lunes, 26 de noviembre de 2018

Una ciudad militarizada para recibir a los hambreadores del mundo



Los violentos estarán adentro de Costa Salguero.

Una ciudad vacía, paralizada y militarizada es el objetivo que se fijó el gobierno nacional para recibir la semana próxima –en la reunión del denominado G20– a los mayores responsables de las masacres a los pueblos de distintos países dependientes y coloniales del planeta, los responsables de la hambruna que hoy alcanza a más de 800 millones de personas y los que hoy avanzan hacia una creciente guerra comercial que se perfila como el inicio de eventuales enfrentamientos militares que, a su turno, provocarían mayores tormentos para la población de todos los países del mundo.
Desde el Ministerio de Seguridad, que comanda Patricia Bullrich, se ha montado en la ciudad de Buenos Aires uno de los mayores operativos de represión de la historia. No solo se colocarán miles y miles de efectivos en la calle, sino que los “ilustres visitantes” aportaron material (tanquetas chinas, lanchas israelíes) para responder a los reclamos de extrema seguridad de los mandatarios y tratar de evitar toda manifestación opositora a la reunión.
Además, ya comenzaron a llegar efectivos y aviones de distintos países que manejan el G20 –EE.UU. Reino Unido. Alemania, Francia, Rusia y China– que intervendrán en tareas internas de inteligencia y seguridad.
La ministra Bullrich ha desplegado todo su arsenal de ataque a los más elementales derechos democráticos. El gobierno, que frente a movilizaciones populares enarbola el derecho a transitar para atacarlas, impone ahora que no solo una parte importante de la ciudad esté vedada a la circulación de personas, sino que tampoco se podrá disponer, durante dos días, de una parte importante de los medios de locomoción (trenes, subtes y parcialmente colectivos y accesos) que utiliza la población trabajadora.
Y esto no solo en la Capital, sino también en el Gran Buenos Aires, ya que no circularán por allí los trenes que todos los días utilizan centenares de miles de obreros, empleados y estudiantes. Que el operativo está abiertamente dirigido a evitar la circulación –y la movilización– sin importar si la misma se encuentra o no en la “zona de exclusión” es que durante el viernes y el sábado, dejarán de prestar servicios los trenes del Sarmiento, que parten de Once y los del Urquiza, que lo hacen desde Federico Lacroze.
Para que la parálisis sea prácticamente total, el gobierno decretó que el viernes y sábado sea feriado en la ciudad de Buenos Aires. Bullrich se destapó con la recomendación a los porteños de que se vayan de la ciudad. Un insólito llamado a un éxodo en masa de más de 3 millones de habitantes, con el único objetivo de generar un clima represivo y opresivo, que va en línea con la política más general del gobierno para enfrentar las peleas obreras y populares contra el ajuste.
La preocupación del gobierno por evitar toda manifestación opositora fue recuperada por el oficialista Clarín (23/11) que, al comentar el bloqueo y su objetivo de que se dificulte la circulación de las personas, se refiere con ello a la realización de distintas marchas de repudio contra los mandatarios imperialistas del G20.
En un intento de colocar la responsabilidad de una eventual represión sobre los sectores populares que se manifiesten, Patricia Bullrich, la defensora de todos los atropellos policiales, de gendarmes y militares, que ya han sido los responsables de varios asesinatos de jóvenes y activistas populares –Maldonado, Rafael Nahuel, ´doctrina Chocobar´– pretendió ´encomendarle´ a Adolfo Pérez Esquivel que interviniera para evitar situaciones de violencia, en una carta donde, además, vincula sibilinamente los “atentados” –falsos o de dudoso origen–, potenciados por su propia cartera, con las movilizaciones de repudio a realizarse.
La repuesta de Pérez Esquivel fue que “no podemos asumir responsabilidades que no nos correspondan”. Que “el Estado argentino cumpla con su responsabilidad de garantizar efectivamente nuestros derechos, sin provocar ni amedrentar a la población, imposibilitar su movimiento”.

Cumbre imperialista

Lo que el gobierno intenta ocultar es que los verdaderos violentos, los responsables del hambre, el saqueo y las masacres en el mundo, van a estar dentro de Costa Salguero, donde se desarrollará la reunión del G20.
El carácter subordinado al imperialismo del gobierno lo manifestó, quizá de la manera más clara, Hernán Lombardi, ajustador serial de medios de difusión públicos y a cargo de la coordinación del operativo por la Cumbre del G20. "Es –dijo– uno de los eventos más importantes de la historia argentina”.
Lejos de ser una reunión ´pacífica, allí se potenciarán los enfrentamientos entre los Estados Unidos y China y los del gobierno de Donald Trump y la burguesía imperialista yanqui con la europea, encabezada por el francés Emmanuel Macron y el alemán de Angela Merkel, en defensa de los respectivos intereses capitalistas.
Pero en Costa Salguero también discutirán la guerra contra los trabajadores –entre otras cosas, las reformas previsionales y laborales.
La Conferencia Latinoamericana realizada el fin de semana pasado en Buenos Aires por iniciativa del Partido Obrero y el PT de Uruguay, apoyó la convocatoria a movilizarse el próximo 30 contra el G20 y llamó a organizar para esa fecha manifestaciones y actos en todos los países del continente.
El Partido Obrero en el Frente de Izquierda se movilizará el 30, a las 14 horas hacia las avenidas San Juan y 9 de Julio, en la Ciudad de Buenos Aires, y también en todas las principales ciudades del país para repudiar al G20 y a los mandatarios de los países responsables del hambre y las masacres en el mundo.

Nelson Marinelli

domingo, 25 de noviembre de 2018

Incapacidad de jugar, incapacidad de gobernar



La suspensión de la superfinal entre River y Boca es mucho más que un bochorno, o una “falla de seguridad”. Es otra muestra de la debacle de un régimen político y social. Los que gobiernan no pudieron encaminar un espectáculo que, incluso para sus propios intereses, debía servir para sacar del foco de la atención popular, al menos por unas horas, a los despidos, la carestía infernal, los sueldos que no alcanzan y las deudas que se apilan.

En los días previos, los diarios reseñaban la “fiesta de las marcas” a raíz de la superfinal. Los sponsors de la Commebol, como Coca Cola, Santander Río, DHL, Quilmes y otros, se servían del clásico para preparar sus campañas de verano. La cadena Fox, a su turno, se relamía con otro festín –el de los derechos de transmisión. La rivalidad futbolística, azuzada desde las usinas publicitarias del gran capital, prometía cosechar el mayor filón de negocios del año deportivo.
El episodio brutal que termina con la fiesta, en medio del ataque al micro de Boca y la posterior represión, concentra toda la descomposición del Estado actual y de quienes gobiernan. Por un lado, informaciones periodísticas indican a los agresores del micro como barrabravas de River. Más precisamente, integrantes del grupo que, un día antes, había sido apresado con “7 millones de pesos y 300 tickets” (de la superfinal) (Página 12, 25.11). Según la misma fuente, al jefe de la barra “no lo llevaron preso pero le sacaron los 7 millones la Policía, lo dejaron en libertad”. Naturalmente, los tickets que alimentan el negocio de la reventa de entradas –y que financia a las barras- no pueden provenir de otro lado que no sea el propio club. La reventa es una de las cajas que los dirigentes del fútbol ceden a las barras, a cambio de que presten sus servicios en la otra pasión de los directivos –la “política”, o sea, la política del régimen, la que sostiene los ajustes, los tarifazos, la agresión a los trabajadores. Cuando esa agresión debe cobrar la forma directamente física, los “barras” son una mano de obra siempre dispuesta, como lo demostró el crimen de Mariano Ferreyra.
Entre los dirigentes de River y Boca que desfilaban nerviosamente por los pasillos del Monumental en la tarde de ayer, revistan varios de los principales personeros del macrismo. Lo mismo vale para la burocracia sindical, la cual comparte sus preferencias futbolísticas –y sus matones-entre diferentes casacas. No sorprende, en ese cuadro, que un grupo de barras se encontrara tan cerca del estadio. En definitiva, estaban “en su casa”.
Del otro lado de la crisis, tenemos al brutal operativo represivo montando por la Policía de la Ciudad, con la ayuda de la infantería que depende de Patricia Bullrich. Después de haberle dado circulación libre a los barras, el contingente policial que custodiaba al micro se abrió paso con los métodos que las fuerzas represivas practican habitualmente con las manifestaciones populares –a gases y palos. El parte médico de los jugadores de Boca no sólo da cuenta de dos de ellos con heridas provocadas por la rotura de vidrios. Indica, también, descompensaciones de todo tipo causadas por los gases arrojados. Por una vez, la población pudo tomar conocimiento de las consecuencias de la acción represiva del Estado, la cual, cuando se trata de gases contra las protestas, hasta es considerada como una reprimenda “light” o persuasiva. En la palabra de Tévez y de otros, pudo saberse qué es lo que padecen miles de manifestantes en sus ojos, el aparato respiratorio o digestivo, cada vez que sufren el embate de la represión. Los jugadores de Boca quedaron inhabilitados para poder jugar, algo de lo que no cabe duda. Pero los daños que sufren los que participan de marchas populares se diluyen, silenciosamente, en las guardias de los hospitales públicos, cada vez que pasa una manifestación. Apenas unas horas antes del superclásico, la policía aplicaba los mismos métodos contra los trabajadores despedidos de la fábrica Siam y quienes acompañaban su lucha. Con la misma saña, dos militantes sociales eran asesinados en Buenos Aires y Córdoba.

Fox, o el espectáculo debe continuar

Con el escandaloso telón de fondo de dos jugadores atendidos por ulceraciones en la vista, todo indicaba, sin embargo, que avanzaban los aprestos para jugar el partido. Apenas habría una demora de dos horas. A pesar del desasosiego de los jugadores agredidos, se iba a imponer la voluntad de la Commebol, de Fox Sports y los restantes sponsors, que defendían la facturación de sus derechos de transmisión y publicidad. Las informaciones radiales daban cuenta de que todos los preparativos continuaban. La situación sólo pegó un viraje cuando algunos jugadores de Boca salieron del vestuario y tomaron contacto con los medios: “nos quieren obligar a salir a la cancha, nosotros no podemos jugar así”. Sólo en esas condiciones, se terminó anunciando la suspensión del partido. Adentro del estadio, el público no se distraía en minucias, y apuntaba al poder político: “MMLPQTP”. Como pudo apreciarse en la TV, la salida del estadio estuvo signada por más represión y prepotencia policial.

El Estado y la violencia

Los observadores periodisticos o políticos que presumen de críticos presentan a los hechos de este sábado como resultado de la “incapacidad del Estado para controlar a los violentos”. Pero no es así: lo que desnuda esta crisis es la violencia del propio Estado, como resultado de su descomposición interior, por un lado, y de los medios que ha acumulado para disciplinar y regimentar al conjunto de la vida social, del otro. Los “barras” del fútbol, al servicio de los dirigentes-punteros; los policías armados, exhibiendo una “muestra de autoridad” a días del G20; los empresarios y dirigentes apurando el juego a lo que dé, todos ellos son facciones de ese Estado.
Para que el fútbol sea la fiesta que todos reclamamos que sea, habrá que sacarse de encima al orden político y social que le ha entregado el deporte a las grandes corporaciones capitalistas, y ha colocado a los Macri y Patricia Bullrich como gendarmes de sus intereses. La incapacidad de garantizar un juego, en definitiva, es otra muestra de la incapacidad de gobernar.

