domingo, 29 de marzo de 2020

Argentinavirus: nuestro país y la experiencia mundial



La cuarentena resulta insuficiente sin otras medidas de salubridad que puedan controlar y frenar el avance del virus. Existen países en el mundo que han podido contener el avance del COVID 19, inclusive países cercanos a China: Taiwán (23.600 millones de habitantes, 67 casos y un fallecido), Hong Kong (7.500 millones de habitantes, 155 infectados y 4 muertes), Japón (120 millones de habitantes, solo 800 contagiados) y Corea del Sur (reducción abrupta las últimas semanas). En Europa, se destaca Alemania: es el quinto país del mundo en registrar casos confirmados (31.000) pero tiene el menor índice de proporcionalidad de muertes (132 fallecidos). Esto es porque han hecho énfasis en campañas de prevención rápidas, análisis (realizan 12.000 test diarios) y han aumentado el presupuesto para salud en un 40%.
Más allá de las características de los gobiernos de dichos países, la situación geográfica y su densidad poblacional, la clave fueron las medidas de salubridad que se hicieron efectivas.

Medidas

En un primer lugar: testeos masivos. Según recomienda la Organización Mundial para la Salud (OMS), este es el factor fundamental para contener la extensión de la pandemia. Debido a la característica inicial asintomática del virus, los tests revelarían con mayor certeza los casos existentes y se podría proceder a tomar acciones pertinentes a partir del conocimiento del impacto real del virus. En Argentina solamente se realizan 200 pruebas diarias y solo a partir de que los pacientes manifiestan dudas sobre si se han contagiado o no. Insuficiente.
A su vez, otra medida necesaria es la atención temprana: el factor tiempo fue decisivo. Los países que destacamos en esta nota comenzaron a hacer test a las personas provenientes de otros países desde antes que se registrara transmisión local. En segundo lugar, el aislamiento efectivo de los contagiados. Esta forma contribuye a frenar la expansión del virus. Como ejemplo, en la ciudad de Pekín (China) el gobierno ha ido supervisando al extremo la detección de nuevos casos potenciales y aislado a los contagiados en “hoteles de cuarentena”. Además, actuar con rapidez en medidas como “el distanciamiento social” o “cuarentena” es fundamental para reducir los contagios. Pero, claramente, esta medida debe ser acompañada por las detalladas anteriormente, para conocer el cuadro real de infectados.
En última instancia, pero no menos importante, la higiene. En los países de los cuales estamos hablando, se han reforzado las campañas para el lavado de manos a través de internet a la vez que procedían a un incesante mecanismo para la limpieza de las calles y los lugares públicos.

Argentina

La situación en nuestro país alcanza grados de alarma superlativos. Se ha publicado un relevamiento reservado del Ministerio de Salud que plantea 4 escenarios posibles en relación a contagiados, teniendo en cuenta proyecciones de pacientes que requerirán internación y la estimación de fallecimientos. Cualquiera de esos 4 escenarios representa un cuadro de colapso absoluto del sistema de salud, a lo que le suma años de vaciamiento del sistema de salud público. En esta sintonía, algunos gobernadores de las provincias del interior, incluso, analizan cerrar sus propias fronteras ya que caracterizan que el cuadro en CABA y Provincia de Buenos Aires “va a explotar”.
En el conurbano bonaerense, en particular, las condiciones de vida en las barriadas más empobrecidas son otro factor explosivo a la hora de contener la pandemia: el déficit habitacional, el casi nulo acceso al agua potable y las cloacas, el hacinamiento, entre otros, son condiciones de base críticas. Bien lo saben los intendentes del conurbano, que piden eufóricamente a la Ministra de Seguridad que mande a la gendarmería y al ejército a sus respectivos municipios y barrios, pero no para “controlar” el #quedateencasa, sino para aplastar cualquier atisbo de organización mediante la regimentación, el disciplinamiento y la represión.
Con esta crisis, además, se ha puesto de manifiesto con mayor claridad que la clase obrera es la que produce, la que mueve los engranajes
Con un 40% de trabajadores en situación de “informalidad”, la crisis social es una caldera. Por eso, son necesarias medidas de fondo que contribuyan a frenar el avance de la pandemia y las consecuencias que la enfermedad cargará sobre la vida de los trabajadores.

Flor Palombo
27/03/2020

La cuarentena en los barrios populares

Vivir aislado en medio de la precariedad

Cuatro millones de personas viven hacinadas y sin posibilidad de trabajar en casa. Hasta lavarse las manos es complejo. El plan del Gobierno para brindar asistencia.

El enfoque informativo predominante supone que toda la Argentina tiene las posibilidades de aislamiento de la clase media. En el país, sin embargo, cuatro millones de personas viven en barrios populares, de urbanización precaria, lo que en muchos casos significa condiciones de hacinamiento y ninguna posibilidad de hacer trabajo en casa. A eso se suman dificultades más básicas: lavarse frecuentemente las manos es una recomendación difícil cuando la red de agua potable es una canilla de uso compartido en un pasillo. Estas condiciones instaladas por la pobreza estructural, las de un país que no es Italia ni España, están enfrentando al Estado y especialmente a la militancia social a pensar otras medidas para que la cuarentena pueda implementarse. Especialmente en el conurbano, donde los funcionarios, intendentes y referentes barriales señalan que la clave, en los días que vienen, va a ser garantizar la distribución de alimentos. En este marco, el gobierno nacional analiza para el caso de que el confinamiento deba prolongarse ampliar la asistencia económica a los que dependen enteramente de changas y no tienen planes sociales. Las estimaciones no oficiales señalan que están en esa situación un millón de argentinos.
Desde diciembre, un importante sector de los movimientos sociales ingresó a cargos de gestión en el gobierno. En el ministerio de Desarrollo Social hay una secretaría y dos direcciones a cargo de referentes de las organizaciones; entre ellos está el coordinador de Somos Barrios de Pie, Daniel Menéndez, que hoy es uno de los encargados de armar un plan de realización de pequeñas obras locales para que menos personas se desplacen buscando changas. Mariel Fernández, formada en la militancia del Movimiento Evita, es intendenta de Moreno, un municipio que condensa en dos datos la vida precaria, ya que tiene 500 mil habitantes y un solo hospital. Fernanda Miño, militante de la villa La Cava, en San Isidro, es secretaria de Integración Sociourbana, una dirección del Estado creada para resolver el problema del acceso al agua en las villas y asentamientos. En los cuatro mil cuatrocientos barrios populares del país, el 93,5 por ciento no tiene acceso formal a la red de Agua Potable. Estos dirigentes contaron a Página/12 cómo ven, desde su condición de militantes en contacto directo con la realidad de los asentamientos y desde su posición como funcionarios que participan en el diseño de políticas, la atención de la pandemia en los barrios populares.

Refuerzo alimentario

«Resguardarse en la casa es un elemento importante, pero que no alcanza en los sectores más humildes, que no tienen las condiciones de la clase media», señala Daniel Menéndez, subsecretario de Promoción de la Economía Social. Es sábado al mediodía y él está en un comedor en Villa Inflamable. «Lo que estamos viendo, en general, es que la gente está en la puerta de la casa pero sin salir del barrio, como si fuera un domingo. La actividad comunitaria sí es mayor, porque hay más gente entregando viandas en los comedores y aumentó el número de familias y de chicos que vienen a pedir a alimentos». En este sentido, lo que se ve venir es un esquema en el que la militancia social cubra la logística necesaria para que las familias no se queden sin alimentos.
Para Menéndez «es impensado que la gente de los sectores populares se recluya en sus casas como puede hacerlo la clase media, porque las casas son de una precariedad en muchos casos muy grande, porque hay problemas de hacinamiento, entonces hay que encontrar mecanismos para que la comunidad, en el barrio, pueda pensarse como una unidad de aislamiento. En ese sentido, sabiendo que puede haber movimiento, que el movimiento esté organizado para que haya trabajo, que haya actividad y posibilidad de acceder a los alimentos».
El ministerio de Desarrollo Social apura por esto la realización de pequeñas obras de infraestructura en los barrios para generar trabajo local, que ayude a limitar la circulación de las personas y funcione, a la vez, como un paliativo para la caída de las changas.

