Tal vez no sepa el lector -¡hay tantas cosas que ignoramos!- que a comienzos de este siglo un grupo de estudiantes norteamericanos se dirigió a don Manuel Sanguily, consultándole las razones por las cuales él no creía pertinente la anexión de Cuba a los Estados Unidos. Sanguily, como es harto sabido, encarnó el espíritu de la intransigencia patriótica en plena república intervenida; fue un orador muy distinguido; presidió el Senado de manera brillante y denunció desde los primeros momentos la presencia yanqui en nuestra vida ciudadana. Los estudiantes pertenecían a la Escuela Normal de Kansas, y esto fue en plena segunda intervención norteamericana, allá por el 1907.
Sanguily respondió como picado por una avispa. Había que conocerle el carácter, y más que nada su amor a Cuba, para alcanzar en toda su medida la indignación de aquel prócer. ¿Ingenuidad de los muchachos? Tal vez. Pero sin duda resultado del convencimiento que hay en el Norte, desde entonces y desde siempre, de que los cubanos son gente inferior, y no pueden sentirse humillados ni molestos ante problemas de este género. En este punto, la verdad es que los estudiantes que escribieron a Don Manuel, es decir, los de Kansas, no eran partidarios de la anexión. Si lo hicieron fue en busca de argumentos con qué responder a los de la Universidad de Oklahoma, que estaban porque el tiburón engullera la sardina y con los cuales se habían enfrascado en un debate más o menos académico sobre ese tema. ¡Imagínese el lector!
La consulta, por lo demás, fue hecha a varias personalidades cubanas, pero sólo Sanguily respondió. La firmaba, a nombre de sus compañeros, un tal Fred M. Thompson. ¿Qué se habrá hecho? Han pasado setenta años… y dos grandes guerras.
«Honrado por usted con la consulta que se ha servido hacerme (responde don Manuel) es mi primer deber mostrarme leal y hasta candoroso con usted; y por eso no puedo excusarme de confesar en voz alta que el hecho de proponerse como tema en escuelas norteamericanas ese mismos sobre el cual van ustedes a contender, no es sólo un hecho de suyo alarmante, sobre todo para nosotros los cubanos, sino que promueve muy dolorosas cavilaciones al criterio moral y jurídico que todavía impera en las asociaciones humanas, y que por lo mismo determina y guía las relaciones de los pueblos, principal y generalmente de los pueblos débiles. Porque es lo positivo que a ninguna universidad americana ni aun se le ocurriría ni por asomos debatir sobre el tema –por ejemplo- de si deben los Estados Unidos anexarse a Francia o al Japón. Por tal motivo, yo, cubano, estoy –respecto de la tesis de ustedes- en el mismo caso que se encontraría un buen americano si en las aulas de Oxford –verbi gratia- se fuera a discutir sobre si debía Inglaterra anexarse o no a los Estados Unidos…»
La carta de Sanguily es extensa y en muchas partes cargada de feroz ironía.
«Mi respuesta a la consulta de ustedes (dice) tiene que ser, anticipando su resumen, la negativa rotunda de un ratón a quien un grupo de gatos le preguntara si debían los gatos devorarlo a él y a su grupo de ratones; aunque estoy seguro de que el ratón, como yo, se quedaría temblando para toda la vida en la dolorosa preocupación de que ya a los gatos se les había metido en la cabeza la terrible idea que ponía en peligro su estirpe toda…»
Burla burlando, Sanguily señala ya en Norteamérica la obsesión de hacer de nosotros los cubanos un pueblo a su servicio, uno de los manjares preferidos en el bárbaro festín imperialista. A fin de cuentas, ¿qué hicieron los gatos en sesenta años de banquete sino devorar a nuestro pueblo, devorar ratones? Y cuando, como ahora, se levanta una voz que denuncia al mundo ese crimen, Reagan y Goldwater hablan de represalias, de expediciones punitivas y hasta de castigos… atómicos.
Pues bien, Sanguily tiene la razón. La tuvo entonces y la tendrá siempre cuando dice –también a los estudiantes- «que con ninguna salsa pueblo alguno tiene el derecho de comerse a otros…» Y menos (añadimos por nuestra cuenta) indignarse cuando el otro no se deja comer.
Nicolás Guillén | internet@granma.cu
23 de septiembre de 2026 14:09:20

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