Marcelo Ramal

Detrás del G20: la crisis del orden liberal



El próximo viernes 30 de noviembre comenzará la cumbre del G20 en Buenos Aires. Esta puesta en escena estará marcada por las disputas comerciales y el retorno del nacionalismo de las grandes potencias. La “cumbre mundial” tiene como trasfondo la crisis del orden liberal. Aquí un análisis de algunas de sus causas profundas.
Contra el pensamiento globalista que se expandió luego del fin de la guerra fría en el auge de lo que podríamos llamar la “globalización armoniosa”, incluso contra las interpretaciones armonicistas dentro del mismo marxismo, siempre destacamos que el excepcional periodo de “paz” entre las grandes potencias que siguió a la Segunda Guerra Mundial no derivaba ni de un automatismo económico, ni de un salto en la internacionalización de capitales menos aun de la existencia de un “imperialismo colectivo” como el recientemente fallecido Samir Amin sostenía.
En otros artículos hemos explicado que la tendencia norteamericana a la primacía implicó no solo la subordinación del mundo menos desarrollado sino también de otros Estados industrializados (fueran enemigos o aliados) a las prioridades de acumulación de capital de su potencia hegemónica, y cómo esta fue una característica distintiva en relación a la hegemonía británica en cuanto a la expresión del carácter imperialista de la época. Nada mostró mejor esta nueva forma de dominio que la reconstrucción no solo económica sino también política de las dos potencias perdedoras de la Segunda Guerra Mundial, Alemania y Japón, y la presencia política, geopolítica y militar del nuevo hegemon en el escenario europeo y asiático, acompañado en el primer caso de nuevas instituciones como la OTAN. Robert Kagan, un partidario neocon de este viejo orden imperialista, señala en su último y reciente libro la novedad que esto significó:
El cambio en las trayectorias geopolíticas de Alemania y Japón, […] cambió el escenario estratégico global de maneras que fueron más significativas y más duraderas que el ascenso y caída de la Unión Soviética. El artículo 9 de la nueva constitución japonesa redactada por Estados Unidos, establecía en su primer parágrafo que Japón “renuncia para siempre a la guerra como un derecho soberano de la nación y a la amenaza o uso de la fuerza como un medio de resolver las disputas internacionales”. Alemania, bajo la ocupación de Estados Unidos y los Aliados en el Oeste, y bajo ocupación soviética en el Este, también renunció a su independencia como un actor en la escena internacional. Esto efectivamente excluyó la opción de volver a los patrones de conducta del pasado.
En términos actuales podríamos llamarlo un “regime change” en dos de las principales potencias imperialistas. Y agrega:
El efecto sobre las dos regiones en las que esos poderes habían surgido fue revolucionario. Quitar el status geopolítico y militar Alemania y Japón proveyó un nivel de seguridad para sus vecinos que no habían conocido por décadas. Con los Estados Unidos también aportando el grueso de la disuasión contra los Soviets, las naciones de Europa y del Este fueron repentinamente liberadas para enfocar sus energías y recursos en los asuntos domésticos y económicos más que en las preocupaciones estratégicas que los habían consumido en la primera mitad del siglo veinte.... Alemania y Japón fueron también liberados. Con las ambiciones geopolíticas y la ruta militar al poder y la influencia anuladas, también pudieron canalizar todas sus energías y ambiciones en el logro del éxito económico y el bienestar interno [1].
Pero visto desde la estructura internacional del sistema político y geopolítico de las potencias centrales del imperialismo, este cambio y sus consecuencias cobran toda su magnitud, transformando como dice Kagan “no solo la estructura del poder global sino la dinámica misma de las relaciones internacionales”. Así:
Dentro de los límites del nuevo orden, la competencia geopolítica normal casi cesó. Las naciones de Europa occidental y Asia oriental no participaron en carreras armamentísticas; no formaron alianzas estratégicas unas contra otras; no reclamaban esferas de influencia estratégicas o económicas; no hubo “dilemas de seguridad” impulsados por la mutua aprensión y la inseguridad; no se requería un equilibrio de poder para preservar la paz entre ellos [...] dentro de este orden liberal en crecimiento, se rompió el vínculo normal entre la economía y la geopolítica. A lo largo de la historia, las fluctuaciones en el poder económico entre los grandes Estados, naciones e imperios siempre produjeron agitación y guerra [...] Cualquier balance de poder que existiera anteriormente estaba alterado, y el resultado fue con frecuencia una guerra que creó un nuevo equilibrio que reflejaba la nueva jerarquía del poder, que a su vez reflejaba la nueva jerarquía económica y tecnológica. En el nuevo orden liberal, que al principio incluía principalmente a Estados Unidos, Europa occidental y Japón, las naciones compitieron económicamente y trataron de fabricar, innovar y vender mutuamente. Pero esa competencia económica no se tradujo en una competencia militar o geopolítica. En un mundo normal, los milagros económicos de Japón y Alemania habrían llevado a uno o a ambos a desafiar el orden y su jerarquía. En el nuevo orden liberal no lo hicieron.
Las ventajas históricas que se derivan no solo para la estabilidad mundial sino para la conservación de su hegemonía para los Estados Unidos de este orden son indudables; de ahí el interés de Kagan por preservarlo en la disputa abierta sobre qué gran estrategia adoptar que divide a la clase dominante norteamericana, y a la cual su libro está esencialmente dirigido.

Trump y la salida del juego multilateral

Las dificultades norteamericanas en el manejo del orden mundial y con sus principales actores anteceden a Trump, como venimos escribiendo desde hace años. El mismo diario francés Le Monde, furibundamente anti Trump, está obligado a reconocer que:
En realidad, el repliegue de Estados Unidos ya había sido iniciado por el presidente Barack Obama, extrayendo lecciones del fiasco de las aventuras de Oriente Medio de su predecesor, George W. Bush, a principios de la década de 2000, “girando” hacia Asia y anunciando cuando llegó al poder en 2009, que había llegado el momento de “construir la nación en casa”, en lugar de afuera. ¿No fue este el mismo Barack Obama quien se contentó con “liderar desde atrás”, detrás de Francia y el Reino Unido, la operación de Libia en 2011? ¿No fue este presidente, adulado en Europa, quien criticó a sus aliados por ser "free riders", polizones protegidos a expensas del contribuyente estadounidense? ¿No era ya un reparto de cargas más justo el foco de la cumbre de la OTAN en 2014? El mundo estaba cambiando, pero el tío Sam seguía sonriendo y Angela Merkel era su mejor amiga.
Trump denuncia a sus enemigos y aliados como sus antecesores, pero a diferencia de estos comienza a tomar decisiones que retiran parcialmente a los EE. UU. del juego multilateral. Esta reacción es una expresión de las dificultades de EE. UU. para imponer su dominación hegemónica, pero también del hecho de que son lo suficientemente fuertes para imponer duras cargas a sus adversarios y aliados desligándose de los límites que le imponía el multilateralismo. Así, a más de dos años de su asunción, no solo ha aumentado la retórica y los twits venenosos contra adversarios y aliados a la vez que contra la OMC, acusada de limitar la soberanía norteamericana –a pesar de que fueron los EE. UU. los que impusieron un régimen obligatorio en la resolución de los distintos diferendos comerciales–, sino que ha pasado a la acción. Así tuvimos la decisión de salir del Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TTP por sus siglas en inglés) desde el primer día de su presidencia, como más tarde el retiro de los acuerdos de París sobre el calentamiento global, la salva de sanciones comerciales por el aluminio y el acero que enfureció a sus aliados europeos y canadienses así como la negociación dura del NAFTA con este último, la presión neocolonial sobre China y sus perspectivas de desarrollo, terminando con la decisión de retirarse del acuerdo nuclear con Irán, lo que mostró un punto de no retorno en su unilateralismo, en especial frente a sus aliados europeos cuyas multinacionales (Total, Peugeot, etc.) fueron constreñidas a retirarse de un mercado prometedor cono el iraní a cambio de no perder sus ventajas en el fundamental mercado americano y el sistema financiero internacional dominado por los EE. UU.
Pero lo más radical en Trump no está aún ahí. Como dice en un reciente artículo, el politólogo francés del Centre d’études européennes de Sciences Po, Zaki Laïdi:
La novedad [...] se ubica en dos niveles. El primero expresa la voluntad de reemplazar un sistema multilateral basado en reglas e instituciones por un juego internacional basado en la búsqueda exclusiva de resultados tangibles para los Estados Unidos. En otras palabras, independientemente del cumplimiento formal de las reglas internacionales [...] La segunda novedad introducida por Trump concierne a la manera con que quiere redefinir el concepto de alianza. Estados Unidos no parte de la idea de que tiene aliados con quienes comparte valores e intereses de los que resultan una serie de opciones. Suponen que son sus socios quienes deben demostrar que merecen la calidad de aliados. De lo contrario, se ven como cargas voluminosas. El resultado es una especie de puesta a prueba que pasa por las concesiones comerciales o un aumento del gasto militar dentro de la OTAN.
Y concluye categórico: "Para Trump, salir del multilateralismo tiene un significado preciso. Permite la extracción deliberada de concesiones comerciales a cambio de protección estratégica. Un enfoque que está perjudicando a Alemania en Europa" [2].

El retorno de las rivalidades imperialistas

El trumpismo y su salto en la agresividad imperialista frente a competidores y aliados rediseña abruptamente las reglas del juego y deja desguarnecidas a las potencias que, como Alemania, más dependían del paraguas geopolítico estadounidense, más allá de las contradicciones a veces fuertes que tenían con el mismo, como fue el caso en la guerra de Irak en 2003 o más recientemente, la crisis aún abierta en Ucrania. La crisis no solo política sino casi existencial que abre en algunos de ellos es de proporciones:
Para nosotros, los alemanes, dice un alto funcionario de Berlín, bebiendo té en el hermoso lugar de Gendarmenmarkt, la casa en la que vivimos es América. Fueron los estadounidenses quienes la diseñaron, fueron ellos quienes la construyeron. Y es una casa tan cómoda... Lo que está pasando es un desafío mental para nosotros, muy profundo. Alemania ha prosperado tan bien en este orden liberal que no puede imaginar nada más. Nuestro sistema inmunológico está aniquilado [3].
Con estos golpes habilidosos que han agarrado por sorpresa a los principales líderes de las potencias imperialistas (incluso al mismo Xi Jinping, a pesar de todos los signos oscuros que se venían acumulando en la relación con China), Trump busca recomponer el dominio norteamericano. Tácticamente su capacidad de daño es fuerte, pero estratégicamente sus riesgos son enormes. Es que si no quieren caer en un nuevo vasallaje frente a la nueva diplomacia del “Big Stick” norteamericano típica del siglo XIX o más precisamente de una potencia en decadencia, están obligadas a rearmarse y dotarse de una nueva ambición geopolítica partiendo en algunos casos de un nivel de “pigmeo”. Es esto lo que explica que países que incluso en la crisis de 2008/9 y sus postrimerías fueron polos de estabilidad como Alemania de repente se hayan convertido en lo contrario: el fin de la era Merkel abre un periodo de inestabilidad e incertidumbre política en el corazón de Europa con consecuencias para todo el mundo. Síntoma en última instancia de las dificultades de Alemania en erigirse en líder de Europa, incapaz de lograr un consenso interno sobre los sacrificios necesarios para tal empresa capaz de contrarrestar la actual ofensiva norteamericana en distintos planos.
Si bien no ha habido un colapso del conjunto del orden liberal y sus instituciones como la OTAN o la misma OMC –donde por ahora Trump no ha salido de la cláusula de nación más favorecida que ordena el conjunto del comercio mundial– se mantienen aunque en crisis o paralizadas, estamos en presencia del retorno en todos los planos de las rivalidades imperialistas o entre grandes potencias, como es el caso de China. En relación con esta última, mientras tanto europeos como norteamericanos están de acuerdo en imponer una nueva relación de fuerzas al dragón asiático, divergen en el método, ya que EE. UU. rechaza hacer un frente común con la UE, lo que hace temer a estos últimos que en caso de eventuales acuerdos con Pekín, los mismos no beneficien a todos los occidentales, sino a las empresas norteamericanas contra las europeas.
De esta manera, los viejos fantasmas –la lucha por materias primas, mercados y zonas de influencia típicas de la época imperialista, que fueron atenuadas durante el periodo que va desde la Segunda Guerra Mundial hasta hoy debido a los atributos del orden liberal y la hegemonía norteamericana–, en su decadencia comienzan a reaparecer. Como reseña alarmado el antiguo primer ministro sueco, Carl Bildt, en un reciente discurso en Berlín:
Un mundo de Estados soberanos comprometidos en una feroz competencia, apenas ligado por reglas u orden comunes –dijo– es algo que Europa ha intentado en su historia, siempre con el mismo resultado catastrófico. Para nosotros, no parece el camino de la paz. Parece el camino de la guerra [4].
Mismo si aún estamos lejos del estallido de una guerra, el fin de la “globalización armónica” abre una transición en donde las características clásicas del imperialismo, las crisis, las guerras, las revoluciones y las contrarrevoluciones serán de mayor actualidad para las próximas generaciones. Es esencial que comencemos a prepararnos para estos tiempos históricos.