Hoteles y hospitales

«Ayer nos reunimos con los supermercadistas de Moreno para que entiendan que van a tener que hacer donaciones, y también para que garanticen stock de mercadería para que los comedores escolares puedan armar las bolsas de alimentos», contó Mariel Fernández, intendenta del distrito del conurbano con un solo hospital para 500 mil habitantes. «Estamos haciendo todos los esfuerzos pero hay realidades objetivas».
Ubicado en el segundo y tercer cordón, Moreno es uno de los seis municipios del Gran Buenos Aires con niveles más altos de Necesidades Básicas Insatisfechas, de acuerdo a datos del Observatorio de la Universidad de General Sarmiento. Sobre el aislamiento, la intendenta apunta que «en realidad, lo que intentamos hacer es que la gente se quede en el barrio. Estar adentro es difícil por el tema de la precariedad de las viviendas; no es lo mismo que en una familia de los sectores medios altos, que tiene las comodidades para quedarse en su casa. Yo insisto mucho en que hay garantizar el alimento, porque nadie puede quedarse si no lo tiene».
El viernes, la Nación envió a la intendencia 10 millones de pesos para alimentos y la compra de materiales de construcción que permitan generar las primeras obras de mejoramiento y empleo local. También el gobernador Axel Kicillof destinó una partida de 300 millones a distribuir entre los 135 municipios de la provincia en la emergencia sanitaria. Aunque –paradojas de las decisiones rápidas en tiempos de crisis– Moreno, por tener un solo hospital, recibirá menos que otros distritos, ya que el índiice de reparto es la coparticipación, que destina más fondos cuando se tienen más hospitales.
La preocupación está puesta en la demanda de salud que va a producirse en el pico del contagio, esperado para finales de abril o principios de mayo. Ya está anunciado que en Moreno se va a construir uno de los 5 hospitales modulares destinados al Conurbano pensados para la internación de pacientes con coronavirus. Como en otras localidades, el municipio tomó la idea de utilizar los hoteles sindicales para las personas que necesiten aislamiento. Hay un solo hotel, del Sindicato del Seguro, que se puso a disposición.
Un trabajo típico de Moreno es el de los vendedores de plantas, que se abastecen en los viveros locales y viajan 50, 60 y hasta 80 kilómetros por día buscando ventas. El ministro de Economía, Martín Guzmán, anunció obras de mejoramiento en los barrios para evitar los desplazamientos.
Donde falta el agua
La secretaria de Integración Sociourbana, Fernanda Miño vive en La Cava, la villa más emblemática de San Isidro. «Los barrios son un mundo aparte», indica. «Más allá de lo difícil que es respetar la cuarentena para cualquiera, la casa es chica, hay muchas situaciones familiares, indefectiblemente los vecinos salen a los pasillos o a la calle más cercana. No vamos a hacer cola al supermercado porque no hay plata para llenar la heladera, pero si a la única canilla de agua la tenés en la esquina de tu casa no te queda otra que salir», dice a Página/12. A su criterio, el principal obstáculo para sostener el aislamiento en las villas y asentamientos de Buenos Aires es el hacinamiento, y en el interior la falta de agua.
Explica también que el mapa de barrios populares con las 4400 urbanizaciones precarias del país fue armado tomando las viviendas en las que faltan dos o más de los servicios de agua, electricidad o cloacas. «En general, es el agua, que llega a las casas conectada irregularmente y puede no ser potable, y la cloaca. Sumados a la falta de trabajo y al tema del alimento, la pandemia viene a desafiar todavía más la posibilidad de salir adelante de las personas más vulneradas. Y también creo que va a hacer más difícil la concientización de lo que significa la pandemia, porque la gente no tiene el recurso para prevenirse».
Miño cree que las municipalidades van a tener que asumir el trabajo de ir a los barrios, llevar los bolsones a cada casa en lugar de hacer ir a la gente a un lugar donde puede amontonarse, hacer ruedas sanitarias con los elementos básicos. «Siempre hay una organización social, además, que se pone esto al hombro, que se pone el guante y el barbijo y sale a repartir».

Estudian ampliar las medidas para los trabajadores informales

El gobierno nacional analiza implementar otras medidas de ayuda para las personas de sectores vulnerables que dependen de actividades informales y no perciben ningún ingreso del Estado, en el caso de las medidas de aislamiento se prologuen más allá de estos diez días. La idea es la de un subsidio de 5 mil pesos durante tres meses. En el país hoy existen tres grandes esquemas de cobertura: la Asignación Universal por Hijo, los planes sociales y las jubilaciones y pensiones. Por afuera de eso hay una población que están entre los 40 y 60 años, que tiene hijos ya mayores de 18 años, por lo que ya no recibe la AUH y carece de empleo formal.
El comercio en las ferias, los talleres familiares, las pequeñas obras de construccion, la venta ambulante, los puestos de comida al paso, el manejo de remises, pequeñas verdulerías, almacenes y peluquerías abiertos por vecinos en sus casas son algunas de las actividades dentro de una infinidad de rebusques no registrados, con ingresos de subsistencia y por afuera de la figura del monotributo. La informalidad hace imposible medir cuántos están en esta situación. Hay referentes sociales que hacen una estimación, en el aire, de un millón de personas. El parate en la actividad puede, claramente, dejar a esta franja sin ninguna vía de ingresos.

El programa de trabajo local

El programa de pequeñas obras de infraestructura en los barrios populares para generar trabajo local tiene el objetivo de limitar la circulación de las personas y funcionar, a la vez, como un paliativo para la caída de las changas. La medida fue anticipada el martes por el ministro de Economía, Martín Guzmán. El ministerio de Desarrollo Social que conduce Daniel Arroyo confirmó a su vez un paquete destinado para los sectores más vulnerables.
Las obras en las que se piensa son de mejoramiento, como pintar escuelas, hacer veredas, arreglar centros comunitarios, con un criterio de permitir a las personas trabajar en el barrio, sin tener que viajar. Todavía no está definido cuál será el pago por estos trabajos. Un criterio cercano es el que se utilizó en febrero con los arreglos de escuelas, cuando los trabajadores cobraron el doble de un plan social, es decir 17 mil pesos, aunque también está en estudio un esquema de módulos o complementos.
El Estado Nacional, por otra parte, reforzó los ingresos de los beneficiarios de la Asignación Universal por Hijo y de planes sociales con un bono de 3000 mil pesos. Este plus abarcó a 556 mil personas.
La decisión de las obras a realizar estará a cargo de unidades ejecutoras integradas por los intendentes, las gobernaciones y los movimientos sociales.
El paquete combina ingresos con trabajo: al bono se le sumará el envío de insumos, materiales y herramientas para hacer posible la realización de las obras de infraestructura en salitas sanitarias, clubes de barrio, escuelas o viviendas precarias.

Laura Vales

¿Contra la pandemia militarizar o «comunizar»?

“Salud para el pueblo implica indefectiblemente salud por el pueblo”
Enrique Pichón Riviere y Ana Quiroga

Según un viejo dicho, “puede ser peor el remedio que la enfermedad”. Muchos dichos suelen ser falsos y conservadores, pero justo éste, lamentablemente, adquiere aires de veracidad.
Los diarios anuncian que las Fuerzas armadas fueron convocadas a intervenir en la “guerra” contra el coronavirus. Hasta el momento, armando hospitales de campaña, repartiendo comida y “sobrevolando las zonas con amontonamiento de gente”, según describe Clarín. La idea -con pedido de estado de sitio incluido- nació de los gobernadores e intendentes, que no descartan estallidos de saqueos y protestas, ante un tercio de la población precarizada para la que “cuarentena” implica perder todos los medios de subsistencia. Morir por el virus o de hambre no parece ser una opción realista ante la que se pueda permanecer pasivos. Asimismo, no puede descartarse que, tal como los trabajadores metalúrgicos de Italia o de la Mercedes Benz de España, sectores de los trabajadores salgan a la pelea para garantizar medidas sanitarias que la patronal les niega.
Esta intervención militar -más allá de que el resto de las fuerzas de seguridad no pecan de democráticas precisamente- constituye, tras el amague presidencial de “dar vuelta la página”, el capítulo más serio en la batalla ideológica por ganar consenso para la “reconciliación” en un sector de la población y construir una subjetividad autoritaria que relegue la búsqueda de justicia, apoyándose ahora en el generalizado temor ocasionado por el virus y la justificada bronca frente a los casos en que miembros de la elite se cagan en el pueblo de misma manera en que siempre lo hicieron. Pero la gran mayoría de los miles de detenidos por incumplir la cuarentena no forman parte de esa elite y las denuncias de abusos, maltratos y golpizas que ya hubo en provincias como Tucumán, Santa Fe o Jujuy, no puede sorprender a nadie en nuestro país.
Resulta evidente que una cosa es cuidar a la población y otra muy diferente la militarización de la sociedad, como quedó claro en el reciente discurso del ministro de seguridad de la provincia de Buenos Aires Sergio Berni, quien alentó a las fuerzas policiales a terminar con los “libre pensadores” y los “tibios”, palabras muy semejantes a las que utilizó en su momento el ministro del interior de la dictadura genocida, general Albano Harguindeguy. A pocos días del 24 de marzo, resulta más preocupante aún.
Así como sucede con la crisis económica, el coronavirus es un espejo que refleja magnificando los procesos sociales ya existentes. En este caso, se pone en evidencia que la democracia liberal, limitada y antipopular -que hasta hace poco era presentada por el capital como la gran meta final de la sociedad- constituye un lastre del que desean deshacerse tirándola al tacho de la basura.
Qué régimen político la sucederá es un interrogante que sólo se resolverá a través de la lucha. La imprescindible pelea por frenar la pandemia constituye al mismo tiempo para las clases dominantes un gran campo donde ensayar nuevas tecnologías y métodos de control social. Para las clases populares, retomando las rebeliones populares que se extendían en todos los continentes, puede significar ensayos y prácticas de solidaridad, de organización comunitaria y articulación popular, hacia sociedades realmente democráticas y participativas. La pelea por evitar el estado de sitio y la militarización es parte de esta batalla.

