grupos de riesgo dentro de los cuales se encuentran en gran medida nuestros jubilados y jubiladas, el sector de mayor riesgo en la pandemia.
¿Qué mundo les tocará vivir a las nuevas generaciones? En el mundo feliz (1932) del británico Aldous Huxley, las personas viven drogadas con el imaginario “soma” y felices, manipuladas por un plan superior en el que la ciencia de punta sólo sirve a una estructura de dominación.
No tenemos soma, pero sí tenemos Netflix y un número infinito de aplicaciones y servicios gratis diseñados específicamente para convertirnos en felices adictos y en los auténticos recursos que surten la acumulación de riqueza en el nuevo capitalismo –el capitalismo de vigilancia- que ordena el mundo. Nunca nos hemos sentido tan libres pese a ser observados sin descanso.
El ser humano se ha convertido en un terminal de corrientes de datos. Hoy sabemos que con este saber se puede influir, controlar y dominar totalmente a las personas, a través de los algoritmos y la inteligencia artificial. La pandemia despertó la voracidad de los vendedores de dispositivos de vigilancia y tecnología de rastreo de personas, presuponiendo que la ciencia de datos será esencial para derrotar al enemigo invisible
Alentados por el éxito de China y Corea del Sur (entre otros países asiáticos) en el combate al covid-19, líderes políticos de democracias liberales, de derecha e izquierda, se mostraron encantados con la capacidad de control de los dispositivos digitales y del modelo estadístico de los algoritmos que extraen padrones y realizan predicciones.
Cámaras, software, sensores, celulares, aplicaciones, detectores, son presentados ahora como las armas más sofisticadas para el combate al virus…y para la domesticación de las poblaciones.
La industria de telecomunicaciones e informática –que junto a la farmacéutica será una de las ganadoras en esta crisis- prospera gracias a un principio básico, el de extraer los datos personales y vender predicciones sobre los comportamientos de los usuarios a los anunciantes. Pero hasta ahora se lograban pronósticos que facilitaban la previsión de hechos, acontecimientos (y su manipulación, claro), no certezas.
Las empresas (y los gobiernos) comprendieron que para que aumenten los beneficios (financieros pero sobre todo de manipulación) se hacía necesario tratar de modificar las conductas humanas a gran escala.
La mano de obra ya no está configurada por empleados que reciben un salario a cambio de su trabajo, sino por usuarios de aplicaciones y servicios gratuitos, satisfechos de adquirirlos a cambio de ceder sin consentimiento a múltiples empresas un registro de sus experiencias vitales.
En el nuevo capitalismo, los datos personales se acumulan para producir el bien que se pondrá a la venta en el mercado: predicciones sobre nosotros mismos. Los propietarios de los medios de producción no son otros que los que ejercen el monopolio del negocio digital: Google, Facebook, Apple y Amazon, señala Patricia Serrano en El Economista de España.
Las medidas de excepción adoptadas, la llamada flexibilización de derechos, los cortes de salarios, el irrespeto a los principios básicos de la ciudadanía, las violaciones de privacidad, con el fin declarado de enfrentar al virus y la crisis, podrán no ser de excepción para convertirse en permanentes. E incluso ampliarse. El virus no destruirá el capitalismo. Todo indica que la vigilancia (policial, cibernética) conseguirá consolidarse.
“El capitalismo industrial, con todas sus crueldades, era un capitalismo para las personas. En el de vigilancia, por el contrario, las personas somos por encima de todo fuentes de información. No es un capitalismo para nosotros, sino por encima de nosotros”, sentencia Shoshana Zuboff , profesora emérita de la Harvard Business School en una entrevista en la BBC.
Tu smartTV te observa. Pero también tu teléfono, tu coche, tu robot de limpieza,tu asistente de Google y hasta esa pulserita que monitoriza el número de pasos que das. Una pista: todos los productos que llevan la palabra smart o incluyen la coletilla de ‘personalizado’ ejercen de fieles soldados al servicio del capitalismo de vigilancia. Así lo resume Zuboff.
El filósofo surcoreano Byung-Chul Han, profesor en la Universidad de las Artes de Berlín y autor de una decena de libros, profundiza en esta idea: “El ser humano es un terminal de corrientes de datos, el resultado de una operación algorítmica. Con este saber se puede influir, controlar y dominar totalmente a las personas”.
“En la cárcel, hay una torre de vigilancia. Los presos no pueden ver nada pero todos son vistos. En la actualidad se establece una vigilancia donde los individuos son vistos pero no tienen sensación de vigilancia, sino de libertad”, explica en su obra “La expulsión de lo distinto”, que analiza el impacto de la hipercomunicación y la hiperconexión en la sociedad.
Para Han, la sensación de libertad que brota en los individuos es engañosa: “Las personas se sienten libres y se desnudan voluntariamente. La libertad no es restringida, sino explotada”. Añade que “la gran diferencia entre internet y la sociedad disciplinaria es que en esta última, la represión se experimenta. Hoy, en cambio, sin que seamos conscientes, somos dirigidos y controlados”.
Paloma Llaneza, abogada, experta en ciberseguridad y autora de Datanomics, señala que el consentimiento en realidad no existe cuando escribimos nuestros datos personales rápidamente para bajarnos aún más rápido una aplicación gratis o recibir una newsletter semanal. “El consentimiento es una de las grandes mentiras de internet”, afirma.
El problema empieza cuando nuestros datos son usados para otras finalidades y cedidos a terceras empresas que buscan conocernos mejor y sacar un perfil de cómo somos. “Sin saberlo, el usuario puede estar dando consentimiento a ser escaneado en redes sociales y, de ahí, se saca el perfil de la persona. Solo con las fotos de Instagram ya se pueden deducir cosas del comportamiento”, explica.
Mientras algunos líderes políticos apelaban a la “unidad” en la guerra contra el enemigo invisible, y otros negacionistas llevaban a su gente al genocidio, aparecían algunas líneas de fractura. A través de las redes sociales (y los cacerolazos) se compelía a los gobiernos a adoptar medidas drásticas para proteger a las poblaciones, la salud común.
El coronavirus afecta a toda la industria manufacturera de alto contenido tecnológico (incluyendo industria automotriz, aeronáutica y telecomunicaciones), básicamente porque su producción implica aglomeración de personas, no es considerada esencial y en definitiva se ajusta a las proyecciones de la demanda, nada alentadoras hoy.
En este análisis sólo se rescatan algunos sectores, primordialmente de servicios, entre los cuales tenemos el caso de las OTT (over the top), las empresas de telecomunicaciones que brindan servicios de streaming. O sea, usan internet para llegar a los usuarios con video (Netflix), audio (Spotify) o mensajería (Whatsapp, de Facebook) y/o aplicaciones de teleconferencia (como Skype o Zoom).
Con el aislamiento social, las plataformas que recolectan datos personales y los venden en el mercado avanzan para convertirse no solo en grandes intermediarios del entretenimiento sino también de la educación, lo que no puede aceptarse como algo nagtural y mucho menos como solución excepcional, señala Sérgio Amadeu da Silveira, profesor de la Universidad Federal de ABC, Brasil.
El covid-19 seguramente pasará. El neoliberalismo es una pandemia que durante cuatro décadas infectó hasta las fuerzas de izquierda que deberían haberlo combatirlo. Enfrentamos dos pandemias…

Aram Aharonian: Periodista y comunicólogo uruguayo. Magíster en Integración. Fundador de Telesur. Preside la Fundación para la Integración Latinoamericana (FILA) y dirige el Centro Latinoamericano de Análisis Estratégico (CLAE, www.estrategia.la) y susrysurtv.

domingo, 26 de abril de 2020

Bolsonaro "na corda bamba"

“Hoy, nadie se atreve a decir en Brasil si Bolsonaro logrará terminar su mandato”, relata un corresponsal brasileño a La Nación (25/4). “Por otro lado”, agrega, “pensar que el jefe de Estado puede sobrevivir a las diversas crisis que sacuden a su gobierno ... parece casi imposible. Bolsonaro está acorralado”. El Financial Times observa algo parecido: “existe preocupación acerca de la estabilidad de la Administración” (24/4). El ex presidente brasileño, Fernando Henrique Cardoso, por su lado, pide, lisa y llanamente, el reemplazo de Bolsonaro por el general Hamilton Mourão, el vicepresidente, en lo que constituye el llamado a un golpe de palacio inmediato, para evitar el largo proceso de un juicio político a cargo del Congreso. De confirmarse estas perspectivas, el fascistoide brasileño caería en medio de una ofensiva capitalista contra los trabajadores y una todavía débil resistencia de las masas - una consecuencia de las contradicciones insalvables de su gobierno y del impacto de la bancarrota capitalista internacional. Los señalamientos de nuestra Tendencia en la fatigosa polémica entablada en la izquierda han sido confirmados sin atenuantes.
El gobierno de Bolsonaro ha estado envuelto en numerosas crisis, pero la que lo ha enfrentado al ministro de Justicia y Seguridad, Sergio Moro, en estos días, es la más decisiva de todas, porque involucra a quien jugó un papel fundamental en la destitución de Dilma Rousseff, primero, y en la anulación de la candidatura de Lula, con posterioridad, para las elecciones a presidente. Como fiscal del llamado Lava Jato, Moro ayudó a desmantelar a poderosas corporaciones brasileñas y a abrir el mercado de la construcción y del petróleo a las compañías internacionales. Moro trabajó con informaciones que le proveyó el Departamento de Justicia de Estados Unidos; una investigación del portal Intercept reveló hace poco que usó su posición judicial para conspirar políticamente contra el partido de los Trabajadores. Muchos observadores suponen que Bolsonaro no hubiera podido llegar a la presidencia sin Moro, lo que resume la enorme fractura de poder que ha causado su renuncia.
El choque Bolsonaro-Moro constituye una radiografía del régimen político de Brasil. Bolsonaro se planteó poner tropa propia en la jefatura de la policía federal, y singularmente en Río de Janeiro y Pernambuco. Reclamó incluso la posibilidad de manejar de este modo operaciones de inteligencia interna, algo que la policía federal tiene prohibido, al menos formalmente. En su declaración de renuncia, Moro reveló que Bolsonaro pretende crear un ministerio de Seguridad, separado de Justicia, para mejor concentrar el espionaje político. El propósito de esta panoplia de medidas es proteger a las pandillas que dirigen sus hijos, comprometidos en actos de corrupción, pero especialmente en la organización de milicias, involucradas en acciones criminales y en el asesinato de la concejal y militante de derechos humanos, Marielle Franco.
Carente de un partido o aparato político propio a escala nacional, Bolsonaro ha intentado crearlo desde arriba, bajo el control de una camarilla familiar. Esto explica sus constantes crisis con aquellos aliados en el Parlamento, que defienden sus propios apetitos. Este es el camino que han recorrido algunos gobiernos de derecha en Europa, que han sido caracterizados como ‘proto-fascistas’ o ‘pre-fascistas’, a pesar de carecer de lo fundamental del fascismo, que es una base de masas para destruir a la clase obrera como clase independiente. El sistema político brasileño se ha convertido, como resultado de sucesivas crisis, en un régimen de sellos, con excepción del partido de los Trabajadores, dejando un vacío que el bolsonarismo ha buscado colmar.
La irrupción de la pandemia Covid-19, por un lado, y el desplome económico internacional, por el otro, han alterado radicalmente el escenario de esta crisis política. Bolsonaro ha chocado con los gobernadores de los principales estados de Brasil en torno a la aplicación de la cuarentena o distanciamiento social, a los que considera, sin más, una forma del comunismo. Como jefe de un régimen de camarilla en desarrollo, le ha escapado a una concertación nacional con otros jefes políticos, declarando su oposición a cualquier forma de reglamentación de la economía. Esto llevó a la renuncia del ministro de Salud, un bolsonarista de primera hora, partidario decidido de la cuarentena. Según observa el Financial Times, estos choques políticos han alimentado una enorme “tensión” a la crisis sanitaria; en Manaos (estado Amazonia) se cavan fosas comunes. Bolsonaro ha respondido a estos desafíos con bravuconadas que desprecian la protección de la salud, u otras que alientan la militarización política de Brasil. Bolsonaro despliega una confianza desmedida en que el temor a un vacío político disuadiría a sus rivales a asestarle un golpe de estado. En tanto distintas voces, incluso de izquierda, califican a la cuarentena como un “estado de excepción”, Bolsonaro, figura emblemática de ese “estado”, la denuncia como “comunista”.
Los cruces políticos que culminan con la renuncia de Moro se producen cuando Brasil, como la mayoría de los llamados países emergentes (¿no sería más adecuado denominarlos ‘submergentes’?), sufren una salida masiva de capitales. En cuatro semanas el real brasileño pasó de 3,80 a 5,40 el dólar; el jueves 23, el Banco Central vendió u$s3 mil millones. Bajo Bolsonaro la economía no salió en ningún momento del estancamiento – ahora se viene una depresión. En respuesta a esta crisis, un sector del gabinete aprobó, sin la presencia del ministro de Economía, el ‘caputista’ Julio Guedes, un operador financiero, un aumento del gasto público del orden de los u$s5 mil millones para obras de infraestructura. Guedes lo denunció de inmediato como un refrito del gasto público de los gobiernos lulistas, lo que ha llevado a una mayoría de observadores a descontar que Guedes será el próximo renunciante. En cualquier caso, el derrumbe internacional ha puesto fin a las posibilidades de financiamiento internacional de Brasil, como impulsa el ministro. Una crisis de la política económica es un golpe en la línea de flotación del gobierno, que no puede ser separada de los reclamos para echar a Bolsonaro por sus operaciones clandestinas de gobierno.
El silencio del PT, en la crisis, es ensordecedor. Ha tomado la decisión consciente de no postularse como alternativa de gobierno, por lo que tampoco moviliza políticamente. A último momento, Lula se ha pronunciado por el debate parlamentario del impeachment, “y que Bolsonaro se defienda” (Página/12, 24/4), lo que significa una dilación y una justificación del inmovilismo del PT, dejando deliberadamente la iniciativa en manos del presidente de la Cámara, Rodrigo Maia.
El escenario está ocupado por una cofradía de gobernadores sin articulación entre ellos, y un Congreso dividido en innumerables bancadas. La iniciativa se encuentra entonces en las manos de los militares, que deberán improvisar políticamente frente a la pandemia y la estampida financiera, en el caso de fuercen el reemplazo de Bolsonaro por su vice. El tablero internacional de América Latina se modificaría en términos por ahora imprevisibles.
La izquierda y las organizaciones sindicales de Brasil no han ofrecido aún una caracterización de conjunto de este giro enorme de la situación política.

