JUNTA INTERNA DE DELEGADOS DEL ISTITUTO NACIONAL DE ESTADÍSTICAS Y CENSOS (I.N.D.E.C.)
Los trabajadores del INSTITUTO NACIONAL DE ESTADISTICA Y CENSOS (INDEC), reunidos en Asamblea convocada por ATE, ante la situación planteada en el Area del Indice de Precios al Consumidor (IPC), por el desplazamiento de quien estaba a cargo de la misma y su reemplazo por una Funcionaria del Ministerio de Economía y Producción, lo que ha dañado gravemente la credibilidad de la que gozaba ese indicador, comunicamos lo siguiente: 1) Nos manifestamos en contra de toda intervención que suponga la manipulación de cualquiera de los indicadores que produce nuestro Instituto, tal como se infiere de la situación actual del Area de Indice de Precios al Consumidor. 2) Nos resulta sumamente preocupante que, teniendo en cuenta algunos antecedentes al respecto, esta designación ponga en peligro el "Secreto Estadístico", única seguridad que podemos brindar a los informantes con los que tenemos contacto diario. Si esto sucediera, dichos informantes podrían verse presionados. 3) Creemos absolutamente necesario que, ante los cuestionamientos que se han hecho públicamente al índice de precios del mes de Enero de 2007, se comunique desde las autoridades del INDEC a toda la sociedad cual ha sido la metodología, normativas y fuentes utilizadas para obtener el mismo, así como las modificaciones que se hubieren realizado en las mismas. Esto resulta indispensable para comenzar a revertir el daño que se ha producido en la credibilidad del indicador cuestionado. En el mismo sentido, solicitamos una auditoría de entidades estadísticas internacionales y de la SAE (Sociedad Argentina de Estadística). 4) Solicitamos que se de urgente trámite a la publicitada Estructura, el descongelamiento de vacantes y el correspondiente llamado a concursos transparentes, a fin de fortalecer la calidad técnica y consecuentemente la imagen del INDEC ante la sociedad que lo sostiene. 5) Reiteramos que la presencia de personal de seguridad armado en las oficinas del IPC es, para los trabajadores del sector, una clara situación de violencia y presión permanente que no puede aceptarse y por lo tanto insistimos en la necesidad del retiro de dicho personal. 6) Atento la precariedad del vínculo laboral de buena parte del personal del Indice de Precios al Consumidor, consideramos que deben extremarse los esfuerzos para garantizar la continuidad laboral de esos compañeros que, ante esta situación traumática, se encuentran muy preocupados por su fuente laboral. 7) Asimismo, y en función de garantizar la autonomía, independencia y objetividad de los índices oficiales, solicitamos que se promuevan las acciones necesarias para proceder al estudio de la posibilidad de que el INDEC tenga el carácter de autárquico, dejando entonces de depender del Poder que implementa las decisiones económicas cuyas consecuencias -positivas o negativas- se encarga de medir el Instituto. 8) Los trabajadores del INDEC seguimos en ALERTA Y MOVILIZACIÓN. JUNTA INTERNA DE DELEGADOS DEL ISTITUTO NACIONAL DE ESTADÍSTICAS Y CENSOS (I.N.D.E.C.) Av. Julio A. Roca 609, 10º Piso Te: 4349-9529 inate@indec.mecon.gov.ar Central de los Trabajadores Argentinos
martes, 13 de febrero de 2007
domingo, 11 de febrero de 2007
Uruguay : la muerte de Pepe D´Elía.
Uruguay está de luto
Ayer a los 90 años dejó de existir José D'Elia, una de esas figuras consulares de nuestra historia contemporánea que fue, además, un indiscutible referente ético que siempre se deberá tener en cuenta. Había nacido en Treinta y Tres el 21 de junio de 1916, participando desde muy joven en diversas organizaciones sindicales, encabezándolas en las luchas reivindicativas que las mismas protagonizaron. También tuvo un activa participación militante a favor de la República española y contra el nazismo, ocupando en 1942 la pro-secretaría de la recién creada UGT, en representación de la Federación de Empleados del Comercio y la Industria (Fueci). Entre 1966 y 1993 presidió la Convención Nacional de Trabajadores (CNT), central obrera denominada Pit-Cnt tras la dictadura, durante la cual D'Elia siguió actuando de manera clandestina. Desde 1993 ocupó la presidencia honoraria de la central obrera. En 1984 fue candidato a la vicepresidencia de la República por el Frente Amplio en la fórmula encabezada por el doctor Juan José Crottogini. Además participó en varios congresos internacionales, entre los cuales se destaca el constitutivo de la Federación Sindical Mundial, que se realizara en París en 1945. Entre 2000 y 2003 integró la Comisión para la Paz, creada para investigar el paradero de los detenidos desaparecidos durante la dictadura militar, en representación de la central sindical. En febrero de 2005 la Universidad de la República lo nombró Doctor Honoris Causa. Hasta aquí la fría letra de una biografía reseñada de manera casi telegráfica, porque D'Elia fue todo eso y mucho más que todo lo que representó por los cargos que ocupó. Fue un hombre de bien, un dirigente sindical preocupado día a día por el destino de los uruguayos, duro con los enemigos de los trabajadores pero comprensivo y solidario con quienes, en la lucha diaria, trataban de llevar adelante sus reivindicaciones a través de sus organizaciones clasistas. Pepe, como le decían sus amigos, fue un hombre excepcional, repleto de humanidad, solidario como pocos y permanente luchador en la causa de los pueblos. De vida austera, supo mantener siempre en alto la línea de la verdad y la justicia, por lo cual su candidatura a la Comisión para la Paz en representación de la central obrera fue indiscutible. Ayer nos dejó un hombre íntegro, un gran hombre. Quizá, como quería el Che, un ejemplo de hombre nuevo.
Pepe D´Elía.
Por Refundación Comunista de Uruguay -
Montevideo 30 de enero 2007 /Fiel exponente de la clase obrera, luchador incansable y consecuente, parte como llegó, liviano de equipaje, alejado de la adulonería burguesa, rodeado de respeto y afecto de su clase. Pepe es y será un faro de luz, una imagen de reivindicación clasista y proletaria. Su ejemplo de lucha y su decisión combativa, incorporados ya para siempre en la conciencia y el corazón de la clase obrera. /Salud compañero Pepe D’ Elia /Salud clase Obrera /Viva el Internacionalismo Proletario !!!
Ayer a los 90 años dejó de existir José D'Elia, una de esas figuras consulares de nuestra historia contemporánea que fue, además, un indiscutible referente ético que siempre se deberá tener en cuenta. Había nacido en Treinta y Tres el 21 de junio de 1916, participando desde muy joven en diversas organizaciones sindicales, encabezándolas en las luchas reivindicativas que las mismas protagonizaron. También tuvo un activa participación militante a favor de la República española y contra el nazismo, ocupando en 1942 la pro-secretaría de la recién creada UGT, en representación de la Federación de Empleados del Comercio y la Industria (Fueci). Entre 1966 y 1993 presidió la Convención Nacional de Trabajadores (CNT), central obrera denominada Pit-Cnt tras la dictadura, durante la cual D'Elia siguió actuando de manera clandestina. Desde 1993 ocupó la presidencia honoraria de la central obrera. En 1984 fue candidato a la vicepresidencia de la República por el Frente Amplio en la fórmula encabezada por el doctor Juan José Crottogini. Además participó en varios congresos internacionales, entre los cuales se destaca el constitutivo de la Federación Sindical Mundial, que se realizara en París en 1945. Entre 2000 y 2003 integró la Comisión para la Paz, creada para investigar el paradero de los detenidos desaparecidos durante la dictadura militar, en representación de la central sindical. En febrero de 2005 la Universidad de la República lo nombró Doctor Honoris Causa. Hasta aquí la fría letra de una biografía reseñada de manera casi telegráfica, porque D'Elia fue todo eso y mucho más que todo lo que representó por los cargos que ocupó. Fue un hombre de bien, un dirigente sindical preocupado día a día por el destino de los uruguayos, duro con los enemigos de los trabajadores pero comprensivo y solidario con quienes, en la lucha diaria, trataban de llevar adelante sus reivindicaciones a través de sus organizaciones clasistas. Pepe, como le decían sus amigos, fue un hombre excepcional, repleto de humanidad, solidario como pocos y permanente luchador en la causa de los pueblos. De vida austera, supo mantener siempre en alto la línea de la verdad y la justicia, por lo cual su candidatura a la Comisión para la Paz en representación de la central obrera fue indiscutible. Ayer nos dejó un hombre íntegro, un gran hombre. Quizá, como quería el Che, un ejemplo de hombre nuevo.
Pepe D´Elía.
Por Refundación Comunista de Uruguay -
Montevideo 30 de enero 2007 /Fiel exponente de la clase obrera, luchador incansable y consecuente, parte como llegó, liviano de equipaje, alejado de la adulonería burguesa, rodeado de respeto y afecto de su clase. Pepe es y será un faro de luz, una imagen de reivindicación clasista y proletaria. Su ejemplo de lucha y su decisión combativa, incorporados ya para siempre en la conciencia y el corazón de la clase obrera. /Salud compañero Pepe D’ Elia /Salud clase Obrera /Viva el Internacionalismo Proletario !!!
DESDE URUGUAY.
Campo de batalla o base de agresión ( R.Arismendi).
En un cuadro histórico de guerra declarada por el Imperialismo en toda sus modalidades,
llegara invitado por el gobierno progresista-frenteamplista, el hijo del padre, G.W.Bush.
El integrista y fundamentalista jefe de la casa blanca, hombre que ha sabido hacer meritos como para ser considerado enemigo de la humanidad, de la clase obrera, los campesinos, la centena de niños que mueren por hora en el mundo: en síntesis como para ser declarado "reo"de lesa humanidad, ha sido invitado por el gobierno progresista-frenteamplista.
En un marco social y político, cuyo rasgo saliente, es el afán y vocación de cambio de las masas, el campesinado, los pueblos originarios, la clase obrera y hasta los indignados pacifistas, esta es la impronta de la época, esta es la nueva realidad política que recorre América Latina. Asistimos y no pretendemos hacerlo pasivamente, a una época de contraofensiva, de reagrupamiento de las masas, de la clase obrera, donde los pueblos van entreviendo y desarrollando sus vanguardias. El topo de la historia persiste, se introduce resueltamente, marcha a la construcción de un nuevo tiempo. Tiempo este, donde la sentencia del camarada Fidel no admite vacilaciones: “SOCIALISMO O MUERTE”. El mapa político en la region cambia. En lo formal, sucesión de nuevos gobiernos a traves de instancias electorales. En algunos casos, es la nueva cara de las clases dominantes, del Imperialismo. Y es siempre el fatalismo, el fin de la historia, la estación terminal. Esto es lo que se vocifera por parte de los ideólogos y filósofos burgueses y seudo burgueses. Pero no pueden detener el curso de la historia y esta camina hacia el socialismo. Caminar hacia el socialismo es enfrentar al Imperialismo, y la lucha y guerra al imperialismo se hace extensiva al oportunismo y a los traidores. El Imperialismo es la fase ultima del capitalismo, en descomposición. Por lo tanto, objetivamente el desarrollo capitalista conduce inevitablemente a la guerra de rapiña abierta y desembozada, para la expropiación y apropiación de los recursos naturales, no ya por la hegemonía, sino por el poder omnímodo.
Esta es la hora de indignarse amigos, compañeros, camaradas. Hora de enfrentar el sometimiento, la entrega, el aumento de la deuda externa, los tratados de inversiones, el TIFA, de rechazar el envio de tropas de ocupación a Haití, de enfrentar la represión a trabajadores ya sea esta encubierta o desembozada. En este cuadro de estado policiaco, cuasi totalitario, de criminalizacion de la protesta, de judicializacion y caracterización de sediciosos a los que protestan y condenan a los criminales; política instalada por este gobierno frenteamplista y progrersista. ¿Y de que mas es responsable este gobierno?, de ser representantes de los intereses del emporio empresarial, de las multinacionales-Botnia, Estora Ence, y del rancio y vernáculo empresariado criollo al estilo Soloducho-, de instalar el nacionalismo burgués “chauvinista”, asignándonos el rol de cuña en el embrionario proceso de Unidad Latinoamericana.
La base en Santa Catalina, por tanto, implica ser base de agresión. El gobierno progresista-frenteamplista invita a G.W. Bush.
Subestima al pueblo, a la clase obrera, al estudiantado (el de Liber, Susana, Nieto, Esposito), al internacionalismo proletario, y al antimperialismo, patrimonio innegociable de la mas rica historia de nuestro pueblo.
El desafio de la hora no admite actitudes menudas y mezquinas, rompe con los compartimentos estanco, gheto de seudo poder, con perfil electoralista. Este es el tiempo de la unidad, y ella es practica, o no lo es. Es la hora de desarrollar el ARCO OPOSITOR, la hora de unir lo unible y aislar al enemigo principal y a sus cómplices, quienes pretenden enterrar el programa histórico, forjado en la lucha obrero- estudiantil, en la construcción de un afirmado antimperialismo. Es la hora de inscribir el grito de, “ Guerra al Imperialismo”, como ayer el de “Tiranos Temblad”. El tiempo esta a favor de la clase obrera, de las grandes masas. “Aunque vengan a convidarnos a tanta mierda”.
Desde Refundación Comunista a los Camaradas: el marximo-leninismo es la adhesión conciente y voluntaria, guía para la acción, construcción concreta de la liberación, de las rupturas de los yugos, por tanto de antimperialismo, de lucha decidida y resuelta contra la explotación y la dominación.
Es la hora de reivindicar la ideología del proletariado. Por lo tanto es hora de ser “campo de batalla” contra el imperialismo y sus secuaces. Hora de internacionalismo proletario.
REFUNDACIÓN COMUNISTA DE URUGUAY
En un cuadro histórico de guerra declarada por el Imperialismo en toda sus modalidades,
llegara invitado por el gobierno progresista-frenteamplista, el hijo del padre, G.W.Bush.
El integrista y fundamentalista jefe de la casa blanca, hombre que ha sabido hacer meritos como para ser considerado enemigo de la humanidad, de la clase obrera, los campesinos, la centena de niños que mueren por hora en el mundo: en síntesis como para ser declarado "reo"de lesa humanidad, ha sido invitado por el gobierno progresista-frenteamplista.