Menos mal que no está Macri, pero los límites del capital son infranqueables para todxs

¿Lo antedicho significa que el gobierno argentino está haciendo todo mal? No. Una pregunta que recorre las redes es ¿se imaginan si esta pandemia hubiera ocurrido durante el gobierno de Mauricio Macri? De sólo pensarlo no se pueden evitar los escalofríos. La sensación no hubiera sido, como ahora, la de estar protagonizando una película de ficción post-apocalítica, sino un filme de terror.
Entusiasmado quizás por el proclamado “fin de la grieta” y las afirmaciones que en la pelea contra el virus hay lugar para “todos”, Macri aconsejó a Alberto Fernández evitar que las medidas de aislamiento paralicen la economía. En otras palabras, Macri teme más a las pérdidas de sectores empresariales, así como a los “gastos” suplementarios por el combate a la pandemia, que al virus. Coherente con su visión, afirmó que “el populismo es más peligroso que el coronavirus”. Es la misma orientación frente al virus que tuvieron en Italia y reproducen Trump, Bolsonaro o Boris Johnson y que ahora paga la población. Y si un neoliberal como el chileno Piñera se deslindó de ese grupo y se apuró en decretar la “emergencia sanitaria”, no fue para frenar al “virus” sino a la protesta popular que amenaza terminar con su gobierno.
Es claro entonces que no todos los gobiernos actúan de la misma forma desaprensiva y el aislamiento preventivo se impone como necesidad, aunque resulte un golpe contra los pueblos, del que deberemos ver cómo nos reponemos.
Pero aún con las mejores intenciones, afrontar la crisis de la pandemia obliga a adoptar medidas de fondo, imprescindibles, que difícilmente se tomen desde gobiernos imposibilitados de trascender y ni siquiera pensar desde otras lógicas diferentes a las del capital. Medidas de fondo, porque no se trata de aplicar algunos cambios y retoques presupuestarios de aquí para allá, sino transformar una sociedad que está estructurada en todos sus aspectos alrededor de las ganancias del capital y no sobre las necesidades de la población. No resultará posible afrontar la crisis sin transformar siquiera en algo esta estructura y romper con sus lógicas, profundamente arraigadas.
El capitalismo se sostiene sobre dos lógicas, dos pilares inconmovibles. El primero es que las ganancias son lo importante, la salud de la población va y viene. A veces lo dicen con total descaro, como cuando un director del Banco Mundial del que ahora no recuerdo el nombre afirmó que las industrias contaminantes había que instalarlas en los países menos desarrollados porque allí, las indemnizaciones por las muertes eran más baratas. O cuando la hasta hace poco directora del FMI, Cristine Lagarde, lamentó que hubiera demasiados viejos y eso era un gasto. Ahora debe estar festejando. Pero otras veces, sin tanto descaro, se actúa con similar lógica. ¿De qué otra lógica se trata cuando se hace depender la economía de adoptar medidas que “tranquilicen a los mercados”, se sostiene la negociación con el FMI y los bonistas por la fraudulenta deuda, se insiste en la falaz teoría del “derrame”, se mantienen las reglas del mercado en el ámbito de la salud y los medicamentos, o no se pone entre rejas a quienes remarcan los precios en la crisis?
Garantizar por sobre todo la salud de la población necesita de dar vuelta de cuajo estas lógicas. El periodista Verbitsky resalta que Alberto Fernández tiene un ojo en la pandemia y otro en la renegociación de la deuda. ¿Pero no es el momento de decirle a los bonistas y al FMI que esperen, que otro día charlamos y dedicar ambos ojos, pero principalmente todos los fondos a, por ejemplo, pagarle una suficiente “renta básica de cuarentena” (como reclaman en Italia) a todxs quienes no reciban un sueldo mientras dure la emergencia? ¿No es el momento de destinar los fondos necesarios a la compra y fabricación de test rápidos para la detección del virus -que se han demostrado tan eficaces para evitar la propagación en países como Corea-, así como insumos para los centros de salud, la contratación de personal y la implementación de equipos interdisciplinarios para el sostén físico y psicológico de afectados por la enfermedad o por la cuarentena? ¿No resulta imprescindible prohibir despidos y sancionar fuertemente a empresas que, como Swiss Medical, decidió no pagar a quienes debieron tomar licencias para cuidar a sus hijxs sin clases?
Entrevistado en el programa “Morfi”, Alberto Fernández se declaró satisfecho de tener tres sistemas de salud al mismo tiempo, que funcionarían muy bien: las obras sociales para quienes tienen trabajo, las prepagas para los de mayor poder adquisitivo y la salud pública para quienes no tienen esos medios. ¿No sería la hora, frente a la pandemia, de unificar todo en un solo sistema de salud, igualitario para todxs? No puede haber salud de primera, de segunda y de tercera marcas.
La desproporción actual es enorme. Mientras los gastos suplementarios para la salud que se destinaron hasta ahora ronda los 26 millones de dólares, al mismo tiempo y según la revista Forbes, sólo uno de los 50 argentinos que están en la lista de los más ricos del mundo posee una fortuna de 9.300 millones de dólares.
Alguna vez le preguntaron a Atahualpa Yupanqui sobre una donación de tierra que había hecho un terrateniente. El respondió ¿las donó o las devolvió? Tenía toda la razón. Dar vuelta las lógicas y afectar las ganancias y propiedades de quienes ganaron a nuestras costillas para ponerlas al servicio de la salud de la población, sería un acto de estricta justicia.

Protagonismo popular y organización comunitaria para combatir la pandemia

Hay una segunda lógica que también sostiene al capitalismo y que la actual pandemia pone en blanco sobre negro: que el pueblo siempre debe quedarse en sus casas mientras otrxs se ocupan de las cosas. Al punto que como ahora, se prefiera que quienes se ocupen sean las fuerzas represivas y los militares. ¿Acaso hay otras lógicas posibles?
El gobierno se reunió con los gobernadores para decidir sobre las medidas a adoptar. Las anunció flanqueado por Horacio Rodríguez Larreta, Axel Kicillof, el gobernador radical de Jujuy Gerardo Morales y el de Santa Fé, Omar Perotti. Posteriormente Sergio Massa anunció el fin de la “grieta” y la unidad de todos, oficialismo y oposición, contra la pandemia. ¿Estamos realmente todos? ¿Este es el “todxs” que necesitamos? ¿Qué nos pueden aportar para frenar la enfermedad quienes durante años destruyeron nuestra salud? ¿Qué virus mutó para ocasionar tal milagro?
Pero quienes sí pueden aportar quedaron fuera. Si la enfermedad afecta a todxs, y más aún a los sectores populares, en especial a las mujeres que toman a su cargo los trabajos de cuidado, ¿no debieran ser protagonistas y parte de las soluciones las colectivas y organizaciones de mujeres, feministas, para aportar sus prácticas y saberes? ¿No son al mismo tiempo las organizaciones de médicxs, psicólogxs, enfermerxs y todxs lxs trabajadores e investigadorxs de la salud quienes debieran ser convocadxs y decidir sobre las medidas a adoptar, así como a capacitar al respecto a las organizaciones populares? Si en cada barrio hay centenares o miles de ancianxs o niños que necesitan cuidados especiales, ¿no necesitamos organizarnos en cada territorio -también desde cada escuela- para sostenernos y cuidarnos ante la pandemia? ¿No se pondrían de relieve otras graves amenazas a las que enfrentar, como el dengue, que azota los territorios? ¿No son estas mismas organizaciones territoriales las que pueden garantizar colectivamente la cuarentena, sin el maltrato y la prepotencia de las fuerzas de seguridad? ¿No serían estas mismas, junto a organizaciones de trabajadores, quienes podrían garantizar un efectivo congelamiento de los precios en los artículos de primera necesidad, así como su abastecimiento?
El capitalismo va destruyendo la organización, el protagonismo popular y deteriorando los vínculos y subjetividades comunitarias que las hacen posible. Pero como toda crisis, también es oportunidad. El protagonismo popular tiene dos vías para abrirse paso. Una es el impulso desde arriba, como se hiciera en su momento en Venezuela cuando Hugo Chávez llamó al pueblo a construir las comunas. El otro, es desde abajo, con las miles de iniciativas que el pueblo toma y sabe tomar, cuando es necesario y cuando la “solidaridad” y el “empoderamiento” dejan de ser meras palabras.
La primera vía está descartada en Argentina. Es impensable que desde el gobierno haya impulso a la participación de un pueblo al que se relega al rol de receptor pasivo y aplaudidor de políticas ajenas. ¿sabremos construir el protagonismo popular con nuestras propias manos en las nuevas condiciones? ¿Podremos unirnos todxs, nuestrx todxs, no el de ellos y hacer como lxs zapatistas, que en sus territorios llamaron “a no perder el contacto humano, sino a cambiar temporalmente las formas para sabernos compañeras, compañeros, compañeroas, hermanas, hermanos, hermanoas?”
Los de arriba intervienen para que las subjetividades emergentes de la crisis sean las del individualismo y consumismo sobre las que se sostiene el capitalismo. Nuestra pelea es por la de construirnos subjetiva y comunitariamente en lazos indestructibles e impenetrables para las lógicas del capital. Y para que en nuestras sociedades que sepamos construir, el protagonismo deje de estar en los mismos personajes e instituciones de siempre, hacia sociedades verdaderamente humanas, libres de las imposiciones del capital.
Antes del estallido de la pandemia del coronavirus los pueblos del todo el mundo habían salido a la calle a decir basta, desde Chile, hasta Francia, desde Ecuador hasta Argelia, desde Haití hasta Hong Kong. Miles de voces denunciaban que era el capitalismo el que, con su destrucción irracional de la naturaleza y sus sistemas de producción alimentaria, sólo alimentaba el hambre y la enfermedad, favoreciendo la mutación de los virus y su pasaje al ser humano, en forma cada vez más acelerada. Nuevos métodos de lucha y nuevas o renovadas organizaciones populares iban siendo paridas por las rebeliones.
¿Se profundizarán estos procesos de lucha y organización o se darán nuevos retrocesos?
El gran interrogante no es el día después. Porque no hay pronósticos posibles ni rumbos asegurados. Todo depende de lo que los pueblos hagamos hoy.

