El enfrentamiento de la Selección Argentina contra la selección inglesa de fútbol, en los marcos de las semifinales del Mundial 2026, trasciende las fronteras de lo meramente deportivo, atravesando a una sociedad entera e interpelando a las poblaciones más distantes y ajenas al suelo nacional que comparten un mismo sentimiento contra la opresión nacional, y el anhelo de una “venganza poética”, en un terreno donde una victoria no produce ningún efecto material inmediato, pero sin consecuencias culturales, históricas y, en definitiva, políticas.
Los intentos de los medios nacionales por bajarle la carga político/emocional a la contienda se dividen entre quien intentan desentenderse de una dinámica “nacionalista” que une a la población argentina detrás de un sentimiento contra la opresión nacional y el imperialismo, llamando a terminar con una supuesta conducta “anglofóbica”, y quienes van aún más lejos intentando borrar la huella indeleble de la unión y hermandad latinoamericana y de los pueblos oprimidos por el imperialismo valiéndose de un puñado de haters regionales con relativo éxito en las redes sociales.
Estamos ante un sentimiento profundo y popular, que se expresa en canciones y banderas, murales, pintadas, películas, documentales, indumentaria y en una extensa literatura, que implica que una nación oprimida y subyugada por el imperialismo –antes inglés, ahora norteamericano- pueda anotarse una revancha, una victoria cultural, en el deporte de mayor peso mundial, ante el país donde el fútbol profesional tuvo sus orígenes y que ofició como principal potencia imperialista y colonizadora durante gran parte de la historia del capitalismo.
Más si el enfrentamiento actual ocurre 40 años después de aquel partido histórico, que dio paso a la consagración posterior de Argentina en el Mundial del 86´, con la capitanía y el liderazgo de un Maradona que en 91 minutos de juego contra los ingleses supo producir dos hitos históricos del fútbol mundial: la Mano de Dios y el Gol del Siglo. Una hazaña que se convirtió en una conquista cultural a nivel mundial, tras la derrota nacional en la Guerra de Malvinas, y que hermanó a los pueblos históricamente oprimidos por el imperialismo inglés con el pueblo y el seleccionado argentino de fútbol.
Bangladesh es quizás la expresión más radicalizada de este fenómeno, donde hay más hinchas de la albiceleste que en la propia Argentina, con un pasado colonial bajo el dominio británico hasta mediados del Siglo XX y su posterior independencia de Pakistán en 1971. Expresión que alcanza a varios pueblos asiáticos sometidos por el imperialismo británico, pero también se extiende a otros países oprimidos históricamente por el Imperio Británico, como Escocia, cuyo pueblo suele exhibir banderas de Maradona, e Irlanda, donde los británicos mantienen el control de Irlanda del Norte, entre otros.
En Latinoamérica, donde existe una mayor competencia regional, también prevalece el mismo espíritu de apoyo ante los ingleses, el que se expresa en las banderas peruanas en favor del reclamo argentino por Malvinas, manifestaciones del pueblo boliviano y en la solidaridad de los pueblos oprimidos de América Latina.
Es imposible borrar del fútbol las marcas de la historia de los pueblos, más aún en un país donde muchos clubes de fútbol surgieron al calor de las organizaciones de trabajadores socialistas y anarquistas, como puntos de reagrupamiento social, familiar e identitarios, y en algunos casos de clase.
El fútbol actual también es un terreno de disputas políticas, presiones, subordinaciones y sometimiento. Las comparativas recurrentes respecto a la “calidad” de las competencias europeas, contra las ligas sudamericanas o de otras regiones coloniales suelen emplearse para legitimar un discurso de profundización privatista que de rienda libre a los negocios de un puñado de capitalistas para cristalizar una tendencia que se viene imponiendo de hace años de sometimiento a las potencias europeas y a los Estados Unidos, con el vaciamiento de las ligas locales y la migración temprana de los mejores jugadores de los países coloniales y semicoloniales a los países imperialistas.
Este sentimiento común contra la opresión nacional e imperialista en el fútbol no está exento de contradicciones, en un deporte donde sus protagonistas pueden emparentarse y codearse con los principales interlocutores y mandamases de las naciones opresoras, las mismas que invaden países y asesinan a miles de personas en nombre de intereses coloniales y mercantiles. Pero la naturaleza política de estas confrontaciones incluso los excede: el sentimiento popular va más allá de las individualidades y sus acciones aisladas... el todo es siempre más que la sumatoria de sus partes.
Con un gobierno proimperialista y adulador de Margaret Tatcher, como el de Javier Milei, que entrega todos los recursos nacionales y posiciones estratégicas al imperialismo, la posibilidad de infringirle una derrota a los ingleses en un mundial de fútbol es de las pocas cosas gratificantes para millones de trabajadores argentinos y trabajadores oprimidos del mundo. Una revancha poética contra los opresores, que enaltece un sentimiento de hermandad y empatía entre los oprimidos de todo el mundo.
Podrá ser un partido de fútbol, pero que no nos digan que es solo eso.
Marcelo Mache

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