Juan Chingo

Este artículo es una versión reducida, con algunas modificaciones del autor, del original publicado en francés en Révolution Permanente Dimanche el 18/11/2018

Notas

[1] Kagan, Robert, The Jungle Grows Back: America and our imperiled world, New York, Alfred A. Knopf, 2018.
[2] Zaki Laïdi, "Comment la multipolarité déconstruit le multilatéralisme", Le Débat 2018/4 (n° 201).
[3] Kauffmann, Sylvie, "Europe-Etats-Unis: la stratégie du cavalier seul", Le Monde, 11/11/2018.
[4] Kauffmann, Sylvie, "Le divorce Europe-Etats-Unis : la famille occidentale sous tension", Le Monde, 9/11/2018.

A la medida de los criminales del G20, Macri y Bullrich despliegan una pesada artillería



La cumbre del G20, que comenzará el viernes 30 en Buenos Aires, contará con un aparato represivo que blindará la Ciudad por tierra, aire y agua. Ciberdefensa, ciberseguridad y más de 20 mil efectivos armados.

Hace más de un año el Gobierno de Mauricio Macri comenzaba a invertir en armamento. La reunión de los líderes del mundo, odiados en sus propios países, resultó ser el pretexto ideal para equipar a las fuerzas represivas.
En el operativo estarán involucradas las cuatro fuerzas federales que conduce Patricia Bullrich, más la Policía de la Ciudad de Horacio Rodríguez Larreta y la Bonaerense de María Eugenia Vidal. Además el Ministerio de Defensa que conduce Oscar Aguad habilitará al Ejército y la Armada en el operativo de blindaje; y la Agencia Federal de Inteligencia (AFI) formará parte de los más 20 mil agentes, oficiales militares y policías que monitorearán la cumbre.
Como decíamos en una nota anterior, el armamento que compró Cambiemos, más el que donó el gobierno de la República de China, significa un incremento descomunal del aparato represivo del Estado: aviones, lanchas, motos, tanques y tanquetas, entre otras armas, a lo que suman equipos de cyberdefensa y cyberseguridad. Todo este arsenal quedará en mano de las carteras de Seguridad, Defensa y la AFI.
Israel está entre los proveedores de defensa y seguridad cibernética. Con este país el Ministerio de Defensa de Argentina firmó un contrato por un valor de más de U$S 5 millones, para la implementación de un Equipo de Respuesta de Emergencia Informática de Defensa Cibernética y un Equipo de Respuesta de Incidentes de Seguridad Informática.
Los programas de Defensa tienen la capacidad de inhibir los drones dentro de un cierto rango de acción; mientras que el software de ciberseguridad recopila y analiza información de las redes sociales.

Bullrich “nos manda a pasear”

La ministra Patricia Bullrich "aconseja" a los porteños salir de la Ciudad para escapar del operativo que armó el Gobierno (para recibir a los líderes del “crimen organizado”) y en especial para que la imposibilidad de circular no afecte el humor ya caldeado por tarifazos, ajustes y tanques de guerra en el microcentro.
Lo grave de esta invitación es que la inflación disparó los precios de los combustibles y de la canasta básica, irse será imposible, pero además es otra manera de desalentar a quienes quieran movilizarse contra los responsables de las políticas de ajuste, hambre, miseria y guerras en el mundo.

La ministra amenaza

Cuando faltan pocos días para el comienzo de la cumbre del G20, la ministra Patricia Bullrich habló sobre los operativos, pero apuntó contra quienes se manifiestan: "Tenemos que poner límites, sin que el límite sea algo que perjudique al Gobierno", subrayó.
Asimismo ratificó que "será una condición inaceptable estar con la cara tapada y con palos, la libertad de expresión implica condiciones de legalidad". Se entiende que Bullrich no quiera caras tapadas porque Cambiemos ha adoptado un modus operandi en las distintas movilizaciones que se realizan en la Ciudad: infiltrar agentes de civil a cara descubierta, montar provocaciones y reprimir a los manifestantes. Este jueves, cuando se trataba la ley UniCABA, una oficial de la Policía de la Ciudad aparece en varias fotos donde primero se la ve “como manifestante” y luego con su uniforme reprimiendo.
La ministra de Seguridad evaluó, de cara a las marchas que habrá contra la cumbre: "Ahora están diciendo que el G20 va a ser un desastre. Nosotros somos la paz y la no violencia y tenemos que poner límites, sin que el límite sea algo que perjudique al Gobierno. Nos quieren hacer pasar de la raya y nosotros no vamos a caer en esa provocación".
“Somos la paz y la no violencia”, dice la ministra que está organizando junto al gobierno de Cambiemos la llegada de líderes criminales como el príncipe heredero saudí, Mohamed bin Salmán, quien ordenó el asesinato del periodista saudí Jamal Khashoggi, quien era un opositor a la monarquía y que escribía en el Washington Post.
La paz y la no violencia del Gobierno se expresa también en la invitación a Jair Bolsonaro, el reciente presidente electo de Brasil, conocido xenófobo, misógino y promotor de políticas de mano dura. "Tenemos entendido que no va a poder hacerlo. Aunque fue invitado por el presidente Michel Temer y nosotros hicimos saber el agrado con que él estuviera integrando la delegación brasileña", explicó el canciller Jorge Faurie en declaraciones radiales.

Operativo represivo

El Gobierno está organizando un gigantesco operativo de blindaje. La Policía Bonaerense será la responsable de vigilar el traslado del aeropuerto de Ezeiza y de reprimir la entrada a la Ciudad de manifestantes y agrupaciones sociales, mientras que en los alrededores del predio de Costa Salguero se desplegarán tres anillos de seguridad desde las 15:00 del jueves 29, donde sólo se podrá acceder con vehículos oficiales.
En el primer anillo, que rodeará el centro de convenciones, estarán: la Policía de Seguridad Aeroportuaria, Policía Federal y grupos antidisturbios. En el segundo anillo, estará la Prefectura Naval que se ubicara a lo largo de las avenidas Rafael Obligado y Ramón Castillo hasta las inmediaciones de la dársena E y cubrirá toda la zona fluvial y el sector portuario. En el tercero, Gendarmería Nacional, tendrá nueve puestos de control que van en sentido paralelo al río, que llegará hasta la estación Retiro.
Además habrá alrededor de 4.000 custodios internacionales. Los agentes de los Estados Unidos, Rusia y China serán los más numerosos que estarán ubicados en los tres anillos y los lugares de alojamiento de cada líder.
Blindarán un espacio aéreo de 460 kilómetros alrededor de Buenos Aires para que entre el 29 de noviembre y el 2 de diciembre ninguna aeronave que no esté autorizada pueda ingresar en esa zona de protección. De hacerlo, correrá el riesgo de ser derribada, autorizado por el reciente decreto firmado por el Ejecutivo; mientras que veintitrés embarcaciones de la Prefectura y de la Armada controlarán la zona del Río de la Plata cercana a Costa Salguero.
También habrá dos lanchas rápidas clase Shaldag, que se desplegarán en la zona más próxima a la cumbre presidencial, más 200 buzos tácticos del grupo Albatros de la Prefectura, que custodiarán la costa cercana al complejo.
Bullrich definió al dispositivo de Seguridad como "potente, fuerte y adecuado al desafío que tenemos frente al G20". Por lo que ha trascendido a la prensa, eso no cabe la menor duda. Además de los efectivos que estarán en el lugar habrá un comando unificado que funcionará en el Ministerio de Seguridad y comandos tácticos que funcionarán en las distintas sedes de las fuerzas de seguridad federales; un comando de enlace internacional para las delegaciones que funcionará en el Departamento Central de Policía y protocolos de emergencia y evacuación en Costa Salguero y en todos los lugares donde haya reuniones generales, bilaterales o miembros de las delegaciones.
Asimismo están testeando los sistemas de comunicación y, junto al Enacom, se realizó un protocolo especial para bloquear las comunicaciones que no estén autorizadas. También habrá un dispositivo nuclear y radiológico que está a cargo de las cuatro fuerzas federales y el personal de la Autoridad Regulatoria Nuclear y la Conea. Habrá además un sistema de detección de explosivos en todas las áreas de restricción.
El gobierno argentino blindará la Ciudad para mostrar a los mandatarios de los potencias guerreristas, que tienen el poder suficiente para controlar la protesta social. No es una cuestión de imagen, el macrismo, luego que firmó el endeudamiento del país ante el FMI, necesita mostrar la capacidad represiva para enfrentar las movilizaciones sociales contra el saqueo.
Organizaciones sociales y la izquierda saldrán a las calles este viernes para repudiar esta cumbre que reunirá a los saqueadores, colonialistas, xenófobos, golpistas, misóginos, ajustadores, guerrerista y opresores del mundo.

Rosa D'Alesio
@rosaquiara

García Linera y el “pensamiento acrítico” latinoamericano



Entre el 19 y el 23 de noviembre tuvo lugar en Buenos Aires el encuentro de CLACSO (Consejo Latinoamericano de Ciencias Sociales) convocado como “Foro Mundial del Pensamiento Crítico”. Un pomposo nombre que dejó mucho que desear. No fue ni pretendió mostrar una alternativa anticapitalista y antiimperialista a la reunión del G20 con los jerarcas de las principales potencias del mundo, apenas, como dijo Cristina, “dialogar” desde el limitado “posneoliberalismo”, cuyo ejemplo ha sido el “ciclo progresista” latinoamericano de la década pasada. Tampoco, desde luego, reemplazó la necesidad de una verdadera movilización masiva para repudiar el evento de los mayores saqueadores, hambreadores, guerreristas y oscurantistas del mundo.
Las principales oradoras fueron las ex-presidentas Dilma Rousseff y Cristina Fernández de Kirchner. Por su parte, en una resonada intervención, el vicepresidente de Bolivia, Álvaro García Linera, expuso junto a Juan Carlos Monedero, de PODEMOS (Estado Español). La intervención de García Linera, apoyándose en que el “proceso de cambio” que encabeza junto a Evo Morales es visto todavía como un “modelo exitoso” tras la debacle de otros proyectos posneoliberales, propuso un balance sintético de lo que a su juicio son las fortalezas, debilidades y tareas del “progresismo” y la izquierda reformista en la etapa actual, apuntando a recomponer fuerzas, después del severo desgaste y derrotas políticas sufridas en los últimos años. Según Linera, la perspectiva del progresismo es “prepararse para volver a tomar el poder en el continente en los próximos años, reconociendo errores y virtudes”.