Sergio Zeta

sábado, 28 de marzo de 2020

Naturaleza, marxismo y pandemias



La pandemia ha sido pronosticada por especialistas de todo el mundo, para el cual los gobiernos no se prepararon – al revés, desinvirtieron en sistemas de prevención, de investigación científica y de salud. Las pandemias actúan en contextos sociales y económicos concretos. El virus detrás de la pandemia actual (SARS-CoV-2), al igual que su predecesor de 2003 (SARS-CoV), así como la gripe aviar y la gripe porcina antes, se gestaron en el nexo de la economía capitalista y la epidemiología. Por lo tanto, esta pandemia debe analizarse en la fase en la que se encuentra el actual modo de producción. Lo que conocemos como epidemias se generalizaron desde el neolítico a esta parte, debido a cambios históricos de la organización del trabajo social: la cría de ganado, la agricultura y el sedentarismo. El contacto directo con el ganado hizo cada vez más frecuente el esparcimiento de virus y bacterias, que comenzaron a viajar de continente a continente con el comercio de larga distancia. La pobreza y el hacinamiento de las poblaciones contribuyó a su propagación. La lista es interminable. Es la mayor causa de muertes humanas, más que todas las guerras juntas.
(...) “la ciencia no es una función de los hombres de ciencia individuales; es una función social. La valorización social de la ciencia, su valoración histórica, queda determinada por su capacidad para incrementar el poder del hombre y para armarlo con el poder de prever los acontecimientos” (Trotsky, “El materialismo dialéctico y la ciencia”, 1925).
La enfermedades y su relación con la condición social ya fue analizada por Engels hace más de 150 años: “cuando la epidemia (de cólera) amenazó, un pavor general se apoderó de la burguesía de la ciudad (Manchester); de pronto se acordó de las viviendas insalubres de los pobres y tembló ante la certidumbre de que cada uno de esos malos barrios iba a constituir un foco de epidemia, desde los cuales extendería sus estragos en todo sentido a las residencias de la clase poseedora” (La situación de la clase obrera en Inglaterra, p. 96).

Restauración, crisis, pandemias

La expansión de la mayoría de los últimos virus proviene de China. La restauración capitalista en China determinó una expansión enorme de las ciudades y por lo tanto la separación del campo y la ciudad. Este nuevo desarrollo de la división del trabajo escindió a formidables concentraciones humanas del terreno donde se producen los alimentos. El desplazamiento de la fuerza de trabajo hacia las grandes urbes implicó una movilización impresionante de personas del campo hacia la ciudad y problemas de alojamientos adecuados. Eliminación de las comunas agrarias mediante, la relación campo-ciudad adoptó un carácter mercantil donde antes era planificada. Creció en forma exponencial el hacinamiento, por un lado, debido al alojamiento de los obreros en las mismas empresas, por el otro como consecuencia de las expropiaciones de viviendas para instalar grandes proyectos inmobiliarios. La expansión de la demanda de alimentos, que antes no salían del marco campesino, por parte de urbes desorganizadas, propiciaron la trasmisión de la enfermedad, como la del SARS en 2002.
Wuhan es una ciudad manufacturera por excelencia. Reproduce las condiciones laborales de la Gran Bretaña que analizó Engels. Es una ciudad industrial que se dedica a la producción de acero en altos hornos y a la construcción. La población creció un 20% en los últimos 10 años, la mayoría por la llegada de trabajadores del interior.
El consumo de ganado y la expansión de la producción implican –bajo el capitalismo– un mayor uso de antibióticos y del sistema de feedlot. Esto no solamente es agresivo para el ecosistema, sino que es un medio de propagación de todo tipo de enfermedades. Éstas pueden pasar de animales a otros animales y de éstos a los seres humanos. La mutación de este virus sólo puede entenderse comprendiendo la forma en que el mundo capitalista produce sus alimentos y la forma en que vive la clase obrera.
“La propagación de nuevas enfermedades a la población humana es casi siempre el producto de lo que se denomina transferencia zoonótica, que es una forma técnica de decir que tales infecciones saltan de animales a humanos. Este salto de una especie a otra está condicionado por cosas como la proximidad y la regularidad del contacto, todo lo cual construye el entorno en el que la enfermedad se ve obligada a evolucionar (…) La olla a presión evolutiva (es) la agricultura capitalista y la urbanización. Esto proporciona el medio ideal a través del cual las plagas cada vez más devastadoras nacen, se transforman, se inducen a saltos zoonóticos y luego se vectorizan agresivamente a través de la población humana. A esto se agregan procesos igualmente intensivos que ocurren en los márgenes de la economía, donde las cepas ‘salvajes’ se encuentran por personas empujadas a incursiones agroeconómicas cada vez más extensas en los ecosistemas locales. El coronavirus más reciente, en sus orígenes ‘salvajes’ y su repentina propagación a través de un núcleo altamente industrializado y urbanizado de la economía global, representa ambas dimensiones de nuestra nueva era de plagas político-económicas” (http://chuangcn.org/2020/02/social-contagion/)
La idea básica está desarrollada por el biólogo Robert G. Wallace, en su libro de 2016, “Big Farms Make Big Flu” (“Las grandes granjas crean grandes gripes”). Allí, la idea general es que la “lógica del capitalismo” se identifica con la “lógica de los virus”, lo que facilita su expansión y virulencia: “la lógica básica del capital ayuda a tomar cepas virales previamente aisladas o inofensivas y colocarlas en entornos hipercompetitivos que favorecen los rasgos específicos que causan epidemias, como ciclos de vida virales rápidos, la capacidad de salto zoonótico entre especies portadoras y la capacidad de evolucionar rápidamente nuevos vectores de transmisión. Estas cepas tienden a destacarse precisamente por su virulencia. En términos absolutos, parece que desarrollar cepas más virulentas tendría el efecto contrario, ya que matar al huésped antes proporciona menos tiempo para que el virus se propague. El resfriado común es un buen ejemplo de este principio, que generalmente mantiene bajos niveles de intensidad que facilitan su distribución generalizada a través de la población. Pero en ciertos entornos, la lógica opuesta tiene mucho más sentido: cuando un virus tiene numerosos huéspedes de la misma especie muy cerca, y especialmente cuando estos huéspedes pueden tener ciclos de vida más cortos, el aumento de la virulencia se convierte en una ventaja evolutiva” (ídem).
El antagonismo entre el desarrollo capitalista y la naturaleza ya fue analizado por Marx hace más de 150 años. Marx describe el capitalismo como una ruptura con las ‘leyes naturales’ de la vida: “Por otro lado, la gran propiedad de la tierra reduce la población agrícola a un mínimo en constante caída y la confronta con una población industrial en constante crecimiento, aglomerada en grandes ciudades. Crea condiciones que causan una ruptura irreparable en la coherencia del intercambio social prescrito por las leyes naturales de la vida. Como resultado, la vitalidad del suelo se desperdicia, y esta prodigalidad es llevada por el comercio mucho más allá de las fronteras de un estado en particular” (Marx, El Capital, Vol. 3, VI, 47).
La producción mercantil es el ambiente propicio para que nuevas epidemias y pandemias (cada vez más explosivas) se generen y propaguen. La producción agrícola y ganadera capitalista es el fermento de estos virus por la cantidad de patógenos volcados a la producción y el contacto estrecho entre animales y seres humanos. Y la mayor causa de deforestación y cambio climático.