En un marco social y político, cuyo rasgo saliente, es el afán y vocación de cambio de las masas, el campesinado, los pueblos originarios, la clase obrera y hasta los indignados pacifistas, esta es la impronta de la época, esta es la nueva realidad política que recorre América Latina. Asistimos y no pretendemos hacerlo pasivamente, a una época de contraofensiva, de reagrupamiento de las masas, de la clase obrera, donde los pueblos van entreviendo y desarrollando sus vanguardias. El topo de la historia persiste, se introduce resueltamente, marcha a la construcción de un nuevo tiempo. Tiempo este, donde la sentencia del camarada Fidel no admite vacilaciones: “SOCIALISMO O MUERTE”. El mapa político en la region cambia. En lo formal, sucesión de nuevos gobiernos a traves de instancias electorales. En algunos casos, es la nueva cara de las clases dominantes, del Imperialismo. Y es siempre el fatalismo, el fin de la historia, la estación terminal. Esto es lo que se vocifera por parte de los ideólogos y filósofos burgueses y seudo burgueses. Pero no pueden detener el curso de la historia y esta camina hacia el socialismo. Caminar hacia el socialismo es enfrentar al Imperialismo, y la lucha y guerra al imperialismo se hace extensiva al oportunismo y a los traidores. El Imperialismo es la fase ultima del capitalismo, en descomposición. Por lo tanto, objetivamente el desarrollo capitalista conduce inevitablemente a la guerra de rapiña abierta y desembozada, para la expropiación y apropiación de los recursos naturales, no ya por la hegemonía, sino por el poder omnímodo.
Esta es la hora de indignarse amigos, compañeros, camaradas. Hora de enfrentar el sometimiento, la entrega, el aumento de la deuda externa, los tratados de inversiones, el TIFA, de rechazar el envio de tropas de ocupación a Haití, de enfrentar la represión a trabajadores ya sea esta encubierta o desembozada. En este cuadro de estado policiaco, cuasi totalitario, de criminalizacion de la protesta, de judicializacion y caracterización de sediciosos a los que protestan y condenan a los criminales; política instalada por este gobierno frenteamplista y progrersista. ¿Y de que mas es responsable este gobierno?, de ser representantes de los intereses del emporio empresarial, de las multinacionales-Botnia, Estora Ence, y del rancio y vernáculo empresariado criollo al estilo Soloducho-, de instalar el nacionalismo burgués “chauvinista”, asignándonos el rol de cuña en el embrionario proceso de Unidad Latinoamericana.
La base en Santa Catalina, por tanto, implica ser base de agresión. El gobierno progresista-frenteamplista invita a G.W. Bush.
Subestima al pueblo, a la clase obrera, al estudiantado (el de Liber, Susana, Nieto, Esposito), al internacionalismo proletario, y al antimperialismo, patrimonio innegociable de la mas rica historia de nuestro pueblo.
El desafio de la hora no admite actitudes menudas y mezquinas, rompe con los compartimentos estanco, gheto de seudo poder, con perfil electoralista. Este es el tiempo de la unidad, y ella es practica, o no lo es. Es la hora de desarrollar el ARCO OPOSITOR, la hora de unir lo unible y aislar al enemigo principal y a sus cómplices, quienes pretenden enterrar el programa histórico, forjado en la lucha obrero- estudiantil, en la construcción de un afirmado antimperialismo. Es la hora de inscribir el grito de, “ Guerra al Imperialismo”, como ayer el de “Tiranos Temblad”. El tiempo esta a favor de la clase obrera, de las grandes masas. “Aunque vengan a convidarnos a tanta mierda”.
Desde Refundación Comunista a los Camaradas: el marximo-leninismo es la adhesión conciente y voluntaria, guía para la acción, construcción concreta de la liberación, de las rupturas de los yugos, por tanto de antimperialismo, de lucha decidida y resuelta contra la explotación y la dominación.
Es la hora de reivindicar la ideología del proletariado. Por lo tanto es hora de ser “campo de batalla” contra el imperialismo y sus secuaces. Hora de internacionalismo proletario.
REFUNDACIÓN COMUNISTA DE URUGUAY
domingo, 4 de febrero de 2007
A 45 años de la Segunda Declaración de la Habana.

Marcha de gigantes
No es casual que, tanto la Primera como la Segunda Declaración de La Habana, se inicien con la evocación del recuerdo imperecedero de José Martí. A la cabeza del histórico documento aprobado por el pueblo de Cuba en Asamblea General Nacional, efectuada en la Plaza de la Revolución, figuran las palabras del Apóstol en la memorable carta a su amigo mexicano Manuel Mercado: "Ya puedo escribir( ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país y por mi deber) de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso".
El 4 de febrero de 1962, cuando la mayor y más compacta multitud jamás reunida anteriormente en nuestro país, aprobó e hizo suya la Segunda Declaración de La Habana, estaba dando digna respuesta al imperialismo yanki y a su Ministerio de Colonias (la OEA) por haber llevado a cabo la farsa bochornosa de Punta del Este y reafirmando su decisión inquebrantable en defensa de la soberanía nacional, la independencia de la Patria, la Revolución y su carácter socialista.
Posiblemente lo más importante, y lo que estremece al releerla al cabo de más de cuatro décadas, es que Fidel dio a conocer allí un examen detallado y analítico —como posiblemente nunca antes se hubiera realizado—, de la realidad latinoamericana, de la explotación capitalista e imperialista sobre nuestro continente, de las luchas revolucionarias y de las búsquedas incesantes y los caminos que deberían recorrer nuestros pueblos para su emancipación definitiva, la que no alcanzaron al liberarse de la metrópoli española.
Muchos afirman, con razón, que la Segunda Declaración de La Habana puede considerarse como el documento político más importante y trascendente formulado en América Latina en la segunda mitad del pasado siglo; que reúne armoniosamente las condiciones de análisis científico y de guía para la acción y que su visión de largo alcance aparece confirmándose en los albores del siglo XXI.
La Declaración aborda y esclarece de manera didáctica el surgimiento del capitalismo y el inicio de su fase imperialista, la situación contemporánea del imperio y su crisis insalvable. Desenmascara al imperialismo yanki y su esencia como principal explotador de los pueblos de América y verdadero responsable de su subdesarrollo y atraso, del hambre, la ignorancia y las enfermedades, así como de los regímenes tiránicos impuestos para salvaguardar ese saqueo, acentuado por el miedo a la revolución latinoamericana.
En cuanto a la desvergonzada reunión de los cancilleres de la OEA en Punta del Este, se evidencia que allí el gobierno de Estados Unidos quedó al desnudo en su miserable propósito anticubano, confirmando la advertencia martiana cuando la Declaración afirma: "Ya los Estados Unidos no podrán caer jamás sobre América con la fuerza de Cuba pero, en cambio, dominando a la mayoría de los estados de América Latina, Estados Unidos pretende caer sobre Cuba con la fuerza de América".
La Revolución cubana mostró a América y al mundo que no hay fuerza capaz de impedir el movimiento de liberación de los pueblos. Y esta es una verdad que se ha visto ratificada en los tiempos recientes, tras la resistencia heroica y victoriosa del pueblo cubano frente al periodo especial y los sucesivos triunfos populares en los países latinoamericanos y caribeños, en el avance impetuoso de la integración económica y la unidad política, en el descrédito y la bancarrota del imperio y su desprestigiado modelo neoliberal.
La Segunda Declaración de La Habana no da recetas, pero sí proclama que "el deber de todo revolucionario es hacer la revolución", enfatizando rotundamente que "frente a la acusación de que Cuba quiere exportar su revolución, respondemos: las revoluciones no se exportan, las hacen los pueblos. Lo que Cuba puede dar y ha dado ya es su ejemplo". Palabras proféticas que pueden ser confirmadas hoy con más fuerza que nunca.
Es que la Declaración no se equivocó cuando dijo que "ningún pueblo de América Latina es débil, porque forma parte de una familia de doscientos millones de hermanos que padecen las mismas miserias, albergan los mismos sentimientos, tienen el mismo enemigo, sueñan todos un mismo mejor destino y cuentan con la solidaridad de todos los hombres y mujeres honrados del mundo entero".
Dijimos que la Segunda Declaración de La Habana tiene la virtud de ser, a la vez, análisis científico y guía para la acción. Así lo demuestra cuando expone que la burguesía, en los países de América Latina, no puede encabezar la lucha antifeudal y antimperialista, pues la paraliza el temor a la revolución social y solo sus capas más progresistas estarán junto al pueblo; cuando llama a combatir el divisionismo, los prejuicios, el sectarismo, el dogmatismo y la falta de amplitud al analizar el papel de cada sector de la sociedad; cuando señala que en la lucha antimperialista y antifeudal se pueden vertebrar muchas fuerzas: obreros, campesinos, trabajadores intelectuales, pequeña burguesía y hasta las capas más progresistas de la burguesía nacional.
Y afirma textualmente: "Pueden luchar juntos desde el viejo militante marxista hasta el católico sincero que no tenga nada que ver con los monopolios yankis ni los señores feudales".
Con respecto a la revolución latinoamericana, la considera como una realidad objetiva e inexorable que el imperialismo yanki intentará enfrentar con más represión y violencia, con más explotación y saqueo. Tal premonición se demostró con la implantación a sangre y fuego del modelo neoliberal.
Pero la Segunda Declaración de La Habana no es ajena a las esencias líricas de América Latina y la poesía conmovedora caracteriza a más de uno de sus párrafos finales, tal como fue expresado por el Che desde el podio de la Asamblea General de la ONU:
"Ahora esta masa anónima, esta América de color, sombría, taciturna, que canta en todo el continente con una misma tristeza y desengaño, ahora esta masa es la que empieza a entrar definitivamente en su propia historia, la empieza a escribir con su sangre, la empieza a sufrir y a morir. Porque ahora, por los campos y las montañas de América, por las faldas de sus sierras, por sus llanuras y sus selvas, entre la soledad y el tránsito de las ciudades o en las costas de los grandes océanos y ríos, se empieza a estremecer este mundo lleno de razones, con los puños calientes de deseos de morir por lo suyo, de conquistar sus derechos, casi quinientos años burlados por unos y por otros.
"Ahora sí la Historia tendrá que contar con los pobres de América, con los explotados y vilipendiados de América Latina, que han decidido empezar a escribir ellos mismos, para siempre, su historia¼ "
Es oportuno agregar que, al concluir Fidel la lectura de la Declaración, y antes de su aprobación, la Asamblea acordó "solicitar de todos los amigos de la Revolución cubana en América Latina que sea difundida ampliamente entre las masas obreras, campesinas, estudiantiles e intelectuales de los pueblos hermanos de este continente", y ello se añadió al texto definitivo.
Caía ya la noche cuando el Jefe de la Revolución proclamó ante la enorme multitud, que a pie firme y en impresionante silencio lo había escuchado: "Queda aprobada por el pueblo de Cuba la Segunda Declaración de La Habana y se da por terminada esta Asamblea".
Resonaba en todos los ámbitos una conclusión histórica, que la Revolución cubana avizoró y que esta Declaración plasmó como ninguna otra: que esta gran Humanidad ha dicho ¡basta! y ha echado a andar. Y que su marcha de gigantes —una marcha larga, dolorosa pero finalmente victoriosa—, ya no se detendrá hasta conquistar la única, verdadera, irrenunciable independencia./Gustavo Robreño Dolz/Granma
Elogio del Manifiesto Comunista

El Manifiesto es de una sobriedad admirable. Consta de cuatro párrafos y una breve introducción. No voy a incurrir, demás está decirlo, en la redundancia de explicarlo, ni a intentar tampoco la tarea imposible de concentrarlo en pocas fórmulas. Para cada uno de vosotros, además, el Manifiesto Comunista-lo afirmaría sin vacilar-constituyó en la adolescencia una de esas lecturas juveniles que se quedan prendidas en el recuerdo con una gratitud emocionada. Pensado y escrito para un movimiento obrero que se incorporaba a la vida, el Manifiesto conserva cierta frescura de amanecer, cierta actitud de fruta joven. En una alianza admirable ha sabido reunir la austeridad de la doctrina con la nerviosidad de la polémica, el goce áspero del razonamiento con el otro más sutil de la ironía.
El párrafo primero –“Burgueses y proletarios”-es la más concisa, luminosa y certera filosofía de la historia que se haya escrito hasta hoy. Desde la línea del comienzo, imperativa y recia como un axioma : “ La historia de toda sociedad hasta nuestros días no ha sido sino la historia de la lucha de clases”, hasta aquella otra del final que anuncia a la burguesía sus propios sepultureros, como un redoble sombrío de tambores enlutados, toda la historia del mundo, con sus dolores y sus grandezas, va desfilando delante de nosotros. Pero la realidad histórica ha sido enfocada desde tan arriba, que nada distrae los ojos con detalles pueriles. La historia tradicional, que se detiene en la superficie de las cosas, daba del mundo la impresión de un caos, en que la voluntad de los dioses o la rivalidad de los príncipes lanzaban unas sobre otras a las muchedumbres abigarradas. Sin alterar la realidad en lo más mínimo, el panorama que abarca el Manifiesto es bien distinto : en donde hervía el tumulto, vemos ahora insinuarse la ley; y tras del capricho aparente, el puño de hierro de la necesidad. En un esquema vigoroso, en que las proposiciones se suceden con la elegancia y la fuerza de un teorema, el Manifiesto demuestra cómo la burguesía creció en el seno de la sociedad feudal y cómo al transformar los medios de transporte y modificar los instrumentos de producción se vio forzada a romper con la organización feudal que la cohibía.. Pero demuestra también que las mismas armas de que se sirvió la burguesía se vuelven ahora contra ella; late en su entraña la clase que habrá de derribarla y que , liquidando de modo radical la propiedad privada en que aquella se asienta, impondrá por la violencia las formas más adecuadas de la propiedad colectiva.
Pero en todo ese largo desarrollo no suena en el manifiesto una imprecación ni un lamento. La burguesía no triunfó porque así lo exigiera esta moral o aquel principio, sino porque las fuerzas productivas que su iniciativa arrancó de la naturaleza, impusieron la necesidad de instaurar un nuevo orden social. No hará otra cosa el proletariado cuando le toque cumplir su misión.
La objetividad rigurosa y calculada de este párrafo, de tan formidable trabazón dialéctica, da a la página primera del Manifiesto Comunista el ceremonial imponente de una sentencia a muerte. En un instante, sin embargo, corre por la prosa un temblor de emoción. Pero no es de rencor, sino de elogio. Como un triunfador generoso que presentara armas al enemigo vencido, ensalza a la burguesía por haber demostrado frente a la pereza del noble hasta donde puede llegar la grandeza del trabajo humano. Jamás una clase celebró en honor de otra un funeral tan solemne.
Muy distinta es, en cambio, la entonación dominante en el párrafo segundo. Tan distinta que, para muchos, provoca un cierto asombro. Verdad es que el título, “Proletarios y comunistas “, guarda cierta simetría con el título anterior y predispone a encontrar en este párrafo un tratamiento parecido. No es así, sin embargo, y ese viraje brusco en el tono y en la prosa respondía justamente a la secreta intención del Manifiesto. Cada forma social, antes de morir-había escrito Marx algunos años atrás-debe pasa por dos muertes sucesivas : la muerte trágica primero, la muerte cómica después. Los dioses griegos, mortalmente heridos por el “Prometeo encadenado “ de Esquilo, solo bajaron a la tumba después de los diálogos burlones de Luciano.