Jorge Altamira
25/04/2020

¡Viva la ocupación de Bed Time!

Contra la extorsión patronal, por el salario y los puestos de trabajo.

Pasado el mediodía de hoy, los trabajadores de Bed Time votamos en forma unánime la ocupación de la planta, ubicada en la localidad de Ricardo Rojas, en respuesta la extorsión de la patronal que pretende ponernos a elegir entre una brutal rebaja salarial y los despidos masivos.
Luego de reabrir la planta en medio de la cuarentena y sin siquiera indicios conocidos que indiquen un proceso de quiebra, la patronal propone a los trabajadores una disyuntiva de autodestrucción: aceptar una reducción del 45% del salario o el despido masivo de más de 80 trabajadores.
La asamblea votó el rechazo de la propuesta extorsiva de la patronal y el reclamo de las quincenas adeudadas, además de sostener asambleas de una hora por día durante los 3 días anteriores a la ocupación.
La provocación patronal llego al extremo de plantear que no solo los trabajadores debíamos elegir la mejor forma de hacernos daño, sino que también condicionaron el pago de la quincena atrasada a la firma de alguna de las 2 propuestas; además de intentar un vaciamiento del stock y la materia prima disponible en planta, que la acción obrera impidió.
La extorsión patronal en Bed Time no es un hecho aislado. Denunciamos que se trata de una iniciativa general de las patronales de todo pelaje que intentan explotar la crisis económica agudizada por la pandemia para reordenar las relaciones laborales en su favor. Es, en términos de la fábrica, un ataque a las conquistas que los trabajadores consiguieron en un proceso de organización clasista que lleva 12 años de historia.
La acción conducción del gremio plástico se debate entre la parálisis y la firma de acuerdos de suspensión con rebaja salarial. A pesar de las advertencias que hicimos los trabajadores, no han tomada ninguna medida efectiva para garantizar el pago de la quincena y la preservación de puestos de trabajo.
En oposición a esto, llamamos a todos los delegados, activistas y trabajadores del gremio y al conjunto del movimiento obrero a rodear de solidaridad la ocupación de Bed Time, para lograr el triunfo de todos los reclamos.

Lucas Sánchez
24/04/2020

Médicos cubanos: trabajadores del mundo uníos

Los últimos días de cuarentena hemos asistido a una campaña abiertamente macartista impulsada desde el ´troll center´ de Patricia Bullrich contra la llegada de un contingente de entre 200 y 500 médicos cubanos a la provincia de Buenos Aires para asistir a los médicos locales durante la pandemia.
Laura Alonso, ex titular de la Oficina Anticorrupción, se subió a "la ola anticomunista" y twitteó: "Si nos faltaba algo...eran los médicos, espías, comisarios cubanos". Una preocupación un tanto curiosa en dos mujeres que fueron protagonistas en el "episodio Nisman", plagado de espías y servicios de inteligencia estadounidenses, israelíes y argentos. Pero parece que hay espías y espías.
Con el argumento de que "son profesionales deficientes", "que no revalidaron su título", "que son guerrilleros" y muchos otros dislates en ese sentido, se desplegó una verdadera campaña en las redes sociales.
La Confederación Médica de la República Argentina (COMRA) solicitó al gobierno, en primera instancia, la revalidación de títulos de médicos de otros países latinoamericanos ya residentes en el país como los venezolanos antes que traer cubanos.
Para hacer frente a la pandemia del coronavirus, la provincia de Buenos Aires lanzará una convocatoria para cubrir 4.580 puestos en el sistema de salud. En este marco el ministro de Salud de la Provincia de Buenos Aires confirmó el ofrecimiento de Cuba, que puso a disposición una brigada médica de entre 200 y 500 profesionales. Lo curioso es que esta medida fuertemente criticada por las ex funcionarias macristas está siendo impulsada en CABA por el macrista Rodríguez Larreta. El jefe de gobierno que quiso avanzar para levantar la cuarentena encerrando a los adultos mayores convoca a "médicos con y sin título revalidado en el país" para ejercer en su jurisdicción durante la pandemia. Una crítica selectiva.
La realidad es que, digan lo que digan, falta personal sanitario, en especial si se reduce la jornada laboral, como corresponde, sin afectar los salarios - o si se tienen en cuenta los altos porcentajes de contagio que se están dando en el sector por falta de kits de prevención (barbijos, camisolines, alcohol en gel, testeos), inclusive muertes entre médicos y enfermeros. La llegada del contingente isleño podría ser un alivio para un cuerpo médico extenuado que aún debe enfrentar el pico de la pandemia, pero también deja expuesta la deficiencia y el desmantelamiento del sistema sanitario a lo largo y ancho del país durante las últimas décadas.
Son aproximadamente cinco decenas de países los que reciben ayuda de los médicos provenientes de Cuba. Cuba tiene 9 médicos cada 1.000 habitantes, el porcentaje más elevado del continente americano.
Los médicos cubanos no vienen a radicarse en Argentina, de modo que no hace falta una reválida, debería bastar con que hayan obtenido su título de acuerdo a las disposiciones de su país. Tampoco se trata de un contrato de trabajo personal con cada uno de ellos, de modo que tampoco podrían competir con los médicos locales en ese aspecto. Se trata de un convenio con el gobierno de la Isla, que luego paga salarios de acuerdo a la legislación o contratos locales. Fernández y Kicillof no han dado a conocer los términos del convenio: no se sabe el costo que representa ni el tiempo de vigencia del acuerdo. Es harto sabido, sin embargo, que el estado cubano se queda con la parte del león de los ingresos, como ocurre con el personal que emplean las empresas extranjeras en Cuba. Estamos ante un elevado impuesto a los salarios, que nosotros, como socialistas, rechazamos. La derecha no hace mención a este aspecto, ni tampoco los K, que cobran impuesto a los salarios en Argentina. Uno podría decir que todo esto es asunto de cada país, pero nosotros somos internacionalistas – no diferenciamos la exacción a la fuerza de trabajo por el lugar en que se perpetra la confiscación, ni los regímenes sociales que lo aplican, salvo que lo hayan votado por la clase obrera del país que se trate. Reclamamos entonces que los médicos cubanos reciban, cada uno de ellos, los salarios establecidos en los convenios laborales de médicos de Argentina.
Es necesario que los profesionales de la salud argentinos, cubanos, venezolanos se organicen de conjunto en defensa de un convenio colectivo de trabajo que contemple condiciones sanitarias y de seguridad adecuadas, la reducción de la jornada laboral a 6 horas para que puedan estar descansados, sin reducción de haberes, un salario acorde a la función que desempeñan y para que las ART reconozcan al Covid-19 como enfermedad laboral.

