miércoles, 17 de noviembre de 2021

Derrotado, el gobierno busca el respaldo del FMI y la derecha


Contra lo que sostiene el relato oficialista, la derrota del gobierno en las elecciones del domingo tiene un alcance igual o mayor al que había sufrido en las Paso de setiembre. En esta oportunidad no solo perdió por casi 10 puntos con la derecha macrista (41.89% contra 33%). Además, cayó en 14 de los 23 distritos y perdió la mayoría propia que detentaba en la Cámara de Senadores, algo que no sucede desde 1983. En su reducto de Santa Cruz, el kirchnerismo quedó relegado a un humillante tercer lugar. Que este revés haya sido definido como “triunfo” por el presidente de la Nación, y que haya convocado a festejarlo en las calles el próximo miércoles, solo prueba que el gobierno no solo perdió las elecciones; sino también el sentido del ridículo. 
 ¿Cómo se explica una celebración triunfalista en el marco de una derrota electoral? Bien mirado, este festejo tiene otro sentido político. Es el de haber evitado una caída incluso peor, en la cual Juntos por el Cambio se hiciera con la primera minoría en la Cámara de Diputados. En la previa a las elecciones, Vidal sostuvo que en ese caso irían por la presidencia de la Cámara. Macri, en el cierre, dijo que la elección abriría una transición política, siendo acusado de golpista por los voceros del oficialismo. El gobierno «habría conseguido» evitar este escenario con el triunfo en Chaco, de donde venía derrotado en las Paso; en Formosa, donde la oposición unificó fuerzas para ganar la elección; en Tierra del Fuego, y, fundamentalmente, achicando la diferencia en la provincia de Buenos Aires. 
 Pero el “aire” que el gobierno dice haber tomado es, en todo caso, de cortísimo plazo: ha pasado a depender de un pacto con la oposición para sostenerse. Y deberá abordar, luego de una derrota electoral y sumido en una crisis interna, un pacto con el Fondo Monetario en el marco de una corrida cambiaria y una situación social crítica. La catástrofe política que dicen haber evitado está a la vuelta de la esquina. El pacto no está asegurado, y en todo caso su viabilidad política dependerá de la capacidad de imponer medidas excepcionales contra las masas. 
 La derrota del oficialismo mostró el fracaso del “plan platita” anunciado luego de las Paso, así como también de los cambios operados en el gabinete nacional. En lo referente al primero, prácticamente no existió. Lejos de revertir el ajuste admitido hasta por la propia Cristina Kirchner, el mismo se profundizó. No hubo ni nuevo IFE ni bono para los jubilados, porque eso hubiera contradicho los intentos de Guzmán y Alberto Fernández de cerrar lo más rápido posible un acuerdo con el FMI. Lo que sí hubo, sin embargo, fue un salto inflacionario que siguió licuando los ingresos de los trabajadores. Por su lado, Manzur, que había sido designado como jefe de Gabinete con el propósito de revertir la derrota y relanzar al gobierno, retrocedió en Tucumán, donde el oficialismo triunfó por un margen ajustado. La doble derrota sufrida debiera alcanzar para eyectarlo del gabinete, en el que solo puede permanecer en tanto prime el inmovilismo del gobierno.
 Dentro del elenco oficialista la derrota afectó de un modo aún más severo al kirchnerismo que a las otras fracciones del peronismo. Sucede que los pocos cambios de tendencia que se operaron en su favor entre las Paso y las generales fueron de los sectores que lo tienen como adversario en la disputa por el control del gobierno. La reversión de los resultados en algunas provincias y municipios del conurbano bonaerense reforzará la tendencia de que una liga de gobernadores e intendentes ocupe la centralidad dentro del gobierno nacional. La propia movilización convocada para el miércoles próximo muestra que la burocracia sindical se inscribe en la misma perspectiva, así como también la mayoría de los llamados “movimientos sociales” cooptados por el Estado. 
 Una mirada más amplia de lo sucedido el domingo muestra que la derrota del gobierno es solo un capítulo de un proceso de alcance mayor, de declinación del peronismo en todo el país y especialmente en sus bastiones populares. Si se pone en números, la misma se expresa en que esta ha sido la peor elección del peronismo desde 1983 a la fecha, tanto en cifras absolutas como en provincias donde fue derrotado. En esta oportunidad tampoco se puede recurrir a la explicación clásica de las “divisiones internas” que permitían el triunfo de la derecha. El peronismo fue unido a las elecciones, y la derrota fue inapelable. 
