sábado, 30 de junio de 2018

Acerca de las declaraciones de Sobrero



“Por un plan de lucha hasta que caiga el gobierno”

El gobierno y los medios de comunicación le cayeron como un plomo al ‘Pollo’ Sobrero por haber presentado semejante perspectiva durante la jornada de huelga del lunes pasado. No le discutieron el contenido del planteo sino que lo condenaron sin más, como una suerte de veto. A modo de disculpa, Juan Carlos Schmid, uno de los triunviros de la CGT, lo atribuyó a la “calentura” que, según él, sería propia de las arengas políticas. Algunos alcahuetes le iniciaron una acción penal.
La condena a los dichos del ‘Pollo’ constituye un ataque a la libertad de expresión, que justamente se pone a prueba cuando se utiliza para impugnar al gobierno y al régimen político existente como incompatibles con los mejores intereses populares. El cuestionamiento a los actos diarios del gobierno o incluso a sus planteos generales ocurren incluso bajo gobiernos militares y dictaduras en general; después de todo, las peleas entre camarillas y los antagonismos entre grupos patronales rivales no pueden ser barridas debajo de la alfombra. El derecho a advertir al pueblo acerca del peligro que representa la continuidad del gobierno existente, incluso si hubiera sido electo, es la manifestación por excelencia de la libertad de expresión. Al fin de cuentas, el gobierno ha anunciado una quita de ingresos a los trabajadores de un cuarto de millón de pesos, en conformidad con el acuerdo que ha firmado con el FMI, ni qué hablar del impulso a una “recesión” (despidos), que el mismo oficialismo asegura que será “profunda”. Ningún medio, sin embargo, ha salido a defender el derecho de Sobrero a reclamar un cambio de gobierno. Los medios insisten en presentarse como adalides de la libertad de expresión, a pesar de que ellos, menos que nadie, ignoran que esa libertad está reservada al capital que los maneja.
En la práctica, el monopolio capitalista de los medios de comunicación se traduce en el desarrollo de una violenta campaña de presión contra el conjunto de la opinión pública – como lo demuestra el caso de Sobrero y la campaña de mentiras acerca de los ‘beneficios’ del acuerdo con el FMI. La amenaza de despido que pende sobre cualquier periodista, en su calidad de asalariado, constituye una colosal extorsión sobre la independencia intelectual y la libertad de opinión de los trabajadores de prensa.
Quienes acusan al ‘Pollo’ como una suerte de golpista, no son sino aquellos que han apoyado los golpes contra Zelaya, en Honduras; Lugo, en Paraguay; Dilma Rousseff, en Brasil. Los golpistas prácticos se insurgen, incluso con muecas de indignación, contra los golpistas, digamos, teóricos o verbales. La evolución política derechista y reaccionaria que se ha impuesto en esos países, a partir de esas destituciones, es una prueba flagrante de su condición golpista – o sea, minoritaria, conspirativa y violatorias de derechos políticos elementales. El oficialismo argentino y los medios de comunicación han apoyado ese golpismo, casi sin excepciones. Cuando el macrismo se jacta de haber derrotado al ‘populismo’ por medio de elecciones, está reconociendo el carácter golpista de los procesos latinoamericanos mencionados, a los cuales ha apoyado. Contrasta ahora, en cambio, el sigilo con que actúa la cancillería amarilla frente al levantamiento popular en Nicaragua, donde gobierna un chavismo aliado a la burguesía local, al FMI y al Departamento de Estado de Estados Unidos. Como los ladrones que gritan “al ladrón”, el macrismo aúlla contra los luchadores populares que denuncian la dictadura financiera que él ha impuesto al país.
De todos modos, la expresión que ha usado el ‘Pollo’ es circunstancial, no tiene mayor alcance. La burocracia de la CGT no va a desarrollar ningún plan de lucha para acabar con el gobierno, ni tampoco para derrotar sus planes económicos. Un plan de lucha supone un concepto estratégico, que para la burocracia es la defensa del orden capitalista – la fuente de sus privilegios. Después de setenta años de sindicalismo estatizado o semi-estatizado, esa expectativa estratégica en la burocracia es un verdadero anacronismo. El único plan de lucha que puede derrotar a los capitalistas, a su gobierno, al FMI, es el que desarrolle una nueva dirección obrera, de lucha de clases, no de conciliación. Es necesario que la clase obrera se subleve contra la burocracia, no solamente contra el gobierno. Con ese objetivo, la reivindicación de un Congreso de Bases de todas las centrales sindicales es una aproximación efectiva, cuya perspectiva será puesta a prueba a través de la lucha misma.
Por otra parte, la lucha por acabar con un régimen determinado, es una lucha política. No puede ser un simple ‘crescendo’ de luchas sindicales, sino que los trabajadores deben actuar con conciencia del objetivo político. La fórmula de que “hacer caer al gobierno”, incluso por medio de un plan de lucha ilusorio, puede ser aprovechada por las fuerzas políticas opositoras de contenido capitalista. Fue lo que ocurrió en 2001. Es necesario señalar la salida de conjunto propia de la clase obrera. El poder obrero es solamente el poder de un proletariado con consciencia de clase, socialista. La actualidad de este planteo lo ofrece, precisamente, por un lado, la bancarrota financiera, la crisis económica y el impasse y crisis política, no ya del gobierno sino del conjunto del régimen político, y por el otro, la creciente visibilidad que ha alcanzado la izquierda, en especial en los sindicatos.
El ataque contra los dichos del ‘Pollo’ no debería ser subestimado, como si se tratara de un exabrupto o un episodio ‘para el olvido’. Ha sido un ejercicio colectivo de macartismo, por parte del conjunto del sistema. La arenga promovió, por un lado, una discusión, claramente distorsionada, sobre el poder, en un momento excepcional de crisis de régimen y de crisis capitalista de alcance mundial. De otro lado expuso los límites del planteo de un componente del Frente de Izquierda, que enseguida se autocriticó, para colmo, en una concesión política inadmisible – en lugar de clarificar y profundizar más el planteo. El “caiga el gobierno” se convirtió, concesión mediante, en un que “no caiga”. En lugar de piruetas, es necesaria una discusión a fondo sobre la actual etapa política.

Jorge Altamira

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