Ana Belinco
25/04/2020

Lenin, a 150 años de su nacimiento



Vladimir Illich Ulianov nació en un día como hoy, de 1870, en Simbirsk, Rusia. Fue el fundador del Partido Comunista Ruso (Bolchevique), el líder indiscutido de la primera insurrección obrero-campesina triunfante a escala nacional en la historia de la humanidad: la Revolución de Octubre en Rusia (que llevó a su término lo que la heroica Comuna de París no pudo hacer) y arquitecto y constructor del Estado Soviético.
Como si lo anterior no bastase fue también un notable intelectual, autor de numerosos y medulares escritos sobre temas tan variados como filosofía, teoría económica, ciencia política, sociología y relaciones internacionales.[1] “Práctico de la teoría y teórico de la práctica” según la brillante definición que de él propusiera György Lukács, Lenin introdujo tres aportaciones decisivas a la renovación de una teoría viviente, el marxismo, que siempre la entendió como una “guía para la acción” y no como un dogma o un conjunto esclerotizado de preceptos abstractos. Gracias a Lenin los cimientos teóricos establecidos por Karl Marx y Friedrich Engels se enriquecieron con una teoría del imperialismo que arrojaba luz sobre los desarrollos más recientes del capitalismo en la primera década del siglo veinte; con una concepción acerca de la estrategia y táctica de la conquista del poder o, dicho en otros términos, con una renovada teoría de la revolución basada en la alianza “obrero-campesina” y el papel de los intelectuales; y con sus distintas teorizaciones sobre el partido político y sus tareas en distintos momentos de la lucha social. Una herencia teórica extraordinaria, como brota de la precedente enumeración.
En este breve recordatorio del nacimiento de un personaje excepcional como el que nos ocupa quisiera llamar la atención sobre una de esas tres aportaciones: la cuestión del partido. En efecto, preocupa la nociva persistencia de un lugar común -y profundamente erróneo- consistente en hablar de “la teoría” del partido en Lenin como si éste hubiera forjado una, absolutamente imperturbable ante los cambios y los desafíos del proceso histórico. Como lo hemos demostrado en nuestro estudio introductorio en una nueva edición del ¿Qué Hacer? Lenin modificó su concepción del partido en correspondencia con las variaciones en las condiciones que caracterizaban los distintos momentos del desarrollo de la lucha revolucionaria en Rusia.[2] Es una obviedad subrayar que su sensibilidad histórica y teórica era incompatible con cualquier dogmatismo, lo que hizo que tomara rápidamente nota de las enseñanzas que dejara la revolución de 1905 y el marginal papel que en ella jugara la organización política a la que pertenecía, el Partido Obrero Social Demócrata de Rusia. Su reflexión autocrítica se volcó en el prólogo a un frustrado libro –iba a llamarse En Doce Años – que recopilaría los libros y artículos que escribiera entre 1895 y 1907. Pese a la módica liberalización que el zarismo había consentido luego del ensayo revolucionario de 1905 y la derrota que las tropas del zar habían sufrido en la guerra ruso-japonesa, lo cierto es que aquellos materiales fueron confiscados por la censura y nunca vieron la luz pública. No obstante, el prólogo quedó a salvo y deja importantes claves para comprender la evolución del pensamiento de Lenin.[3] En esa reflexión de 1907 Lenin explica que el modelo de partido propuesto en el ¿Qué Hacer? se explicaba por las durísimas condiciones impuestas por la lucha clandestina contra el zarismo y su impresionante aparato represivo. Ahora bien, una vez triunfante la Revolución de 1905 Lenin modifica su concepción del partido -que sigue siendo revolucionario pero que ya no debe actuar en la clandestinidad- y se acerca a una postura en cierto sentido similar a la de la socialdemocracia alemana (recordar que Lenin recién repudia la teorización de Karl Kautsky en 1909) que, en ese momento, era el “partido guía” de la Segunda Internacional. Dado que el partido no es una entelequia que sobrevuela las contingencias y los azares de la historia el cambio en la correlación de fuerzas entre el zarismo y las fuerzas sociales de la revolución, amén de las mutaciones operadas en el marco institucional en el que se daba la lucha política- modificaron profundamente la visión de Lenin sobre el carácter del partido, su estructura organizativa, sus tácticas y su actividad organizativa en las nuevas circunstancias históricas. La lucha por la revolución, sobre la cual Lenin jamás hizo ninguna concesión, debía apelar a un nuevo formato partidario. Y lo hizo.
No obstante, el triunfo de la revolución en Febrero de 1917 precipitó la gestación de una tercera teorización en donde la centralidad del partido en la vanguardia del proceso revolucionario fue desplazada por el arrollador protagonismo de los soviets. Con su proverbial sagacidad Lenin advirtió esta mutación, una suerte de revolución copernicana en la esfera de la política, antes que ningún otro dirigente del partido Bolchevique y la dejó impresa para la historia en su asombrosa (y para muchos camaradas, escandalosa) consigna de “¡Todo el poder a los Soviets!” Esto significó, en los hechos, una extraordinaria revalorización del poderío insurreccional de estas inéditas formaciones políticas y un cierto –y transitorio- relegamiento del partido en la “fase más caliente” de la conquista del poder, antes y poco después del triunfo de Octubre. Como veremos más abajo de ninguna manera podría argüirse que Lenin había devaluado definitivamente la importancia del partido. Pero fino observador como era no podía dejar de corroborar su transitorio eclipse en el horno incandescente de la revolución, donde la arrolladora potencia plebeya de los soviets y su condición de actores imprescindibles a la hora de lograr el triunfo definitivo de la revolución eran incuestionables. La historia se encargó de demostrar que aquella sorprendente consigna, tan discutida en su tiempo por sus propios camaradas bolcheviques, a la larga demostró ser acertada pues en el complejísimo tránsito entre la revolución democrático-burguesa de Febrero y la consumación de la revolución socialista de Octubre, el protagonismo excluyente recayó sobre los soviets y no sobre el partido. Lenin fue uno de los muy pocos que supo comprender este cambio y, también, en darse cuenta que este desplazamiento estaba lejos de ser definitivo y que más pronto que tarde el partido volvería a ocupar un lugar de preponderancia en las luchas políticas. Cosa que efectivamente ocurrió.
En efecto, la estabilización del poder soviético y los enormes desafíos de la construcción del socialismo -en un país devastado por la Primera Guerra Mundial y por la guerra civil declarada por la aristocracia terrateniente, los capitalistas y sus aliados en los gobiernos europeos- dio lugar al nacimiento de una nueva teorización sobre el partido, la cuarta. En esta nueva concepción el partido revolucionario es redefinido (y permítaseme abusar de un didáctico anacronismo) “en clave gramsciana”; es decir, el partido como el gran organizador de la dirección intelectual y moral de la revolución, como educador y concientizador de las masas y especialmente de la juventud; como el forjador de una nueva conciencia civilizatoria e instrumento imprescindible para asegurar la perdurabilidad del triunfo revolucionario. Los últimos escritos de su vida, ya consolidada la victoria de las masas obreras y campesinas rusas, marcan precisamente ese retorno del partido al centro de la escena política, resaltando su centralidad estratégica ante la inmensa tarea de dar comienzo a la construcción de la nueva sociedad comunista y de una nueva estatalidad revolucionaria que, inspirada en las enseñanzas de la Comuna de París, no debía ser remedo del estado capitalista. Y eso no sólo en el plano nacional: la creación de la Internacional Comunista en 1919 proyectó sobre el escenario mundial el papel del partido en momentos en que parecía que el capitalismo se enfrentaba a un callejón sin salida y que el triunfo de la revolución proletaria mundial parecía inminente.
Concluyo esta breve reflexión diciendo que la habitual caracterización del revolucionario ruso como un atento lector y discípulo de Marx no le hace justicia a la inmensidad de su legado. Como constructor del primer estado obrero mundial, uno de cuyos más perdurables logros civilizatorios fue su decisiva contribución a la derrota del nazismo, y como refinado pensador que aportó valiosos y necesarios desarrollos al corpus teórico del marxismo la obra de Lenin alcanza una estatura teórica que no pasó desapercibida para un atento observador de la derecha. Hablamos, claro está, de Samuel P. Huntington, quien en uno de sus más importantes libros sentencia que “Lenin no fue el discípulo de Marx; más bien, éste fue el precursor de aquél. Lenin convirtió al marxismo en una teoría política,”[4] Tesis que sin duda debe ser tomada con pinzas y abre numerosas e inquietantes preguntas, pero que contiene algunos elementos de verdad que no pueden ser simplemente desdeñados. Y hoy, cuando se cumplen 150 años del nacimiento de Lenin, el desafío que nos propone la heterodoxa tesis del estadounidense es una buena ocasión para invitar a la militancia anticapitalista a retomar el estudio de la vasta producción teórica del fundador de la Unión Soviética.

Atilio A. Boron

Notas:

[1] Las Obras Completas de Lenin, que reúne los libros, artículos, ensayos, intervenciones periodísticas, discursos y mensajes de diversos tipo, fueron publicadas por primera vez en lengua castellana por la Editorial Cartago del Partido Comunista Argentino entre 1957 y 1973. Consta de 50 tomos y dos más conteniendo los índices de la obra. Cabe recordar que Lenin muere a los 54 años, lo cual pone de relieve el extraordinario caudal de su talento como escritor, publicista y dirigente político.
[2] Para un análisis más detallado de estas cuestiones ver nuestra introducción en: V. I. Lenin, ¿Qué Hacer? Problemas candentes de nuestro movimiento (Buenos Aires: Ediciones Luxemburg, 2004), pp. 13-73.
[3] Lenin se refiere a este escrito suyo en su ¿Qué Hacer? (op. cit), pp. 75-83.
[4] Ver su Political Order in Changing Societies (New Haven: Yale University Press, 1968), p. 336.

Estados Unidos: mientras la pandemia recrudece, los gobiernos atentan contra la cuarentena



Con casi 4000 muertes el jueves, varios estados flexibilizan las medidas

El índice de muertes por día en Estados Unidos cerró el jueves en su punto más alto en lo que va de la pandemia. En un solo día murieron más de 3700 personas, cuando se estima que no se ha llegado aún al pico más alto de contagios.
El aislamiento en la principal potencia capitalista se dio de manera desigual en los distintos estados, debido a la resolución de la Casa Blanca que atribuye a los gobiernos estaduales la tarea de establecer las medidas para la prevención y mitigación del coronavirus. Sin embargo, el periodo se ha caracterizado por la línea anti-confinamiento de Trump, que cobró otro vuelo con la incitación a las movilizaciones contra la cuarentena que tuvieron lugar en varios estados. El magnate yanqui, siempre con la misma falta de seriedad, pasó de subestimar la enfermedad a la denuncia de una conspiración china, que habría diseminado el virus adrede.
Posteriormente al crack del petróleo, que agravó la crisis económica, los gobernadores de los estados de Carolina del Sur, Georgia, Tennessee y Florida anunciaron una flexibilización casi total de la cuarentena, a la cual se sumarán el lunes 7 otros estados. Abarcaría gran cantidad de actividades económicas, incluyendo la apertura de bares, peluquerías, incluso playas en el estado de Florida. Estas medidas generarían un precedente y podrían ser adoptadas posteriormente por otros estados.
Lo que todo esto pone de relieve es la absoluta falta de una planificación nacional frente a la pandemia, y la priorización de los intereses de las grandes compañías, por encima de la salud de la población. Cabe señalar que el pasado jueves, un diputado republicano declaró que “dejar que mueran más americanos de coronavirus es ‘el menor de dos males’, comparado al agrietamiento de la economía debido a las medidas de distanciamiento social” (CNN, 15/4). Declaraciones similares a las de Campos Neto, presidente del Banco Central de Brasil, quien afirmó que es mejor para la economía cuanto más rápido se contagie y muera la gente.
Los resultados del enfoque de la pandemia por parte de Trump (y de los gobernadores, tanto republicanos como demócratas) no se hicieron esperar y en el día jueves los contagios llegaron a 800 mil y las muertes al escalofriante índice total de 50.300, una cuarta parte de los fallecidos en el mundo.
Esto, en un país con un sistema de salud privatizado, donde al comienzo de la crisis se llegaba a cobrar hasta 4 mil dólares por un test. Y donde 27 millones de personas carecen de seguro médico. Así se muestra ante la pandemia el mayor modelo del capitalismo en el mundo.

Derrumbe económico y contradicciones

La pandemia ha agudizado las contradicciones económicas y sociales ya preexistentes. La economía estadounidense se dirige hacia una recesión. Este mes, la producción se hundió gravemente en un 27,4% (llevando al sector manufacturero y de los servicios al peor momento desde el 2009).
En este contexto, en las últimas cinco semanas, 26 millones de personas se anotaron para el cobro del seguro de desempleo. La tasa de desocupación podría llegar en abril, según algunas fuentes, al 20%, una cifra que no se registra desde la Gran Depresión de 1929.
En medio de esta situación, el 23 de abril, la Cámara de Representantes aprobó por abrumadora mayoría –388 votos a favor y sólo 5 en contra– un nuevo estímulo a empresas de u$s 484 mil millones, dejando en claro las prioridades que tienen tanto demócratas como republicanos en el medio de una crisis social y sanitaria histórica.

Los trabajadores, en lucha

Los trabajadores norteamericanos han salido a defender sus derechos en medio de la pandemia. Es el caso de las enfermeras, que protagonizaron varias jornadas nacionales de lucha en demanda de insumos y equipos de protección . En las automotrices de Detroit, la organización obrera logró imponer la cuarentena al comienzo de la pandemia. En los almacenes de Amazon, una de las compañías que más ha lucrado con la enfermedad, centenares de trabajadores fueron al paro ( ante la muerte de compañeros de trabajo y la falta de condiciones de seguridad e higiene.