Propiedad privada, naturaleza y pandemias

Desde joven Marx entendió la relación que existía entre la naturaleza y la propiedad privada, y así lo expresó en los debates del parlamento renano, donde discutía el derecho consuetudinario de los campesinos que “robaban” leña, cuando en realidad apoyándose en la propiedad privada, los terratenientes se apropiaban de algo tan “natural” y “comunal” como las ramas secas de los árboles. Allí Marx descubrió que el “interés general” y el “bien común”, chocan con la propiedad privada y el estado capitalista.
La razón última de la explosión de las pandemias la encontramos en el funcionamiento de la sociedad capitalista: “La razón última de todas las crisis reales sigue siendo la pobreza y el consumo restringido de las masas en oposición al impulso de la producción capitalista para desarrollar las fuerzas productivas como si solo el poder absoluto de consumo de la sociedad constituyera su límite” (Marx, El Capital, Vol. 3, Parte V, 30). Las consecuencias de la producción capitalista son las devastadoras crisis de los sistemas de salud y de la destrucción de la fuerza de trabajo, porque esto es el funcionamiento “normal” de la acumulación del capital: “Por lo tanto, la producción capitalista solo desarrolla la tecnología y la combinación del proceso de producción social, al tiempo que socava las fuentes de toda riqueza: la tierra y el trabajador” (íbid). Hegel había marcado que la naturaleza no es pura y simple exterioridad, sino que conforma una unidad dialéctica con el hombre y su “esencia” social: “En su acción, el ser humano se comporta con la naturaleza como algo inmediato y exterior” (Enciclopedia de las ciencias filosóficas, p. 303). Marx y Engels tomaron esta lección y la generalizaron a todos los ámbitos sociales, incluida la producción. Y rápidamente entendieron que el capital plantea una situación de exterioridad con la clase obrera (alienación) y con la naturaleza.
"Por lo tanto, en cada paso se nos recuerda que de ninguna manera gobernamos la naturaleza como un vencedor sobre un pueblo extranjero, como alguien que está fuera de la naturaleza, sino que nosotros, con carne, sangre y cerebro, pertenecemos a la naturaleza y existimos en medio de ella, y que todo nuestro dominio del mismo consiste en el hecho de que tenemos la ventaja sobre todas las demás criaturas de poder aprender sus leyes y aplicarlas correctamente”. (Engels, “El papel desempeñado por el trabajo en la transición del mono en hombre”, 1876).

Ley del valor-trabajo y alienación

En las guerras convencionales se movilizan los ejércitos a partir del reclutamiento forzoso o voluntario, y se orienta la producción a las industrias esenciales para alimentar y proveer a la población, y hacia la industria armamentística. En esta “guerra” lo que vemos es la escasez de mano de obra industrial y la necesidad de movilizar a la clase obrera hacia las industrias que proveen servicios de salud, construcción e insumos. La falta de fuerza de trabajo por motivos de salud pública hace imposible la explotación de la clase obrera, generando la alarma de todos los empresarios y sus gobiernos. Los capitalistas pueden tomarse todas las cuarentenas que quieran, pero no se puede prescindir de los trabajadores.
EEUU anuncia un rescate del 10% de su PBI, Europa flexibiliza los regímenes fiscales y los préstamos. Pero ninguno de estos rescates puede reemplazar la producción de plusvalor real de la economía, la extracción de trabajo excedente. El capitalismo consiste en aumentar la proporción de plustrabajo frente al trabajo necesario. No existe masa de capital ficticio que pueda sostenerse si no existe una relación con la explotación de la fuerza de trabajo.
La clase dominante sabe que ningún rescate financiero o crediticio puede reemplazar la generación de plusvalor. El año pasado se registró la mayor cantidad de deuda global, llegando al 322% del PBI mundial, o 253 billones de dólares. Pero el crédito barato se acabó y la ausencia de rentabilidad y de inversiones muestra la caída de la tasa de ganancia y el peso inexorable de la ley del valor.
De lo que se trata es de revertir este proceso analizado por Marx: “La barrera del capital consiste en que todo este desarrollo se efectúa antitéticamente y en que la elaboración de las fuerzas productivas, de la riqueza general, etc., del saber, se presenta de tal suerte que el propio individuo laborioso se enajena; se comporta con las condiciones elaboradas a partir de él no como las condiciones de su propia riqueza, sino de la riqueza ajena, y de su propia pobreza” (Grundrisse, II, p. 33). Lo que defienden los capitalistas en la situación de crisis que atravesamos es la riqueza apropiada, y los recursos que reclaman los trabajadores para salir de la catástrofe son producto de su propio esfuerzo. La clase obrera debe entender su rol dirigente dentro de la sociedad.

Emiliano Monge
26/03/2020

Techint despide 1.450 empleados: plan de lucha capitalista contra la cuarentena



Es sabido que la clase capitalista tiene su forma de pronunciarse. Cuando presionan por una devaluación hablan de atraso cambiario y simultáneamente arman una corrida cambiaria para producir una disparada del dólar. O cuando quieren mayores tarifas dejan de invertir hasta que se producen los cortes de luz y gas que les permite justificar la aplicación de aumentos y subsidios. Ahora el ´plan de lucha´ de la burguesía va dirigido contra la cuarentena y lo hace con sus métodos. A la vanguardia se puso el principal grupo capitalista del país, Techint. El holding que lidera Paolo Rocca acaba de anunciar el despido de 1450 trabajadores de la construcción que participaban de distintos proyectos de la empresa en la provincia de Buenos Aires, Tucumán y Neuquén. La empresa dijo que la decisión estaba fundada en la parálisis de esos proyectos decretada por el gobierno. La construcción –señaló en un comunicado- no fue declarada como ´servicio esencial´. Cuando se reanuden las tareas, afirmó, “a los trabajadores se los volverá a recontratar”. Resumiendo: con cuarentena habrá despidos.
Techint conoce y aplica como nadie este juego de presiones para lograr sus objetivos. Consiguió que el gobierno nacional incorpore a Siderca dentro de las empresas que pueden funcionar porque desarrollan “necesidades impostergables en el país y compromisos de exportación”. Por esta razón logró una autorización especial para que el personal de la empresa pueda circular libremente y para que se mantenga operativo su puerto de Campana. En cambio, en las plantas que no puedo mantener activas tomó otro tipo de decisiones. En su planta de Valentina Alsina, por ejemplo, apeló a un acta de suspensión del año pasado para reducirle el salario a todo el personal. Según la denuncia de los trabajadores, esa reducción alcanza un 45% de sus ingresos. El repuesto Ministerio de Trabajo, sin embargo, no abrió la boca.
Esta presión de Techint para dar por concluida la cuarentena es compartida por toda la clase capitalista. La editorial de Marcelo Bonelli del viernes en Clarín, donde suelen ventilarse los chismes que circulan en la sede de la Unión Industrial, comenta como los principales grupos empresariales del país consideran que la cuarentena “causará más daños que beneficios a la sociedad”. Para un capitalista la ´sociedad´, claro, es la sociedad capitalista. Este diagnóstico sería compartido también por la Asociación de Bancos. Y, desde ya, por la Cámara de la Construcción y el resto de las asociaciones empresariales.
El reclamo de fondo de todos estos sectores es que se ponga fin a la cuarentena lo más rápido posible. Y de no ser así, que el Estado se haga cargo del pago general de los salarios y de otros costos operativos de las empresas. Reclaman también un gran perdón impositivo y tasas subsidiadas. El problema es que el Estado argentino no tiene las espaldas para hacer lo que hizo Gran Bretaña, que anunció que pagará el 70% de los salarios de todos los trabadores públicos y privados. O el plan de ayuda a la clase capitalista votado por el Congreso de los EEUU que alcanza los 2.2 billones de dólares. La clase capitalista nativa tiene otro problema adicional. La modesta capacidad de Estado argentino debe compartirse con los tenedores de deuda, que por el momento siguen cobrando puntualmente el pago de los intereses. Solo en lo que va del 2020 ya se fueron en ese concepto unos 200.000 millones de pesos. Los capitalistas locales podrían ponerse la camiseta nacional y popular y reclamar el default para que esos recursos sean usados en su beneficio. Pero por el momento no es lo que ocurre. Es que ellos mismos son acreedores externos del país y quieren cobrar por sus acreencias.
La presión capitalista contra la cuarentena podría incrementarse si Bolsonaro se sale con la suya y logra levantarla en Brasil. Es sabido que para él también la medida “causará más daños que beneficios a la sociedad” (UIA dix). Mientras tanto ha tomado medidas de respaldo a su clase capitalista de mayor alcance que el gobierno argentino. Es que la pandemia no paraliza la competencia sino que la incentiva. Todos saben que al final del camino muchos grupos irán a la quiebra y serán absorbidos por sus rivales.
Los 1.450 despidos dispuestos por Techint y la rebaja salarial a sus empleados de la planta de Valentina Alsina anticipan lo que se viene. Si el gobierno decidiera extender la cuarentena durante el próximo mes, el pago de los salarios de abril será puesto en cuestión por los capitalistas. Es necesario anticiparnos a este choque con un programa claro: deben abrirse los libros de las empresas y analizar sus ganancias acumuladas en todo este período; defender el pago de los salarios integral; en caso de retomar la producción debe hacerse a partir de consideraciones sanitarias y aplicando medidas de seguridad e higiene controladas por comités de trabajadores. En caso de que el gobierno disponga de ayuda a las empresas debe asegurarse que la misma sea utilizada para el pago de los salarios y no para otra finalidad.
La crisis impone medidas de fondo que el gobierno no está dispuesto a tomar. La asistencia al pueblo en medio de la cuarentena es incompatible con el pago de la deuda. Y si debe recurrirse a una emisión monetaria para solventar gastos extraordinarios debe aplicarse estrictas medidas de control, como ser la apertura de los libros comerciales y el control obrero, en las grandes cadenas de supermercados y en la industria de la alimentación para que no se incrementen los precios.
Si nuestra vida vale más que sus ganancias, entonces los trabajadores debemos intervenir.