 Antes que electoral, el retroceso histórico del peronismo es un proceso de larga data que encuentra su gestación en las barriadas obreras, en las fábricas y lugares de trabajo. Allí donde el puntero fue desplazado por la luchadora del movimiento piquetero, el peronismo sufre un golpe en su esencia misma, que es la de ofrecerle a la clase capitalista su capacidad de contención social. Otro tanto ocurre en los lugares de trabajo y en los sindicatos, donde el proceso aún no tiene el ritmo de las barriadas más pobres, pero sí la misma dirección. Este retroceso se evidencia en que en las provincias donde tiene su epicentro el proletariado industrial, la derrota del peronismo ha sido categórica, y en algunos casos adquiere ya un carácter estructural -como es el caso de Córdoba. 
 Si se quiere, la derrota adquiere una mayor dimensión cuando se analiza al ganador. Después de todo, no es lo mismo perder un partido de fútbol contra Brasil que hacerlo contra Bolivia o Venezuela. La comparación viene a cuento porque quienes triunfaron en la elección son la misma fuerza política que gobernó hasta hace dos años con Macri como presidente, agudizando la crisis de fondo y la decadencia de la Argentina. El electorado parece haber tomado nota de la situación. La coalición de Juntos por el Cambio perdió en relación con el 2019 casi 1.700.000 votos, de los cuales medio millón son de la provincia de Buenos Aires. Si así y todo resultó triunfadora fue porque el peronismo perdió mucho más: casi 6 millones de votos. En un cuadro de retroceso de las fuerzas políticas que han gobernado el país en las últimas décadas, resulta ganadora la coalición no que más avanza, sino la que menos retrocede.
 Así las cosas, la derrota del gobierno debe integrarse a una crisis que envuelve al conjunto del régimen político, de sus partidos e instituciones del Estado. El llamado de Alberto Fernández a la oposición a un acuerdo político para aprobar en el Congreso un plan económico que permita firmar un acuerdo con el FMI muestra que, más allá de las palabras de circunstancia, anida en el gobierno una compresión de la crisis de fondo que atraviesa la Argentina capitalista. Si los Larreta y Vidal afirman que “sin el peronismo no se puede”, parece que del lado del peronismo opinan igual: sin el macrismo no se puede. Que Cristina Kirchner no es ajena a estas tribulaciones lo prueba el discurso que pronunció hace días atrás en un acto de La Cámpora: allí también llamó a la unidad nacional con la oposición derechista.
 ¿Cuál es el temor de fondo que abarca a ambos bloques políticos? La conciencia plena que la salida capitalista a la crisis capitalista implica una ofensiva sobre la población laboriosa, que puede poner en jaque la gobernabilidad. Quien no quiera verlo tiene los procesos de América Latina para recordárselo. Sin embargo, la propia naturaleza capitalista de la crisis bloquea los acuerdos que todos de palabra quieren sellar. Y esto por un motivo sencillo: un pacto con el FMI plantea un rediseño económico que agudiza los choques entre los distintos intereses de sectores capitalistas. Por lo pronto, el superávit fiscal que reclaman el FMI y los acreedores internacionales para que sus bonos se revaloricen en el mercado choca con las aspiraciones de sectores capitalistas de que se reduzcan impuestos y retenciones. 
 Otro tanto sucede con el tipo de cambio: una devaluación beneficiará a sectores que producen bienes transables, pero reclamará un tarifazo y un naftazo aún mayor para mantener los beneficios de estas empresas en moneda dura. Una devaluación puede permitir licuar la deuda en pesos, incluida la deuda estatal; pero revaloriza la deuda en dólares y hace irremontable e imposible de pagar la deuda pública y privada, y podría llevarse puesto a un universo de empresas altamente endeudadas. Ni que hablar de que echa leña al fuego del aumento de los precios, y podría terminar provocando una disparada hiperinflacionaria. Las devaluaciones hechas en el pasado, incluidas las que realizó el propio kirchnerismo, fracasaron en permitir un repunte de la economía, y terminaron acelerando la desorganización y el descalabro económico. Con más razón, ahora hemos entrado en un escenario internacional de recesión con inflación, que constituye un salto de la crisis capitalista mundial. 