Ailu Ríos

Universidad: la virtualización forzosa es una política de Estado

El 20 de abril el Consejo Interuniversitario Nacional (CIN), que nuclea a los rectores de las 57 universidades nacionales, publicó un informe denominado: “Las universidades y el compromiso de seguir enseñando”. Se trata de un trabajo confeccionado por Laura Garbarini (UNLa), Silvia Martinelli (UNLu) y Verónica Weber (UNLPam), integrantes del Comité Ejecutivo de la Red de Educación a Distancia de Argentina del CIN.
Este informe es revelador; como venimos sosteniendo refleja la profunda tendencia de los gobiernos y los rectores de virtualizar la enseñanza universitaria durante los últimos 30 años. Sostienen las autoras que “nuestro propósito como red es consolidar el espacio de debate político-académico, de reflexión e intercambio para el análisis, diseño, coordinación, ejecución y evaluación de acciones de educación a distancia y educación mediada por tecnologías […] formalizado por la RUEDA desde agosto de 1990”.
Revelan con claridad cuáles son esos objetivos político-académicos planteados ya en 1992, en Mar del Plata, en el documento “Lineamientos de política en educación a distancia” que acuñó la definición: “La educación a distancia es una alternativa del mismo valor académico que la presencial, con características peculiares que le permiten adaptarse mejor a determinados problemas, cuestiones o contenidos respondiendo a políticas de democratización y mejoramiento de la calidad de la enseñanza”.
Casi treinta años después el CIN reafirma esta definición: la educación a distancia no solo es igual sino incluso mejor que las instancias presenciales. Este aparente dislate tiene por detrás todas las elaboraciones de los organismos imperialistas como la Ocde, el Banco Mundial y la Unesco. En otras palabras, la desvalorización de la educación de los jóvenes que se vuelcan al mercado de trabajo, la desvalorización del trabajo docente y la disminución de los costos de la Educación como parte del ajuste perpetuo del “gasto social” como en salud y jubilaciones.

Los gobiernos y los rectores asumen estas “definiciones” como política de Estado

Las autoras del informe hacen un racconto del avance de la educación a distancia con el soporte de los gobiernos y rectores: “RUEDA se convirtió en organismo consultor del CIN. Para el 2004 el Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología promulgó la Resolución 1717/04 que regularizó la validez nacional de títulos de grado y posgrado desarrollados en modalidad a distancia. Entre 2015 y 2017, la RUEDA participó activamente de la reformulación de la resolución 1717/04 y se aprobó el documento sobre la opción pedagógica y didáctica de educación a distancia propuesto por el Consejo de Universidades. En la resolución surgida, la 2641/17, se estableció la formulación de los Sistemas Institucionales de Educación a Distancia (SIED) y sus mecanismos de validación. En este camino, las universidades argentinas formalizaron en 2017 la elaboración de sus Sistemas Institucionales de Educación a Distancia (SIED), algunos más avanzados, otros en sus inicios, todos en construcción permanente, ya que son evaluados cada seis años”.
En esta larga cita se resume nuestra denuncia: sin el impulso, soporte político y material de los gobiernos kirchneristas y de Macri, estas políticas bancomundialistas no hubieran podido dar ni un paso. Sin la participación activa de los rectores de todas las orientaciones políticas y académicas, estas políticas no se hubieran podido implementar. Como vemos una vez más, la mentada autonomía universitaria se infla el pecho cuando se esgrime contra los estudiantes y los derechos laborales, a la salud y las jubilaciones de los trabajadores universitarios, pero se esfuma cuando aparecen los organismos del imperialismo y los gobiernos para dictar los contenidos que requiere el “mercado” y las modalidades educativas que reduzcan los costos y flexibilicen el trabajo.

La pandemia una oportunidad para que la virtualización dé un salto adelante

A través del documento, el CIN justifica la política de virtualización forzosa. El documento lo explicita en estos términos: “desde la RUEDA alentamos a que cada universidad, cada facultad, cada departamento y cada docente revise, repiense y redefina sus clases tomando en consideración el contexto, la situación y las características de la institución, sus profesores y sus estudiantes y que para eso pueda aprovechar todos los aportes que se realizan desde la enseñanza y desde la modalidad. En los casos en que desde los SIED se estén organizando sistemáticas propuestas, programas o proyectos formativos aprovecharlos. Cuando no los haya de modo centralizado o institucional, aprovechar los recursos y herramientas que otras universidades nacionales y organismos gubernamentales y no gubernamentales ofrecen”.
Impresionante: ¡virtualicen sí o sí! Y, si no hay recursos o posibilidades, ¡apelemos a organismos no gubernamentales! La privatización está planteada como una opción ya no lícita sino necesaria. Ni en 1958 con la discusión de “Laica o Libre”, ni 1995 con la Ley de Educación Superior que instaura los “fondos propios”, se atrevieron a tanto. Se ordena a “cada docente” sin mediaciones a recurrir al sector privado con tal de que la virtualización forzosa pase a como dé lugar.

El fracaso educativo está anunciado. Solo importa virtualizar

Conscientes de que 30 años de avances de la mercantilización, la privatización y la virtualización no alcanzan para “dar clases” a más de 1.500 millones de niños y jóvenes en el mundo ni para los 2 millones de estudiantes universitarios en el país, el CIN se cubre del fracaso anunciado de la virtualización forzosa.
or ello, el documento señala “que no todo se puede virtualizar. Sin duda habrá contenidos, prácticas y propuestas que no pueden desarrollarse con mediación tecnológica. Desde nuestra perspectiva en cada institución serán casos a revisar y postergar hasta que se pueda volver a la presencialidad”. Las expertas del CIN tienen que admitir algunos de los argumentos de quienes cuestionamos esta política, pero solo para atacar la equidad e inclusión de los estudiantes en su modelo. Afirman que “no somos ingenuos y entendemos que para muchos va a ser difícil, no solo porque no cuenten con conexión a Internet o porque el celular disponible no alcance para participar en las actividades virtuales, sino porque la situación económica, social y de salud haga complejo el momento. Estaremos esperando a todos los estudiantes que no puedan o no quieran participar de la modalidad en el otro cuatrimestre. Pero queremos acompañar a todos los que sí puedan”.
Nuevamente impresionante. Desde 1918 y las dictaduras de Onganía y Videla no se ve un ataque tan claro y en regla al movimiento estudiantil. La virtualización forzosa solo podrá abarcar a una fracción de los estudiantes (¿ricos?) y que cursen determinadas carreras/asignaturas. El arancelamiento se impone de manera “virtual” (hábitat, conectividad, medios tecnológicos) y quien no pueda pagarlo se “cae en la educación pública” virtual, como decía Macri.
Y al final, las integrantes del Comité Ejecutivo de la Red de Educación a Distancia de Argentina del Consejo Interuniversitario Nacional deben concluir con resignación: “La posición mayoritaria de la RUEDA considera que si preguntamos sobre si aprender a enseñar a distancia es posible en unas semanas, la respuesta sería no”.
Para todo militante en defensa de una universidad pública, estatal, laica, gratuita y al servicio de la mayoría popular solo hay un programa posible.
No a la virtualización forzosa. Defendemos la presencialidad como forma de construcción colectiva del pensamiento, de la crítica del conocimiento y de una valorización de la educación; defendemos los derechos de los estudiantes al acceso y permanencia y los de los trabajadores a sus convenios colectivos y sus salarios.
En esta crisis sanitaria, humanitaria, social y económica se ponen al rojo vivo las contradicciones entre los que “mandan” en la educación y los intereses de la población. Los primeros profundizan los negocios y los mandatos del mercado y el imperialismo. Los centros de estudiantes y sindicatos independientes del Estado luchamos para que todos los recursos de la universidad se pongan al servicio de la mayoría popular.