Álvaro en el país de las maravillas

Linera planteó que estamos ante "un neoliberalismo fallido de corto aliento y un mundo incierto”. Podemos coincidir en que el retorno de fuerzas abiertamente conservadoras al gobierno en Brasil, Argentina, Chile y otros países de la región no significan que estemos ante una consolidación a largo plazo, ni un nuevo ciclo de hegemonía neoliberal de largo aliento. Más bien, lo que estamos presenciando es que, en el marco de los avances políticos de la derecha, cuya más significativa y amenazante expresión es el encumbramiento de Bolsonaro en el Planalto, lo que hay es un cuadro de impasse a nivel regional, donde ni las perspectivas económicas son favorables a los planes capitalistas, ni la relación de fuerzas se ha dirimido de manera categórica. Una situación, además, donde se manifiestan tendencias a la “crisis orgánica” afectando a los gobiernos de derecha, como en Perú (donde cayó Kukzynski), en Brasil (donde partidos tradicionales como el PSDB o el MDB están fuertemente carcomidos), etc.
Lo que no existió en el análisis de Linera es que para ir hasta el final en su plan de ataques y entrega, la gran burguesía y el imperialismo necesitan transformar sus triunfos electorales en derrotas decisivas de la clase trabajadora y el pueblo pobre, lo cual plantea la perspectiva de grandes pruebas de fuerza entre las clases. La cuestión crucial es, entonces, cómo enfrentar éstas batallas, alentar y organizar la resistencia en los lugares de trabajo, de estudio, y en las calles, para desarrollar la movilización obrera y popular hasta derrotar a la derecha y sus planes, una movilización cuyo método no puede ser otro que el de la huelga general y la movilización revolucionaria de las masas, superando los límites de aquellos levantamientos populares que entre 2001 y 2005 dieron por tierra con los gobiernos neoliberales en Bolivia (Sánchez de Losada), Argentina (De la Rúa), derrotaron el golpe contra Chávez de 2002, etc., y cuyo programa ha de ser que los capitalistas paguen la crisis y no el pueblo trabajador.
En cambio, García Linera propone una estrategia electoral para el “operativo retorno”, postulando preparar el recambio progresista ante el eventual desgaste de los gobiernos conservadores, estrategia, que no busca derrotar las ofensivas privatistas, fondomentaristas y hambreadoras, sino que bajo la metáfora de “reconocer errores”, se muestra abierta a una mayor “moderación” (en similar sentido, Cristina se presentó como “herbívora”) y a ampliar los pactos y acuerdos con sectores patronales (como los que el MAS mantiene con empresarios y agroindustriales en Bolivia). Por eso quienes esperaban alguna mención a medidas para algún “giro a izquierda” tuvieron que quedarse con las ganas. De hecho, la línea de García Linera y Evo es de mayores concesiones a las trasnacionales y el empresariado, ante eventuales turbulencias económicas. Si bien no proponen de cara a las próximas elecciones en Bolivia acuerdos con sectores de la oposición derechista, confiando en retener el gobierno pese al desgaste de expectativas populares, todo aquel planteo es perfectamente compatible con la línea de “grandes acuerdos” con políticos patronales y de derecha, como en Brasil el entendimiento por parte del PT con todo tipo de golpistas neoliberales devenidos “democráticos” por el solo hecho de no ser directamente “bolsonaristas” o en Argentina, la búsqueda de un frente panperonista “antimacri”, con los gobernadores, Massa y los jerarcas de la CGT, o en la variante más directamente kirchnerista, presentado como un “frente social y político” para imponer un programa que no difiere en lo esencial.

Mejor no hablar de ciertas cosas

El cuadro de balance progresista que dibujó el vicepresidente de Evo Morales fue tranquilizador y autojustificatorio, una verdadera “catarsis” que no reconoce las razones de las bancarrotas “progresistas” y nacionalistas en la falta de transformaciones estructurales que afectaran la propiedad y el poder del capital y los terratenientes, sin lo cual es imposible garantizar el “vivir bien” para los trabajadores, los campesinos, los pueblos originarios.
Se trataba, en suma, de dar “esperanza” como dijo Monedero, y recrear ilusiones en el progresismo como alternativa de lo “posible” contra la derecha. Todo pareció discurrir como si los gobiernos posneoliberales no hubiesen tenido nada que ver con el avance de la derecha, como si no hubiesen acabado para la mayoría de los países de la región las condiciones económicas excepcionales fundaron aquel ciclo posneoliberal, como si sobre el mundo no se cerniese ni la sobra de la crisis, ni el creciente nacionalismo de las grandes potencias, ni la perspectiva de mayores convulsiones.
Tan es así, que Linera, asumiendo la tarea de “rearmar” un progresismo en crisis por la sucesión de derrotas, dividido en el apoyo o rechazo a sus representantes como el FSLN en Nicaragua o el chavismo en Venezuela, comprometido a una mayor “moderación” para hacerse potable para el gran capital, ni siquiera marcó la profundidad de la actual crisis política e ideológica de los nacionalistas y centroizquierdistas latinoamericanos, reflejada en los reiterados pedidos de “nuevas ideas” que suelen emitir sus referentes.
Lo cierto es que la amenaza a los pueblos latinoamericanos de ataques mayores que es necesario enfrentar y derrotar, no se traduce sólo en procesos como el de Brasil, donde el golpismo “institucional” llevó al gobierno de Temer y, cárcel y proscripción de Lula mediante, habilitó la elección del ultrarreaccionario Bolsonaro, o como Argentina, donde Macri avanza en un nuevo gran saqueo nacional supervisado por el FMI (y con el apoyo del PJ, los gobernadores y la burocracia sindical); también incluye los “ajustes progresistas”.
Pero por supuesto García Linera niega que el giro a derecha también lo expresen sus socios políticos. Por ejemplo: la brutal represión al servicio del ajuste propugnado por el FMI del gobierno sandinista en Nicaragua que causó más de 300 muertos; o la política económica antiobrera y antipopular de Nicolás Maduro en Venezuela para pagar la deuda externa manteniendo en la impunidad la colosal fuga de capitales, son las expresiones más agudas de un rumbo general donde los gobiernos autopropuestos como populares respondieron a las dificultades económicas de los últimos años amoldándose más a las exigencias del capital y de los acreedores externos, endureciéndose ante las demandas obreras y populares e incrementando sus gestos autoritarios y represivos. Así, Dilma Roussef practicó una política de ajuste que le preparó el terreno al avance de la derecha; el kirchnerismo pensó en un Scioli para que hiciera las tareas sucias del ajuste, un poco a la manera de Lenin Moreno, designado por Rafael Correa como sucesor pero que apenas electo, le dio un portazo en la cara, pactando con la derecha empresarial en Ecuador; el Frente Amplio uruguayo se subordina al operativo de “seguridad” imperialista para el G20, etc.
Por otra parte, un éxito, como el de López Obrador en México se da desde el comienzo mucho más condicionado y subordinado dentro del TLC a los acuerdos con Estados Unidos, a las exigencias del gran empresariado mexicano, al plan del Ejército en la criminal “guerra contra el narcotráfico” que causó decenas de miles de muertos en el país, en medio de una escandalosa impunidad para las fuerzas estatales comprometidas en ella. Y en Colombia, la nueva esperanza progresista encarnada por Gustavo Petro ya se muestra “moderada” desde la oposición parlamentaria al gobierno derechista de Duque, en lugar de ponerse al servicio de la movilización de los trabajadores, los universitarios, y los campesinos, para derrotar sus planes de ajuste.

Un relato apologético que no cierra

García Linera prefirió no tocar ninguno de estos temas escabrosos, que no pueden ocultarse en un balance de las gestiones “posneoliberales”, para reiterar los consabidos puntos a favor de esa etapa de concesiones y reformas parciales, un momento por cierto ya distante y que el propio García Linera había cerrado hace algunos años como la “etapa heroica” que ahora debía ceder el paso a la buena gestión y moderación. Así reivindicó, entre algunas otras cuestiones:
Haber reducido la pobreza. Hubo una relativa mejora, respecto a los años ‘90, gracias a la buena coyuntura de altos precios de las materias primas, que permitió financiar políticas sociales para paliar las situaciones más escandalosas pero no alteraron en lo esencial la situación estructural de pobreza y miseria que aqueja a cientos de millones de latinoamericanos. Tampoco, como muestra bien el caso de Bolivia, hubo reforma agraria para satisfacer la necesidad de tierra de los campesinos y pueblos originarios, que no la tienen o poseen tierras agotadas, ni se terminó con la precarización laboral y los bajos salarios que sufre la gran mayoría de la clase trabajadora urbana. No hubo en verdad “redistribución de la riqueza”, más bien, el empresariado, los terratenientes, los bancos, continuaron acumulando poder, beneficiados por muchas de las políticas “progresistas”, que fueron base para que empujaran con todas sus fuerzas el retorno de la derecha al gobierno.
Haber democratizado, incluyendo iniciativas de democracia participativa. Pero aún en los casos más a izquierda, donde se adoptaron nuevas constituciones, dando lugar a la República Bolivariana de Venezuela o al Estado Plurinacional de Bolivia, se mantuvo lo esencial de las repúblicas burguesas: la defensa de la propiedad privada capitalista y la separación del pueblo respecto a las decisiones políticas y su ejecución, mediante las normas de la democracia representativa de tradición liberal, adobadas, eso sí, con los mecanismos que le permiten al poder ejecutivo asumir un rol de arbitraje presidencialista (encarnado en las figuras de Chávez o de Evo) y justificar el rumbo bonapartista actual. La supuesta “democracia participativa” basada en los plebiscitos quedó deslucida por completo al perder el último referéndum, revisado con ayuda del Tribunal constitucional, para forzar la nueva reelección. Estos elementos, acompañados por la represión hacia demandas y luchas que les resultaran incómodas, facilitó enormemente la demagogia democratista con que se envuelven las fuerzas de derecha en estos países.
“Integración continental”. Pero ni el ALBA ni la UNASUR o la CELAC llegaron muy lejos, basadas en el compromiso con gobiernos reaccionarios, sin romper siquiera con la OEA, ni enfrentaron consecuentemente los golpes en Honduras y Brasil, no fueron más allá de algunos acuerdos comerciales, ni impidieron la presencia militar yanqui en Colombia y otros países, fueron un “cuchillo sin hoja ni filo” a la hora de enfrentar al imperialismo con quien aspiraban a negociar, no a enfrentarlo.
Apoyar las demandas de la mujer. Esta fue una de las menciones más sorprendentes, ya que el gobierno que García Linera integra se ha distinguido por el conservadurismo ante la cuestión de género, incluyendo los frecuentes chistes machistas y homofóbicos de Evo y de otros miembros el MAS. García Linera dijo que las mujeres “no necesitan guía”, para desentenderse de las responsabilidades como gobierno y como Estado, en un país de crudo machismo, e hizo tal afirmación en el mismo encuentro donde Cristina llamó a diluir la diferencia entre los pañuelos celestes clericales y la “marea verde” que exige con más fuerza que nunca el derecho al aborto, un clamor no escuchado por el kirchnerismo en sus 12 años de gobierno.
García Linera señaló, a su vez, tres “debilidades” de los gobiernos progresistas a superar:
Asegurar un crecimiento económico sostenido y la satisfacción de necesidades económicas crecientes de la población. Pero esto es pura retórica, imposible sin afectar la propiedad y la ganancia de los ricos, grandes empresarios y terratenientes, pagando las usurarias deudas externas, con el Estado como un simple “regulador” que respeta los “derechos del capital”, y se amolda más todavía a ellos ante las crisis. No hay cómo enfrentar la crisis y las políticas de ajuste, sin un programa para que la crisis la paguen los capitalistas, que incluya, entre otras medidas, el no pago de la deuda externa y la ruptura con el FMI.
Transformar el “sentido común” conservador, que se habría “resquebrajado” a comienzos de siglo, permitiendo el acceso al gobierno de fuerzas progresistas, pero hoy volvería a consolidarse, llevando a la paradoja, según Linera, de que muchos que salieron de la pobreza gracias a estos gobiernos, hoy voten contra ellos. Posiblemente, la más cínica afirmación progresista sea que la culpa es del pueblo, que no supo comprender sus buenas intenciones. Pero fueron los gobiernos progresistas los que desmovilizaron a los trabajadores y a los “movimientos sociales”, burocratizando a sus direcciones o pactando con las burocracias sindicales ya existentes. En más de una década, por ejemplo en Bolivia, embellecieron al “empresariado productivo”, a los nuevos “emprendedores plebeyos” y la “asociación” con el capital extranjero. ¿No fue el propio García Linera el que habló de un “capitalismo andino-amazónico”? O sea impulsar la iniciativa individual de los “emprendedores plebeyos”, mientras su práctica gubernamental desacreditaba las ideas de socialismo, de comunidad, de antiimperialismo, de “descolonización”, reducidas a procedimientos discursivos sin contenido real. Hace mucho que los gobiernos “populares” dejaron atrás la tibia etapa de las concesiones, y comenzaron a erosionar las condiciones de vida, de salud, educación, transporte, vivienda, de amplios sectores populares. No respondieron a las expectativas de las luchas populares que derribaron a los gobiernos neoliberales como Sánchez de Losada o De la Rúa, y no encararon transformaciones estructurales. La gestión progresista preparó el terreno para que la derecha recuperara base social no sólo entre sectores medios privilegiados −”consumistas”−, sino incluso arrastrando sectores populares descontentos.
Pensar un crecimiento económico que no sea a la vez un “decrecimiento ecológico”, cuestión que Linera, deja planteada a futuro, para que una “segunda oleada” progresista proponga un “socialismo ecológico”. Y hace bien en dejarlo a futuro, puesto que no piensa cambiar en nada la política mantenida por su gobierno, pese a las repetidas protestas campesinas e indígenas ante el más crudo extractivismo minero, petrolero y forestal, manifestado en la entrega a las trasnacionales de los recursos minerales (incluido el litio), la expansión de las petroleras (Petrobras, REPSOL, etc.) y los avances sobre reservas naturales defendidas por las comunidades originarias que las habitan, como el caso del TIPNIS. Todo esto, mal disimulado por las frases sobre la “defensa de la pachamama” a que es afecto Evo. Bolivia no es una excepción, desde Nicaragua a Venezuela, desde Ecuador a Argentina o Brasil, en la década progresista la expansión de las transnacionales mineras, petroleras y otras y del agrobusiness sojero, ganadero, etc., depredando el ambiente y los recursos naturales, a costa de la economía campesina y la salud popular ha avanzado no menos que bajo los gobiernos neoliberales como en Perú, Paraguay y otros, pese a innumerables luchas de resistencia, frecuentemente objeto de la represión “progresista”.