 Estos choques colocan un signo de interrogación sobre el destino que tendrá la convocatoria del gobierno a la oposición derechista. El triunfo de esta no ha despejado las diferencias internas, ni mucho menos la lucha despiadada por el liderazgo de cara a las elecciones presidenciales. En este cuadro, es probable que como intento de autopreservación, esta oposición busque que sea el oficialismo quien pague el costo del acuerdo con el FMI y del ajuste que este supone para la población trabajadora. Habrá que ver, sin embargo, hasta dónde la crisis le permitirá una actitud prescindente y en qué momento la misma empezará a crearle un costo político ante la población, por un lado, y la clase capitalista, por el otro. Este escenario pondrá también a prueba a los Milei – Espert, que ya se anotaron en el tramo final de la campaña electoral como una colectora del ala Macri – Bullrich de Juntos por el Cambio. 
 En este cuadro de derrota del gobierno, de crisis de régimen y de retroceso histórico del peronismo, la votación del Frente de Izquierda – Unidad adquiere un significado especial. No solo por lo que implica cuantitativamente, ya que es la elección más importante de la izquierda en la última década con casi 1.400.000 votos en todo el país. Lo más destacable es lo cualitativo. El apoyo recogido en las barriadas populares de la provincia de Buenos Aires, la Ciudad de Buenos Aires, Jujuy desde ya y varias provincias del país son la expresión no ya de un voto bronca contra un ajuste, sino de una transición política de fondo que apunta a sustituir al peronismo por la izquierda que defiende las banderas socialistas. La invocación al trotskismo que hacen muchos analistas es correcta, en tanto el trotskismo es la única fuerza política que defiende en la actualidad la perspectiva del gobierno de los trabajadores y el socialismo. 
 Esta transición política tiene una expresión multitudinaria en la militancia del Polo Obrero -y la adhesión de otros sectores del movimiento piquetero-, que asumió el papel protagónico de la campaña recorriendo las barriadas, repartiendo los volantes, convenciendo a sus vecinos y fiscalizando la elección con miles y miles de compañeras y compañeros. Para ser exactos, con más de 20 mil fiscales en todo el país aportados por el Partido Obrero y el Polo Obrero al Frente de Izquierda – Unidad; algo sin precedentes en la izquierda argentina. El ingreso a los concejos deliberantes en varios municipios claves de la provincia, empezando por La Matanza, es el resultado de este proceso y a la vez está llamado a dinamizarlo. El distrito matancero, llamado “capital del peronismo”, se convirtió en uno de los baluartes de la votación del trotskismo. Transición política a full. En otro plano más incipiente, pero en la misma dirección, no podemos disociar este salto de la izquierda obrera y socialista de los avances recientes del clasismo en el Sutna, en Aten y en innumerables cuerpos de delegados fabriles y listas seccionales y sindicales en general.
 Este proceso político está lejos de tener una asimilación homogénea al interior del Frente de Izquierda – Unidad. El rechazo al movimiento piquetero y la política de autoconstrucción en el movimiento obrero por parte de los partidos que lo integran es la señal más clara de que abordan este proceso de modo superficial, es decir, como un fenómeno puramente electoral. Debiera servir como advertencia que en el pasado el FIT-U ya tuvo votaciones importantes en varias provincias, sea Salta, Mendoza u otras. Pero en tanto ese proceso no caló en movimientos de masas con planteamientos de independencia de clase, estuvieron condenados a retroceder. Ahora tenemos una nueva oportunidad, y el aprovechamiento de la misma parte de la condición de superar las limitaciones del pasado. No se nos pueden escapar las tendencias reinantes en el Frente de Izquierda – Unidad a una ampliación y a una convergencia con la centroizquierda, desnaturalizando el campo de independencia de clase que el FIT representa; o a confinar exclusivamente el FIT-U a un acuerdo electoral sin proyectarlo a todos los escenarios de la lucha de clases. Es necesario (o más aún, imprescindible) desenvolver este debate y superar estos escollos en el marco del frente único conquistado y de cara a los desafíos planteados. 
 Estas tareas, desde ya, deben resolverse en el cuadro concreto de la situación política que enfrentaremos en el período que se inicia. La profundidad de la bancarrota económica, la búsqueda de un mayor ajuste dictado por la necesidad de arribar a un compromiso con el FMI, las tendencias a los pactos y divisiones dentro de las fuerzas del régimen, y lo más importante, la situación insoportable que sufre nuestro pueblo, plantean para el Frente de Izquierda – Unidad una oportunidad histórica. Nuestra propuesta de un Congreso del FIT-U convocante de los luchadores populares tiene hoy, luego de los resultados electorales positivos, más vigencia que en el pasado. Colocamos esta propuesta a debate de toda la militancia del Frente de Izquierda – Unidad y de todos los luchadores obreros y populares de la Argentina. 

 Gabriel Solano

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