Antonio Rosselló
Secretario de Organización de CONADU Histórica

sábado, 25 de abril de 2020

Argentina en tiempos de pandemia

América Latina ha vivido en los últimos años un proceso social y político de facetas contradictorias. Políticos de derecha, y aún de extrema derecha, se han aupado al poder en varios países, en algunos casos en reemplazo de gobiernos más o menos progresistas, con varios períodos de permanencia. Rafael Correa fue sucedido por Lenin Moreno, Jair Bolsonaro ganó las elecciones en Brasil tras la destitución de Dilma Roussef y la inhabilitación de Lula Da Silva, Gabriel Piñera volvió al gobierno tras derrotar la candidatura de la Concertación Democrática, Iván Duque sucedió a Juan Manuel Santos en un giro marcado a la derecha. En Uruguay Luis Lacalle Pou se impuso en los comicios presidenciales, poniendo término al largo ciclo de gobiernos del Frente Amplio.
Cuando no lograron un recambio con mediana cobertura institucional, la opción fue el golpe abierto, con el derrocamiento de Evo Morales. Otra modalidad de golpe fracasó en Venezuela, no sin dar lugar al “presidente paralelo” Juan Guaidó, sin poder efectivo pero con vasto reconocimiento internacional. Las dos excepciones fueron México, con la victoria de Andrés Manuel López Obrador sobre los candidatos de la derecha y en el mismo sentido el triunfo de Alberto Fernández en Argentina, frente a la pretensión de continuidad de su antecesor.
Con todo, lo saliente desde una perspectiva de transformación social, es que mientras “por arriba” se imponían opciones conservadoras, o bien abiertamente reaccionarias, “por abajo” las revueltas populares comenzaron a estar a la orden del día, en un número creciente de países, y en algunos casos con masividad y radicalidad inusitada.
Uno de los primeros datos a considerar de la coyuntura latinoamericana e incluso mundial es la propagación de las rebeliones populares. Y no se trata de cualquier manifestación de descontento, sino de unas que, en acto o en potencia, cuestionan tanto la concentración de la riqueza como el sistema político sólo atento a las demandas de los poderosos. La desigualdad creciente, un Estado que abandona no sólo a los pobres sino a los sectores medios, y una democracia que no sirve para adoptar o modificarr decisiones importantes, que se toman en otros ámbitos y niveles que los palacios ejecutivo y legislativo, únicos al alcance del voto popular. Hasta en metrópolis capitalistas como Francia, incluso en un centro financiero como Hong Kong, protestas inusitadas cruzaron las calles de las grandes ciudades.
En estos últimos meses una buena parte de América Latina siguió asimismo un sendero de rebelión. Ecuador, Haití, Colombia, y sobre todo Chile. La riqueza desproporcionada del sector ligado al gran capital, en un cuadro de profunda desigualdad social; la mercantilización de la vida, incluyendo derechos básicos como la salud y la educación, las políticas de privatización creciente, están entre los cuestionamientos. A ellos se añade, en un lugar central, la consigna, implícita o explícita, de refundar la democracia sobre nuevas bases, en el entendimiento de que la actual democracia representativa se identifica cada vez menos con un verdadero gobierno del pueblo. La permanencia de un millonario como Gabriel Piñera en el gobierno añade un factor de irritación, que derivó en el reclamo masivo de su renuncia.
Nuestras menguadas democracias cada vez más se asemejan a un reaseguro para todas las injusticias, al servicio de la expansión siempre en aumento del gran capital, que coloniza al sistema político y, en los últimos años, suele elegir a grandes capitalistas como gobernantes, tal como aconteció en Argentina con Mauricio Macri, en Chile con el ya mencionado Piñera y hace poco en Uruguay, con Luis Lacalle Pou. Frente a ellas se combina la exigencia de una sociedad más justa y menos mercantilizada, con la de un ordenamiento político diferente. Las clases populares se sublevan, ocupan las calles, enfrentan y denuncian a la represión. Y reclaman la instauración de su poder constituyente, no en el limitado sentido de “reforma constitucional”, sino de asunción de la soberanía por una asamblea sin limitaciones en sus atribuciones y objetivos. Aunque el término no se pronuncie mucho, el cumplimiento del conjunto de los reclamos equivaldría al desenvolvimiento de un proceso revolucionario.
En Argentina no se dio un proceso similar. Las grandes manifestaciones de diciembre de 2017 preanunciaron una rebelión popular que podría haber alcanzado volumen y caracteres similares a la que después se produjo en Chile. La perspectiva parecía ir hacia un ascenso de las luchas obreras y populares, por un tiempo hubo indicios de que esa tendencia se consolidaba. La dirigencia peronista jugó un gran papel para que esta proyección no se concretara. La principal fuerza de oposición retomó su rol de “partido de orden”, y colocó toda su apuesta en el triunfo electoral en los comicios presidenciales de 2019. Sus esfuerzos estuvieron puestos, con la importante mediación de sindicatos y movimientos sociales adictos, en permitir que el gobierno encabezado por Mauricio Macri llegara al fin de su período presidencial, si bien en condiciones que facilitaran el triunfo de la coalición contraria. Ocurre que, para muchas organizaciones sociales, la cultura de dependencia del Estado ocupa un rol fundamental. Esto abarca incluso a muchas de las que surgieron y se fortalecieron a la sombra de la rebelión popular de 2001. Preceptos de autonomía y/o de perspectiva revolucionaria y anticapitalista en variados casos se fueron diluyendo, dando paso a la asociación asimétrica con sectores del aparato estatal. Fue una realidad que se presentó con el primer kirchnerismo, atravesó la presidencia de Macri, en forma de una negociación tensa pero sin lugar para rupturas y rebeldías, y alcanza hoy un nuevo estadio, que incluye un acceso relativamente amplio a cargos de gobierno, sobre todo en las áreas abocadas a políticas sociales. Asimismo se produjo un acceso a bancas legislativas. En los dos ámbitos con una presencia muy minoritaria, pero suficiente para generar pequeños espacios de poder y de negociación. Agrupaciones que no tenían una tradición de apoyo al peronismo (como la Corriente Clasista y Combativa o parte de las agrupadas en la CTEP), o que habían dejado de prestarlo hace largos años (como la CTA orientada por Víctor De Gennaro), figuras de trayectoria crítica como Fernando Solanas, optaron por acogerse al paraguas del “Frente de Todos”. Una mezcla de espanto ante la experiencia macrista y apetito por posiciones de poder, por modestas e incluso marginales que ellas sean, condujo a este resultado.
Argentina tiene hoy un gobierno peronista con continuidades y diferencias con el que rigió entre 2003 y 2015. En condiciones económicas y situación social mucho más desfavorable que la de los gobiernos k, sobre todo en sus años iniciales. Basta ver la prolongada recesión, los precios de las commodities, el nivel de endeudamiento, entre varios otros factores, para apreciar las desventajas respecto de aquel período.
El presidente trata de apoyarse en una alianza con algunos de los sectores más conservadores del justicialismo: Gobernadores de provincia, la burocracia sindical de “gordos” e “independientes”. También hay puja por los intendentes del conurbano, algunos “cristinistas” y otros más cercanos al presidente. Sigue una política de equilibrios y compensaciones con otros sectores, incluidos los que pasan por ser los más firmes seguidores de Cristina Fernández de Kirchner.
Los sectores más ligados a la especulación financiera y al pensamiento económico “ortodoxo”, le adjudican (y a la vez le exigen) a A.F. un comportamiento pragmático, ajeno a tentaciones de radicalización, de talante negociador con las grandes empresas. El presidente se muestra sensible a esa caracterización favorable y a la demanda implícita o explícita de sostenerla y profundizarla. Los voceros de las grandes patronales también le piden “coherencia” con las posiciones críticas del kirchnerismo que mantuvo en el período que va desde su renuncia a la Jefatura de Gabinete hasta su nueva alianza después de 2017. Están dispuestos a reconocer que A.F no es igual a C.F.K y a darle un trato benévolo en consecuencia, pero para eso el actual gobernante debe dar continuidad a las conductas y políticas que acreditan esas diferencias.
Eso no quita que también tenga una mirada atenta a la base electoral peronista y a algunos de sus aliados por fuera del PJ. Con esa orientación trata de sostener todo el tiempo un discurso de solidaridad con los “menos favorecidos” o “más vulnerables” y sus diferentes políticas se articulan habitualmente con alguna medida a favor de quienes cobran A.U.H, jubilación mínima o toman parte en planes sociales. También hace hincapié en que, pese a todo, mantiene fluidos vínculos con la ex presidente, y en que ambos no permitirán que esta relación amistosa se altere.
Hasta el momento, el llamado “kirchnerismo puro” no juega al conflicto con A.F. Su máxima dirigente ha nombrado a expertos de su propio campo en variados ámbitos del aparato estatal, pero no en lugares centrales como para plantear la disputa sobre las principales políticas económicas y sociales del gobierno. Si se ha cernido sobre áreas que controlan cuantiosos recursos económico-financieros, como la Afip, ANSES y PAMI o tienen potencial o actual influencia sobre aspectos jurídico-legales de la actividad estatal o tareas de “inteligencia”, desde la intervención de la AFI a la Procuración del Tesoro, la Inspección General de Justicia o la Oficina Anticorrupción. Su presencia pública oscila entre el bajo perfil y el silencio liso y llano.
La amplia victoria electoral del peronismo en las elecciones presidenciales de 2019 fue alcanzada mediante una laboriosa alianza con el grueso de los sectores que habían abandonado el barco del oficialismo en diferentes momentos del ciclo 2003-2015. Entre las corrientes de importante gravitación sólo el peronismo de la provincia de Córdoba, que gobierna un distrito que puede resultar decisivo quedó por fuera de la coalición que se conformó. ¿Podría haberse impuesto en las elecciones la candidatura de Cristina Fernández de Kirchner o de algún partidario pleno de sus políticas? Es probable que sí, casi seguro que por un margen más estrecho.
Para unas circunstancias de mayor estabilidad institucional pero con dificultades económicas más acuciantes que en 2003, el peronismo ha optado por un candidato más bien conservador, con un equipo de confianza bastante heterogéneo y que nombra a un gabinete más diverso aún.
Es bueno dar una mirada a los indicadores sociales de Argentina, para apreciar la dimensión de los problemas que afronta el país. Es indudable que el anterior gobierno del presidente Macri produjo un acentuado retroceso, pero este se sobreimprime con un empobrecimiento general de la sociedad argentina que lleva décadas de vigencia y sólo tuvo reversiones pasajeras. Si bien esos rasgos no conducen de modo automático a un escenario de conflictividad social creciente, lo seguro es que en principio plantean una dificultad para las clases dominantes a la hora de construir consenso. Para los trabajadores y trabajadores argentinos no parece creíble una promesa de ascenso social. Hoy es muy difícil cualquier perspectiva de volverse independiente o encarar un pequeño negocio propio, el gobierno anterior trabajó mucho sobre esa idea, incluida la prédica sobre los “emprendimientos”, sin alcanzar mayor éxito. Tampoco hay perspectivas de que los trabajadores asalariados mejoren su situación sin modificar la condición de tales. Los salarios tienden a perder frente a los persistentes niveles de alta inflación, muchos empleos se vuelven inseguros o, sumidos en la informalidad, son precarios por definición. El desempleo abierto, que bordea una tasa de dos dígitos es también una amenaza muy presente. Sólo una minoría de trabajadores formales, de mediana o alta calificación, y protegidos por sindicatos poderosos han podido sustentar el poder adquisitivo de salarios altos en términos relativos, y alcanzar cierta seguridad en sus empleos. Entre un 35y un 40% de los trabajadores, según la procedencia de los datos, están en situación de informalidad o precariedad. Hoy se diluye también la percepción de Argentina como una sociedad relativamente igualitaria, con una poderosa “clase media”. El país que presumía hace años de su “europeidad” es hoy un ámbito de elevada pobreza por ingresos, de déficit de vivienda que refieren a pobreza estructural, de elevado desempleo, subempleo aún mayor y un elevado y creciente nivel de informalidad laboral. La “latinoamericanización” de la situación económica y social, resulta ya incontrastable, quebrando ilusiones otrora muy arraigadas. Se suma en el plano cultural el acentuado declive de un sistema educativo gratuito que colmó aspiraciones de mejoramiento cultural y movilidad social ascendente, hoy disminuidas o clausuradas para la mayoría. La desigualdad flagrante en el nivel de ingresos, característica de toda Latinoamérica, también está implantada en Argentina. Según información del Indec correspondientes al tercer trimestre de 2019, el 10% más pobre recibe el 1,4% del total de los ingresos y el 10% más rico el 33,2% El ingreso medio del decil inferior per cápita es de 2.738 pesos mensuales y para los más ricos es de 55.042 pesos mensuales. (INDEC. Encuesta Permanente de Hogares. “Evolución de la distribución del ingreso”). Sobre el conjunto de la sociedad y los recursos estatales en particular pesa la deuda externa, ya casi equivalente a un PBI, en una economía con debilidades en la generación de divisas por exportaciones y un empresariado que tiene en la especulación y fuga de capitales una de sus ocupaciones favoritas.