Como los dioses griegos, la burguesía pasa por dos muertes en las páginas memorables del Manifiesto Comunista : en el párrafo primero, la muerte trágica; en el párrafo segundo la muerte cómica. Si en aquel, íntegro está el Marx dialéctico, en este, íntegro está el polemista. Analizando una por una las acusaciones más en auge lanzadas por el movimiento social que él interpreta, salta de un sector a otro del frente enemigo con una agilidad inesperada : rompe aquí un sofisma, invierte ahí un argumento, descoyunta más allá un error. Y pone en cada réplica tan picante dosis de rapé voltairiano que aún parece resonar a lo largo de sus líneas aquella risa triunfal de Marx, adolescente, de la cual contaba Bruno Bauer que lo había hecho feliz nada más que escuchándola un instante.
Más la aparente ligereza del párrafo segundo ha arrasado de tal modo las débiles defensas de la burguesía, que no causa sorpresa escuchas al manifiesto, en ese instante, los diez puntos famosos que el proletariado impondrá a la sociedad el día mismo que tome entre sus manos el poder. El manifiesto no emplea la expresión “ dictadura proletaria”, que Marx usará solo dos años más tarde.; pero las repetidas alusiones a la “destrucción violenta” y a
La “violencia despótica”, así como el carácter resuelto de las medidas que propone-sin una sola reforma democrática-, subrayan la orientación entrañablemente revolucionaria del programa.
El Manifiesto, con todo, no termina ahí, implacable en su ardor combativo, persigue todavía al enemigo sobre el campo doctrinario para batirlo también en sus reductos teóricos. Se acostumbra decir que este párrafo tercero ha perdido desde hace mucho tiempo todo valor de vida, como si las doctrinas que él pasa revista no representaran para nosotros más que recuerdos desvaídos. Nada más falso en mi opinión. No hay una sola de las corrientes aludidas en el párrafo tercero, desde el socialismo “clerical” al socialismo “burgués”, desde el socialismo “verdadero” al socialismo “utópico”, que no tenga actualmente, pertinaces aún, sus herederos más o menos disfrazados. Bajo las formas declamatorias del pacifismo y de la filantropía, del mutualismo y de la colaboración entre las clases, por ahí andan con sus jeremiadas apuntalando a la burguesía en su desastre.
El socialismo “clerical” de ahora ya no enarbola como antes la alforja del mendigo para atraer al pueblo tras sus pasos; pero en la propaganda insistente del diario y de la cátedra, del púlpito y del libro, sigue afirmando todavía que podrá solucionarse este enorme “malentendido” entre las clases si se aconseja a los ricos un poco más de generosidad, si se predica a los pobres un poco menos de impaciencia.
El socialismo “burgués” de que habla el Manifiesto, hechura anticipada del reformismo de hoy, ¿no anda también por ahí, desesperado por frenar a las masas, para conquistar así dentro del orden y el respeto, sus migajas de legislación social, sus regateos de postulante insistente?
El socialismo “pequeñoburgués”,que tuvo en Sismondi su máxima figura, tan luminoso en la crítica de la sociedad capitalista como tibio y encogido en los medios, ¿no vuelve todavía sus ojos al pasado buscando una “tregua de invenciones” o en una nueva destrucción de máquinas, la única solución factible en ese instante? El Spengler desolado en los días actuales, que acusa a los hombres actuales por haber divulgado entre seres “inferiores”los secretos de la técnica,¿no confiesa también el derrumbe de Occidente y lo aguarda resignado, con “indignante melancolía”?
Y el socialismo “alemán” o “socialismo verdadero”, tan distante en apariencia de las cosas de hoy que algunos modernos editores no tuvieron escrúpulo alguno en suprimir las líneas que el Manifiesto le dedicaba, ¿no renace también en nuestros días en esa misma Alemania de la postguerra, con su escolástica vergonzante y su religiosidad apenas encubierta? Aquellos Carlos Grün y Moisés Hess que no dejaban pasar casi un instante sin hacer flamear a todo trapo, la “enajenación del ser humano” o la “abolición del imperio de lo general abstracto”, ¿no son acaso los mismos que hoy andan a tientas en la cerrazón del pensamiento germano, campeones todos de la libertad en abstracto y de los “bienes de la cultura”, pero sumisos todos, como Windelband o Gentile, al primer déspota que les eche sobre sus hombros la casaca?
Desde los cimientos a la cúspide, el Manifiesto Comunista forma, pues, un edificio magnífico en el cual no se advierte hasta hoy una sola grieta que lo amenace. Aunque empinado hacia el porvenir, lleva en sí, como no podía dejar de llevar, las huellas de la hora en que nació. La revolución del 48, que siguió en pocos días a la aparición del Manifiesto, no pudo realizar-no podía realizar-la misión trascendental que el Manifiesto le asignaba. Marx cometió entonces, lo cometería muchas veces, el error de la impaciencia. Humano error que acompaña siempre a la esperanza ardiente, y que da al Manifiesto Comunista el estremecimiento de las obras humanas. Aquel cerebro lúcido, aquel observador insobornable, tenía también un corazón generoso, y no podía por eso resignarse a las limitaciones que impone la fugacidad de nuestra vida.
Voltaire conoció también la amargura de esperar, y en una carta fechada veinticinco años antes de la Gran Revolución, le escribía al Marqués de Chauvelin, estas líneas dolorosas: “Todo lo que veo arroja las semillas de una revolución que llegará ineludiblemente y a la cual no tendré la alegría de asistir. Los hombres jóvenes son más felices; verán cosas hermosas”. Ni Marx ni Engels tuvieron tampoco la alegría de asistir. Pero un discípulo genial, que sabía el Manifiesto de memoria y que había ahondado en el marxismo como nadie lo había hecho antes que él, tuvo la dicha de dejar a medio hacer uno de sus libros más profundos, porque “es más agradable y útil-dijo-vivir la experiencia de una revolución que escribir acerca de ella”.
ANIBAL PONCE._Resumen de una conferencia pronunciada el 5 de mayo de 1933 en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de la Plata con motivo del cincuentenario de la muerte de Carlos Marx.
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El párrafo primero –“Burgueses y proletarios”-es la más concisa, luminosa y certera filosofía de la historia que se haya escrito hasta hoy. Desde la línea del comienzo, imperativa y recia como un axioma : “ La historia de toda sociedad hasta nuestros días no ha sido sino la historia de la lucha de clases”, hasta aquella otra del final que anuncia a la burguesía sus propios sepultureros, como un redoble sombrío de tambores enlutados, toda la historia del mundo, con sus dolores y sus grandezas, va desfilando delante de nosotros. Pero la realidad histórica ha sido enfocada desde tan arriba, que nada distrae los ojos con detalles pueriles. La historia tradicional, que se detiene en la superficie de las cosas, daba del mundo la impresión de un caos, en que la voluntad de los dioses o la rivalidad de los príncipes lanzaban unas sobre otras a las muchedumbres abigarradas. Sin alterar la realidad en lo más mínimo, el panorama que abarca el Manifiesto es bien distinto : en donde hervía el tumulto, vemos ahora insinuarse la ley; y tras del capricho aparente, el puño de hierro de la necesidad. En un esquema vigoroso, en que las proposiciones se suceden con la elegancia y la fuerza de un teorema, el Manifiesto demuestra cómo la burguesía creció en el seno de la sociedad feudal y cómo al transformar los medios de transporte y modificar los instrumentos de producción se vio forzada a romper con la organización feudal que la cohibía.. Pero demuestra también que las mismas armas de que se sirvió la burguesía se vuelven ahora contra ella; late en su entraña la clase que habrá de derribarla y que , liquidando de modo radical la propiedad privada en que aquella se asienta, impondrá por la violencia las formas más adecuadas de la propiedad colectiva.
Pero en todo ese largo desarrollo no suena en el manifiesto una imprecación ni un lamento. La burguesía no triunfó porque así lo exigiera esta moral o aquel principio, sino porque las fuerzas productivas que su iniciativa arrancó de la naturaleza, impusieron la necesidad de instaurar un nuevo orden social. No hará otra cosa el proletariado cuando le toque cumplir su misión.
La objetividad rigurosa y calculada de este párrafo, de tan formidable trabazón dialéctica, da a la página primera del Manifiesto Comunista el ceremonial imponente de una sentencia a muerte. En un instante, sin embargo, corre por la prosa un temblor de emoción. Pero no es de rencor, sino de elogio. Como un triunfador generoso que presentara armas al enemigo vencido, ensalza a la burguesía por haber demostrado frente a la pereza del noble hasta donde puede llegar la grandeza del trabajo humano. Jamás una clase celebró en honor de otra un funeral tan solemne.
Muy distinta es, en cambio, la entonación dominante en el párrafo segundo. Tan distinta que, para muchos, provoca un cierto asombro. Verdad es que el título, “Proletarios y comunistas “, guarda cierta simetría con el título anterior y predispone a encontrar en este párrafo un tratamiento parecido. No es así, sin embargo, y ese viraje brusco en el tono y en la prosa respondía justamente a la secreta intención del Manifiesto. Cada forma social, antes de morir-había escrito Marx algunos años atrás-debe pasa por dos muertes sucesivas : la muerte trágica primero, la muerte cómica después. Los dioses griegos, mortalmente heridos por el “Prometeo encadenado “ de Esquilo, solo bajaron a la tumba después de los diálogos burlones de Luciano.
Como los dioses griegos, la burguesía pasa por dos muertes en las páginas memorables del Manifiesto Comunista : en el párrafo primero, la muerte trágica; en el párrafo segundo la muerte cómica. Si en aquel, íntegro está el Marx dialéctico, en este, íntegro está el polemista. Analizando una por una las acusaciones más en auge lanzadas por el movimiento social que él interpreta, salta de un sector a otro del frente enemigo con una agilidad inesperada : rompe aquí un sofisma, invierte ahí un argumento, descoyunta más allá un error. Y pone en cada réplica tan picante dosis de rapé voltairiano que aún parece resonar a lo largo de sus líneas aquella risa triunfal de Marx, adolescente, de la cual contaba Bruno Bauer que lo había hecho feliz nada más que escuchándola un instante.
Más la aparente ligereza del párrafo segundo ha arrasado de tal modo las débiles defensas de la burguesía, que no causa sorpresa escuchas al manifiesto, en ese instante, los diez puntos famosos que el proletariado impondrá a la sociedad el día mismo que tome entre sus manos el poder. El manifiesto no emplea la expresión “ dictadura proletaria”, que Marx usará solo dos años más tarde.; pero las repetidas alusiones a la “destrucción violenta” y a
La “violencia despótica”, así como el carácter resuelto de las medidas que propone-sin una sola reforma democrática-, subrayan la orientación entrañablemente revolucionaria del programa.
El Manifiesto, con todo, no termina ahí, implacable en su ardor combativo, persigue todavía al enemigo sobre el campo doctrinario para batirlo también en sus reductos teóricos. Se acostumbra decir que este párrafo tercero ha perdido desde hace mucho tiempo todo valor de vida, como si las doctrinas que él pasa revista no representaran para nosotros más que recuerdos desvaídos. Nada más falso en mi opinión. No hay una sola de las corrientes aludidas en el párrafo tercero, desde el socialismo “clerical” al socialismo “burgués”, desde el socialismo “verdadero” al socialismo “utópico”, que no tenga actualmente, pertinaces aún, sus herederos más o menos disfrazados. Bajo las formas declamatorias del pacifismo y de la filantropía, del mutualismo y de la colaboración entre las clases, por ahí andan con sus jeremiadas apuntalando a la burguesía en su desastre.
El socialismo “clerical” de ahora ya no enarbola como antes la alforja del mendigo para atraer al pueblo tras sus pasos; pero en la propaganda insistente del diario y de la cátedra, del púlpito y del libro, sigue afirmando todavía que podrá solucionarse este enorme “malentendido” entre las clases si se aconseja a los ricos un poco más de generosidad, si se predica a los pobres un poco menos de impaciencia.
El socialismo “burgués” de que habla el Manifiesto, hechura anticipada del reformismo de hoy, ¿no anda también por ahí, desesperado por frenar a las masas, para conquistar así dentro del orden y el respeto, sus migajas de legislación social, sus regateos de postulante insistente?
El socialismo “pequeñoburgués”,que tuvo en Sismondi su máxima figura, tan luminoso en la crítica de la sociedad capitalista como tibio y encogido en los medios, ¿no vuelve todavía sus ojos al pasado buscando una “tregua de invenciones” o en una nueva destrucción de máquinas, la única solución factible en ese instante? El Spengler desolado en los días actuales, que acusa a los hombres actuales por haber divulgado entre seres “inferiores”los secretos de la técnica,¿no confiesa también el derrumbe de Occidente y lo aguarda resignado, con “indignante melancolía”?
Y el socialismo “alemán” o “socialismo verdadero”, tan distante en apariencia de las cosas de hoy que algunos modernos editores no tuvieron escrúpulo alguno en suprimir las líneas que el Manifiesto le dedicaba, ¿no renace también en nuestros días en esa misma Alemania de la postguerra, con su escolástica vergonzante y su religiosidad apenas encubierta? Aquellos Carlos Grün y Moisés Hess que no dejaban pasar casi un instante sin hacer flamear a todo trapo, la “enajenación del ser humano” o la “abolición del imperio de lo general abstracto”, ¿no son acaso los mismos que hoy andan a tientas en la cerrazón del pensamiento germano, campeones todos de la libertad en abstracto y de los “bienes de la cultura”, pero sumisos todos, como Windelband o Gentile, al primer déspota que les eche sobre sus hombros la casaca?
Desde los cimientos a la cúspide, el Manifiesto Comunista forma, pues, un edificio magnífico en el cual no se advierte hasta hoy una sola grieta que lo amenace. Aunque empinado hacia el porvenir, lleva en sí, como no podía dejar de llevar, las huellas de la hora en que nació. La revolución del 48, que siguió en pocos días a la aparición del Manifiesto, no pudo realizar-no podía realizar-la misión trascendental que el Manifiesto le asignaba. Marx cometió entonces, lo cometería muchas veces, el error de la impaciencia. Humano error que acompaña siempre a la esperanza ardiente, y que da al Manifiesto Comunista el estremecimiento de las obras humanas. Aquel cerebro lúcido, aquel observador insobornable, tenía también un corazón generoso, y no podía por eso resignarse a las limitaciones que impone la fugacidad de nuestra vida.
Voltaire conoció también la amargura de esperar, y en una carta fechada veinticinco años antes de la Gran Revolución, le escribía al Marqués de Chauvelin, estas líneas dolorosas: “Todo lo que veo arroja las semillas de una revolución que llegará ineludiblemente y a la cual no tendré la alegría de asistir. Los hombres jóvenes son más felices; verán cosas hermosas”. Ni Marx ni Engels tuvieron tampoco la alegría de asistir. Pero un discípulo genial, que sabía el Manifiesto de memoria y que había ahondado en el marxismo como nadie lo había hecho antes que él, tuvo la dicha de dejar a medio hacer uno de sus libros más profundos, porque “es más agradable y útil-dijo-vivir la experiencia de una revolución que escribir acerca de ella”.