El desgastado cuento de humanizar el capitalismo

Es interesante anotar que en García Linera se trate de una cuestión de “relatos”, no de fuerzas sociales materiales, incluso, habla de la capacidad o no del neoliberalismo de “ilusionar”, etc., como si se tratara sólo de operaciones discursivas. Así, piensa en reconstruir hegemonía imaginando nuevos discursos, pero no fuerzas de clase ni programas de acción para las mismas, como si la competencia con el neoliberalismo fuera de capacidad de convencimiento y no de lucha material, de clases y en la calle. Esta mirada de “batalla cultural” es funcional a un programa que parte del respeto sagrado a los intereses del capital en una situación cada vez más crítica.
El rumbo para volver al gobierno se basaría en consolidarse como la alternativa electoral al previsible desprestigio de las fuerzas de derecha, una vez apliquen planes de ajuste y represión más duros. En Argentina, significa “esperar a 2019” y ni siquiera plantear la ruptura del pacto con el FMI de Macri y los gobernadores. En Brasil, refugiarse en la oposición parlamentaria hasta futuras elecciones. En Bolivia, se trata de poner el aparato del Estado al servicio de la re-reelección, preparándose para una gestión aún más “eficiente”.
Pero García Linera no llama −ni podría hacerlo− a preparar la movilización obrera y popular para derrotar a los Macri, a los Bolsonaro, etc., y para expulsar al imperialismo que los apaña. Eso sería ir en contra de la “gobernabilidad”, “desestabilizar” y por supuesto, alterar la marcha de su propio gobierno. Cuando habla de combinar la “mayoría gubernamental” con la “mayoría en las calles”, no se trata de otra cosa que de mantener el control del movimiento obrero y popular al servicio del “operativo retorno”, siendo todo lo moderado y “responsable” que se necesite para ser más “potables” para la burguesía y el imperialismo y, en suma, reeditando el papel pasivizador, de desmovilización y contención ya cumplido ante los levantamientos populares de 2001-2005.
Contra lo que pregona García Linera, el único rumbo realista, si se quiere enfrentar seriamente el “retorno conservador” es impulsar la movilización obrera y popular para derrotar a los gobiernos de la derecha y sus planes apañados por el imperialismo. Y esto requiere una perspectiva anticapitalista y antiimperialista consecuente, ajena por completo a los proyectos nacionalistas y de centroizquierda que demostraron ya, en largos años de gobierno, su impotencia y estrechez, tienen poco o nada nuevo que ofrecer a los trabajadores, las mujeres, la juventud, que realmente quiere derrotar a la derecha y transformar el actual estado de cosas. Hace falta un programa para que la crisis, la paguen los capitalistas y una estrategia de movilización para vencer, con independencia de clase frente a las fuerzas políticas propatronales. Para luchar por esta perspectiva, hace falta construir una gran izquierda de los trabajadores y socialista. Al poder capitalista no se le puede “humanizar” ni moderar desde la gestión de un Estado que responde en cuerpo y alma al capital. La única perspectiva de transformación real es un poder obrero y popular. Ese es el horizonte que defendemos los socialistas revolucionarios.

Eduardo Molina

Ajuste, deuda y reforma tributaria en Argentina

Los programas de ajuste recaen sobre los pueblos nunca sobre las corporaciones. En Argentina, el gobierno de Mauricio Macri implementó un plan de ajuste del gasto público que afectará a los sectores más vulnerables de la población. “Hay que gastar menos”, “es necesario ordenar las cuentas públicas”, “debemos terminar con el despilfarro de recursos estatales”, son algunas de las consignas utilizadas durante las intervenciones de los funcionarios públicos para referirse al achicamiento del Estado. Entre las medidas que forman parte del programa de austeridad adoptado por las autoridades para garantizar el repago de la deuda externa, se destacan cinco elementos: la quita de subsidios en energía y transporte, la reducción de la estructura de empleo público, ajuste en la inversión pública en obras de infraestructura y ajuste en las prestaciones de la seguridad social.
Se inició un proceso de racionalización del empleo público, eufemismo difícil de tolerar cuando la palabra es despidos y cuando no, precarización. Reducción de la obra pública, desinversión en infraestructura en sectores clave de la economía. Rebaja del gasto en asistencia social, rebaja de jubilaciones y pensiones, etc.
Las ofrendas realizadas para intentar despejar las dudas sobre la capacidad de pago de los servicios de la deuda no solo no permitieron recuperar la confianza de los mercados sino que fueron acompañadas por una pérdida en la capacidad de compra de los trabajadores argentinos. En otras palabras, el paquete de medidas comprometido por las autoridades representa una transferencia de ingresos hacia los sectores privilegiados. Para las corporaciones el programa de austeridad no necesariamente representa una mala noticia.
El concentrado rubro de los agronegocios fue el más favorecido por la devaluación y la quita de los derechos de exportación, que alcanzó a los productos como trigo y maíz, mientras que la soja fue beneficiada por una importante reducción en las alícuotas. Distintas estimaciones arrojan que la pérdida de recursos por la quita de retenciones ascendería a 213 mil millones de pesos entre 2016 a 2019, alrededor de 10 mil millones de dólares. A esas cifras debe sumarse las quitas de retenciones a las exportaciones de productos industriales y mineros.
El compromiso del gobierno de Macri con el FMI es finalizar 2018 con un déficit fiscal de 2,7% y atravesar 2019 con un “déficit cero”. La profundización del ajuste asumida ante el fracaso de sus políticas para controlar la crisis financiera que atraviesa el país implican modificar la forma de financiarse, ya que al reducir la carga tributaria se opta, inexorablemente, por el camino del endeudamiento serial que será pagado con creces por las actuales y futuras generaciones de argentinos y argentinas.
Claro que, de acuerdo a palabras del propio Presidente Macri, "veníamos bien, pero de golpe pasaron cosas”. Al decodificar este mensaje, puede advertirse que esto significa que Argentina buscó generar, con las reformas planteadas, un clima amistoso para el empresariado global, quien como contraparte debía dar rienda suelta a la amplia y demorada lluvia de inversiones; pero inesperadamente el mundo cambió y a los ojos de la gestión macrista fue la volatilidad del mundo la responsable de la crisis que llevó a dar marcha atrás con algunos puntos clave de la reforma votada no mucho tiempo atrás y que favorecía a sectores concentrados de la economía.

La mano del FMI

La irrupción de una crisis autoinfligida llevó al gobierno de la alianza Cambiemos a poner su reforma tributaria en el congelador, en suspenso. Así, la mentada rebaja o quita de retenciones a las exportaciones fue demorada básicamente por un problema de liquidez. La rebaja gradual del impuesto a las ganancias, que iba a reducirse de 35% a 25% hacia el 2020, se pospuso. El gravamen del 21% a los servicios digitales (impuesto Netflix) también fue suspendido. En una economía en recesión, no se recauda lo suficiente para afrontar los gastos corrientes del Estado y si, además, se llevan adelante medidas para reducir aún más la base recaudatoria, el cóctel es altamente perjudicial. La cobertura de ese déficit es corregida por el endeudamiento creciente, que ya alcanza casi el 70% del PIB, el porcentaje más alto en 12 años. Toda una bomba de tiempo.
Claro que no fue solo una decisión del gabinete nacional el demorar algunas partes de la reforma. Se ve claramente la mano del Fondo Monetario Internacional que manifiesta en el informe elaborado para que sus directivos evalúen la aprobación del préstamo solicitado por Argentina que “habría que retrasar la implementación de partes de la reforma tributaria, como un medio para preservar los ingresos”. Otro pasaje de aquel informe, no menos espeluznante que el anterior, sugieren “vender tierras y amortizar los activos de los fondos de pensiones (en poder del gobierno) para financiar parcialmente el pago del gobierno de los reclamos de pensiones pasadas”.
Una vez más, queda de manifiesto desde dónde y para quién se gobierna en esta Argentina anfitriona del G-20 y de la OMC. El esfuerzo deberán hacerlo los trabajadores, el pueblo y no las élites, no las grandes riquezas. En última instancia, luego de tecnicismos que intentan matar a la política, está detrás la puja de poder, la lucha por el reparto de la riqueza. Según un informe del Centro de Investigaciones y formación de la Central de Trabajadores Argentinos, “los trabajadores perdieron más de 3 puntos del Producto Bruto Interno (PBI). Esto implicó una transferencia de ingresos de 16.000 millones de dólares, que provocó una caída en la participación de los asalariados del 37,4 al 34,3 %”.