En esas circunstancias más que críticas, el gobierno de Alberto Fernández ensaya una gestión signada por la moderación, reforzada por un aura de capacidad de gestión y honestidad, y a la vez entroncada con solidez en la tradición peronista. Si bien las referencias al primer peronismo son esporádicas y sin mucho énfasis, las invocaciones al kirchnerismo original son constantes, el de la etapa en que él mismo fue protagonista central. Conciliación de clases, buena relación con grandes empresarios y a la vez con sindicatos, “estado presente” con regulaciones y subsidios, aunque sea en pequeña proporción, políticas sociales, siquiera “focalizadas”, como paliativo de la desigualdad y la explotación, política salarial que achata la pirámide mediante aumentos de suma fija. Son políticas que forman parte del arsenal actual del gobierno. Está claro que las condiciones económicas y las perspectivas sociales son muy distintas a las de 2003, pero más distantes aún están los 90. Fernández defiende su prosapia “nacional popular”, no hay “neoliberales” en su gobierno, las parciales excepciones ocupan sitios se segunda o tercera fila. En su relación política con las clases subalternas sus acciones también se aproximan al peronismo “de siempre”: Conducción vertical desde la cúpula, con movilización limitada y contenida desde arriba, sin capacidad efectiva de decisión y función circunscripta, en lo posible, a aplaudir medidas ya tomadas. Poder real sólo para “mesas chicas” que pueden variar en número e integración pero siempre sesionan “a puertas cerradas” y con un núcleo restringido de dirigentes.
En este punto tiene una dificultad peculiar. El liderazgo de A.F fue ungido por Cristina Fernández de Kirchner, literalmente “entre gallos y medianoche”, sin otras consultas ni mecanismos de consenso. Puede constituir una debilidad para desarrollar una política propia. Y una competencia a la hora de apropiarse de los éxitos y deslindarse de los fracasos. Por ahora siguen en un equilibrio inestable que la derecha crítica del gobierno espera estalle en conflicto, con el “albertismo” como triunfador y resultado de definitiva sepultura al “populismo radical” de CFK. La apuesta del presidente y de quienes lo rodean es sostener y reforzar ese equilibrio, incluso insuflándole un componente “republicano”, de respeto a las instituciones y de buena relación con al menos una parte de la oposición. Con Horacio Rodríguez Larreta, el gobernador de la Ciudad de Buenos Aires escenifican una buena relación, más técnica y administrativa que política, solventada por un supuesto respeto a las discrepancias.
El gobierno sigue algunas líneas de continuidad con el kirchnerismo, en particular en aspectos menos ligados a la economía y al conflicto social. Aunque con modificaciones que están por verse respecto a la propuesta de la campaña original, envía el proyecto de ley del aborto, se coloca al frente del movimiento por la “reforma judicial” (aunque sin contenidos claros aún), nombra una ministra de Seguridad que aparece como “progresista” y un ministro del rubro con una concepción de la cultura claramente nac&pop.
Los debates de fondo están asordinados. Así la crítica circunstanciada y con fundamento del régimen político, que hoy constituye una prolija expropiación de toda idea de gobierno del pueblo. Y la del sistema del capital que genera una desigualdad flagrante en medio de la explotación, la pobreza y el desempleo. El conjunto queda tapado por una gran ola de posibilismo. Como Macri fue el colmo del espíritu reaccionario, la estupidez y la entrega al gran capital, deberíamos conformarnos con Fernández porque no representa lo mismo, o al menos no en tan singular grado. Toda perspectiva de cambio que vaya más allá de no recaer en el “neoliberalismo” puede ser impugnada por irreal, y de potencial perjudicial porque alimenta o beneficia a una “derecha” de contornos imprecisos. Mientras tanto la democracia se degrada, en la calidad del debate público, en la estatura ética y política de candidatos y gobernantes, en la manipulación de las instituciones de las más diversas maneras. Esto se manifiesta sobre todo en la tentativa generalizada de anular cualquier forma de iniciativa popular, en la conversión de muchos partidos que supieron tener capacidad de organización y movilización en maquinarias electorales sin espesor social ni claridad ideológica, más que la dada por la renuncia de antemano a nada que no sea la “administración de lo existente”. En este contexto de decadencia de la democracia realmente existente, llámese representativa, parlamentaria o liberal, se encuentra la gran oportunidad de reponer el debate sobre la cuestión democrática en nuevos términos. No una concepción defensiva que se repliega en exclusiva sobre los valores de los derechos humanos y el constitucionalismo sino que, con ellos como sólido punto de partida, se lance sin complejos al debate sobre una nueva democracia socialista, hecha de la combinación entre un modo sustantivo no meramente formal, de autogobierno de las masas con la propiedad colectiva de los medios de producción.
Las opciones de la vida democrática argentina quedan hoy reducidas a un bipartidismo (ahora “bicoalicionismo”) que tiene como sustrato común la creencia en el orden capitalista como única forma de organización social posible. La diferencia fundamental está dada, hoy, porque la coalición en torno al peronismo critica con mayor o menor entusiasmo a lo que se llama “neoliberalismo” y propugna, de modo más o menos explícito, un capitalismo no atado al misticismo del libre mercado, en el que el aparato estatal pueda jugar un rol de intervención a favor de “los más vulnerables.” Frente a esa concepción se sitúa la defensa explícita del predominio de la gran empresa, acompañada por una mirada sobre la sociedad que inculpa y estigmatiza a las clases populares, un sistema de valores que empieza y termina en el individualismo y una visión del “orden” asociada a la represión violenta. No puede trazarse un signo igual entre ambas opciones políticas, ni subestimar la base social diferente de cada una. Tampoco desatender el común carácter burgués, procapitalista de ambas.
Más allá de las dos coaliciones sólo queda en lugar visible el estrecho espacio del FITU, izquierda tolerada y hasta vista con simpatía, siempre que no despegue más allá de un lugar testimonial, con unos pocos diputados y algunas posiciones minoritarias en sindicatos y organizaciones territoriales. Pero el espacio de izquierda es más diverso y más amplio. Esa ala de la política y de la reflexión sigue debatiéndose en tres vetas divergentes y que hallan cierto placer en combatirse.
Una es la trotskista tradicional, con tendencia al aislamiento, que halla su razón de ser en hacer propuestas de apariencia radicalizada, a menudo con poca imaginación y sin verdadero espíritu de cuestionamiento radical al sistema social. Suele fallar a la hora de articular sus postulados más o menos extremos del día a día con una perspectiva socialista, que rescate y defienda en toda la regla la idea de que el fin del capitalismo es posible. La invocación genérica del paradigma político y teórico de los primeros años de la revolución de octubre no resuelve esa carencia. Su destacada presencia en las luchas reivindicativas, su papel testimonial pero no desdeñable en el Congreso, sus esfuerzos para producir un cambio generacional y el empeño en una renovación cultural de alguna de sus corrientes son meritorios, pero no alcanzan para definir a una fuerza socialista con capacidades de transformación política y social.
Otro sector de izquierda ha decidido cobijarse en el peronismo, algunos desde 2003 o poco después y otros en distintos momentos, incluida una parte de conversión muy reciente, con motivo de las elecciones presidenciales del año pasado. Son orrganizaciones y figuras que no logran jugar un papel autónomo, no llegan a disputar influencia sobre las políticas y orientaciones del actual gobierno, alcanzan sólo un lugar marginal en la distribución de cargos parlamentarios y ejecutivos. El postulado que los une a casi todos es el de que ningún proceso de cambio en la sociedad argentina puede desarrollarse al margen o en contra del peronismo. De allí pasan a la idea de que en algún momento puede producirse una divisoria de aguas que depure al peronismo de sus elementos más conservadores y burocratizados, para permitir el predominio de las corrientes de raíz más popular y/o propuestas más radicales.
En tercer lugar hay una línea surgida en gran parte al calor de la rebelión popular de 2001 y que mantiene la tradición de autonomía, impugnación en bloque de las fuerzas políticas tradicionales y una perspectiva plural y no vanguardista que la diferencia con bastante claridad del trotskismo, al menos en sus variantes más tradicionales. Una de las características ha sido su dispersión en múltiples organizaciones. Algunas hacen intentos de unificarse o agruparse, pero esos propósitos suelen terminar en fracasso o resultar de corta duración. La carencia de articulación repercute a su vez en la escasez o directamente carencia de visibilidad pública.
Pueden estar entre sus fortalezas el mantener una visión plural, la no atadura a esquemas ideológicos muy rígidos, el no subordinarse a una sola tradición de las varias que coexisten en la izquierda. También se destaca una voluntad de superar al practicismo de la construcción organizativa y las luchas inmediatas, de desarrollar esfuerzos teóricos, en búsqueda de nuevas herramientas para interpretar la realidad nacional y mundial. La habita una saludable vocación de heterodoxia, de impugnación del sistema y no sólo de sus peores manifestaciones, de rechazo de las posiciones nacional-populares sin por eso caer en un “antipopulismo” monocorde. Quizás su “salto cualitativo” requiera una coyuntura de crisis generalizada parecida a la que se produjo en 2001. Los aspectos de descomposición capitalista que tiene la actual coyuntura pueden ayudar a organizaciones e individuos a que desarrollen pensamiento y acción de claro sentido anticapitalista.
Es necesario un reagrupamiento de esas izquierdas de diversas tradiciones y modalidades de organización. Hablar de reagruparse en la izquierda refiere a un reencuentro sin pretensión de homogeneidad, sino de suma y articulación de propuestas de pareja intención contrahegemónica y común capacidad para el cuestionamiento radical de la sociedad en que vivimos. Un requisito inexcusable es la opción por la independencia de clase, con la consiguiente renuncia a concebirse como socio menor de una alianza con las fuerzas representativas de la política burguesa. Quienes aspiran a encarnar intereses, necesidades y sentires de las clases subalternas no pueden incurrir en la adhesión a las propuestas de las clases dominantes, por más que se pretenda presentarla como “apoyo crítico” Hace décadas que se nos propone la “administración de lo dado” en lugar de la verdadera política. Nos referimos a la de inspiración transformadora, guiada por una ética de lucha por la igualdad y la justicia, tendiente al rescate del ser humano como sujeto autodeterminado, en superación de alienaciones y sometimientos de su fuerza de trabajo, su capacidad creativa y su vida afectiva. Se trata de desarrollar esta concepción, para la que no hay recetas ni formas únicas de encararla. Sí puede afirmarse que una base indispensable para ello es poner en circulación de nuevo la idea de expropiación de los capitalistas y posterior propiedad colectiva de los medios de producción y de cambio, junto con la autoorganización y autogobierno de las masas. De acompañar esa mirada con una sostenida defensa de las propuestas ecológicas y antipatriarcales. En suma el, socialismo, que hoy no está en el orden del día del debate público, pero resulta imperativo volverlo a la discusión, en un mundo capitalista que no ofrece soluciones no ya para las clases trabajadoras, sino para la supervivencia misma del planeta.
Un interrogante importante es cómo enfrentar los cambios en la organización del trabajo y sus efectos sobre las condiciones de vida y los ingresos de las trabajadores y trabajadores. La llamada “uberización” se expande a crecientes sectores, en modo de tareas precarias en las que no se reconoce la condición de asalariado o se la desprotege por completo. Al mismo tiempo amplias franjas de la población quedan excluidos del mercado de trabajo y son empujados a ocupaciones marginales. Las múltiples modalidades de la economía popular apuntan a contrarrestar la tendencia, sobre todo la que lleva a la marginalización masiva. De todas maneras no alcanza la escala suficiente.
Es necesaria una perspectiva democrática que confronte con la profusa trama de órganos antidemocráticos que privan de sustento real al componente de gobierno del pueblo en la versión actual del régimen liberal burgués. No puede haber auténtica democracia que no impugne la comunicación en manos de los grandes conglomerados mediáticos, el aparato estatal opaco para las demandas populares y abierto para las presiones de la gran empresa, un sistema educativo que forma en el conservadorismo y la deferencia hacia los poderes existentes, al compás de una privatización de la enseñanza que no cesa de avanzar. No puede haberla on poderes religiosos que llaman a la resignación y la esperanza en el más allá, mientras resisten con su amplia gama de recursos modernizaciones indispensables como la legalización del aborto. No puede existir democracia sin una perspectiva de clase frente a un sistema político que presenta a la “unidad nacional” y “el consenso y la paz social” como objetivos fundamentales del colectivo social. “Unidad” y “consenso” que, más temprano que tarde, no alcanzan otra síntesis que el acatamiento al pie de la letra de los dictados del gran capital. De lo contrario, éste romperá todos los consensos y se desentenderá de los propósitos unificadores.
Sólo una izquierda independiente e innovadora puede ser portadora de un disenso radical, de una perspectiva hacia la agudización del conflicto social, que no está dispuesta a detenerse hasta que se produzca una transformación radical del sistema social.