ANIBAL PONCE._Resumen de una conferencia pronunciada el 5 de mayo de 1933 en la Facultad de Derecho de la Universidad Nacional de la Plata con motivo del cincuentenario de la muerte de Carlos Marx.
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sábado, 3 de febrero de 2007
75º aniversario del fusilamiento de Agustín Farabundo Martí.
Hace 75 años, el 1º de Febrero de 1932, Agustín Farabundo Martí, salvadoreño, el que de cara al sol arremetió contra los reaccionarios de su país y de centroamérica y contra el imperialismo yanqui opresor de muchos pueblos, muere fusilado. Agustín Farabundo Martí pertenece a la generación de revolucionarios y a la constelación de las grandes figuras empeñadas en transformar la realidad de indo-hispanoamérica. Dejó de estudiar Derecho para dedicarse a la lucha, con fusil en manos. Fue fundador del Partido Comunista de Centro América. El anticomunista guatemalteco Jorge Schlessinger, en su libro "Sucesos de 1932 en El Salvador", escribe, que “mientras otros hablaban de marxismo en los cafetines, Martí, enseñaba marxismo a los trabajadores”. Incursiona en México para conocer de cerca la revolución agrarista de 1910. Inquieto en lo que ocurría en Nicaragua. en 1928 se trasladó a El Salvador, donde en asamblea de trabajadores se le eligió responsable de una brigada de cinco obreros combatientes para ir a pelear a Nicaragua contra el yanqui invasor, bajo las órdenes del General Augusto César Sandino. Farabundo Martí, mostró en los hechos su arrojo antiimperialista, tanto con el fusil como con la pluma. Martí obtuvo el grado de Coronel, fue miembro del Estado Mayor Internacional de Sandino, y Secretario Privado del general de Hombres Libres. En ocasión que bandoleros yanquis bombardeaban persistentemente las posiciones sandinistas, Martí, en actitud de coraje dijo: "cuando la historia no se puede escribir con la pluma, se escribe con el rifle", parapetándose en la enramada de un árbol de la selva para abrir fuego contra los aviones de la piratería norteamericana. En junio de 1930 regresa a su patria de origen, siendo ya conocido en el mundo como un combativo antiimperialista. Lo hace como Representante del Socorro Rojo Internacional, ante la Sección Salvadoreña, dirigida por Ismael Hernández. Fue encarcelado varias veces; varias veces se puso en huelga de hambre y varias más expulsado del país. Entre 1927 y 1931 gobierna El Salvador, Pío Romero Bosque. En 1931 el terrateniente Arturo Araujo, educado en Londres y simpatizante del laborismo inglés ganó las elecciones con el apoyo de sindicatos e intelectuales. Sin embargo 10 meses bastaron para que colapsara su gobierno; el hambre y la miseria se instalaban entre los trabajadores, la crisis también afecta los negocios de la burguesía que no miraba con buenos ojos a este aprendiz de laborista. Un golpe de estado en 1931 convirtió a Maximiliano Hernández Martínez (vicepresidente y ministro de guerra de Araujo) en presidente. Los comicios fraudulentos fueron determinantes para la movilización del pueblo que suspendió las votaciones en varias zonas. A pesar de que el gobierno declaró estado de sitio y la ley marcial, se sucedieron alzamientos y combates en todo el país, miles de trabajadores, obreros y campesinos pobres con machetes y algunos pocos fusiles asaltaron cuarteles, guarniciones policiales, oficinas municipales, telégrafos, almacenes y fincas. Mientras tanto el imperialismo norteamericano e inglés enviaban buques de guerra en apoyo al General Hernández Martínez, quien escribió el siguiente telegrama: “En saludo a honorables comandantes declaramos situación absolutamente dominada fuerzas gobierno El Salvador. Garantizadas vidas propiedades ciudadanos extranjeros acogidos y respetuosos leyes de la República. La paz está establecida en El Salvador. Ofensiva comunista desechada sus formidables núcleos dispersos. Hasta hoy cuarto día de operaciones están liquidados cuatro mil ochocientos comunistas” . Es evidente que la insurrección fue salvajemente reprimida. El 31 de enero de 1932 Farabundo Martí junto con los líderes estudiantiles Alonso Luna Calderón y Mario Zapata fueron condenados a muerte en el Cementerio General de San Salvador. El 1º de Febrero son fusilados. "Dolorosa y sangrienta es su historia, pero excelsa y brillante a la vez; manantial de legítima gloria, gran lección de espartana altivez". Así reza la segunda estrofa del himno nacional de El Salvador. El contraste entre su belleza tropical y las cicatrices de guerras, asesinatos y desastres son evidentes. “Dolorosa y sangrienta es su historia”, pero la lección de “espartana altivez” la dieron hombres como los sublevados por Martí y que fuera el movimiento de masas más importante de ese país, cuya existencia y ejemplo se percibe hasta en la actualidad. El Salvador, “manantial de legítima gloria” dio hombres, también, como Monseñor Arnulfo Romero, asesinado en 1980 al igual que los padres Jesuitas en la Universidad Centroamericana. Eran todos continuadores de la obra de aquel que lanzara el primer grito de independencia que se oye en El Salvador, el 5 de Noviembre de 1811, el Héroe y Prócer Presbítero y Doctor José Matías Delgado, Padre de la Patria. Hoy, cuando los Pueblos del continente estrechan filas para oponerse a los designios del amo imperial, bien vale recordar estos episodios de nuestra historia colectiva, como así rendir homenaje y reconocimiento a quienes dieron su vida por la construcción de la Patria Grande.
Rosario, Provincia de Santa Fe, Argentina 1º de febrero de 2007
/Osvaldo Vergara Bertiche /Rebelión
Rosario, Provincia de Santa Fe, Argentina 1º de febrero de 2007
/Osvaldo Vergara Bertiche /Rebelión
jueves, 1 de febrero de 2007
En memoria de la Comuna.

Han pasado cuarenta años desde la proclamación de la Comuna de París. Según la costumbre establecida, el proletariado francés honró con mítines y manifestaciones la memoria de los hombres de la revolución del 18 de marzo de 1871. A finales de mayo volverá a llevar coronas de flores a las tumbas de los communards fusilados, víctimas de la terrible “Semana de Mayo”, y ante ellas volverá a jurar que luchará sin descanso hasta el total triunfo de sus ideas, hasta dar cabal cumplimiento a la obra que ellos le legaron.
¿Por qué el proletariado, no sólo francés, sino el de todo el mundo, honra a los hombres de la Comuna de París como a sus predecesores? ¿Cuál es la herencia de la Comuna?
La Comuna surgió espontáneamente, nadie la preparó de modo consciente y sistemático. La desgraciada guerra con Alemania, las privaciones durante el sitio, la desocupación entre el proletariado y la ruina de la pequeña burguesía, la indignación de las masas contra las clases superiores y las autoridades, que habían demostrado una incapacidad absoluta, la sorda efervescencia en la clase obrera, descontenta de su situación y ansiosa de un nuevo régimen social; la composición reaccionaria de la Asamblea Nacional, que hacía temer por el destino de la República, todo ello y otras muchas causas se combinaron para impulsar a la población de París a la revolución del 18 de marzo, que puso inesperadamente el poder en manos de la Guardia Nacional, en manos de la clase obrera y de la pequeña burguesía, que se había unido a ella.
Fue un acontecimiento histórico sin precedentes. Hasta entonces, el poder había estado, por regla general, en manos de los terratenientes y de los capitalistas, es decir, de sus apoderados, que constituían el llamado gobierno. Después de la revolución del 18 de marzo, cuando el gobierno del señor Thiers huyó de París con sus tropas, su policía y sus funcionarios, el pueblo quedó dueño de la situación y el poder pasó a manos del proletariado. Pero en la sociedad moderna, el proletariado, avasallado en lo económico por el capital, no puede dominar políticamente si no rompe las cadenas que lo atan al capital. De ahí que el movimiento de la Comuna debiera adquirir inevitablemente un tinte socialista, es decir, debiera tender al derrocamiento del dominio de la burguesía, de la dominación del capital, a la destrucción de las bases mismas del régimen social contemporáneo.
Al principio se trató de un movimiento muy heterogéneo y confuso. Se adhirieron a él los patriotas, con la esperanza de que la Comuna reanudaría la guerra contra los alemanes, llevándola a un venturoso desenlace. Los apoyaron asimismo los pequeños tenderos, en peligro de ruina si no se aplazaba el pago de las deudas vencidas de los alquileres (aplazamiento que les negaba el gobierno, pero que la Comuna les concedió). Por último, en un comienzo también simpatizaron en cierto grado con él los republicanos burgueses, temerosos de que la reaccionaria Asamblea Nacional (los “rurales”, los salvajes terratenientes) restablecieran la monarquía. Pero el papel fundamental en este movimiento fue desempeñado, naturalmente, por los obreros (sobre todo, los artesanos de París), entre los cuales se había realizado en los últimos años del Segundo Imperio una intensa propaganda socialista, y que inclusive muchos de ellos estaban afiliados a la Internacional.
Sólo los obreros permanecieron fieles a la Comuna hasta el fin. Los burgueses republicanos y la pequeña burguesía se apartaron bien pronto de ella: unos se asustaron por el carácter socialista revolucionario del movimiento, por su carácter proletario; otros se apartaron de ella al ver que estaba condenada a una derrota inevitable. Sólo los proletarios franceses apoyaron a su gobierno, sin temor ni desmayos, sólo ellos lucharon y murieron por él, es decir, por la emancipación de la clase obrera, por un futuro mejor para los trabajadores.
Abandonada por sus aliados de ayer y sin contar con ningún apoyo, la Comuna tenía que ser derrotada inevitablemente. Toda la burguesía de Francia, todos los terratenientes, corredores de bolsa y fabricantes, todos los grandes y pequeños ladrones, todos los explotadores, se unieron contra ella. Con la ayuda de Bismarck (que dejó en libertad a 100.000 soldados franceses prisioneros de los alemanes para aplastar al París revolucionario), esta coalición burguesa logró enfrentar con el proletariado parisiense a los campesinos ignorantes y a la pequeña burguesía de provincias, y rodear la mitad de París con un círculo de hierro (la otra mitad había sido cercada por el ejército alemán). En algunas grandes ciudades de Francia (Marsella, Lyon, Saint-Etienne, Dijon y otras) los obreros también intentaron tomar el poder, proclamar la Comuna y acudir en auxilio de París, pero estos intentos fracasaron rápidamente. Y París, que había sido la primera en enarbolar la bandera de la insurrección proletaria, quedó abandonada a sus propias fuerzas y condenada una muerte cierta.
Para que una revolución social pueda triunfar, necesita por lo menos dos condiciones: un alto desarrollo de las fuerzas productivas y un proletariado preparado para ella. Pero en 1871 se carecía de ambas condiciones. El capitalismo francés se hallaba aún poco desarrollado, y Francia era entonces, en lo fundamental, un país de pequeña burguesía (artesanos, campesinos, tenderos, etc.). Por otra parte, no existía un partido obrero, y la clase obrera no estaba preparada ni había tenido un largo adiestramiento, y en su mayoría ni siquiera comprendía con claridad cuáles eran sus fines ni cómo podía alcanzarlos. No había una organización política seria del proletariado, ni fuertes sindicatos, ni sociedades cooperativas...
Pero lo que le faltó a la Comuna fue, principalmente tiempo, posibilidad de darse cuenta de la situación y emprender la realización de su programa. No había tenido tiempo de iniciar la tarea cuando el gobierno, atrincherado en Versalles y apoyado por toda la burguesía, inició las operaciones militares contra París. La Comuna tuvo que pensar ante todo en su propia defensa. Y hasta el final mismo, que sobrevino en la semana del 21 al 28 de mayo, no pudo pensar con seriedad en otra cosa.
Sin embargo, pese a esas condiciones tan desfavorables y a la brevedad de su existencia, la Comuna adoptó algunas medidas que caracterizan suficientemente su verdadero sentido y sus objetivos. La Comuna sustituyó el ejército regular, instrumento ciego en manos de las clases dominantes, y armó a todo el pueblo; proclamó la separación de la Iglesia del Estado; suprimió la subvención del culto (es decir, el sueldo que el Estado pagaba al clero) y dio un carácter estrictamente laico a la instrucción pública, con lo que asestó un fuerte golpe a los gendarmes de sotana. Poco fue lo que pudo hacer en el terreno puramente social, pero ese poco muestra con suficiente claridad su carácter de gobierno popular, de gobierno obrero: se prohibió el trabajo nocturno en las panaderías; fue abolido el sistema de multas, esa expoliación consagrada por ley de que se hacía víctima a los obreros; por último, se promulgó el famoso decreto en virtud del cual todas las fábricas y todos los talleres abandonados o paralizados por sus dueños eran entregados a las cooperativas obreras, con el fin de reanudar la producción. Y para subrayar, como si dijéramos, su carácter de gobierno auténticamente democrático y proletario, la Comuna dispuso que la remuneración de todos los funcionarios administrativos y del gobierno no fuera superior al salario normal de un obrero, ni pasara en ningún caso de los 6.000 francos al año (menos de 200 rublos mensuales).
Todas estas medidas mostraban elocuentemente que la Comuna era una amenaza mortal para el viejo mundo, basado en la opresión y la explotación. Esa era la razón de que la sociedad burguesa no pudiera dormir tranquila mientras en el ayuntamiento de París ondeara la bandera roja del proletariado. Y cuando la fuerza organizada del gobierno pudo, por fin, dominar a la fuerza mal organizada de la revolución, los generales bonapartistas, esos generales batidos por los alemanes y valientes ante sus compatriotas vencidos, esos Rénnenkampf y Meller-Zakomielski franceses, hicieron una matanza como París jamás había visto. Cerca de 30.000 parisienses fueron muertos por la soldadesca desenfrenada; unos 45.000 fueron detenidos y muchos de ellos ejecutados posteriormente; miles fueron los desterrados o condenados a trabajar forzados. En total, París perdió cerca de 100.000 de sus hijos, entre ellos a los mejores obreros de todos los oficios.
La burguesía estaba contenta. “¡Ahora se ha acabado con el socialismo para mucho tiempo!”, decía su jefe, el sanguinario enano Thiers, cuando él y sus generales ahogaron en sangre la sublevación del proletariado de París. Pero esos cuervos burgueses graznaron en vano. Después de seis años de haber sido aplastada la Comuna, cuando muchos de sus luchadores se hallaban aún en presidio o en el exilio, se iniciaba en Francia un nuevo movimiento obrero. La nueva generación socialista, enriquecida con la experiencia de sus predecesores, cuya derrota no la había desanimado en absoluto, recogió la bandera que había caído de las manos de los luchadores de la Comuna y la llevó adelante con firmeza y audacia, al grito de “¡Viva la revolución social, viva la Comuna!” Y tres o cuatro años más tarde, un nuevo partido obrero y la agitación levantada por éste en el país obligaron a las clases dominantes a poner en libertad a los communards que el gobierno aún mantenía presos.