Impacto en el empleo y programas sociales

Pero lo más preocupante que se observa en las sugerencias del Fondo tiene que ver con la reducción de la masa salarial, mediante la reducción del empleo público con el congelamiento de salarios para 2019 y 2020 incluso en universidades. Una medida que continuaría, por añadidura, el desmonte de programas sociales y de formación que han tenido lugar en la gestión de Cristina Fernández (2007-2015).
La reacción de los grandes grupos económicos a raíz de esta suspensión en las rebajas de retenciones a la exportación no se hizo esperar. El grupo de empresas y holdings cerealeros, reconocidos por la denominación sencilla e inofensiva de “el campo”, desató su aparato de lobby político y mediático para posicionar su mirada e intentar, como siempre, convertir su reclamo sectorial en un problema nacional. El mandamás de la Sociedad Rural (asociación civil patronal fundada en 1866, que agrupa principalmente a grandes propietarios de tierras en la región pampeana, dedicados a la agricultura y la ganadería en Argentina), Daniel Pelegrina, recordó sin ruborizarse que “el cambio de reglas de juego en este momento sería malo". Por su parte y sobre el impuesto a los bienes personales para los inmuebles rurales (anteriormente exentos) que irían del 0,25% al 0,75% según valuación fiscal, declaró victimizando al sector: “Parece que hay un ensañamiento con el campo”.
Pero la escalada verbal de los dueños de los dólares en Argentina no quedó ahí. Se extrañan, sintiéndose parte de la coalición gobernante, que “no se escucha nada de la baja del gasto público innecesario”. Seguramente los dueños de la Pampa húmeda se refieren sin dudas a los gastos en programas sociales que apuntaron a disminuir la desigualdad y a potenciar la inclusión de sectores vulnerables y vulnerados luego de estas políticas pro mercado. Entre ellos se cuentan: el Plan Progresar, destinado a incentivar el estudio de los jóvenes de entre 18 y 24 años, 5,3 millones de notebooks del plan Conectar Igualdad para acortar la brecha digital en los jóvenes, el Plan Remediar, que dependía del Ministerio de Salud y estaba en vigencia desde 2001 entregando botiquines que contenían 74 medicamentos esenciales en su vademécum y le garantizaban el acceso a 16 millones de argentinos en cualquier punto del país, el Plan “Argentina Sonríe”, que dio atención odontológica gratuita a casi 32 mil personas, etc.[1]
Es evidente, por parte del gobierno, la necesidad de hacer más “atractiva” a Argentina frente a los ojos del capital transnacional, hacerla más “competitiva”. El aumento en las tarifas de servicios públicos que impactan de manera desmedida en las economías domésticas, el incremento del costo de vida, la rebaja de impuestos a sectores concentrados que ya hicieron su planificación fiscal y ya “ganan” en términos de pagar lo mínimo e indispensable al fisco, la apertura indiscriminada de las importaciones vía rebaja de aranceles que golpean fuertemente a la pequeña y mediana industria local, y el endeudamiento sin freno para cubrir la crisis financiera, son los condimentos suficientes que hacen de este presente un momento muy complejo para los millones de argentinos y argentinas que viven de su salario. Una vez más, ganan los poderosos, ganan los dueños del dinero que ya no compran voluntades políticas sino que han logrado cooptar el poder para intentar institucionalizar el saqueo de nuestros países.

Adrián Falco
Alainet

Nota:

[1] https://portaldenoticias.com.ar/2017/06/18/ajuste-asistencia-social/

Adrián Falco es secretario de la Red de Justicia Fiscal de América Latina y El Caribe. www.justiciafiscal.org

La universidad de los hombres

En 1918, Elisa Bachofen se egresaba en la Facultad de Ingeniería de la UBA, constituyéndose en la primera mujer ingeniera de Argentina y Latinoamérica.
Si bien las mujeres tenemos ya un siglo de historia en esta carrera, la ingeniería continúa siendo una disciplina de hombres.
El lugar por antonomasia para verificar esta afirmación es nuestra propia Facultad de Ingeniería de la UBA, donde su conducción y gobierno ininterrumpidamente lo han ejercido los hombres.
Esta concentración de poder patriarcal se manifiesta en forma indiscutible en los siguientes datos oficiales:
1. El órgano de poder de la Facultad es el Consejo Directivo, actualmente está constituido por dieciséis (16) representantes, de los cuales, catorce (14) son hombres.
De los dieciséis Consejeros Directivos, a cuatro (4) de ellos los eligen miles de estudiantes, otros cuatro (4) son elegidos por miles de graduados/as; y a los ocho (8) restantes los eligen exclusivamente unos 300 profesores, en su inmensa mayoría hombres.
Un claustro no eligió a ninguna mujer. ¿Cómo ocurrió esto?
La lista ganadora en la última elección del claustro de graduados, que integra la actual gestión de gobierno de la FIUBA, sólo esta integrada por hombres.
2. Las mujeres ocupamos solo el 15% de los cargos de Profesoras Titulares.
3. Las mujeres ocupamos solamente el 25% de los cargos de Directoras de Departamento.
4. Nunca una mujer fue Decana en la FIUBA. Por supuesto, es el Consejo Directivo es el que tiene la facultad de elegir al Decano, hasta el día de hoy, siempre varón.
5. Recientemente, el Consejo Directivo aprobó una resolución donde designaba consejeros graduados departamentales. De la designación de 76 cargos decidió que 70 fueran ocupados por hombres. (Resolución N° 1130_2/10/18).
6. La mayoría de los paneles de expertos en ingeniería son integrados casi exclusivamente por hombres. Uno de los eventos más recientes, coorganizado por la FIUBA y organismos de gestión nacional sobre Aprovechamientos Multipropósitos, convocó a 17 expertos, de los cuales 16 eran hombres.
El evento realizado durante el corriente año sobre inundaciones en barrios vulnerados, sólo incluía panelistas hombres. Y esto no sucede porque no haya ingenieras con el mismo nivel de experiencia o conocimiento.
Paradójicamente, la Universidad Pública la construimos y defendemos todos los días cientos de miles de mujeres, trabajadoras docentes, no docentes, investigadoras, estudiantes, graduadas y el conjunto de la comunidad.
Aquí no sólo se cuestiona la distribución de puestos de gobierno y administración entre hombres y mujeres, sino también la forma del ejercicio de los cargos de poder por parte de los hombres y los procesos de toma de decisión que involucran a toda la comunidad educativa de nuestra Facultad.
La Universidad de los Hombres, nos impone una lógica patriarcal en el ejercicio del poder: estructuras rígidas, verticales, disciplinantes, expulsivas, donde la producción del conocimiento científico es exclusivo y validado entre hombres.
Esta lógica produce puntos de vista y modelos abstractos intentando que funcionen independientemente de los contextos políticos, sociales y culturales y hasta de los propios sujetos involucrados.
No de casualidad continuamos diseñando mega obras de infraestructura como hace casi un siglo, alejadas de toda escala humana, muchas veces obsoletas, que atiende más a los intereses concentrados del poder que a las necesidades urgentes de nuestras comunidades.
No de casualidad continuamos dictando clases magistrales, repetitivas y expositivas, sin siquiera poder problematizar nuestras prácticas pedagógicas y cómo afectan estas a nuestras sociedades.
No de casualidad la ingeniería ha abandonado su rol social y se ha mostrado indiferente muchas veces a la injusticia expresada en los diez millones de pobres, en los millones de trabajadores sin plenos derechos, en los millones de compatriotas sin vivienda digna y sin acceso a la infraestructura básica.
En definitiva, el modelo hegemónico de la educación superior tradicional se autoreproduce y protege bajo una tutela de complicidad que no permite que las mujeres podamos problematizarlo o intentar deconstruirlo buscando alternativas de gobernabilidad, educativas y pedagógicas, en definitiva un pensar diferente para la ingeniería de los tiempos que corren.
A nivel nacional se ha votado la paridad de género para la elección de los integrantes del Congreso. A nivel local, en la Ciudad de Buenos Aires, también se votó la paridad de género para la elección de los integrantes de la Legislatura. Los máximos órganos de la democracia entendieron que no puedo existir democracia si un sector de la ciudadanía que es el mayoritario no está proporcionalmente representado. En cambio, la FIUBA aún no se percatado de los vientos de esta ola democratizadora.
Cien años después de la reforma universitaria, tenemos pendiente un debate profundo y franco respecto a qué modelo de universidad pública construimos, tenemos pendiente democratizar los ámbitos universitarios y deconstruir el modelo patriarcal científico -universitario.
La universidad pública que nos debemos es aquella capaz de discutir un modelo de desarrollo alternativo, para construir un mundo donde nadie sobre, ni su dignidad política sea silenciada.

Maria Eva Koutsovitis

Maria Eva Koutsovitis es ingeniera hidráulica graduada en la Facultad de Ingeniería de la UBA. Coordinadora de la Cátedra de Ingeniería Comunitaria.

sábado, 24 de noviembre de 2018

En vísperas del G20, conflictos y caídas bursátiles



Las vísperas de la reunión del G20, que se desarrollará en Buenos Aires los próximos 30 de noviembre y 1 de diciembre, distan de ser serenas.

Los diarios informan que la caída en las bolsas norteamericanas de los últimos días y semanas –encabezada por las tecnológicas- ha llevado a los índices bursátiles a perder todo lo que habían ganado en el transcurso del año (La Nación, 22/11). La debacle, en el caso de las tecnológicas, empezó por Facebook y se extendió al resto de las Faang (Apple, Amazon, Netflix y Google), con caídas que oscilan entre el 20 y el 40% en las acciones (ídem). Del otro lado del mundo, dice El Cronista, “las acciones chinas se derrumbaron 27% desde su pico de este año en enero” (23/11).
Al margen de los motivos específicos que inciden en estas caídas, se verifica una preocupación generalizada por el escenario de guerra comercial que se ha abierto en el mundo. Esto último ha llevado a la Ocde a alertar sobre una mayor desaceleración económica de la que esperaba para el próximo período y a recortar a la baja sus cálculos con respecto al crecimiento de la economía europea y china. Una referente de ese organismo advirtió también sobre los efectos de la suba de las tasas de interés de la Reserva Federal norteamericana, que lleva a un reflujo de capitales desde los países periféricos con las consecuentes tempestades cambiarias. No son pocos los ejecutivos que vaticinan un período de “volatilidad” en los mercados.
En el cuadro de la guerra comercial entre Estados Unidos y China, Trump ha amenazado a Beijing con un endurecimiento de los aranceles si no llegan a un acuerdo en la reunión de Buenos Aires. En la lista de Estados Unidos figura no sólo la cuestión del déficit comercial con el gigante asiático sino también un mayor acceso a sus mercados y el fin de la Agenda 2025, un ambicioso plan de desarrollo industrial y tecnológico. Marcelo Cantelmi enfatiza en un editorial del diario Clarín (16/11) que EEUU lucha también por frenar un acuerdo de libre comercio entre China y los países del grupo Asean (en el que revisten India, Japón, Corea del Sur y Australia). La lista de conflictos se extiende al dominio del Mar de China Meridional y al status de Taiwán.
Las tensiones entre China y Estados Unidos serán el principal foco de atención de la cumbre, no obstante lo cual las rivalidades involucran a todas las potencias. Como parte de los tironeos previos a la cumbre, el Financial Times hizo trascender que el documento final de la reunión podría eludir un cuestionamiento abierto al proteccionismo (La Nación, ídem), lo que no sería tanto un triunfo diplomático de Trump como un síntoma del rumbo que emprenden las potencias. Es un escenario de fracturas internacionales, de guerras (Siria, Yemen, Afganistán) y disputas interimperialistas (que incluyen ahora las rutas de navegación y recursos que va dejando el deshielo del Artico).
El escenario de disgregación que marca la crisis capitalista incluye también las tensiones en el Mercosur, luego de que el futuro ministro de economía de Bolsonaro, Paulo Guedes, afirmara que éste no será una prioridad de su gestión y lo cuestionara como una alianza ideológica.
El G20 tendrá también en su agenda el ataque a las condiciones de vida de las masas como un recurso para enfrentar la crisis. Por eso mismo, la Conferencia Latinoamericana desarrollada recientemente en Buenos Aires llamó a una campaña contra la reforma previsional y la reforma laboral que impulsan los gobiernos capitalistas.
La cumbre de los responsables del crecimiento del hambre, la devastación ambiental y la guerra imperialista no podría sesionar sino en una ciudad sitiada como la que preparan Bullrich y las fuerzas de seguridad de las potencias. Pero no podrán impedir que nos movilicemos el viernes 30.
Fuera el G20.

Gustavo Montenegro

Las elecciones que se vienen y la crisis política que no se va



Quien haya supuesto que las primeras luces de la campaña electoral alumbrarían un período de contención de la crisis política se ha llevado un chasco. El proceso electoral debuta en medio de la mayor crisis industrial en mucho tiempo y de una martingala financiera que está a la espera de un nuevo episodio internacional para hundirse sin remedio. A esto se agregan ahora las notas negativas de las calificadoras de deuda, que suman el pretexto “del riesgo político” al riesgo persistente de default, la forma elegante de decir que Macri lleva las de perder en octubre que viene, o que empieza con una desventaja que insinúa una paliza. La Nación, más que sus competidores, viene cediendo espacios crecientes a los ‘inversionistas’ que han decidido poner a Argentina en ‘stand by’ hasta 2020. La corrida electoral se presenta como una etapa agravante de la crisis política. Esto le ocurrió, a su manera, a todos los procesos electorales desde 1983.