En los días del coronavirus

La pandemia le ha dado la oportunidad a A.F. de presentarse como un jefe de estado responsable, que toma sus decisiones en alcance y tiempo adecuados, y que no vaciló en colocarse en el lugar de la cúspide en una cadena de mandos “piramidal”. El presidente optó, tras algunas vacilaciones iniciales, por la línea más dura en las restricciones a la ciudadanía, con ampliación de las facultades de inspección y control del aparato estatal en general, y un incremento de las funciones de vigilancia por parte de las fuerzas de seguridad. El coronavirus ha cambiado las prioridades. Hasta ese momento, como ya hemos escrito, la renegociación de la deuda aparecía como primer objetivo del gobierno y después de realizada ésta, con el 31 de marzo como supuesta fecha límite, se trazarían las grandes líneas de política económica, se aprobaría el presupuesto nacional; de algún modo sería entonces que comenzaría el período de gobierno propiamente dicho. La epidemia ha venido a ocupar ese lugar, y la negociación de la deuda ha pasado a un segundo plano, por más que se siga negociando en busca de un acuerdo con los acreedores privados, que debería ser preámbulo de un “nuevo trato” con el Fondo Monetario Internacional, tal vez en forma de un acuerdo de “facilidades extendidas”.
Hoy se expande la interpretación que la baja desastrosa en el precio de los bonos y la reducción casi a cero de las tasas de interés brindan condiciones favorables para una quita y una prórroga de plazos importantes. Eso está aún por verse. Si antes había razones para exigir la suspensión de los pagos e investigación de la deuda, ahora con el COVID-19 esta salida resulta más imperativa, para volcar todos los recursos a combatir la pandemia y atemperar el impacto económico social de la misma.
La “peste” es ocasión y motivo para un posicionamiento crítico, frente a las políticas de los gobiernos y, por encima de ellas, frente al orden capitalista en general.
El Estado aparece como un “Leviatán”, que se expande y fortalece en un “estado de excepción” cuyas consecuencias de mediano plazo sólo se verán una vez superada la crisis sanitaria. Algo que sí puede adelantarse es que la sociedad capitalista exhibe consecuencias del modo caótico y desconsiderado hacia los seres humanos en el que ha orientado su desbocado crecimiento de producción, población y consumo en búsqueda de la máxima ganancia. El virus ha impactado de modo especial sobre sistemas de salud mercantilizados y/o sujetos a fuertes recortes presupuestarios. Valga como ejemplo el caso de EE.UU, donde sólo el test para la detección de la enfermedad cuesta una suma importante en dólares (cerca de 2000). Las reacciones de “estadistas” como Donald Trump y Jair Bolsonaro, con oscilaciones entre la negación, la soberbia optimista y la improvisación más chapucera, sirven como ejemplo de hasta dónde llega la degradación de las dirigencias políticas de la “democracias” realmente existentes.
En estos días de Covid-19 los grandes empresarios y los principales medios de comunicación le toman examen a la gestión Fernández. Si el presidente logra una buena “reducción de daños” tanto en el costo de vidas humanas como, más aún, en los perjuicios económicos que la pandemia irrogue a nuestro país, es posible que se le confiera la patente de “estadista”. Que no se intenten salidas disruptivas en la relación con los acreedores externos ni medidas restrictivas para la “libertad de empresa” serán condiciones para que esto ocurra.
El coronavirus ha alterado muchos parámetros de la situación. El gobierno tomó una decisión temprana de declarar la cuarentena y luego prorrogarla. En los primeros días pareció contar con el beneplácito general. Esto comenzó a alterarse bastante rápido, sobre todo por el lado de los grandes empresarios, que comenzaron a presionar por el regreso a la actividad, incluso con medidas de provocación como despidos masivos o la amenaza de realizarlos. También utilizaron, como tantas otras veces, a las pequeñas y medianas empresas como “colchón” para sus reclamos. No hablan en nombre de la disminución de sus ganancias sino de la pérdida de facturación de sus proveedores y comercializadores PYME. Mientras, la cadena de la alimentación, y la industria y comercialización de medicamentos e insumos sanitarios, y los bancos prestándole al Estado, ganan como nunca. Los precios de los alimentos y de los insumos para la higiene aumentan en gran proporción. Las entidades financieras incluso se dan el gusto de ignorar las normas que pretenden obligarlas a dar crédito a bajo interés. También utilizan la confusión del sentido común, inducida por el pensamiento hegemónico, de que es el capital el que produce la riqueza, al contrario de lo que han demostrado los clásicos de la economía, en cuánto a que el trabajo es el único generador de valor. (cf. Julio C. Gambina. “Los miserables que privilegian las ganancias,” Inédito)
Acorde con la excepcional crisis, en consonancia con lo que se hace en otros países y hasta recomienda el último informe del FMI, el gobierno nacional emite moneda y vuelca recursos para aminorar los efectos de la recesión, aunque sea de modo parcial. Al Plan Alimentar y otros refuerzos para jubilados que cobran la mínima y beneficiarios de AUH y seguro de desempleo, se le ha sumado el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE), un auxilio para millones de personas que han quedado sin ingresos por la suspensión de las actividades “no esenciales.” Los dictados de la ortodoxia “monetarista” quedan patas arriba en el mundo entero y nuestro país dista de ser la excepción. Como se expone en un documento del Plan Fenix “La realidad se ha impuesto a esos discursos. Es así como se han instrumentado mecanismos contracíclicos de expansión tanto fiscal como monetaria de dimensión extraordinaria. (Cátedra Abierta Plan Fénix. “Solidaridad y proyecto”. Página 12. 20/04/2020. Suplemento “Cash”, edición impresa.) En dirección a conjurar los quebrantos de las empresas pequeñas y medianas se halla en trance de implementación el Programa de Asistencia de Emergencia al Trabajo y la Producción (ATP, para ayudar a las empresas a pagar los sueldos. En la misma línea se han reducido los aportes patronales.
Por su parte los grandes medios de comunicación y la derecha opositora parecen haber dado por concluido el “período de gracia” que otorgaron al presidente Alberto Fernández ante las primeras medidas contra la pandemia y critican tanto sus errores y flancos débiles como el menor intento de afectar los intereses del gran capital o establecer mayores regulaciones, por limitado o vacilante que sea. Errores flagrantes del gobierno, como el caótico manejo del cobro de los jubilados o la aceptación de compras leoninas alimentan esas acciones.
Se elaboran algunos proyectos legislativos que tienden a gravar con impuestos a las grandes fortunas, a modo de compensación, así sea en mínima medida, de la regresividad del sistema tributario. La respuesta es rápida y contundente: Los nuevos tributos serían “inconstitucionales”, e irían contra las empresas que sustentan la economía nacional. No faltaron los que sostienen que hay que bajar impuestos y no aumentarlos, y hasta circuló alguna convocatoria a la “rebelión fiscal”.
La acción del gobierno, por más que haya estado acertado en establecer la cuarentena, presenta serios rasgos negativos. Le dio el control de la calle a las fuerzas policiales, lo que comprende un intento de legitimar a esas policías que tienen más de aliadas del delito organizado que de protectoras de la seguridad ciudadana. Incluso ha hecho intervenir al ejército en la distribución de alimentos, en consonancia con las anteriores declaraciones sobre “dar vuelta la página” en el tema de los crímenes de la dictadura o tildar de “inconducta” las acciones genocidas.
El gobierno no ha ampliado la injerencia de las organizaciones sociales en la atención y abastecimiento de los barrios populares, no les otorga participación en los indispensables controles de precios, no ha estimulado lo suficiente que la economía popular atienda necesidades sanitarias y de producción de alimentos. A la hora de asesorarse en la toma de decisiones, junto con el indispensable comité de médicos y científicos, son frecuentes las consultas a las centrales empresarias y a la burocracia sindical. El extenso entramado de movimientos sociales y organizaciones de todo tipo está en general ausente de las convocatorias. Sólo algunos núcleos de sacerdotes que trabajan en los barrios tuvieron el honor de una reunión con el presidente.
El “negocio de la salud” se apresta a lucrar a pleno al compás del avance de la enfermedad. Apenas el ministro de Salud insinuó colocar bajo control estatal a la sanidad privada, el conglomerado de la medicina prepaga, sanatorios, empresas de emergencias médicas, etc. pidió urgente audiencia con el presidente y logró garantías de que, en principio, no se seguirán políticas con esa orientación.
El calificativo de “miserables” para los que despiden personal en estas circunstancias y la incitación a “ganar menos” a los que siempre logran desmesurados beneficios, que se le deslizaron al presidente, fueron tomados como si fueran una declaración de guerra. Desde el establishment la tendencia a retirarle el apoyo público al presidente se aceleró desde entonces y el discurso crítico desde el gobierno se atenuó, en sus alcances y en su lenguaje.
En el tema de la deuda externa se ha aplicado un default selectivo de los bonos en dólares sometidos a legislación nacional, pero en el ínterin se pagaron doscientos cincuenta millones de dólares a los acreedores. Efectuar pagos en estas condiciones de extrema recesión económica y creciente necesidad de recursos por parte del aparato estatal es un verdadero atentado contra los acuciantes requerimientos de la sociedad.
El listado de capitulaciones frente a la gran empresa se extiende incluso a tolerar precios abusivos en las propias compras del estado, como quedó de manifiesto en una gigantesca adquisición de alimentos básicos. Por compras que se miden en centenares o miles de toneladas se iba a pagar un precio muy superior al que se le cobra al consumidor por obtener un kilo. La información trascendió y la escandalosa operación debió ser cancelada, lo que no le quita lo que tiene de demostrativo sobre el accionar estatal en la gestión de la crisis.
Frente a ese conjunto de situaciones, una perspectiva de izquierda impondría avanzar en el sentido opuesto:
-Que el sector público asuma la dirección de todo el sistema de salud, con participación de los trabajadores de la salud en su gestión. Esto debe ir acompañado con políticas de reconversión industrial hacia la producción de respiradores, instrumental médico, elementos de protección, etc. Por ejemplo las empresas metalmecánicas pueden pasar a producir respiradores artificiales, y las textiles barbijos, camisolines y otros elementos de protección, bajo la dirección del estado y con participación de los trabajadores de las plantas respectivas.
-Control popular de precios en la cadena de producción y comercialización de alimentos, artículos de limpieza, insumos sanitarios y cualquier otro bien necesario para atender las necesidades más urgentes.
–El abastecimiento de alimentos para todo tipo de comedores debe realizarse con la participación de las organizaciones populares y sus militantes. Las organizaciones de economía popular están capacitadas para tomar parte en la producción de alimentos y artículos sanitarios.
-Asunción por los movimientos sociales del cumplimiento del aislamiento, con inclusión preferente de los barrios carenciados en los que las deficiencias de las viviendas y la falta de servicios básicos requieren medidas diferentes para cumplir la cuarentena.
-Retiro progresivo de las fuerzas policiales de las tareas de vigilancia y sanciones severas a los atentados contra los derechos humanos y abusos de cualquier tipo. Que las Fuerzas Armadas no cumplan funciones en la calle, bajo ningún concepto ni finalidad.
-Transferir al estado con control de los trabajadores a las empresas que despidan personal, aumenten sus precios en violación del congelamiento, o acaparen bienes provocando desabastecimiento.
-Nacionalización de los bancos con una concepción de servicio público para la actividad financiera. Que todo el sistema atienda con prioridad el cobro de sueldos, jubilaciones y prestaciones sociales y la atención crediticia de las necesidades básicas a tasas negativas.
-Establecimiento de impuestos extraordinarios sobre las grandes fortunas y sanciones especiales y alícuotas más altas para los que han realizado fuga de capitales u otras maniobras de evasión.
-Ampliación y profundización de la asistencia a los trabajadores precarios y cuentapropistas que han visto disminuir sus ingresos o han quedado sin ellos por la suspensión de sus rubros de actividad o por el cumplimiento del “aislamiento social”.
-Suspensión por tiempo indeterminado del pago de la deuda externa y formación de comités de investigación para el rechazo de la deuda ilegítima u “odiosa”, codirigidos por las variadas entidades sociales y expertos que mantienen un enfoque crítico en toda la problemática de la deuda. (Parte de estas propuestas han sido tomadas de la Declaración de la Corriente Política de Izquierda, 01/04/2020)
La pandemia constituye también una confrontación entre el lucro empresario, la incitación al individualismo, el estímulo al control social por las fuerzas represivas y la xenofobia; y las inmensas posibilidades de solidaridad, autoorganización, autogestión, control popular y estatal sobre las acciones de los empresarios. Enzo Traverso alerta sobre el avance de una política inmunitaria, concebida para que cada persona se proteja de las demás, quebrantando la existencia de un espacio común, de afectos intereses y luchascompartidos (Entrevista a Enzo Traverso: «El estado de emergencia sanitaria corre el riesgo de ejercer un control total sobre nuestras vidas». Por Mathieu Dejean. En Contrahegemoníaweb. 7/4/2020.) Disponible en https://contrahegemoniaweb.com.ar/entrevista-a-enzo-traverso-quot-el-estado-de-emergencia-sanitaria-corre-el-riesgo-de-ejercer-un-control-total-sobre-nuestras-vidas-quot
De cómo se afronten estas contradicciones depende no sólo la gestión de la salud pública, sino el futuro de una confrontación de clases que va en aumento, en la medida que la desigualdad, la precarización y la injusticia creciente colman la paciencia de vastos sectores de las clases subalternas. En las próximas semanas tendremos que tomar parte en una fuerte puja en torno a cómo se instrumente la continuidad de las políticas de salud pública y sobre quiénes se descarguen las consecuencias de la crisis. Asimismo será una pugna por darle a las fuerzas represivas el máximo de control sobre las personas, con la menor fiscalización posible de esas facultades. La receta del gran capital y sus servidores será la misma de siempre: Ajuste sobre los ingresos de los trabajadores y “flexibilización” de sus condiciones de trabajo, ampliación de sus oportunidades de negocios, exenciones y subsidios a su favor, pago puntual de la deuda, facilidades ampliadas para el negocio financiero. Frente a ello urge lanzar propuestas desde una perspectiva popular y de izquierda, difundirlas, y en la medida de lo posible imponerlas.

