Luego de dos semanas de ataques devastadores de parte de Estados Unidos e Israel, los observadores militares coinciden en que el régimen iraní conserva el control del aparato del Estado y no da el menor signo de colapso. Los Estados Mayores de ambos países aseguran que han barrido con la defensa antiaérea de Irán, y desarrollado un enorme bombardeo de destrucción de los sitios de investigación, procesamiento y almacenamiento de uranio, de depósitos petroleros, de las estructuras de mando estatales y militares, y de la infraestructura pública y civil. De acuerdo a un reconocido sitio de Internet, los desplazados superan los tres millones de personas (Drop Site). La guerra contra Irán es objeto de un planeamiento cotidiano conjunto por parte del Pentágono y de los mandos militares sionistas. Numerosos ataques son ejecutados conjuntamente –cuando aviones cisternas norteamericanos, por ejemplo, acompañan a la aviación israelí para el reabastecimiento de fuel oil en vuelo (Haaretz).
La resiliencia del régimen persa ha llevado a algunos comentaristas a caracterizar que Irán lleva adelante una “guerra de desgaste” (Haaretz), una suerte de admisión de que la prolongación de la guerra favorecería al gobierno iraní. En otros casos (Financial Times), subrayan que “la rendición incondicional” del régimen de los ayatollahs, como ha exigido Trump, se encuentra fuera de toda posibilidad, como tampoco tuvo éxito con Hizbollah y Hamas, y que sólo sería eficaz mediante un bombardeo nuclear. Por la vía de un argumento negativo, un ataque atómico ha hecho su entrada en la guerra, que ha sido justificada para prevenir un arma atómica de parte de Irán. No es un escenario inédito, fuera de las masacres de Hiroshima y Nagasaki, pues la misma amenaza hizo Margaret Thatcher para el caso de que la aviación de Argentina hundiera el portaviones de cabecera de Gran Bretaña, HMS Invincible (R05), en la víspera de la guerra en Malvinas. A pesar de que la ratio de misiles de Irán que han sido abatidos por los misiles de interceptación del enemigo es muy elevada, su capacidad para sembrar estragos en bases norteamericanas en la región, instalaciones petroleras y aeropuertos, y en ciudades de Israel, no ha menguado, y por momentos se ha acentuado. Esta guerra es llamada “asimétrica” porque con drones de bajo costo obliga a la contraparte a destruir misiles de intercepción carísimos y a reducir fuertemente el stock disponible. La cuestión sobresaliente es, de todos modos, el control del paso de navíos por el estrecho de Ormuz, que ha creado una crisis internacional de oferta de combustible, a pesar de la variedad de ductos de gas y petróleo que prevalece en la región. Trump ha amenazado con alistar una armada naval para despejar el estrecho, lo cual lo convertiría en la madre de todas las batallas. El riesgo es, sin embargo, enorme, como meter un aparato monstruoso en la boca de un embudo. Sería suficiente para llevar el precio del barril del petróleo a la zona superior de los 200 dólares el barril. La promesa del imperialismo de apoyar las rebeliones populares contra la dictadura clerical ha puesto al descubierto sus verdaderos propósitos y su verdadera naturaleza, bombardeando sin piedad las concentraciones urbanas en todo el país.
El desarrollo de la guerra contra Irán no puede omitir ‘el segundo frente’ que el Estado sionista ha creado en Líbano, donde han sido desplazadas cerca de 800.000 personas. Los bombardeos israelíes a la población civil se asemejan al genocidio en Gaza, mortalmente atacada (100.000 muertos, en especial niños) con el pretexto de ubicar las guaridas que supuestamente resguardaban a los combatientes de Hamas. Netanyahu ha regionalizado la guerra en igual o mayor medida que lo ha hecho Irán con sus atentados a bases militares e instalaciones petroleras en el Golfo. Este escenario ha movilizado a Turquía, Qatar, Arabia Saudita e incluso a Azerbaiyán (un socio de Netanyahu) a reclamar negociaciones para un cese del fuego. Erdogan, por su lado, no quiere saber nada de fragmentar a Irán mediante una acción armada de los kurdos (como desea la camarilla de Netanyahu), cuya población se sitúa precisamente en Turquía, bajo la bota opresiva del nacionalismo islámico de Erdogan. El ataque a Líbano ilustra que para el Estado sionista la guerra contra Irán debe hacerse ‘a finish’, o sea la destrucción completa del Estado y su fragmentación en línea con los nacionalismos minoritarios en el país, para reestructurar el Medio Oriente en torno a una expansión territorial y geopolítica del sionismo. Un injerto en el escenario histórico de los países árabes y musulmanes, Netanyahu finge ignorar que el Medio Oriente es un mosaico de naciones interpenetradas, que sólo podrían satisfacer sus derechos nacionales en un régimen socialista internacional. Los editores del diario israelí Haaretz se han sentido obligados a reclamar a Netanyahu que negocie un acuerdo con el gobierno oficial de Líbano, que milita en el mismo campo internacional de Trump y del sionismo. Pero Netanyahu no confía en una Delcy Rodríguez en Beirut.
En cuanto a las restantes potencias mundiales, se repite la comedia de Gaza –no molestar a la operación militar ilimitada de Trump y el sionismo. Rusia y China, que no vetaron en el Consejo de Seguridad de la ONU la entrega de Gaza a una Junta de Paz presidida por Trump, han vuelto a hacer lo mismo con una resolución que llama a Irán a cesar la guerra no provocada de Estados Unidos e Israel. Xi Jinping no quiere arruinar la reunión con Trump que tiene a finales de marzo; imagina que puede esquivar el control de los combustibles por parte de Estados Unidos en caso de derrota de Irán, mediante la mega construcción de paneles solares, energía eólica y petróleo de Putin. Pero en el seno de la camarilla de Pekín ya hay una abierta discusión acerca de apaciguar a Trump y arribar a un acuerdo que supere las circunstancias. Putin, por su lado, tiene a Trump como aliado en Ucrania. En cuanto a la Unión Europea, ha reaccionado a la desbandada. Macron ha enviado una flota al mar Arábigo, para defender los intereses de Total, que en algún momento ha sido el principal inversor en Irán. Gran Bretaña ha hecho menos que eso para resguardar su base militar en Chipre, que el gobierno chipriota quiere que se vaya de todos modos.
Ninguna de las grandes potencias se interpone al pasaje a la “guerra total” contra Irán, con la expectativa de obtener una migaja de los expolios. La contrapartida de esta capitulación es la exposición a sufrir los impactos más duros de la crisis mundial que ha sido potenciada por esta guerra imperialista internacional. Todavía en forma incipiente, la clase obrera mundial comienza a reconocer las consecuencias de esta guerra y a alcanzar una comprensión de conjunto, es decir, que la guerra y los sufrimientos inmensos que provoca nacen de las entrañas de un régimen que ya ha cumplido hace tiempo con las tareas históricas propias, y que arroja a la humanidad a catástrofes superiores a las del pasado.
Jorge Altamira
12/03/2026

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