La memoria de los luchadores de la Comuna es honrada no sólo por los obreros franceses, sino también por el proletariado de todo el mundo, pues aquella no luchó por un objetivo local o estrechamente nacional, sino por la emancipación de toda la humanidad trabajadora, de todos los humillados y ofendidos. Como combatiente de vanguardia de la revolución social, la Comuna se ha ganado la simpatía en todos los lugares donde sufre y lucha el proletariado. La epopeya de su vida y de su muerte, el ejemplo de un gobierno obrero que conquistó y retuvo en sus manos durante más de dos meses la Capital del mundo, el espectáculo de la heroica lucha del proletariado y de sus sufrimientos después de la derrota, todo esto ha levantado la moral de millones de obreros, alentado sus esperanzas y ganado sus simpatías para el socialismo. El tronar de los cañones de París ha despertado de su sueño profundo a las capas más atrasadas del proletariado y ha dado en todas partes un impulso a la propaganda socialista revolucionaria. Por eso no ha muerto la causa de la Comuna, por eso sigue viviendo hasta hoy día en cada uno de nosotros.
La causa de la Comuna es la causa de la revolución social, es la causa de la completa emancipación política y económica de los trabajadores, es la causa del proletariado mundial. Y en este sentido es inmortal.
V. I. Lenin
Primera edición: En Rabóchaia Gazeta, núm.4-5, 15 (28) de abril de 1911.Digitalización y HTML: Aritz, para el MIA, set. 2000.
Actitud del partido obrero hacia la religión.

El discurso del diputado Surkov en la Duma de Estado, durante el debate del presupuesto del Sínodo, y la discusión en nuestra minoría de la Duma, al examinar el proyecto de este discurso -- que publicamos a continuación --, han planteado un problema de extraordinaria importancia y actualidad precisamente en nuestros días. Es indudable que el interés por cuanto se relaciona con la religión abarca ahora a vastos círculos de la "sociedad" y ha penetrado en las filas de los intelectuales que están cerca del movimiento obrero y en ciertos medios obreros. La socialdemocracia tiene el deber ineludible de exponer su actitud hacia la religión.
La socialdemocracia basa toda su concepción del mundo en el socialismo científico, es decir, en el marxismo. La base filosófica del marxismo, como declararon repetidas veces Marx y Engels, es el materialismo dialéctico, que hizo suyas plenamente las tradiciones históricas del materialismo del siglo XVIII en Francia y de Feuerbach (primera mitad del siglo XIX) en Alemania, del materialismo incondicionalmente ateo y decididamente hostil a toda religión. Recordemos que todo el Anti-Dühring de Engels, que Marx leyó en manuscrito, acusa al materialista y ateo Dühring de inconsecuencia en su materialismo y de haber dejado escapatorias para la religión y la filosofía religiosa. Recordemos que en su obra sobre Ludwig Feuerbach, Engels le reprocha haber luchado contra la religión no para aniquilarla, sino para renovarla, para crear una religión nueva, "sublime", etc. La religión es el opio del pueblo[1]. Esta máxima de Marx constituye la piedra angular de toda la concepción marxista en la cuestión religiosa. El marxismo considera siempre que todas las religiones e iglesias modernas, todas y cada una de las organizaciones religiosas, son órganos de la reacción burguesa llamados a defender la explotación y a embrutecer a la clase obrera.
Sin embargo, Engels condenó al mismo tiempo más de una vez los intentos de quienes, con el deseo de ser "más izquierdistas" o "más revolucionarios" que la socialdemocracia, pretendían introducir en el programa del partido obrero el reconocimiento categórico del ateísmo como una declaración de guerra a la religión. Al referirse en 1874 al célebre manifiesto de los comuneros blanquistas emigrados en Londres, Engels calificaba de estupidez su vocinglera declaración de guerra a la religión, afirmando que semejante actitud era el medio mejor de avivar el interés por la religión y de dificultar la verdadera extinción de la misma. Engels acusaba a los blanquistas de ser incapaces de comprender que sólo la lucha de clase de las masas obreras, al atraer ampliamente a las vastas capas proletarias a una práctica social consciente y revolucionaria, será capaz de librar de verdad a las masas oprimidas del yugo de la religión, en tanto que declarar como misión política del partido obrero la guerra a la religión es una frase anarquista[2]. Y en 1877, al condenar sin piedad en el Anti-Dühring las más mínimas concesiones del filósofo Dühring al idealismo y a la religión, Engels condenaba con no menor energía la idea seudorrevolucionaria de aquél sobre la prohibición de la religión en la sociedad socialista. De clarar semejante guerra a la religión, decía Engels, significaria "ser más bismarckista que Bismarck", es decir, repetir la necedad de su lucha contra los clericales (la famosa "lucha por la cultura", Kulturkampf, o sea, la lucha sostenida por Bismarck en la década de 1870 contra el Partido Católico Alemán, el partido del "Centro", mediante persecuciones policíacas del catolicismo[3]. Lo único que consiguió Bismarck con esta lucha fue fortalecer el clericalismo militante de los católicos y perjudicar a la causa de la verdadera cultura, pues colocó en primer plano las divisiones religiosas en lugar de las divisiones políticas, distrayendo asi la atención de algunos sectores de la clase obrera y de la democracia de las tareas esenciales de la lucha de clase y revolucionaria para orientarlos hacia el anticlericalismo burgués más superficial y engañoso. Al acusar a Dühring, que pretendia aparecer como ultrarrevolucionario, de querer repetir en otra forma la misma necedad de Bismarck, Engels requería del partido obrero que supiese trabajar con paciencia para organizar e ilustrar al proletariado, para realizar una obra que conduce a la extinción de la religión, y no lanzarse a las aventuras de una guerra política contra la religión[4]. Este punto de vista arraigó en la socialdemocracia alemana, que se manifestó, por ejemplo, a favor de la libertad de acción de los jesuitas, a favor de su admisión en Alemania y de la abolición de todas las medidas de lucha policíaca contra una u otra religión. "Declarar la religión un asunto privado": este famoso punto del Programa de Erfurt[5] (1891) afianzó dicha táctica política de la socialdemocracia.
Esta táctica se ha convertido ya en una rutina, ha llegado a engendrar una nueva distorsión del marxismo en el sentido contrario, en el sentido oportunista. La tesis del Programa de Erfurt ha comenzado a ser interpretada en el sentido de que nosotros, los socialdemócratas, nuestro Partido, considera la religión un asunto privado; que para nosotros, como socialdemócratas, como Partido, la religión es un asunto privado. Sin polemizar directamente con este punto de vista oportunista, Engels estimó necesario en la década del go del siglo XIX combatirlo con energía no en forma polémica, sino de modo posirivo. O sea: Engels lo hizo mediante una declaración, en la que subrayaba adrede que la socialdemocracia considera la religión como un asunto privado con respecto al Estado, pero en modo alguno con respecto a sí misma, con respecto al marxismo, con respecto al partido obrero[6].
Tal es la historia externa de las manifestaciones de Marx y Engels acerca de la religión. Para quienes enfocan con negligencia el marxismo, para quienes no saben o no quieren meditar, esta historia es un cúmulo de contradicciones absurdas y de vaivenes del marxismo: una especie de mezcolanza de ateísmo "consecuente" y de "condescendencias" con la religión, vacilaciones "carentes de principios" entre la guerra r-r-revolucionaria contra Dios y la aspiración cobarde de "adaptarse" a los obreros creyentes, el temor a espantarlos, etc., etc. En las publicaciones de los charlatanes anarquistas puede encontrarse no pocos ataques de esta indole al marxismo.
Pero quienes scan capaces aunque sea en grado minimo, de enfocar con un mínimo de seriedad el marxismo, de profundizar en sus bases filosóficas y en la experiencia de la socialclemocracia internacional, verán con facilidad que la táctica del marxismo ante la religión es profundamente consecuente y que Marx y Engels la meditaron bien; verán que lo que los diletantes o ignorantes consideran vacilaciones es una conclusion directa e ineludible del materialismo dialéctico. Constituiría un craso error pensar que la aparente "moderación" del marxismo frente a la religión se explica por sedicientes razones "tácticas", por el deseo de "no espantar", etc. Al contrario: la línea política del marxismo está indisolublemente ligada a sus principios filosóficos también en esta cuestión.
El marxismo es materialismo. En calidad de tal, es tan implacable enemigo de la religión como el materialismo de los enciclopedistas del siglo XVIII[7] o el materialismo de Feuerbach. Esto es indudable. Pero el materialismo dialéctico de Marx y Engels va más lejos que los enciclopedistas y que Feuerbach al aplicar la filosofía materialista a la historia y a las ciencias sociales. Debemos luchar contra la religión. Esto es el abecé de todo materialismo y, por tanto, del marxismo. Pero el marxismo no es un materialismo que se detenga en el abecé. El marxismo va más allá. Afirma: hay que saber luchar contra la religión, y para ello es necesario explicar desde el punto de vista materialista los orígenes de la fe y de la religión entre las masas. La lucha contra la religión no puede limitarse ni reducirse a la prédica ideologica abstracta; hay que vincular esta lucha a la actividad práctica concreta del movimiento de clases, que tiende a eliminar las raíces sociales de la religión. ¿Por qué persiste la religión entre los sectores atrasados del proletariado urbano, entre las vastas capas semiproletarias y entre la masa campesina? Por la ignorancia del pueblo, responderán el progresista burgués, el radical o el materialista burgués. En consecuencia, ¡abajo la religión y viva el ateísmo!, la difusión de las concepciones ateístas es nuestra tarea principal. El marxista dice: No es cierto. Semejante opinión es una ficción cultural superficial, burguesa, limitada. Semejante opinión no es profunda y explica las raíces de la religión de un modo no materialista, sino idealista. En los países capitalistas contemporáneos, estas raíces son, principalmente, sociales. La raíz más profunda de la religión en nuestros tiempos es la opresión social de las masas trabajadoras, su aparente impotencia total frente a las fuerzas ciegas del capitalismo, que cada día, cada hora causa a los trabajadores sufrimientos y martirios mil veces más horrorosos y salvajes que cualquier acontecimiento extraordinario, como las guerras, los terremotos, etc. "El miedo creó a los dioses". El miedo a la fuerza ciega del capital -- ciega porque no puede ser prevista por las masas del pueblo --, que a cada paso amenaza con aportar y aporta al proletario o al pequeño propietario la perdición, la ruina "inesperada", "repentina", "casual", convirtiéndolo en mendigo, en indigente, arrojándole a la prostitución, acarreándole la muerte por hambre: he ahí la raíz de la religión contemporánea que el materialista debe tener en cuenta antes que nada, y más que nada, si no quiere quedarse en aprendiz de materialista. Ningún folleto educativo será capaz de desarraigar la religión entre las masas aplastadas por los trabajos forzados del régimen capitalista y que dependen de las fuerzas ciegas y destructivas del capitalismo, mientras dichas masas no aprendan a luchar unidas y organizadas, de modo sistemático y consciente, contra esa raíz de la religión, contra el dominio del capital en todas sus formas.
¿Debe deducirse de esto que el folleto educativo antirreligioso es nocivo o superfluo? No. De esto se deduce otra cosa muy distinta. Se deduce que la propaganda atea de la social-democracia debe estar subordinada a su tarea fundamental: el desarrollo de la lucha de clases de las masas explotadas contra los explotadores.
Quien no haya reflexionado sobre los principios del materialismo dialéctico, es decir, de la filosofía de Marx y Engels, quizá no comprenda (o, por lo menos, no comprenda en seguida) esta tesis. Se preguntará: ¿Como es posible subordinar la propaganda ideológica, la prédica de ciertas ideas, la lucha contra un enemigo de la cultura y del progreso que persiste desde hace miles de años (es decir, contra la religión) a la lucha de clases, es decir, a la lucha por objetivos prácticos determinados en el terreno económico y político?
Esta objeción figura entre las que se hacen corrientemente al marxismo y que testimonian la incomprensión más completa de la dialéctica de Marx. La contradicción que sume en la perplejidad a quienes objetan de este modo es una contradicción real de la vida misma, es decir, una contradicción dialéctica y no verbal ni inventada. Separar con una barrera absoluta, infranqueable, la propaganda teórica del ateísmo -- es decir, la destrucción de las creencias religiosas entre ciertos sectores del proletariado -- y el éxito, la marcha, las condiciones de la lucha de clase de estos sectores significa discurrir de modo no dialéctico, convertir en barrera absoluta lo que es sólo una barrera móvil y relativa; significa desligar por medio de la violencia lo que está indisolublemente ligado en la vida real. Tomemos un ejemplo. El proletariado de determinada región y de determinada rama industrial se divide, supongamos, en un sector avanzado de socialdemócratas bastante conscientes -- que, naturalmente, son ateos -- y en otro de obreros bastante atrasados, vinculados todavía al campo y a los campesinos, que creen en Dios, van a la iglesia e incluso se encuentran bajo la influencia directa del cura local, quien, admitámoslo, crea una organización obrera cristiana. Supongamos, además, que la lucha económica en dicha localidad haya llevado a la huelga. El marxista tiene el deber de colocar en primer plano el éxito del movimiento huelguístico, de oponerse resueltamente a la división de los obreros en esa lucha en ateos y cristianos y de combatir esa división. En tales condiciones, la prédica ateísta puede resultar superflua y nociva, no desde el punto de vista de las consideraciones filisteas de que no se debe espantar a los sectores atrasados o perder un acta en las elecciones, etc., sino desde el punto de vista del progreso efectivo de la lucha de clases, que, en las circunstancias de la sociedad capitalista moderna, llevará a los obreros cristianos a la socialdemocracia y al ateísmo cien veces mejor que la mera propaganda atea. En tal momento y en semejante situación, el predicador del ateísmo sólo favorecería al cura y a los curas, quienes no desean sino sustituir la división de los obreros según su intervención en el movimiento huelguístico por la división en creyentes y ateos. El anarquista, al predicar la guerra contra Dios a toda costa, ayudaría, de hecho, a los curas y a la burguesía (de la misma manera que los anarquistas ayudan siempre, de hecho, a la burguesía). El marxista debe ser materialista, o sea, enemigo de la religión; pero debe ser un materialista dialéctico, es decir, debe plantear la lucha contra la religión no en el terreno abstracto, puramente teórico, de prédica siempre igual, sino de modo concreto, sobre la base de la lucha de clases que se libra de hecho y que educa a las masas más que nada y mejor que nada. El marxista debe saber tener en cuenta toda la situación concreta, cncontrando siempre el límite entre el anarquismo y el oportunismo (este límite es relativo, móvil, variable, pero existe), y no caer en el "revolucionarismo" abstracto, verbal, y, en realidad, vacuo del anarquista, ni en el filisteísmo y el oportunismo del pequeño burgués o del intelectual liberal, que teme la lucha contra la religión, olvida esta tarea suya, se resigna con la fe en Dios y no se orienta por los intereses de la lucha de clases, sino por el mezquino y mísero cálculo de no ofender, no rechazar ni asustar, ateniéndose a la máxima ultrasabia de "vive y deja vivir a los demás", etc., etc.