A modo de provisorias conclusiones

En Argentina, en América Latina y en el mundo asistimos a una encrucijada en el desenvolvimiento de la lucha de clases. No se trata de generar expectativas sobreabundantes sobre un inminente ocaso del “neoliberalismo”. El “Estado presente” que se predica con insistencia no es lo opuesto al capitalismo concentrador y excluyente que se disimula bajo el rótulo de “políticas neoliberales”.
El “Estado fuerte” puede ser utilizado como complemento de la “libertad de mercado”, como mecanismo de garantía e incluso refuerzo de las utilidades empresarias en tiempos de crisis. Un aparato represivo “empoderado” bajo la apariencia de protección a la población intentará imponer una sumisión social generalizada, un refugio en lo individual bajo el “ojo avizor” de múltiples y renovados instrumentos de vigilancia. Una lógica de “encierro” en donde se esfuma la circulación en el espacio público e incluso el contacto “cara a cara” en ámbitos cerrados, de vigilancia mutua en el que cada uno se convierte en guardián de las actividades de los otros. El predominio de una visión insolidaria donde sólo importa el cuidado de la propia salud y la obtención de los bienes necesarios, aunque se prive a otros de artículos esenciales.
En las fábricas y otros ámbitos donde el trabajo continúa, los empresarios suelen mezquinar los elementos sanitarios para sus trabajadores, mientras las centrales empresarias y las grandes compañías presionan para que nuevas actividades sean consideradas “esenciales” o retornen a la actividad con el pretexto que cuadre, con la sempiterna complicidad del grueso de los sindicatos. El gran capital impulsará esa lógica, con vistas a ampliar y afianzar su dominio ahora y sobre todo en el futuro post-epidemia. Algo que hay que tener en claro es que hasta las formas de “democracia liberal, limitada y antipopular” en las que se desenvuelve la política cotidiana, puede convertirse para el poder económico, político y cultural en “ un lastre del que desean deshacerse tirándola al tacho de la basura.”, como escribe Sergio Zeta. (“Contra la pandemia ¿Militarizar o comunizar? Contrahegemoniaweb 25/03/2020) Disponible en https://contrahegemoniaweb.com.ar/temas.php?a=sergio-zeta.
El reciente ciclo de rebeliones populares en la región y el mundo contra el poder económico, el sistema político y toda la organización social que se impone desde arriba ha quedado “suspendido” por el aislamiento obligatorio, que interrumpió bruscamente los mecanismos deliberativos y sobre todo la movilización callejera. Todos los problemas que el descontento movilizado planteaba siguen vigentes. De cómo se transcurra el resto de la cuarentena, del éxito o fracaso relativo para imponer el disciplinamiento “desde arriba” por parte de las clases dominantes, de la capacidad para mantener “desde abajo” las vías de comunicación alternativa y los circuitos solidarios aún en medio de la pandemia, dependen las condiciones de la continuidad de la lucha cuando los efectos de la emergencia sanitaria se atenúen. El futuro después de la “peste” estará determinado, como de costumbre, por el devenir de la lucha de clases. Y comprenderá un factor ideológico también gravitante: que las fuerzas de izquierda no se adapten a la retórica de “la guerra contra un enemigo invisible”, con la que se trata de trasmitir la idea de un “otro” oculto al que se debe eliminar. Las resonancias de esa metáfora son tan dolorosas como obvias.
También es necesario que no se acomoden al espejismo “estado vs. mercado” y no se recuesten sobre los pliegues de un renovado “estado benefactor”, que no tardará en mostrar los dientes “neoliberales” en cuanto las necesidades de salvataje de bancos y grandes empresas queden atrás y los requerimientos de mayor explotación y precarización del trabajo campen por sus fueros. En esa dirección no se trata de propiciar “nacionalizaciones” o “intervenciones” sin ninguna salvedad. Si acciones de ese tipo se realizan “desde arriba” bajo control de burocracias estatales y tecnócratas pro-empresariales, serán conducidas de modo que proporcionen al gran capital los auxilios y oportunidades que la lógica privatizadora y “desreguladora” no puede proporcionarles en estas particulares circunstancias. Expropiaciones y tomas de control de empresas o conglomerados capitalistas, desde clínicas a bancos, sí, por supuesto Pero con participación activa y control firme de sus trabajadores y de diversas organizaciones populares, para conducir esos procesos en un sentido democrático, solidario y con potencialidad anticapitalista.
Un componente importante de la situación es la previsión de un futuro diferente, a corto o mediano plazo. No hay razón para sostener una visión que espere que la pandemia liquide por su sola fuerza al capitalismo, ni tampoco para un pesimismo de matices fatalistas, que anticipe que el único resultado de este episodio de la historia mundial será un nuevo afianzamiento del poder del capital, que reforzará su dominación y recuperará más temprano que tarde su dinámica de acumulación. El mundo que emerja de la pandemia dependerá, en gran medida de las luchas sociales que se desplieguen en el futuro inmediato, de sus victorias y fracasos, de la potencia de un discurso político que combata con éxito al sentido común consumista e individualista. Uno de los emergentes de la crisis sanitaria es la reafirmación de la importancia de un sistema público de salud y más en general, de la imposibilidad de enfrentar con éxito a circunstancias de crisis extrema con el solo esfuerzo individual o con el “equilibrio de mercado”. No hay “meritocracia” que valga cuando la diferencia entre la vida y la muerte pueden depender del socorro público. Algo similar ocurre con circunstancias en que millones de personas que confiaban en poder procurarse su propio sustento, se ven compelidas a recurrir a sistemas públicos para atender a sus necesidades más elementales, sea vía subsidios “extraordinarios” o de la asistencia alimentaria directa en comedores o merenderos.
En el plano de la relación entre estados, se derrumban los mitos de la “solidaridad internacional” entre países capitalistas. La propia Unión Europea, siempre ofrecida como ejemplo de colaboración y articulación positiva, se desdibuja por el enfrentamiento entre países que cierran sus fronteras o compiten en forma despiadada por la adquisición de insumos sanitarios. Un país como Cuba, pequeño, periférico y sometido a bloqueo, es el que ha dado ejemplo de solidaridad internacional, con sus médicos recibidos como héroes en Italia. En nuestro país la derecha más desembozada acusó recibo, y se alzó iracunda ante la posibilidad de que acudieran al país médicos cubanos. Si no hay colaboración europea o norteamericana, prefieren que no haya ninguna. La acción solidaria se hace más difícil en países que han desmontado en gran medida su salud pública y las prestaciones sociales en general. Hoy Italia, España, incluso Francia, Bélgica y Holanda se hallan aquejadas de carencias impensables hasta hace pocos años. La competencia irrestricta y la mercantilización sin límites que se impusieron en las últimas décadas reclaman ahora sus “derechos”, la puja por la ganancia capitalista se ha vuelto la medida de todas las cosas, la vida humana debe someterse a sus dictados.
Es imperioso abandonar toda confianza en los costados “amables” de la dominación capitalista. Vivimos una época de amenaza constante de cambio climático, calentamiento global, contaminación extrema y como en el presente, pandemias. Los gobiernos de ultraderecha no son una mera excentricidad histórica. En un futuro cercano, quizás librados de su ineptitud evidente de hoy, regímenes de ese tipo broten en muchas partes. En nuestro propio país existen “candidatos” a ocupar el lugar del dominio combinado de las grandes corporaciones y un estado ultrarrepresivo. Patricia Bullrich, Miguel Ángel Pichetto, el propio Mauricio Macri cuando deja aflorar su costado más siniestro (“El populismo es más peligroso que el coronavirus”, dixit), Sergio Berni en una versión peronista. Aspiran a ser en el futuro cabezas de una combinación del tipo “máximo poder de las grandes empresas más aparato represivo expandido, fortalecido y tecnificado.”
Actitudes irresponsables de los energúmenos de extrema derecha como Donald Trump o Jair Bolsonaro exhiben el rostro impúdico de la preocupación exclusiva por las ganancias aún a costa del explícito desprecio por la vida humana. No hay que llamarse a engaño, la dirigencia de “buenos modales” como Emmanuel Macron en Francia o Pedro Sánchez en España siguen políticas cuyo sentido último y objetivos principales coinciden con los de los “ineptos” a los que todo el mundo denuncia.
Para los argentinos no es muy conducente asombrarse de la ligereza y el absoluto compromiso pro empresario del presidente brasileño. Si la irrupción del virus hubiera ocurrido durante la presidencia de Mauricio Macri, sólo cabía esperar actitudes similares. Frente a la preservación de los negocios de su clase social, incluido el grupo económico familiar y los socios y amigos cercanos, la salud pública hubiera ocupado un lugar muy poco relevante, por lo menos hasta que la magnitud de los contagios desequilibrara toda previsión, como ocurre últimamente en Brasil.
Un punto focal para las luchas y los debates en el futuro cercano es qué mundo emergerá cuando se supere la pandemia. Esa vuelta a la “vida normal” nos debe conducir al cuestionamiento radical del supuesto estado de normalidad en esta época. Un estudioso ecuatoriano la define así “Se trata de una (a)normalidad producida por la globalización del capital, sustentada en la aceleración del consumismo, productivismo e individualismo, en la ampliación imparable de los extractivismos y la especulación.” (Maristella Svampa-Pablo Solon-Alberto Acosta “Pensando el post-coronavirus” en Contrahegemoníaweb. 10/04/2020. Sección de Pablo Solón: “Propuestas para enfrentar las crisis sistémicas”. Disponible en https://contrahegemoniaweb.com.ar/pensando-el-post-coronavirus. Habría que agregarle la tendencia a la superexplotación y precarización de los trabajadores, ese ya mencionado “modelo Uber” que nos es presentado por los capitalistas como la modalidad producto del pujante desarrollo tecnológico, de una “quinta revolución industrial” signada por el arrasamiento de los derechos obreros y el incremento de la precariedad. El imperativo de la hora es que la definición de la salida del coronavirus sea también el escenario de transformación del panorama de pesadilla que amenaza la vida del planeta.
En una interpretación pesimista del mundo post-pandemia, el historiador israelí Harari se refiere a un cambio de época que puede cristalizar los mecanismos de monitoreo e intromisión en la vida privada por parte del Estado. (Yuval Noah Harari. “The world after coronavirus”. The Financial Times. 20/03/2020). Más allá de la resonancia de liberalismo clásico que tiene la preocupación, si se piensa en experiencias “exitosas” como la de Corea del Sur, que combatió el contagio por medio de un minucioso seguimiento de los movimientos y contactos de toda la población, vía la intervención de las redes sociales y el uso de big data, la predicción puede resultar acertada. No sólo retornaría la “normalidad”, sino que volvería empeorada.
A los movimientos y organizaciones obreras y populares que cuestionan el capitalismo, a los y las intelectuales que tratan de acompañarles, les cabe la reflexión y la acción, el diseño de la teoría y la práctica para la salida de la pandemia. Habrá varias líneas de disputa con las clases dominantes y sus aparatos de hegemonía. Para mencionar cuatro: a) Si la “suspensión” de las rebeliones populares dejará lugar a un nuevo ciclo de vigorosas protestas o continuará el impasse actual. b) Si las dirigencias políticas logran aparecer como “estadistas” que supieron salvar a sus sociedades de males mayores o quedan como gestores de una catástrofe. c) En el consenso genérico en que el mundo post Covid-19 será distinto, si eso da lugar a un cuestionamiento activo de los daños múltiples y crecientes que el capitalismo le infiere a toda la humanidad o al mundo en que vivimos o se retomará sin demasiadas modificaciones de la acumulación de ganancias sin límites ni reparos. d) Si esta enorme crisis sirve para expandir la pregunta “¿Quién decide?” Que lleva de inmediato al interrogante “¿Cuál es la fuente de la legitimidad?” Como ha escrito el filósofo italiano Bifo Berardi, “Esta es la pregunta a partir de la cual comienzan las revoluciones.” (Citado en María Moreno. “Poner el cuerpo” Página 12. 12/04/2020, página 18.)
La decisión sobre esos puntos y muchos otros, se jugará en los tiempos posteriores a la pandemia. El escenario de la lucha de clases está abierto, una vez más, para la disputa.

Daniel Campione