Contragolpe, golpe, pre-golpe

El inicio de esta etapa se ha puesto en evidencia, en algunos golpes, semi-golpes y pre-golpes. La ‘mayoría’ que pareció instalarse con el desplazamiento de Lorenzetti por Rosenkrantz parece desvanecerse – así es como los diarios explican la ausencia de Rosatti de un almuerzo organizado por Macri. Este contragolpe pondría en riesgo el fallo que debe determinar el índice de ajuste de las jubilaciones, e incluso la intención de los operadores de Macri de controlar el fuero federal, que es donde se juzgan los delitos de corrupción, en especial la ‘asociación ilícita’ atribuida a CFK. En este terreno, el juez Sebastián Casanello asestó un golpe a la ‘doctrina Sergio Moro´, el brasileño, para quien alcanza con la ‘convicción’ de que se perpetró un delito, para prescindir de las pruebas materiales. La apelación de la sentencia iniciará una disputa judicial de claro alcance político, en referencia al desafuero o inhabilitación de CFK. A este enredo se suma el golpe del massa-kirchnerismo, en Diputados, que le sustrajo la representación y la mayoría que pretendía el macrismo en el Consejo de la Magistratura. Todo esto es, por supuesto, pura política – dos retrocesos para el macrismo. En la maniobra jugó un papel importante la renuncia del kirchnerismo a la pelea en Córdoba contra Schiaretti. Finalmente, la renuncia de Emilio Monzó, el presidente de Diputados, a Cambiemos, ha puesto en la línea sucesoria presidencial a un peronista re-convertido. Si Macri hubiera intentado sustituirlo por uno de su tropa, la mayoría peronista hubiera elegido uno propio para este puesto de sucesión. Una réplica de octubre de 2001. No es poco.
Lo que se encuentra en juego, además del proceso electoral, son los negocios, por supuesto. Ocurre que el asunto de los ‘cuadernos’ se ha desmadrado – y en más de un sentido. Por una parte, las empresas denunciadas en el Gloria, ven bloqueadas su participación en la obra pública. Las más golpeadas por las denuncias no aceptan ser desplazadas por sus competidores, beneficiados por una amnistía del macrismo y algunos bancos internacionales. El diario La Nación ha reclamado, en un editorial, que la documentación en poder de Bonadío se habilite para causas más o menos conexas, lo que podría acabar con la existencia de varios grupos económicos. Sergio Massa ha salido a defender a los proscriptos. Estamos ante un choque despiadado de intereses económicos. En el entrevero se encuentra Techint, con procesos internacionales abiertos, que puede verse aún más comprometida si se suman las denuncias del Lava Jato a los ‘cuadernos’; la tanda Bolsonaro-Moro no se abstendrá de interferir en el proceso político-judicial. En resumen, el tema ‘corrupción’ está profundizando una brecha política asociada a grupos económicos. Los intereses en disputa explican el acercamiento de Clarín al peronismo multicolor. La crisis política tiene un peso sobre la crisis financiera e industrial que puede superar las dos mil toneladas que se atribuye al sacrificado Ara San Juan.

Fragmentación, polarización

En el terreno propiamente electoral, asistimos a una fragmentación, que no es sólo enorme sino también maquiavélica. Habrá, por ahora, diecisiete convocatorias distritales separadas. La elección presidencial, las Paso incluidas, queda sujeta, de este modo, a un abanico de negociaciones, lo que en principio plantea un debilitamiento del Ejecutivo que resulte electo y una mayor dispersión parlamentaria. De mayor importancia aún, para el desarrollo del proceso político, será la incidencia de cada resultado provincial sobre el siguiente, conectado a su vez con la crisis económica. La provincialización de las elecciones nacionales favorecen, en principio, al status quo, o sea al inmovilismo político, en el marco movedizo de una crisis de conjunto.
De acuerdo a las encuestas, la competencia electoral aparece liderada por CFK. El kirchnerismo levanta, sin embargo, la bandera de la ‘unidad nacional’, lo que deja entrever la posibilidad de sustituir a CFK por otro candidato o concurrir a las Paso. En el discurso del lunes pasado, en Ferro, CFK prefirió no eludir la confrontación planteada por el clero, y apoyar la línea del Vaticano. Ejercitó una demagogia anti-neoliberal con un contenido reaccionario. Quedó al desnudo, de este modo, el papel que está dispuesto a asumir el Papa en las elecciones. El kirchnerismo ha salido en forma abierta a plantear la polarización electoral en nombre de la salvación de la patria. Que Durán Barba bendiga este desafío, como aseguran algunos, es un verso: necesita que no se forme un frente único del peronismo. Lo de Massa y Schiaretti con los K, en el asunto de la Magistratura, no es un pacto de sangre: hay una fuerte presión, en especial internacional, para atomizar la oposición electoral al macrismo.

Qué política

La acentuación de la crisis industrial, no digamos un nuevo estallido financiero, seguramente reconfigurará las opciones en juego. Por otro lado, la tentativa de polarización, que se irá manifestando en el curso de la campaña, choca con una fuerte tendencia a la fragmentación, y se renueva precisamente por esto. La tendencia a la polarización abrió una brecha en el peronismo federal y entre los renovadores; se cobró una víctima en Libres del Sur; y abrió una polémica en el movimiento de mujeres, que va a conocer sucesivos episodios, incluso porque el bloque macrista buscará sacar tajada de los roces que provoca la injerencia clerical. Las perspectivas confinadas a la identidad y al género sucumben ante la presión de la crisis política y la lucha de clases.
La izquierda que pelea por la independencia política de la clase obrera tiene frente a sí el desafío, en primer lugar, de caracterizar en forma adecuada la etapa electoral. Es necesario diseñar un método de lucha para enfrentar el corset de la polarización política. Es una lucha por la defensa del protagonismo político conquistado. La lucha por un ascenso de la izquierda, que es la condición para que se convierta en dirección política, se conecta con una campaña que explote las contradicciones de los partidos patronales con pretensión de polarizar que crecen con la misma crisis, o sea oponer un programa integral a los programas de las fracciones patronales en disputa. Al recambio de personal político que plantea el proceso electoral formal o burgués, es necesario oponer la Asamblea Constituyente Soberana, como planteo de movilización política frente al conjunto de la crisis política y la crisis histórica presente. El planteo de la Constituyente se traduce en el programa que ella debe resolver en función de los intereses históricos de los trabajadores. A la oposición entre candidaturas que plantean los partidos oficiales, la izquierda coloca una salida de contenido estratégico, ligada al gobierno de trabajadores. Este es el punto de partida.
El otro aspecto es la necesidad de explotar en forma consecuente todas las contradicciones de los partidos patronales. No solamente las del kirchnerismo sino decididamente las del oficialismo – que ratificará, una vez y otra, su incapacidad para superar la crisis en curso. En relación al kirchnerismo se plantean dos ángulos: el primero es el carácter reaccionario de la coalición política que propicia, con los colaboradores del macrismo durante tres años, con la burocracia de los sindicatos y con el clero. El segundo es desnudar, a través de las disputas y divisiones que no dejarán de aparecer, la inviabilidad de un liderazgo de la burguesía nacional y de los partidos patronales. El kirchnerismo ya ha salido a ejercer una presión a fondo contra la izquierda, para separarla de la vanguardia obrera y para neutralizar y derrotar su ascendiente político. Sin la menor vergüenza, luego de tres años de colaboración con el macrismo, vuelven a reivindicar la opción de Scioli en 2015, sin advertir que es el mejor ejemplo de la incapacidad del nacionalismo criollo para liderar una lucha nacional de contenido anti-imperialista.

Jorge Altamira

G20, vamos por una movilización continental



La Conferencia Latinoamericana, reunida en Buenos Aires, caracterizó a la reunión del G20 y resolvió un curso de movilización con alcance continental.

A veinte años de su creación, el G20 asiste al dislocamiento de la llamada “globalización”, según la cual la restauración capitalista en la ex URSS y China debía dar lugar a una armonización de la economía y la política mundiales bajo la égida del capital internacional.
La cumbre de jefes de Estado, en cambio, tendrá lugar en el marco de una creciente guerra comercial, de una acentuación del militarismo y de las guerras imperialistas. Caído el telón de la “globalización” y del “fin de la historia”, emerge con toda su fuerza el rasgo dominante de la etapa histórica de la decadencia del capital, como etapa de “guerras y revoluciones”.

Guerra comercial, militarismo, ataque a los explotados

El telón de fondo de estas fracturas es la crisis mundial capitalista. En definitiva, la guerra comercial -y, en última instancia, política y militar- es una disputa respecto de qué bloques tendrán que hacerse cargo de la depuración de los capitales sobrantes, algo que sólo puede procesarse al costo de guerras y convulsiones sociales inmensas.
Los jefes que tendrán su cita en Buenos Aires, son, al mismo tiempo, los ejecutores de brutales bombardeos en Irak, Siria o Libia, destruyendo sus escasas defensas nacionales para avanzar en una mayor colonización política y financiera. La cumbre tendrá lugar en medio de una agudización de los aprestos militares de los diferentes bloques en pugna. Lo demuestran, por caso, las recientes maniobras de envergadura inédita del ejército ruso con apoyo chino; los preparativos de la Otan para “conflictos a gran escala” y los anuncios de Macron -con apoyo de Merkel- para la creación de un ejército europeo al margen de la propia Otan. La cumbre del G20 en Argentina será también el escenario de otra nefasta unidad continental -la que propugna la militarización de la mano del Departamento de Estado, en nombre del supuesto combate al narcotráfico y al terrorismo. Anticipando esta orientación, el gobierno de Macri y Bullrich han montado un gigantesco operativo de intimidación y represión con la participación de fuerzas y servicios de inteligencia extranjeros, que ya ha provocado detenciones y persecuciones políticas. La Conferencia repudió el reforzamiento represivo montado a partir de la reunión del G20.
La cumbre volverá a refractar la disputa por la cuestión del medio ambiente. Trump ha sacado a Estados Unidos del acuerdo de París, en beneficio de las “viejas” industrias de su país, que aspiran a reducir costos a expensas de la contaminación general. A caballo de este planteo, se pretende el jubileo ambiental en los países atrasados, en beneficio, en este caso, de mineras, petroleras y agroquímicas. Esta misma agenda ha empalmado con el fascista Bolsonaro, en cuyos planes aparece la desforestación del Amazonas.
Más allá de sus divergencias, los jefes imperialistas -y también los Macri o Temer- coinciden en la pretensión de descargar la crisis capitalista sobre la clase obrera y los explotados. En la agenda del G20 se encuentra la ‘universalización’ de las reformas previsionales -así como las reformas laborales antiobreras.

“Contracumbre”

La Conferencia caracterizó a la “contracumbre” de Cristina Kirchner, Dilma Rousseff, Rafael Correa y otros como expresión del fracaso político de los llamados “nacionales” o centroizquierdistas del continente. Es la cumbre de quienes abrieron el camino a la reacción política, y luego fueron incapaces de luchar contra los ajustes de los Macri o Temer -cuando no cómplices de su aplicación. Desde el poder, los “nacionales y populares” fueron peones de la diplomacia imperialista de Obama; en ese carácter, avalaron el golpismo continental (Zelaya, Lugo) y aportaron los efectivos para el intervencionismo militar a Haití a cuenta del imperialismo.
El nacionalismo continental suele asociar la actual fractura del orden mundial a sus invocaciones proteccionistas (“vivir con lo nuestro”). No se hacen cargo, primero, del carácter reaccionario y derechista de los antiglobalizadores, como Trump y sus émulos europeos. Y luego, del carácter necesariamente expansionista y belicista del proteccionismo imperialista. Por caso, la guerra comercial de Estados Unidos con China es sólo un peldaño en el afán de hegemonizar y completar, bajo la égida norteamericana, la restauración del capital en el gigante asiático.
En esta ocasión, sin embargo, el organizador de la reunión con CFK y Rousseff señaló que “es al propio G20 al que debería denominarse contracumbre” (La Nación, 18/11), en alusión a la fractura económica y política que dominará la reunión de los jefes de Estado. Con ello, anticipa que la reunión de los ex mandatarios del nacionalismo le opondrá a los Trump la ‘armonización internacional de intereses’. Esto no debería sorprender, si se tiene en cuenta que tanto Cristina como Dilma, cuando presidentas, participaron del G20 y votaron las conclusiones reaccionarias de sus cumbres. A la fractura económica mundial y a la guerra, nuestra Conferencia Internacional no le opuso el retorno inviable al pasado -la “globalización” capitalista-, sino una transformación social a escala continental y mundial dirigida por la clase obrera. O sea, el gobierno de trabajadores, la unidad socialista de América Latina y el socialismo internacional.
La Conferencia Latinoamericana apoyó la convocatoria a movilizarse el próximo 30 contra el G20 y llamó a organizar para esa fecha manifestaciones y actos en todos los países del continente.