Gabriel Solano

viernes, 27 de marzo de 2020

El imprevisto gatillo de un viraje económico

La pandemia ha trastocado todas las prioridades de un gobierno que recién arrancaba. Fernández enfrenta ahora dos emergencias simultáneas: el tsunami sanitario y el agravamiento de la recesión.

Como el coronavirus llega más tarde al hemisferio sur, Argentina puede asimilar lo ocurrido en el norte. Pero esa ventaja sólo brinda un poco más de tiempo para emparchar un sistema sanitario destruido. El gobierno aceleró el inicio del aislamiento social, frente al gravísimo peligro que se avecina por la carencia de respiradores y hospitales. Todos temen las consecuencias de un salto exponencial de los contagiados y se intenta aplanar la curva de los afectados, para distribuir su impacto en la estructura sanitaria.
La experiencia internacional pareciera indicar que el brote puede ser contenido con distanciamiento social y testeo. Los resultados de la cuarentena comienzan a verificarse en China y las pruebas masivas han sido efectivas en Corea del Sur. Pero como la intensidad del aislamiento es proporcional al desplome de la economía, en todo el mundo se intentó posponer el encierro. Las desgarradoras consecuencias de esa demora han conducido a la posterior generalización de la cuarentena.
En Argentina se decidió una drástico resguardo en los hogares con un número comparativamente bajo de contagiados. En esa resolución influyó la tragedia de fallecidos en Italia y España. Las adversas condiciones de alta circulación de turistas, significativa población adulta e incumplimiento de la cuarentana habrán desencadenado el drama que afrontan ambos países. Pero también el recorte en los presupuestos de salud y la falta de cobertura de los sistemas privados explicarían los contrastes con Alemania. En cualquier caso, la distancia de Argentina con la estructura sanitaria de Europa es monumental.
El gobierno de Fernández adelantó también la cuarentena, conociendo las dificultades para inducir su rápida aceptación social en Argentina. Actuó en forma opuesta a Trump o Johnson, que burlándose de la pandemia exhibieron una irresponsabilidad mayúscula. Bolsonaro mantiene la misma insensatez. Despliega boberías con el uso del barbijo y presenta la enfermedad como un complot de los medios, mientras crece el número de contagiados en su propio gabinete.

ECLIPSE NEOLIBERAL

En muchos casos, las afinidades o disidencias con el neoliberalismo han moldeado la reacción frente a la pandemia. Los gobiernos que santifican el mercado suelen eludir el giro hacia la regulación estatal. El terrible recuerdo reciente de Macri ha facilitado ese viraje en Argentina.
Frente a un peligro de catástrofe sanitaria se observó en el país la misma reacción inicial que en Europa o Estados Unidos. Primero afloró el miedo y una psicosis de acaparamiento en los supermercados. En Argentina ya existe cierto acostumbramiento a los temblores de la economía y a los cataclismos sociales, pero se desconoce la dinámica de una convulsión tan emparentada con situaciones de guerra.
Ese desconcierto explica el incumplimiento inicial de la cuarentena requerida para frenar la transmisión del virus. Posteriormente se ha verificado la aceptación del aislamiento, junto a una oleada de críticas a los sectores acomodados que priorizan sus distracciones al cuidado de la salud pública.
Más significativo es el giro político. Se ha masificado la reivindicación de Aerolíneas Argentinas, frente a la constatación que Fly bondyno acudiría al rescate de ningún ciudadano varado en el exterior. La población se enorgullece del Malbrán, sepultando los elogios neoliberales a la medicina prepaga. Los aplausos nocturnos de homenaje a los médicos y enfermeras ilustran el nuevo clima.
Los fanáticos del libre-mercado guardan silenciado. En un escenario de insustituible intervención estatal, no hay cabida para exaltar los recortes del gasto público. Frente a la urgente necesidad de garantizar la provisión de alimentos y remedios han decaído todos los mitos de la libertad de precios. Tampoco hay espacio para despotricar contra la protección del empleo y el otorgamiento de subsidios a los sectores más paralizados de la economía. La inutilidad del ideario liberal salta a la vista y para eludir esa constatación, Espert y Milei son sigilosamente marginados de la pantalla.
El eclipse neoliberal también se corrobora en la generalizada impresión, que un comando de Macri de la actual emergencia conduciría al país al abismo. No sólo recortó el 23% del presupuesto de salud. Su reacción habitual frente a cualquier crisis era la distracción, el entretenimiento y las vacaciones. No cabe duda que habría privilegiados nuevamente los negocios de sus amigos, al resguardo de la salud pública.

OTRA ESCENARIO FRENTE A LA DEUDA

La pandemia empuja al gobierno a modificar su plan de alcanzar primero un acuerdo con los acreedores, para reactivar luego la economía. La posibilidad de una gran depresión obliga a invertir esa secuencia. La deuda ha pasado a un segundo plano, frente a la urgente necesidad de contener la recesión.
El programa anterior promovía un gran ahorro fiscal para facilitar los pagos a los bonistas. Por eso se suspendió la movilidad previsional y se incrementaron todos los gravámenes. Esta estrategia ha quedado sepultada con un significativo aumento del gasto público (2% del PBI), que sintoniza con el rumbo seguido en todos los países. Pero la fragilidad del sistema sanitario obliga a prender todas las alarmas. En comparación a los montos asignados a la emergencia en los países desarrollados, el auxilio real dispuesto en el país es muy modesto.
Un problema clave es la financiación de ese gasto. La recaudación sigue en picada y la canilla de préstamos extremos está cerrada. Además, el reperfilamiento de la deuda interna obstruye cualquier captación de crédito local. En un escenario de renovación forzosa de todos los títulos en danza, hay poco espacio para colocar nuevos bonos.
La emergencia sanitaria será solventada en lo inmediato con emisión. Pero la exclusiva utilización de ese recurso podría impactar sobre la tasa de inflación. Por esa razón la suspensión del pago de la deuda externa se ha tornado insoslayable. Es la única forma de sostener el programa contra la pandemia. El gobierno y los acreedores conocen ese dato y ya avizoran un arreglo ajeno al libreto precedente o un default inexorable.
La propuesta inicial de negociar un canje de bonos con quita, reducción de intereses y posposición de pagos ha perdido viabilidad. Todas las medidas adoptadas para transitar por ese rumbo (ley de solidaridad en el Congreso, aval del FMI) son recuerdos del pasado.
Antes de la pandemia, los principales tenedores de los bonos argentinos rechazaban cualquier recorte de sus acreencias. Por eso sabotearon la renegociación de los vencimientos de un bono provincial (Buenos Aires) y otro nacional (Dual). Con esa postura incentivaron el desborde de los indicadores del riesgo país y del costo de los seguros de la deuda (CDS). Pero ahora todos afrontan la novedad de un derrumbe fulminante de las emisiones argentinas. La cotización de esos títulos se ha situado por debajo del 35%.
La sofisticada reestructuración de la deuda que preparaba el ministro Guzmán ha quedado en el limbo. Por ahora mantiene la oferta de canjear todos los pasivos sujetos a la legislación extranjera, pero demandaría una quita más significativa (55%) y una contundente postergación de los pagos por varios años. Se avecina por una vía acordada o compulsiva, la total imposibilidad de transferir fondos a los acreedores. Es el único camino para financiar la emergencia sanitaria y la contención de la recesión.

EL SUICIDO DE CUALQUIER PAGO

Habrá que ver cómo reaccionan los acreedores en mayo y junio frente a los grandes vencimientos de la deuda. Si no hay arreglo se oficializará el default. Los consultores financieros -que reemplazan en las pantallas a los desprestigiados economistas del macrismo- han realzado la conveniencia de una “oferta amigable” a los bonistas. Afirman que es el momento de implementar un canje, con acreedores dispuestos a aceptar cualquier cobro. Pero hasta ahora no existe ningún indicio de esa predisposición. Es tan sólo una posibilidad, que implicaría una infame erogación en plena emergencia sanitaria.
También se resalta la utilidad de un arreglo, antes que los buitres adquieran los bonos e impongan la cobranza total de los títulos. Bajo el macrismo esa cancelación implicó un desembolso de 15 mil millones de dólares, pero no existe ninguna razón para repetir esa estafa. Basta imaginar cuántos hospitales se hubieran podido construir con el dinero girado a los financistas.
Los augurios neoliberales de un gran desastre con el default han perdido sentido. En el vendaval actual el fantasma de un cierre de los mercados crediticios ya no afecta sólo a la Argentina. Impacta sobre muchas economías de la periferia. En medio de semejante crack es ridículo alarmarse por la incierta captación futura de préstamos. Más desubicado es el temor a juicios o embargos de bienes del Estado en el exterior. En el tsunami que afronta Wall Street esas prevenciones son irrelevantes.
Si antes de la pandemia el pago de la deuda imposibilitaba el crecimiento de la economía, en la coyuntura actual conduciría a la catástrofe. Ya no está en juego qué tipo de obstáculos impone el corset fiscal a la reactivación. El único cálculo importante es cuánto debe aumentar la cobertura de los contagiados. El riesgo-país perdió su impronta financiera y ahora alude a la magnitud de afectados por el coronavirus.
La suspensión de pagos de la deuda es imprescindible para salvar vidas. Todos los cuestionamientos a un giro de divisas que recrea la dependencia, eterniza el sometimiento a los tribunales extranjeros y convalida las estafas han pasado a segundo plano. Ahora resulta inconcebible destinar a los especuladores los fondos requeridos para adquirir reactivos y medicamentos.