Desde este punto de vista hay que resolver todas las cuestiones parciales relativas a la actitud de la socialdemocracia ante la religión. Por ejemplo, se pregunta con frecuencia si un sacerdote puede ser miembro del Partido Socialdemócrata y, como regla general, se responde de modo afirmativo incondicional, invocando la experiencia de los partidos socialdemócratas europeos. Pero esta experiencia no es fruto únicamente de la aplicación de la doctrina marxista al movimiento obrero, sino también de las condiciones históricas especiales de Occidente, que no existen en Rusia (más adelante hablaremos de ellas); de modo que la respuesta afirmativa incondicional es, en este caso, errónea. No se puede declarar de una vez para siempre y para todas las situaciones que los sacerdotes no pueden ser miembros del Partido Socialdemócrata, pero tampoco se puede establecer de una vez para siempre la regla contraria. Si un sacerdote viene hacia nosotros para realizar una labor política conjunta y cumple con probidad el trabajo de partido, sin combatir el programa de éste, podemos admitirlo en las filas socialdemócratas: en tales condiciones, la contradicción entre el espíritu y los principios de nuestro programa, por un lado, y las convicciones religiosas del sacerdote, por otro, podría seguir siendo una contradicción personal suya, que sólo a él afectase, ya que una organización política no puede examinar a sus militantes para saber si no existe contradicción entre sus conceptos y el Programa del Partido. Pero, claro está, caso semejante podría ser una rara excepción incluso en Europa, mas en Rusia es ya muy poco probable. Y si, por ejemplo, un sacerdote ingresase en el Partido Socialdemócrata y empezase a realizar en él, como labor principal y casi única, la prédica activa de las concepciones religiosas, el Partido, sin duda, tendría que expulsarlo de sus filas. Debemos no sólo admitir, sino atraer sin falta al Partido Socialdemócrata a todos los obreros que conservan la fe en Dios; nos oponemos categóricamente a que se infiera la más mínima ofensa a sus creencias religiosas, pero los atraemos para educarlos en el espíritu de nuestro programa y no para que luchen activamente contra él. Admitimos dentro del Partido la libertad de opiniones, pero hasta ciertos límites, determinados por la libertad de agrupación: no estamos obligados a marchar hombro con hombro con los predicadores activos de opiniones que rechaza la mayoría del Partido.
Otro ejemplo. ¿Se puede condenar por igual, en todas las circunstancias, a los militantes del Partido Socialdemócrata por declarar "El socialismo es mi religión" y por predicar opiniones en consonancia con semejante declaración? No. La desviación del marxismo (y, por consiguiente, del socialismo) es en este caso indudable; pero la importancia de esta desviación, su peso específico, por así decirlo, pueden ser diferentes en diferentes circunstancias. Una cosa es cuando el agitador, o la persona que interviene ante las masas obreras, habla así para que le comprendan mejor, para empezar su exposición o presentar con mayor claridad sus conceptos en los términos más usuales entre una masa poco culta. Pero otra cosa es cuando un escritor comienza a predicar la "construcción de Dios"[8] o el socialismo de los constructores de Dios (en espíritu, por ejemplo, de nuestros Lunacharski y Cía.). En la misma medida en que, en el primer caso, la condenación sería injusta e incluso una limitación inadecuada de la libertad del agitador, de la libertad de influencia "pedagógica", en el segundo caso, la condenación por parte del Partido es indispensable y obligada. Para unos, la tesis de que "el socialismo es una religión" es una forma de pasar de la religión al socialismo; para otros, del socialismo a la reiigión.
Analicemos ahora las condiciones que han engendrado en Occidente la interpretación oportunista de la tesis "Declarar la religión un asunto privado". En ello han influido, naturalmente, las causas comunes que engendran el oportunismo en general como sacrificio de los intereses fundamentales del movimiento obrero en aras de las ventajas momentáneas. El Partido del proletariado exige del Estado que declare la religión un asunto privado; pero no considera, ni mucho menos, "asunto privado" la lucha contra el opio del pueblo, la lucha contra las supersticiones religiosas, etc. ¡Los oportunistas tergiversan la cuestión como si el Partido Socialdemócrata considerase la religión un asunto privado!
Pero, además de la habitual deformación oportunista (no explicada en absoluto durante los debates que sostuvo nuestra minoría de la Duma al analizarse la intervención sobre la religión), existen condiciones históricas especiales que han suscitado, si se me permite la expresión, la excesiva indiferencia actual de los socialdemócratas europeos ante la cuestión religiosa. Son condiciones de dos géneros. Primero, la tarea de la lucha contra la religión es históricamente una tarea de la burguesía revolucionaria, y la democracia burgue sa de Occidente, en la época de sus revoluciones o de sus ataques al feudalismo y al espíritu medieval, la cumplió (o cumplía) en grado considerable. Tanto en Francia como en Alemania existe la tradición de la guerra burguesa contra la religión, guerra iniciada mucho antes de aparecer el socialismo (los enciclopedistas, Feuerbach). En Rusia, de acuerdo con las condiciones de nuestra revolución democráticoburguesa, también esta tarea recae casi por entero sobre los hombros de la clase obrera. En nuestro país, la democracia pequeñoburguesa (populista) no ha hecho mucho al respecto (como creen los kadetes centurionegristas de nuevo cuño o los centurionegristas kadetes de Veji [9]), sino demasiado poco en comparación con Europa.
Por otra parte, la tradición de la guerra burguesa contra la religión creó en Europa una deformación específicamente burguesa de esta guerra por parte del anarquismo, el cual, como han explicado hace ya mucho y reiteradas veces los marxistas, se sitúa en el terreno de la concepción burguesa del mundo, a pesar de toda la "furia" de sus ataques a la burguesía. Los anarquistas y los blanquistas en los países latinos, Most (que, dicho sea de paso, fue discípulo de Dühring) y Cía. en Alemania y los anarquistas de la década del 80 en Austria llevaron hasta el nec plus ultra la frase revolucionaria en su lucha contra la religión. No es de extrañar que, ahora, los socialdemócratas europeos caigan en el extremo opuesto de los anarquistas. Esto es comprensible y, en cierto modo, legítimo; pero nosotros, los socialdemócratas rusos, no pode mos olvidar las condiciones históricas especiales de Occidente.
Segundo, en Occidente, después de haber terminado las revoluciones burguesas nacionales, después de haber sido implantada la libertad de conciencia más o menos completa, la cuestión de la lucha democrática contra la religión quedó tan relegada históricamente a segundo plano por la lucha de la democracia burguesa contra el socialismo, que los gobiernos burgueses intentaron conscientemente desviar la atención de las masas del socialismo, organizando "cruzadas" quasi-liberales contra el clericalismo. Este carácter tenían también el Kulturkampf en Alemania y la lucha de los republicanos burgueses de Francia contra el clericalismo. El anticlericalismo burgués, como medio de desviar la atención de las masas obreras del socialismo, precedió en Occidente a la difusión entre los socialdemócratas de su actual "indiferencia" ante la lucha contra la religión. Y también esto es comprensible y legítimo, pues los socialdemócratas debían oponer al anticlericalismo burgués y bismarckiano precisamente la subordinación de la lucha contra la religión a la lucha por el socialismo.
En Rusia, las condiciones son completamente distintas. El proletariado es el dirigente de nuestra revolución democráticoburguesa. Su partido debe ser el dirigente ideológico en la lucha contra todo lo medieval, incluidos la vieja religión oficial y todos los intentos de renovarla o fundamentarla de nuevo o sobre una base distinta, etc. Por eso, si Engels corregía con relativa suavidad el oportunismo de los socialdemócratas alemanes -- que habían sustituido la reivindicación del partido obrero de que el Estado declarase la religión un asunto privado, declarando ellos mismos la religión como asunto privado para los propios socialdemócratas y para el Partido Socialdemócrata --, es lógico que la aceptación de esta tergiversación alemana por los oportunistas rusos merecería una condenación cien veces más dura por parte de Engels.
Al declarar desde la tribuna de la Duma que la religión es el opio del pueblo, nuestra minoría procedió de modo completamente justo, sentando con ello un precedente que deberá servir de base para todas las manifestaciones de los socialdemócratas rusos acerca de la religión. ¿Debería haberse ido más lejos, desarrollando con mayor detalle las conclusiones ateas? Creemos que no. Eso podría haber acarreado la amenaza de que el partido político del proletariado hiperbolizase la lucha antirreligiosa; eso podría haber conducido a borrar la línea divisoria entre la lucha burguesa y la lucha socialista contra la religión. La primera tarea que debía cumplir la minoría socialdemócrata en la Duma centurionegrista fue cumplida con honor.
La segunda tarea, y quizá la principal para los socialdemócratas -- explicar el papel de clase que desempeñan la Iglesia y el clero al apoyar al gobierno centurionegrista y a la burguesía en su lucha contra la clase obrera --, fue cumplida también con honor. Es claro que sobre este tema podría decirse mucho más, y las intervenciones posteriores de los socialdemócratas sabrán completar el discurso del camarada Surkov; sin embargo, su discurso fue magnífico y su difusión por todas nuestras organizaciones es un deber directo del Partido.
La tercera tarea consistía en explicar con toda minuciosidad el sentido justo de la tesis que con tanta frecuencia deforman los oportunistas alemanes: "declarar la religión un asunto privado". Por desgracia, el camarada Surkov no lo hizo. Esto es tanto más de lamentar por cuanto, en la actividad anterior de la minoría, el camarada Beloúsov cometió un error en esta cuestión, que fue señalado oportunamente en Proletari. Los debates en la minoría demuestran que la discusión en torno al ateísmo le impidió ver el problema de cómo exponer correctamente la famosa reivindicación de declarar la religión un asunto privado. No acusaremos sólo al camarada Surkov de este error de toda la minoría. Más aún: reconocemos francamente que la culpa corresponde a todo el Partido por no haber explicado en grado suficiente esta cuestión, por no haber inculcado suficientemente en la conciencia de los socialdemócratas el significado de la observación de Engels a los oportunistas alemanes. Los debates en la minoría demuestran que eso fue, precisamente, una comprensión confusa de la cuestión y no falta de deseos de atenerse a la doctrina de Marx, por lo que estamos seguros de que este error será subsanado en las intervenciones subsiguientes de la minoría.
En resumidas cuentas, repetimos que el discurso del camarada Surkov es magnífico y debe ser difundido por todas las organizaciones. Al discutir el contenido de este discurso, la minoría ha demostrado que cumple a conciencia con su deber socialdemócrata. Nos resta desear que en la prensa del Partido aparezcan con mayor frecuencia informaciones acerca de los debates en el seno de la minoría, a fin de aproximar ésta al Partido, de darle a conocer la intensa labor que efectúa la minoría y de establecer la unidad ideológica en la actuación de uno y otra.
NOTAS
[1] Véase C. Marx, "Introducción a La crítica de la filosofía de derecho de Hegel ". (C. Marx y F. Engels, Obras Completas, t. I.)[2] Véase F. Engels, "La literatura de emigrado". (C. Marx y F. Engels, Obras Completas, t. XVIII.)[3] Se alude a Kulturkampf ("Lucha por la cultura") que era como llamaban los burgueses liberales al conjunto de medidas legales adoptadas en la década del 70 del siglo XIX, por el gobierno de Bismarck bajo el rótulo de la lucha por una cultura laica y con miras a oponerse a la iglesia católica y al partido del "Centro", los que brindaban apoyo a las tendencias separatistas de los terratenientes y la burguesía de los Estados pequeños y medianos de Suroeste de Alemania. La política de Bismarck también apuntaba a desviar de la lucha de clases a una parte de la clase obrera mediante la incitación al fanatismo religioso. En la década del 80, a fin de amalgamar a las fuerzas reaccionarias, Bismarck derogó gran parte de estas medidas.[4] Véase F. Engels, Anti-Duhring, parte tercera, V. El Estado, la familia y la educación.[5] El Programa de Erfurt, de la socialdemocracia alemana, fue aprobado en octubre de 1891 en el congreso de Erfurt para sustituir el Programa de Gotha de 1875, y significó un paso adelante con respecto a este último porque en el se rechazaba las exigencias lassalleanas. Sin embargo, también contenia graves errores; no trataba de la teoría de dictadura del proletariado, de las exigencias de derrocar la monarquía y fundar república democrática. En junio de 1891, Engels criticó el proyecto de este programa. (C. Marx y F. Engels, "La critica del proyecto del programa del Partido Socialdemocrático de 1891", Obras Completas, t. XXII.) [6] Se alude a la "Introducción" de F. Engels al folleto de C. Marx La guerra civil en Francia, 3a edición alemana. [7] Enciclopedistas: grupo de ideologo-civilizadores franceses del siglo XVIII, que se unieron para publicar la Encyclopédie ou dictionnaire reissonné des sciences, des arts et des métiers (1751-1780) y por eso se denominan así. Su organizador y editor en jefe fue Denis Diderot. Los enciclopedistas estaban categóricamente en contra de la iglesia católica, la escolástica y el privilegio del sistema feudal, y desempeñaron un papel nada insignificante en la preparación ideológica de la revolución burguesa en la Francia de fines del siglo XVIII. [8] Construcción de Dios: corriente religioso-filosófica hostil al marxismo, aparecida en el período de la reacción stolipiniana entre una parte de los intelectuales del Partido, que se desviaron del marxismo después de la derrota de la revolución de 1905-1907. Los constructores de Dios (Lunacharski, Bazárov y otros) predicaban la creación de una religión nueva, "socialista", trataban de reconciliar el marxismo con la religión. En un tiempo, M. Gorki se adhirió a ellos. La reunión de la redacción ampliada de Proletari condenó dicha corriente y en una resolución especial declaró que la fracción bolchevique no tenía nada de común "con semejante tergiversación del socialismo científico". [9] Veji ("Jalones"): recopilacion de los kadetes; apareció en Moscú en la primavera de 1909 con artículos de N. Berdiáev, S. Bulgákov, P. Struve, M. Guerchenzon y otros representantes de la burguesía liberal contrarrevolucionaria. En los artículos sobre los intelectuales rusos, los "vejistas" trataban de difamar las tradiciones democrático-revolucionarias de Rusia, denigraban el movimiento revolucionario de 1905 y daban las gracias al gobierno zarista por haber salvado a la burguesía "con sus bayonetas y cárceles". La recopilacion exhortaba a los intelectuales a ponerse al servicio de la autocracia. Lenin comparaba el programa de Veji tanto en filosofía como en ensayos con el de Moskovskie Viédomosti, periódico centurionegrista, llamaba la recopilación "enciclopedia de la apostasia liberal ", que "es un continuo torrente de lodo reaccionario, vertido sobre la democracia."
V. I. Lenin
Escrito: En 1909.Primera publicación: En Proletari, núm. 45, 13 (26) de mayo de 1909.Fuente: Biblioteca de Textos Marxistas.Preparado para el MIA: Por Juan Fajardo, diciembre de 2000.
miércoles, 31 de enero de 2007
La Semana Trágica.