Marcelo Ramal

Resultados y perspectivas de la presidencia de Donald Trump

Introducción

Es momento de realizar una evaluación objetiva de la política interior y exterior del presidente Trump, de los medios empleados, los objetivos propuestos, y de los resultados y las consecuencias. La actuación de Trump exige entrar a debatir el estilo y el fondo de sus políticas en la esfera nacional e internacional.
En esta tarea, ignoraremos los manotazos que le lanzan quienes se centran en asuntos periféricos –como la investigación estatal sobre las historias conspiratorias de la supuesta intervención rusa– y nos centraremos en los temas estratégicos con que la presidencia pretende transformar las relaciones económicas, políticas y sociales a escala global.

“Trump en acción”: Política exterior

El presidente Trump tiene una estrategia y trabaja duro para hacerla realidad. La prioridad destacada de su agenda es la defensa de la supremacía global de EE.UU. mediante la palabra y los hechos.
Para lograr el poder mundial, Trump utiliza múltiples armas: cree firmemente en los poderes mágicos del armamento y de las palabras. Afirma que los anteriores presidentes “fueron débiles y permitieron que otros nos explotaran”. En su opinión, su liderazgo nos ha hecho fuertes y nuestro poder está presente en todas partes y en todo momento.
¿Y cómo muestra el presidente su fuerza? A través de múltiples guerras, sanciones severas, aumento del gasto militar y una mayor concentración de la riqueza, todo ello en los lugares estratégicos. Con esto, según Trump, logramos intimidar a nuestros rivales, competidores y adversarios.
El presidente cita numerosos ejemplos. En Siria, hemos ocupado regiones enteras, construido nuevas bases militares, contratado y armado a más mercenarios y arrojado las bombas más potentes sobre ciudades. Alardea de haber debilitado a Irán al dar por terminado el acuerdo nuclear e incrementar las sanciones, lo que precipitará, según él, un inminente colapso y un cambio de régimen. Proclama el éxito de su guerra económica contra China y el declive de Rusia, rodeada de misiles nucleares y bases militares, y ahogada por las sanciones económicas.
Trump se jacta de los nuevos triunfos políticos y aliados militares en América Latina. Considera que ha recuperado para el mercado a Argentina, Brasil, Colombia, Chile y Ecuador, países que le proporcionan un ejército vasallo con el que derribar los gobiernos de Venezuela, Cuba y Nicaragua.
Trump presume de su éxito en la “renegociación” del Tratado de Libre Comercio de América del Norte (NAFTA), cuyo nombre ha sido cambiado y que en teoría proporciona “acuerdos” mejores con México y Canadá.
La Unión Europea y cada uno de sus miembros han sentido la cólera subyacente en sus amenazas de guerra comercial y su exigencia de aumentar las contribuciones a la OTAN. Ha pedido a los alemanes que compren el petróleo y el gas a EE.UU. en lugar de comprárselo a Rusia; amenaza a las compañías europeas que se atrevan a cumplir sus compromisos vigentes con Irán. Presume de la venta de armas a Arabia Saudí por valor de 100.000 millones de dólares y afirma la supremacía estadounidense en Oriente Próximo y norte de África.
Si hacemos caso de sus declaraciones bulliciosas y fanfarronas, Trump ha ganado todas las guerras, conquistado a todos sus competidores y sentado las bases para el “Siglo Americano” (sic). ¿Cuántos de sus tuits sobre política exterior son un reflejo del mundo real y cuántos son exclamaciones vacuas?

El presidente Trump: pretensiones y realidad

La estrategia del presidente Trump en política exterior se basa más en bravatas que en conquistas, más en ruido que en negocios, más en “faroles” que en éxitos.
Empecemos por Rusia. Las sanciones y el cerco militar no han conseguido debilitarla. Berlín está incrementando sus lazos comerciales con el Kremlin, le compra más petróleo y gas, construye gasoductos y afirma la autonomía de la UE en sus tratos con Rusia. El cerco militar se basa en la implicación de socios bálticos de tercera categoría y bases de misiles emplazadas en Polonia. En cambio, Rusia ha firmado acuerdos militares y económicos por valor de miles de millones de dólares con China, una potencia mundial.
La respuesta de Rusia ante la declaración de Trump de su salida del acuerdo de misiles nucleares ha sido la fabricación de armamento superior. En todos los aspectos, Rusia ha frustrado las sanciones y las amenazas económicas de Trump.
A pesar de la grandilocuencia con que Trump anunció que “asfixiaría a China” con aranceles, el superávit comercial de este país con EE.UU. ha aumentado, mientras el déficit de EE.UU. se ha incrementado.
Estados Unidos ha crecido un 2,8 por ciento, China un 6,5 por ciento. Estados Unidos no ha conseguido convencer a ninguno de sus aliados asiáticos de que se unan a su guerra comercial contra China. Todo lo contrario, pues los ha incentivado para buscar alternativas con las que reemplazar las exportaciones de EE.UU. Aunque los asesores económicos de Trump han amenazado a los grandes bancos de Wall Street para que dejen de tener negocios multimillonarios con China, la mayor parte de ellos han hecho caso omiso. Los banqueros ignoran la guerra comercial de Trump porque los beneficios cuentan más que la retórica gaseosa.
Arabia Saudí firma un acuerdo militar de 110.000 millones de dólares con Trump... ¡y luego solo compra el 10 por ciento! Parafraseando al presidente, son fake deals, acuerdos falsos.
Trump sostiene que la monarquía saudí es una gran aliada, a pesar de su boicot a Qatar, donde se ubica la mayor base militar estadounidense de la región. Israel, su gran aliado en Oriente Próximo, ignora las sanciones económicas a Rusia y la guerra comercial con China, dos de sus mayores socios comerciales en el sector de la alta tecnología.
Las guerras estadounidenses están perdiendo apoyo. Los rebeldes afganos controlan la mayor parte del país, rodean las capitales de provincia y fuerzan a los generales estadounidenses a replegarse. Los aliados de EE.UU. en Siria se han retirado. Nos quedan los separatistas kurdos, pero ellos defienden sus propios intereses, no los de Trump.
En América Latina, Trump recibe alabanzas de los regímenes de ultraderecha de Brasil y Argentina, que andan al borde del colapso económico, la crisis social y la revuelta política.

Éxitos internos de dudoso valor

Trump se vanagloria de la gran reducción de impuestos para los multimillonarios con holdings en el extranjero. Lo considera todo un triunfo que creará empleo y producirá crecimiento. En realidad, más de las tres cuartas partes de los beneficios repatriados han sido invertidos en la recompra de acciones que han aumentado los dividendos corporativos, no se han invertido en ninguna actividad productiva.
La guerra comercial con China no ha creado empleos, ha añadido costes a los consumidores, pues ha supuesto incrementos de los precios.
Sus políticas favorables a la empresa han reforzado la influencia de las grandes corporaciones a la hora de conseguir concesiones multimillonarias de los gobiernos locales y estatales. Jeff Bezos, el multi-mega-millonario propietario de Amazon, recuperó más de 10.000 millones de dólares en exenciones fiscales, además de las concesiones financiadas por el Estado.
En efecto, las transferencias de renta a gran escala y largo plazo de Trump benefician a los ricos más que a los pobres, aumentan las desigualdades y reducen los fondos públicos para educación, sanidad y asistencia social.
La oposición de Trump a la sanidad universal, a los acuerdos internacionales sobre cambio climático, a las inversiones en infraestructura nacional y a la regulación de la supervisión bancaria ha aumentado el riesgo de desastres naturales, crisis financieras y malfuncionamiento de los transportes.
A pesar de su programa nacional retrógrado, Trump mantiene el apoyo electoral y no se enfrenta a ninguna amenaza política inmediata por una razón básica: los Demócratas no ofrecen ninguna alternativa.
Los Demócratas corporativos que dirigen el partido respaldan todas las políticas retrógradas de Trump: apoyan su aumento del gasto militar y la reducción fiscal a los superricos, además de oponerse a un programa nacional de sanidad para todos.
Además, durante el doble mandato del presidente Obama, los grandes bancos recibieron un rescate billonario, mientras 3 millones de hogares fueron desahuciados por no poder hacer frente al pago de sus hipotecas; los salarios mínimos se mantuvieron por debajo de la línea de pobreza; y las desigualdades aumentaron, al igual que las disparidades raciales.
Bajo la presidencia de Obama se detuvo y deportó a 2 millones de inmigrantes, creando un precedente para las políticas contrarias a la emigración de Trump. Es decir, los programas implementados por Trump son una continuación y una radicalización de los puestos en marcha por el régimen de Obama.

Conclusión

Trump ha sabido rentabilizar demagógicamente los fracasos de los programas socioeconómicos (a favor de las corporaciones) y las múltiples guerras del Partido Demócrata para desarrollar sus políticas interior y exterior.
Gracias a ello, ha sabido explotar el descontento popular y ha conseguido el respaldo de las grandes empresas prometiendo reducciones de impuestos y el fin de las regulaciones. En la práctica, la imposición de programas agresivos en el ámbito nacional y en el exterior ha contribuido al aislamiento y la pérdida de influencia de Washington. Ninguno de sus objetivos originales ha sido alcanzado. Estados Unidos ha multiplicado sus adversarios, y estos se han fortalecido y unificado. Washington ha perdido mercados bien establecidos sin ganar ninguno nuevo. Su apoyo se ha visto reducido sin ganar nuevos adherentes. Los “aliados” de confianza de Trump (Israel, Arabia Saudí, Alemania y otros) han hecho perder fuerza a sus agresivas políticas comerciales con Rusia y China. Las sanciones contra Irán han eximido a los principales compradores de las exportaciones petroleras de Teherán. Se ha mostrado incapaz de conseguir sus objetivos en política interior y exterior pero estos fracasos no se han traducido en una pérdida significativa de influencia.
Europa está dividida internamente y se muestra incapaz de formular una alternativa consecuente. América Latina afronta crisis económicas que excluyen cualquier intervención militar conjunta, a pesar de los “acuerdos sobre el papel”.
Pero el mayor fracaso de Trump son sus políticas con China. Todos y cada uno de los principales aliados de EE.UU. en Asia han mantenido y aumentado sus acuerdos comerciales con Pekín. La prematura celebración de la victoria diplomática sobre Corea del Norte se ha desvanecido, pues este país ha recuperado sus lazos con China y Rusia y los ha ampliado.
Las opciones estratégicas de Trump no han alcanzado sus objetivos. No se ha producido ninguna transformación global de gran impacto. Si los generales de Trump abandonan Afganistán, no será gracias al Partido Demócrata o a los europeos.
Las guerras comerciales con China no han servido para aumentar el empleo en EE.UU., pero los críticos de Trump en Wall Street han negociado nuevos acuerdos financieros más lucrativos.
En resumen, los fracasos de Trump no han creado nuevas y mejores condiciones para los mercados globales, no han acabado con las guerras ni han mejorado el nivel de vida. A pesar de ello, muchos progresistas están satisfechos por estos fracasos, aunque no se beneficien de ellos.

James Petras
Rebelión
Traducido para Rebelión por Paco Muñoz de Bustillo