REPLANTEOS DEL COMERCIO Y VACA MUERTA

El default parcial que comenzó el año pasado facilita la protección de la economía frente al vendaval internacional. Contiene la transmisión de ese impacto mediante los controles al movimiento de divisas y limita la hemorragia que sufren otros países (Chile, Colombia).
Como el porcentaje total del intercambio comercial sobre el PBI se ubica en la mitad de promedio mundial, resulta posible administrar la inminente contracción del sector externo. Ya es un hecho la reducción de compras de China, la fulminante caída del turismo y la fuerte retracción de la economía brasileña.
Ha comenzado además la revisión de las importaciones para priorizar el uso de las divisas. La vieja obsesión por la “competitividad” del tipo de cambio ha perdido sentido. Si el país “acompaña” la devaluación del real brasileño afectará el intento de reducir la inflación, en un momento crítico para los precios de los bienes esenciales.
También en el terreno de la energía se impone un cambio radical. El derrumbe del precio internacional del petróleo está sepultando el proyecto de Vaca Muerta. Si con el barril a50-60 dólares esa explotación era inviable, por debajo de los 40 dólares queda archivada.
El mismo replanteo que afecta a la deuda se extiende a los combustibles. Habrá que retomar la inversión en petróleo convencional, cajoneando todas las fantasías de “una segunda pampa húmeda” localizada en Neuquén. La exaltación de Vaca Muerta para pagar la deuda no es sólo inmoral (devastación de los recursos naturales para premiar a los usureros). Ahora se ha tornado ilusoria.
La necesidad de frenar la inflación obliga también a amoldar el precio local del combustible a su nueva cotización internacional. No existe ninguna razón para mantener un nivel de tarifas tan elevado. Es el momento de revertir la influencia del lobby petrolero, que impone remarcaciones cuando se valoriza el petróleo en el mundo e impide reducciones en las secuencias inversas.

REPATRIACIÓN, AUDITORIA, SOBERANÍA

Es indudable que el país necesita divisas para adquirir los insumos de la emergencia. Esos fondos están disponibles en las cuantiosas sumas de capitales argentinos localizados en el exterior. Al cabo de sucesivas hemorragias -con un gran pico de 88.000 millones de dólares durante el macrismo- el total de esos fondos supera el PBI. La crema de la clase capitalista ha depositado su patrimonio en los bancos foráneos y en los paraísos fiscales.
En un momento de exhortaciones a la solidaridad y convocatorias a “cuidarnos entre todos”, la repatriación de esos capitales debería ser una prioridad. Se podrían adoptar varias medidas para inducir el regreso de recursos generados dentro del país. Sus propietarios están identificados y mantienen gran parte de sus activos en Argentina. Existen distintos instrumentos impositivos para implementar esa repatriación.
La auditoría de la deuda haría más factible esa acción. Es sabido que los pasivos contraídos por el estado financiaron la fuga de capital, mediante estafas semejantes a las consumadas por la cerealera Vicentín con los créditos del Banco Nación. Ese tipo de fraude concretaron también los proveedores de Vialidad Nacional y las empresas energéticas, que dolarizaron las tarifas locales para transferir sus ingresos al exterior.
Después de muchos años de cajoneo de la auditoría, el gobierno anunció una investigación del Banco Central y reactivó la comisión bicameral de seguimiento de la deuda. Prometió identificar las operaciones de fuga realizadas con la cobertura del préstamo que el FMI otorgó al macrismo. Habrá que ver si esa iniciativa persiste en la nueva coyuntura. Sería necesario extenderla a todas las transacciones de los últimos años, para contar con un padrón completo de los capitales a repatriar en la actual emergencia.
Este tipo de iniciativas exige la recuperación plena de la soberanía. En todas las latitudes, los estados tienden a suspender los compromisos internacionales que obstruyen el socorro sanitario. En Argentina el ejercicio efectivo de esa soberanía está limitado por la tutela del FMI.
Ese control es archiconocido pero ha sido relativizado por el gobierno, que presenta al Fondo como un nuevo aliado del país. Se afirma con gran ingenuidad que “nos dio la razón”, que se ha vuelto sensible y contribuirá a lidiar con la codicia de los bonistas.
Pero basta observar cómo el FMI rechazó la solicitud venezolana de un crédito de emergencia ante la pandemia, para corroborar que esa institución no cambió. Simplemente se ubica en la primera fila de los futuros cobradores y exige el reembolso prioritario de su acreencia. Por esa razón se auto-exceptúa de la fuerte quita que propone para los fondos de inversión. El FMI arrastra una gran crisis interna por el crédito que otorgó a la Argentina violando su carta orgánica y teme sufrir en carne propia los efectos del default.
Repitiendo lo ocurrido en el 2008, el FMI propone ahora una fuerte expansión internacional del gasto público. Por esa vía convoca a socorrer a los capitalistas amenazados por el inminente quebranto. Esa política es presentada como otro ejemplo de sintonía con Argentina, cuando el Fondo desestima cualquier quita de sus acreencias con su deudor del Cono Sur. En los hechos, ubica a la Argentina en el pelotón de las economías periféricas, que deberían aumentar sus transferencias a los centros metropolitanos del capitalismo.

PRECIOS, RECESIÓN, INFORMALIDAD

Las medidas del gobierno sintonizan con el nuevo clima internacional de economía de guerra. El propio tono de Fernández es más severo, cuando anticipa penalidades al encarecimiento o al desabastecimiento de productos esenciales.
En los precios de esos bienes se verificará el grado de cumplimiento de las advertencias oficiales. Es totalmente inadmisible lo ocurrido con el alcohol (que desapareció de los comercios) o con el alcohol-gel (que alcanzó cotizaciones delirantes).
Los precios máximos son disposiciones muy distintas a la ley de góndolas o a los índices de referencia, que hasta ahora promovía la Secretaría de Comercio. Ya se mencionan reiteradamente las viejas penalidades que habilita la ley de abastecimiento. Si por esa vía se logra atenuar la carestía, quedarán definitivamente desmentidas todas las tonterías neoliberales sobre la ineficacia de la regulación y el imprescindible reinado del mercado.
Como la retracción de la economía no debuta en Argentina con la pandemia, la contención de la recesión es otra prioridad. El terceraño consecutivo de caída del PBI generará serios efectos acumulativos. Durante el primer trimestre, la reactivación estuvo tan ausente como la promesa de “poner plata en los bolsillos de la gente”. Por un lado, las mejoras otorgadas a los sectores más humildes tuvieron poco impacto sobre la demanda y quedaron parcialmente licuadas por la inflación. Por otra parte, el recorte de las jubilaciones, la ausencia de mejoras salariales y la continuidad de altos impuestos a los trabajadores impidió la reanimación del consumo.
El nuevo escenario disipa todas las expectativas en el esperado repunte. Ya no se discute cuándo arrancará la economía, sino cómo evitar un mayor declive. Las primeras estimaciones auguran un retroceso adicional del 1% del PBI y un incremento de dos o tres puntos de la pobreza.
El gobierno ha buscado transitar un camino intermedio entre el ajuste y la redistribución. Por eso osciló entre las mejoras y el torniquete. Otorgó alivios sociales (aumentos de la asignación universal y las jubilaciones mínimas, reducción de tasas de interés, congelamiento de tarifas, limitaciones al despido, tarjeta alimentaria). Pero también avasalló derechos, como la suspensión de la movilidad de las jubilaciones y el intento de eliminar la cláusula gatillo de incremento de los salarios por la inflación.
Habrá que ver si esa línea -igualmente distanciada del ajuste y la redistribución- se mantiene en el nuevo escenario. Por ahora se anunció otro incremento de la AUH y de los fondos para el programa contra el hambre. Se dispusieron sumas de emergencia para los jubilados que perciben ingresos bajos y se otorgaron licencias a los trabajadores con hijos escolarizados.
También se prohibió el corte de todos los servicios y se impuso la postergación forzada del pago de las facturas. Pero al mismo tiempo, las exenciones a las contribuciones patronales y a los gravámenes de las empresas, no fueron extendidas al impuesto a las ganancias que tributan los trabajadores.
Los problemas más urgentes se localizan en la masa de trabajadores precarizados y cuentapropistas, que necesitan comer durante la cuarentena. Dependen de un sustento diario obtenido en las calles y en las actividades informales. Los anuncios de un auxilio adicional apuntan a ese tercio de la población, diferenciado tanto de los trabajadores formales como de los asistidos por el estado. Allí se concentran las mayores necesidades del momento.