La íntima alegría: no hay olvido para aquellos hechos donde se trató de apagar el Derecho a balazo limpio en vez de aplicar los argumentos de la razón. La Semana Trágica de enero del ’19. Otro aniversario más, sí, cuántos años. Cuántos muertos por lo justo. No vamos a discutir ahora si fueron mil o seiscientos los obreros muertos. Lo triste, lo trágico es que se tergiversó todo, se hizo valer como siempre o, como casi siempre, la historia oficial. No eran ni “perturbadores extranjeros” ni “rusos” ni “terroristas” como los medios oficiales y del poder trataron de disfrazar el crimen. Eran obreros que querían tener los derechos de la dignidad y de la vida: las sagradas ocho horas de trabajo. Los panaderos y los yeseros ya habían conseguido –por su lucha– las ocho horas en 1898, los metalúrgicos, en 1919, todavía trabajaban nueve horas por día. Por eso la huelga y por el lugar de trabajo para los despedidos. Dignidad y Justicia. La respuesta del poder fue bala y más bala. Con los uniformados de siempre. Esta vez ya con la ayuda de los muchachos del barrio Norte, las guardias blancas, la llamada después “Liga Patriótica Argentina”. Salieron a matar “anarquistas, rusos, judíos y enemigos de la Patria”. Las calles de Buenos Aires quedaron teñidas de sangre obrera.Pero el mismo gobierno represor tuvo que reconocer la injusticia y días después se les dio a los obreros lo que pedían. ¿Por qué entonces tanta violencia desde el poder? ¿Por qué además de los muertos, los 1500 obreros presos? La firma del ministro del Interior en las cláusulas de la solución del conflicto deja en claro que la razón estaba del lado obrero. Eso sí, esa razón se había pagado con sangre de los explotados. Pero luego de la matanza pasó a ser un tema del cual no se habla. Cuando muchos años después tratamos de que los terrenos donde había comenzado el drama –los de los establecimientos Vasena, que habían sido demolidos– pasaran a llamarse “Parque Mártires de la Semana Trágica”, justamente el dirigente Augusto Vandor se opuso y propuso llamarla “Plaza Martín Fierro”. Nombre que hoy lleva. Claro, del pasado no se habla porque estaban involucrados Yrigoyen, los radicales, el ejército y personajes de la “guardia blanca” que luego pasaron a ser próceres: Manuel Carlés, el Perito Moreno, el cura Miguel D’Andrea e, infaltable, el estanciero Martínez de Hoz, hijo de aquel presidente de la Sociedad Rural que recibió de Roca 2.500.000 hectáreas de la tierra donde vivían antes los pampas y los ranqueles, bisabuelo del murciélago que luego fue ministro de Economía de la dictadura de la desaparición de personas. Toda una estirpe familiar heredera del autollamado “liberalismo positivista” del roquismo.Bien, esta semana se recordó a los obreros mártires de las ocho horas de trabajo. Entre las organizaciones que propiciaron el acto estaban la Federación Libertaria Argentina, la FORA –la más antigua de las organizaciones obreras– y la Biblioteca José Ingenieros. El culto de la utopía a través de la dignidad.Página/12, 16/01/06
Semana trágica
Buenos Aires bajo el terror y la muerte[Revista Panorama, 1969]7 de enero de 1919. Una manifestación de obreros en huelga se concentra frente a los portones de los talleres metalúrgicos Pedro Vasena, en Rioja y Cochabamba. Rostros hoscos, .puños crispados, mujeres que se asoman fugazmente a las puertas de los conventillos de la zona. En el aire flota un denso clima de violencia contenida. Se cierne la tragedia. De pronto estalla el drama: por sobre los gritos de hostilidad de la multitud suenan, secos, fatales, los primeros disparos. Los ayes de dolor de los heridos son cubiertos por el crepitar de la fusilería. Nunca pudieron ponerse de acuerdo los historiadores sobre quién comenzó el tiroteo. La polémica no llegó a interesar a la media docena de muertos y a los 34 heridos que se desangraron en las calles empedradas del barrio de San Cristóbal. Ni a las centenares de víctimas que seguirían a esas primeras que se cobró, hace 50 años, la Semana Trágica. Siete días en los que la Argentina se asomó al rostro fratricida de las luchas sociales; a la sangre del pueblo ya derramada en México y Rusia. Y durante los que los argentinos vivieron el mayor cúmulo de experiencias arrojadas por la contienda de clases.En el medio siglo trascurrido desde entonces, no todas esas experiencias fueron aprovechadas. Algunas aún tardan en asimilarse. Por ejemplo, nadie ha explicado hasta ahora una infausta coincidencia: la huelga provocó el cierre de la fábrica y con ello frustró el primer Intento de integrar en en el país una" planta siderúrgica. Recién en 1946/47 con el Plan Savio, se reanudó el hilo de esa historia. Un hilo desplegado en forma muy lenta: sólo en 1959 comenzó a funcionar el primer alto horno de gran dimensión. Pocos repararon entonces en la pérdida que experimentaba el país. Pero eran tiempos confusos. Hasta la semántica se trabucó y resultó que un anarquista y un bolchevique vinieran a ser la misma cosa; también se unificaban los términos ruso, israelita y maximalista. Lo que resultó fatal para no pocos inmigrantes judíos recién llegados (algunos huyendo de la revolución rusa) a quienes se castigó, paradójicamente, como propagadores de la nueva fe que aborrecían. Los más afortunados entre ellos soportaron bárbaras rasuradas y sangrientas palizas. Los otros, fueron asesinados y sus cuerpos incinerados en la pira común.El último caudilloA partir de esos disparos Buenos Aires se convirtió en la capital de la confusión. El presidente Hipólito Yrigoyen, un líder popular de quien se dijera que era el "postrero" (Carlos Sánchez Viamonte: "El último caudillo") hizo todo lo posible por mantener la serenidad. "Querían arrastrarme a reprimir a sangre y fuego" -dijo después-- Procuró, en cambio, controlar la situación e instó a los empresarios a transar rindiéndose sin condiciones ante las demandar obreras"El 7 de enero fue un día de encrucijadas históricas. Otro caudillo hizo entonces su primera experiencia junto a los trabajadores. Según el testimonio de Diego Abad de Santillán (72 años, fue dirigente de la FORA del V Congreso) entre los oficiales del ejército que reprimieron a las manifestaciones en esa sangrienta jornada, se encontraba un joven teniente: Juan Domingo Perón. Abad de Santillán, sugiere a Panorama al evocar los acontecimientos: "Quizás ahí afirmó su política demagógica, al ver que la represión sólo produce el divorcio del gobierno con el pueblo". La versión peronista, en cambio, sostiene que Perón no tiró contra los obreros. Por el contrario, habría dialogado con ellos, en el tono paternal que caracterizaría treinta anos más tarde su relación con el movimiento sindical.El conflictoTodo había comenzado el 2 de diciembre de 1918. Los 800 obreros de la empresa se declararon en huelga en reclamo de la reincorporación de algunos compañeros despedidos y de la Jornada laboral de 8 horas. Además, exigían aumento de sueldos. La dirección de Vasena contesta con un categórico no y despide a los huelguistas. La Asociación del Trabajo (presidente Joaquín S. de Anchorena; secretarlo, Atilio Dell'0ro Maini) y la Liga Patriótica Argentina (Manuel Carles, más tarde abogado de Marcelo T. de Alvear) le ofrecen rompehuelgas "krumiros" y protección de sus grupos civiles armados. Los huelguistas organizan sus propios piquetes y comienzan a tomar represalias contra los que quieren quebrar el paro. El conflicto entra en una espiral de violencia y el 24 de diciembre llegan a Incendiar el auto del propio Jefe de policía.El 8 de enero, después del encuentro frente a la fábrica (reprimieron bomberos y soldados), la FORA del X Congreso declara la huelga general. Los anarquistas de la otra FORA, la del V Congreso, le añaden un calificativo: "revolucionaria", que prende en el ánimo exacerbado de los sectores populares, sacudidos por la matanza del día anterior. Buenos Aires camina por el filo de la navaja de la guerra civil. Ese mismo día, por la tarde, el Poder Ejecutivo designa por decreto jefe de las fuerzas de represión al general Luis J. Dellepiane. "Un hombre bajito pero enérgico -dice Abad de Santillán-, al que no creo un masacrador profesional. Era 'un valiente: se apersonó sin custodia a los manifestantes;"Los muertos del día 7 fueron velados en locales anarquistas y socialistas. Separados por rivalidades ideológicas, los acercó la muerte y el 9 fueron sepultados juntos en el cementerio de la Chacarita, unidos los cortejos hasta integrar una imponente manifestación de 200.000 personas. Mientras la multitud se dirigía en procesión hacia el cementerio, se produjeron nuevas refriegas en Corrientes y Yatay que crean una atmósfera explosiva. Luego, ya en la Chacarita, cuando el tercero de los oradores iniciaba su discurso, se repiten las agresiones. La guardia de caballería i-"cosacos"-, tropas de infantería del Ejército y bomberos abren fuego. Gritos, imprecaciones, corridas. Desesperados manifestantes se arrojaron dentro de las fosas recién abiertas para buscar un refugio contra la muerte. La política del terror se había desatado."Emplazar la artillería"Dellepiane convoca el 10 a la prensa. Es seco y categórico. Amenaza "emplazar la artillería en la plaza del Congreso y atronar con los cañones toda la ciudad". "La Nación" de esa fecha subraya en su crónica otra advertencia del jefe militar: "Hacer un escarmiento que se recordará durante 50 años". Hipólito Yrigoyen estima que es necesario un esfuerzo para evitar que el incendio se propague. Cita al día siguiente en su despacho a don Pedro Vasena (su correligionario Leopoldo Melo era abogado .de la empresa) y lo insta a aceptar los reclamos sindicales. El conflicto se resuelve por la rendición incondicional del empresario. Así lo entiende la FORA del X Congreso, que da por terminado el movimiento. Los "quintistas", en cambio, creen que ha sonado la hora..de la revolución social y deciden continuar la huelga. A la que se le agrega un objetivo urticante: la libertad de Simón Radowitzky, un anarquista que purgaba prisión perpetua en Ushuaia, por haber matado al jefe de policía Ramón Falcón el 17 de noviembre de 1908. (Durante su segunda presidencia Yrigoyen le alivió la condena y lo puso en libertad).Durante varios días continuó el terror en fas calles. Las "bandas blancas" -patotas de la Liga Patriótica y la Asociación de! Trabajo- insistieron en actos vandálicos de represalia contra todo lo que consideraban maximalista. ¿Cuántas fueron las víctimas de ese estado de locura colectiva? El escritor Diego Abad de Santillán computa 1.500 muertos y 5 mil heridos Hubo, además, 55.000 prontuariados, con la accesoria, para muchos, de una quincena de confinamiento en la isla Martín García. En su libro "La Semana Trágica", el comisario A. Romariz (oficial de la seccional 34a. de la Boca, durante los sucesos), estima en 800 los fallecidos y en 4.000 los heridos. Agrega detalles escalofriantes: los cadáveres eran rápidamente incinerados conforme a indicaciones del general Dellepiane. El mismo pudo comprobarlo en la Morgue, cuando acudió a reclamar el cuerpo de un suboficial. "Entretenga a la viuda hasta que se olvide", le dijo el funcionario que lo atendió, escudándose en esa orden.Versión IdeológicaDurante el conflicto, los anarquistas consideraron a la Iglesia su enemiga. Proporcionaba rompehuelgas y condenaba la rebelión. Sin embargo, monseñor Gustavo J. Franceschi, ya destacado sacerdote, se opuso a la represión y hasta justificó, de alguna manera, la reacción popular. Escribió en la revista "Acción": "La organización social actual no satisface los deseos del hombre, que no se resigna a ocupar toda la vida una posición inferior. Por eso resuelve destruirla. Para reprimir al maximalismo... hay que modificar la organización social llevándola a una mayor justicia".En el otro extremo Diego Abad de Santillan recuerda para Panorama; "Eramos jóvenes, impulsivos, inmaduros. Creíamos que la revolución social era inminente y recurríamos a cualquier extremo. Además, los capitalistas de aquella época no eran como los modernos; acostumbraban a considerar a los obreros como esclavos".En cuanto a las causas que provocaron el brutal acontecimiento, piensa que influyeron "asuntos extranjeros y nacionales". Por un lado la revolución rusa, la de Ios consejos de Baviera, las agitaciones de Italia y España, por el otro, la presencia de la burguesía en el gobierno, a través del radicalismo, lo cual implicaba un desplazamiento de los tradicionales poseedores del poder.El recuerdo de la semana trágica tuvo amplia repercusión en la literatura porteña. Un hijo suyo es "Nacha Regules", la novela de Manuel Gálvez. En sus memorias testifíca "Lo arrojé (al libro, publicado en el diario socialista 'La Vanguardia', como folletín) palpitante, aún chorreando lágrimas de sangre, en medio de la farsa de la vida, de la alegre, estúpida o canallesca farsa de la vida." Más tarde abandonaría su incipiente revolucionarismo socialista para transformarse en vocero del nacionalismo.Otro nacionalista era Carlos Ibarguren ("La historia que he vivido"), recuerda que de regreso a San Isidro en automóvil con su chófer (ambos armados), recogió a un agobiado caminante, en mangas de camisa. "¡Gracias, señor, me salva usted la vida. No podía andar más!", exclamó con marcado acento extranjero. Era el secretario de la embajada de los Estados Unidos, Summer Welles, recién llegado a Buenos Aires, y futuro secretario de Estado norteamericano. Había podido comprobar que éstas eran tierras calientes. Su relación posterior con América latina parece signada por esta visión inicial del continente.Pasaron los años, y salvo la esporádica llamarada del anarco-sindicalismo español durante la guerra civil de 1939, la ideología ácrata pareció condenada a languidecer hasta la consumición total. Pero en 1968, casi 50 años después de aquella Semana Trágica porteña, en la Sorbona se alzan las banderas rojinegras y alguien grita "¡Viva la anarquía! ", el reloj de la historia pareció retroceder medio siglo en París; más tarde en México, Roma.
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IMAGENES:Primeras víctimas. Cuatro cadáveres conducidos por una multitud de 200.000 personas(Archivo General de la Nación)Presidente Irigoyen "me querían llevar a reprimir a sangre y fuego" (al pueblo)(Archivo General de la Nación)Talleres Vasena. El estallido de violencia inicial también hirió de muerte a la siderurgia(Archivo General de la Nación)Diego Abad de Santillán "éramos jóvenes e impulsivos"
El imprescindible ejercicio de la memoria7 DE ENERO DE 1919: Se produjo la matanza de obreros que se conoció como la Semana Trágica.Desde hacía un mes se encontraban en huelga los obreros de los Talleres Metalúrgicos Pedro Vasena. Exigían la reducción de la jornada de trabajo de 11 a 8 hs.; aumentos escalonados de jornales; la vigencia del descanso dominical y la reincorporación de los delegados echados al iniciarse el conflicto. El 7 de enero, varias chatas manejadas por rompehuelgas contratados, que a su vez estaban acompañados de policías, fueron interceptadas en forma pacífica por un grupo de huelguistas. "al penetrar en el barrio obrero, relata La Nación el 8 de enero, los peones que iban en los carros del convoy eran a cada momento interpelados por los huelguistas. Hombres mujeres y niños los seguían a pocos metros de distancia, los incitaban a abandonar el trabajo y le gritaban 'carneros'. Los huelguistas siguieron así hasta que los carros pasaron frente al destacamento policial, pero a medida que estos se iban alejando del destacamento y aproximándose a los talleres, crecía la indignación de los obreros" Como los rompehuelgas no se detuvieron, los obreros comenzaron a tirarles piedras. Intervino la policía y asesinó a obreros, uno de ellos de un sablazo en la cabeza. Hubo más de treinta heridos, varios de los cuales después fallecieron. EL día 9 el paro general fue prácticamente total. El día anterior la FORA Vº Congreso y la FORA IXº Congreso lo habían decretado. A las 15 hs. comenzó a marchar el cortejo fúnebre que llevaba a los caídos el día 7. Miles de personas lo acompañaban. Los obreros tenían grupos de autodefensa pero en inferioridad de condiciones en relación con policías y bomberos. Al llegar la columna a Yatay y Corrientes, una parte de la manifestación penetró en el convento del Sagrado Corazón de Jesús gritando consignas anticlericales. Fueron recibidos a balazos por policías y bomberos que estaban dentro. Mataron a varios.A las 17 hs. el cortejo llegó al cementerio, mientras hacía uso de la palabra un delegado de la FORA IXº, fueron atacados por la policía y los bomberos que se habían atrincherado en los murallones. Las balas partían de todas partes. Fue una masacre.A partir de allí los enfrentamientos y la represión abarcaron toda la ciudad de Bs. As. El gobierno de Yrigoyen recurrió al ejército con Dellepiane al frente, porque la policía se encontraba desbordada. La lucha, sin embargo, duró toda la noche especialmente en el barrio de La boca.Los medios oficiales ("La Prensa") registraron más de 40 muertos y centenares de heridos. "La Vanguardia", periódico del Partido Socialista, en cambio, habla de más de 100 muertos y 400 heridos. No hubo bajas entre las fuerzas represivas.La huelga continuó el día 10 y se extendió al interior del país. Los enfrentamientos y la represión continuaron. "Reunido este Consejo con representantes de todas las sociedades federadas y autónomas, resuelve: Proseguir el movimiento huelguístico como acto de protesta contra los crímenes del Estado, consumados en día de ayer y anteayer.Fijar un verdadero objetivo al movimiento, el cual era pedir la excarcelación de todos los presos por cuestiones sociales.Conseguir la libertad Radowitzky y Barrera, que en estos momentos puede hacerse, ya que Radowitzky es el vengador de los caídos en la masacre de 1909, y sintetizar una aspiración superior. (...) En consecuencia, la huelga sigue por tiempo indeterminado. A las iras populares no es posible ponerles plazo: hacerlo es traicionar al pueblo que lucha. Se hace un llamamiento a la acción.Reivindicaos, proletarios. Viva la huelga general revolucionaria.El Consejo General." Manifiesto FORA Vº Congreso (10-1-1919) El gobierno de Yrigoyen se reunió con el embajador inglés y con Pedro Vasena para pedirle que acceda a los reclamos de los trabajadores. Más tarde lo hizo con la FORA del IXº congreso para que levanten el paro. Los dirigentes pertenecientes en su mayoría al Partido Socialista, al Partido Socialista Argentino y al Partido Socialista Internacional (comunista) acceden. EL clima en la gente era muy otro y el paro continuó por algunos días más.La huelga finalmente fue decayendo pero quedó en la historia como un ejemplo de rebelión popular.(Fuente "La Semana Trágica de Enero de 1919" -Julio Godio)Agencia Walsh
El conflicto - La ascensión del primer gobierno del partido radical suscitó una jubilosa expectativa. El país se sentía liberado, dignificado, y en vísperas de grandes realizaciones. Con la llegada al poder del gran caudillo don Hipólito Yrigoyen, que encarnaba la protesta y la lucha nacional contra los gobiernos de la opresión, la corrupción y el fraude, se había desatado una incontenible esperanza popular.Pero si bien Yrigoyen llegaba libre de compromisos con los intereses y con los personeros del Régimen, carecía de mayoría en ambas cámaras legislativas y once de las catorce provincias se hallaban en manos de gobiernos surgidos del fraude. Era la estructura política de la oligarquía imperante, que subsistía intacta en su organización económica y en una parte importante de la opinión pública influida por la prensa comercial, tributaria de sus intereses.Esos años coincidían con una intensa agitación obrera, motivada por la inseguridad económica, los bajos salarios y malas condiciones laborales, y la influencia de las transformaciones sociales del fin de la Primera Guerra Mundial. La actitud nueva del gobierno de Hipólito Yrigoyen, de comprensión y auspicio de las legítimas aspiraciones de los trabajadores, apareciendo por primera vez en la historia como árbitro de los conflictos, trataba de alcanzar soluciones equitativas. Las delegaciones obreras concurrían a la Casa de Gobierno, y el presidente las recibía junto a las patronales. Lo cual provocó una actitud defensiva de éstas, que fundaron organizaciones rompehuelgas como la Asociación del Trabajo y, sobre todo, la Liga Patriótica, en que el anti-obrerismo asumía el carácter de defensa contra “la amenaza roja”, amparada en la bandera nacional.Al mismo tiempo, el movimiento obrero adquiría en esos años una tónica revolucionaria, y estaba plagado de agitadores que anunciaban un estallido inminente. La revolución rusa de 1917 parecía a muchos el preludio de la transformación del mundo. Era el sarampión “maximalista” que atacará también a buena parte de la intelectualidad joven.Desde hacía ya un mes los obreros de los Talleres Metalúrgicos Pedro Vasena e Hijos Ltda. se encontraban en huelga. Habían cortado las líneas e interrumpido el suministro de agua. Su planta industrial estaba en Cochabamba y La Rioja, en el barrio de San Cristóbal, en los terrenos donde actualmente está ubicada la plaza Martín Fierro, y sus depósitos se encontraban en la calle Pepirí y Santo Domingo, en Parque Patricios, cerca de Nueva Pompeya. Esta empresa era una de las más importantes del país: entre obreros y empleados sumaban más de 2.500 personas. Los huelguistas solicitaban la reducción de 11 a 8 horas de trabajo, aumentos escalonados de jornales, la vigencia del descanso dominical y la reposición de los delegados obreros echados por la empresa al iniciarse el conflicto.El día 7 de enero de 1919 (hace hoy ochenta y cinco años), a las 16 horas, varias chatas de Vasena marchaban en busca de materia prima hacia los depósitos. La máquinas de la planta industrial funcionaban con un pequeño número de carneros y rompehuelgas contratados para la empresa en la Asociación del Trabajo. Las chatas también eran conducidas por rompehuelgas protegidos por la policía. Al llegar a la intersección de la avenida Amancio Alcorta y la calle Pepirí, un grupo de huelguistas acompañados de mujeres y niños intentaron detenerlos en forma pacífica. Como no se detuvieron, algunos obreros comenzaron a tirarles piedras y maderas. La policía disparó sus fusiles dejando, luego de dos horas de choques, un saldo de cuatro obreros muertos y más de treinta heridos, algunos de los cuales fallecieron después.El hecho indignó a todos los obreros metalúrgicos, y la Sociedad de Resistencia Metalúrgica (antecedente de la UOM) lanzó un paro general para todo el gremio. Los obreros marítimos, que en ese momento también estaban en huelga, apoyaron a sus compañeros metalúrgicos. Lo mismo que sectores ferroviarios, en conflicto salarial con las empresas extranjeras, los del calzado, los municipales, telegrafistas y los empleados postales. El hecho pasó casi inadvertido para la prensa, pero se había desatado el factor detonante de lo que se llamaría La Semana Trágica: la huelga general, la más importante hasta esa fecha en la Argentina. La clase obrera estaba formada por entonces en su mayoría por inmigrantes, algunos de los cuales tenían experiencia sindical y política europea, sobre todo socialista y en menor medida anarquista.El día 8 de enero en la Cámara de Diputados el socialista Nicolás Repetto propone que en el temario de las sesiones extraordinarias se incorpore el debate sobre los sucesos del día anterior. “Un importante barrio de la ciudad ha sido teatro ayer, señor presidente, de un episodio sangriento que debe haber producido una impresión muy desagradable, dolorosa para todos los argentinos que se interesan en el progreso real de la cultura colectiva... Los conflictos sangrientos en las huelgas se deben principalmente a estas causas: primero a la falta de serenidad por parte de la autoridad encargada de mantener el orden. Segundo, a la falta de comprensión, e impermeabilidad cerebral de algunos que se resisten obstinadamente a aceptar de una vez las buenas prácticas gremiales y obreras que ya están difundidas en el mundo todo. Y por último, a la falta de serenidad de los obreros”. Pero se levanta la sesión por falta de quórum. El conflicto social, como siempre, se resolvería entonces en la calle.El día 9 de enero, desde temprano, los huelguistas se lanzan a la calle, a los barrios y a las puertas de las principales empresas para garantizar el paro. Incitaban a los trabajadores y a los transportistas a abandonar sus puestos de trabajo. Voltearon tranvías, cortaron cables de electricidad, bloquearon la planta Vasena con barricadas en las calles San Juan, Cochabamba, Oruro, Urquiza, y La Rioja. Los comerciantes de toda la ciudad también se fueron adhiriendo, sea por apoyo a los huelguistas o por miedo a las represalias. Lo cierto es que para el mediodía la ciudad estaba totalmente paralizada.Por otra parte, había salido desde Nueva Pompeya el cortejo fúnebre que llevaba a los abatidos del día 7. Un pequeño grupo de agitadores que los acompañaban iban robando las armerías que se encontraban a su paso, como la de Juan Picasso en San Juan al 3900. A las 17 el cortejo llegó al cementerio. Mientras hablaba uno de los gremialistas, la policía y los bomberos armados, atrincherados en los murallones del cementerio, balearon a la multitud. Cundió el pánico. Todos empezaron a correr mientras la lluvia de balas continuaba, ya que se contestó el fuego desde los huelguistas. Según la prensa oficial murieron allí doce personas, pero según un periódico obrero eran más de cincuenta, incluyendo algunas mujeres. La gente que se alejaba del cementerio comenzó a agredir en las calles a cuanto policía se les cruzaba. Decenas de tiroteos se produjeron en toda la Capital, y en Retiro fueron también baleados algunos trenes. Mientras tanto, se despertó el odio y el pánico entre los sitiadores de la fábrica Vasena al enterarse de los sucesos en el cementerio. La policía atacó con ametralladoras y fusiles Mauser a los sitiadores de la empresa, que se mostraban exasperados.A las 19, por orden del presidente Yrigoyen, intervenía el Regimiento de Infantería. El operativo policial-militar estuvo a cargo del general Luis Dellepiane, quien indignado y envalentonado declaró: “Habrá un escarmiento que se recordará durante los próximos cincuenta años”. Lamentablemente, no estaba errado.Por la noche seguía la violencia, y hubo nuevos enfrentamientos entre obreros y policías en varios puntos de la ciudad. La prensa oficial había registrado un saldo para ese día de cuarenta muertos, mientras que la prensa obrera registró más de cien muertos y cuatrocientos heridos. La Unión Obrera Ferroviaria también se plegaba completa al paro.La mañana del día 10 de enero la ciudad estaba virtualmente paralizada, y había ciudades del interior del país que también se habían adherido al paro. El presidente había ordenado la distribución de 30.000 efectivos militares en toda la ciudad, como así también había solicitado la presencia urgente del señor Vasena en la Casa Rosada. Buenos Aires parecía una ciudad ocupada por fuerzas enemigas. En las esquinas, piquetes de soldados, policías y bomberos estaban listos para reprimir cualquier intento. En los barrios los transeúntes eran palpados de armas. Las calles presentaban un aspecto insólito, con varios tranvías y automóviles abandonados. Las discusiones e incidentes por obtener alimentos de primera necesidad eran comunes. La violencia seguía en toda la ciudad. El saldo de esta jornada habría sido de no menos de cincuenta muertos.El día 11 se habían dado a conocer los resultados de las tratativas entre el gobierno, Vasena y el sindicato. La empresa había concedido a los obreros las siguientes mejoras: 8 horas de jornada laboral, un aumento que variaba según el salario entre el 20% y el 40%, aumento de las horas extras en un 50% y un 100% adicional para los que trabajaran los domingos. Sin embargo, la huelga y los tiroteos continuaban. Ese día fue el de la gran redada para los sindicalistas y dirigentes socialistas: se llegó a detener a cinco mil personas. Pero al intensificarse la represión y al carecer ya la huelga de objetivos claros, comenzó a reinar la confusión entre los obreros. La huelga para ellos ya no tenía sentido... y habían conseguido bastante. Tanto como nunca antes en toda la historia.El 12 de enero la policía dio a conocer la noticia –completamente falsa- de que se había descubierto una célula bolchevique entre los numerosos inmigrantes rusos de la ciudad. Se allanó una casa donde habrían sorprendido a cuarenta “miembros dirigentes del ‘primer soviet’ de la república federal de los soviéticos argentinos” (La Nación, 13/ene/1919). El periódico socialista La Vanguardia el día 14 de enero registraba un total de setecientos muertos y más de dos mil heridos, obreros, mujeres y niños, a lo largo de toda la semana. Pero ya el día 16 prácticamente la policía había puesto en libertad a la mayoría de los obreros y de a poco se volvía a la normalidad.Durante la Semana Trágica, a la represión policial se sumó la aparición de la Liga Patriótica Argentina, una fuerza de choque juvenil de derecha que se dedicó a atacar violentamente a los sindicatos, agrupaciones de izquierda y anarquistas, y de paso, también a los judíos. La Liga Patriótica, dirigida por la elite conservadora, habría de ser en los tres años siguientes la asociación política más poderosa del país. Su crítica fundamental se dirigía a la benevolencia con que Yrigoyen trataba las luchas sindicales. A dos años de la revolución rusa, existía el temor generalizado de su posible repercusión. Esto había creado un clima de desasosiego en las clases dominantes, que en cada movimiento obrero veían una amenaza para la seguridad pública. Afirmaban que el “maximalismo”, el programa máximo de la revolución socialista soviética, pretendía apoderarse del país. Se preveía una inminente revolución mundial, que, si bien constituía un factor movilizador para los trabajadores, actuaba como revulsivo para las clases propietarias.La fotografía muestra a los policías “en pie de guerra”, fue publicada en la revista Caras y Caretas del 18 de enero de 1919. Los que apuntan son conscriptos de la escuela de tiro provistos de ametralladoras de pie, al frente de la Comisaría 24, en La Boca.www.agendadereflexionIlustración: Pablo De Bella - www.pablodebella.com.ar
Osvaldo Bayer
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