RECONVERSIONES CON HISTORIA

Las medidas en curso mantienen cierto hilo conductor con el programa económico inicial, pero alterando su contenido. Ahora predomina un propósito keynesiano de utilizar gasto público, para impedir que la recesión se transforme en depresión. Con ese propósito se reintroducen los mecanismos de subsidio a las empresas implementados durante la crisis del 2008-09 (Repro). En ese momento se sostuvo la demanda interna con los recursos del Fondo de Garantía del sistema previsional. Ahora esos resguardos son mínimos y las necesidades de inversión en salud pública son gigantescas.
Aún se desconoce cómo distribuirá el gobierno las erogaciones entre compensaciones a los empresarios y auxilios a los trabajadores. Seguramente intentará mantener cierto equilibrio entre las subvenciones a los capitalistas, el sostén de los ingresos populares y el mantenimiento de la obra pública.
Pero su diseño social previo perdió vigencia. En el debut del primer trimestre Fernández intentó acordar con los acreedores, incrementar la presión impositiva sobre clase dominante y conceder mejoras al sector popular más postergado. Pretendió afianzar una alianza con el FMI, en desmedro de los fondos de inversión y aumentar el cobro de impuestos a la cúpula agro-sojera, favoreciendo a la industria y los bancos. También intentó apuntalar a los más empobrecidos, sin mejorar el salario y sin aliviar la situación de la clase media. Ese complejo armazón ahora trastabilla.
El torbellino en curso impactará también sobre una estructura industrial, que ha quedado segmentada entre un sector paralizado y otro que debe operar a pleno. Los shoppings, el turismo y los restaurantes han quedado inmovilizados, pero el abastecimiento de alimentos, remedios y energía deben multiplicarse. Esa remodelación trastoca el proyecto precedente. El esquema neodesarrollista que ambicionaba Kulfas, para resucitar el actual modelo industrial con mayores exportaciones de soja y petróleo, ha quedado muy afectado.
Las drásticas reestructuraciones que se estudian en otros países podrían resultar aleccionadoras. En Inglaterra se evalúa la reconversión de la industria automotriz para fabricar respiradores. Es la típica mutación de las situaciones de emergencia que debería considerar el país. Todo indica que será muy difícil volver a producir y vender un millón de vehículos.
Algunos cataclismos internacionales brindaron en el pasado cierto respiro a los países que bordean la economía mundial. Esas adversidades indujeron en nuestro país procesos de industrialización y ampliación del mercado interno. Facilitaron la sustitución de importaciones que definió el modelo industrial vigente durante varias décadas. La percepción que “Argentina se agranda en las malas” proviene de esas experiencias. Habrá que ver si el temblor en curso precipita transformaciones del mismo alcance.

GOBIERNO, CONDUCTAS Y VALORES

La presidencia efectiva de Fernández comienza con la crisis actual. Es muy probable que su manejo de esta conmoción, defina la tónica conservadora o progresista del quinto peronismo. Alberto proviene del primer sector, pero se amoldó al segundo por el preeminente liderazgo de Cristina durante la sucesión de Macri. La redefinición en curso hace tambalear el proyecto inicial de repetir el equilibrio de Néstor, incorporando ingredientes de institucionalidad alfonsinista a la coalición gobernante.
Fernández ha logrado afianzar la hegemonía que introdujo al inicio de su gestión. Ya consiguió el acompañamiento de la oposición, la tregua de los medios de comunicación y el continuado sostén del electorado que apostó a superar la pesadilla del macrismo. Cuenta además con la aprobación de los científicos y sanitaristas, que ejercen una influencia mayúscula en la coyuntura actual.
La derecha ha perdido gravitación. Sus exponentes están callados o subordinados a las decisiones del gobierno. Nadie se acuerda de Carrió o Michetti y los medios conservadores prefieren esconder las delirantes declaraciones de Macri (“el populismo es peor que el coronavirus”). El fracaso del lock out de la patronal agraria confirma ese declive.
Pero este escenario puede cambiar abruptamente si las respuestas a la crisis son inadecuadas. La población evalúa con enorme atención la gestión oficial del vendaval económico y sanitario. El cumplimiento de la cuarentena será el primer test. No funciona por simple obligatoriedad y supone una gran disposición solidaria para proteger a los grupos de mayor riesgo.
El uso de la fuerza pública para garantizar el aislamiento social es muy problemático. Entraña peligros de militarización y utilización reaccionaria de la emergencia. Basta observar cómo Piñera utiliza el pretexto del coronavirus para aplastar la rebelión popular en Chile. También en Bolivia la dictadura aprovecha la pandemia para eternizar su usurpación.
Para los movimientos populares el nuevo escenario es muy contradictorio. Por una vía impensada ha sido desactivada la movilización callejera, en plena preparación manifestaciones feministas y marchas del 24 de marzo. Nadie imaginó semejante desarme de la protesta por el impacto de un virus. Es un efecto muy chocante para un país que procesa su vida política en la calle.
Pero también emergen elementos positivos en un escenario que despierta la conciencia colectiva. Ya se percibe cómo la población premia la solidaridad, la hermandad o el auxilio de los semejantes y de qué forma condena el egoísmo y el individualismo. El ejemplo de solidaridad internacionalista de los médicos cubanos recobra significado y se ensancha el auditorio para las críticas al capitalismo. Hay nuevas coordenadas para actuar en un contexto inédito.

Claudio Katz. Economista, investigador del CONICET, profesor de la UBA, miembro del EDI. Su página web es: www.lahaine.org/katz

El capital infectado por el virus



Cuestiones de economía.

Hace un par de días el ministro Guzmán sacó la caja de herramientas que le dieron en Columbia, y dictaminó que Argentina atraviesa una “crisis de demanda”. Lo mismo opinan muchos en el panel de la izquierda, como el geógrafo David Harvey, con referencia al hundimiento de la economía internacional. Coinciden con esto en el campo ideológico adverso – por ejemplo, varios columnistas del Financial Times.
El razonamiento de todos estos analistas es el que sigue: la cuarentena pulverizó el consumo personal, a pesar de los esfuerzos del gobierno por mantener abiertas las fábricas, sin distinguir si su producción es imprescindible o no, ni tampoco si esto no constituye en forma abierta una violación de los decretos que han ordenado el "aislamiento social”. La caída de la demanda es atribuida, entonces, a los cierres de bares, restaurantes, shoppings, ausencia de trabajos por cuenta propia, o el retroceso de la circulación cotidiana. Un factor de mayor envergadura es el desplome de los créditos al consumo, que son los responsables de la mitad de la demanda final, por ejemplo, en Estados Unidos. Las conclusiones que se desprenden de esta caracterización de la crisis económica, es que la solución parte de una inyección de dinero primario, como se llama al que emiten los bancos centrales, no solamente para financiar el déficit fiscal sino a las propias compañías. A esto apuntarían los pagos por única vez a changuistas y monotributistas, o los subsidios a las Pymes – detrás de las cuales se disimulan grandes empresas.
Que Argentina atraviese una insuficiencia de demanda personal, no luce como una interpretación correcta ni para explicar el derrumbe económico que se desató desde abril de 2018. Es cierto, por supuesto, que los salarios, las jubilaciones y otros ingresos fueron directamente diezmados, y que el consumo no dejó de retroceder mes a mes. Pero ello obedeció a una fuerte salida de los capitales que con anterioridad habían ‘bombeado’ la demanda, a la creación de moneda artificial por medio de Lebacs y Leliqs, que redituaban intereses demenciales, y a las consiguientes devaluaciones del peso y a la inflación de precios. Cualquier intento de reactivar la economía financiando el consumo por diversos medios, habría acentuado la fuga de capitales y la inflación. Para recuperar los niveles de consumo era necesario, antes, cerrar el grifo del vaciamiento de las reservas y la hemorragia que representa el pago de los intereses y las amortizaciones de capital de la deuda pública financiera. Convertir un colapso de sistema en “una crisis de demanda”, es recurrir a los eufemismos. Guzmán y los Fernández tampoco creen en su propio diagnóstico, pues siguen gatillando el pago de intereses de la deuda, capitalizan esos intereses en la deuda que ‘reperfilan’ y pagan a los acreedores que no aceptan los “reperfilamientos”. El cepo cambiario mitiga un poco el desangre, pero los mercados paralelos terminan llegando, por diversos vericuetos, a las reservas del Banco Central. El fondo que contrató a Macri para gobernar Argentina, Templeton, monopoliza la negociación de la deuda nacional.
La crisis internacional corriente es tratada por estados y gobiernos como una crisis capitalista clásica: defaults empresarios, despidos masivos, caídas de inversión y del consumo. Se anticipa que el producto bruto caerá, en Estados Unidos, un 20%, en el trimestre abril-junio, cuando la desocupación crecerá en el mismo porcentaje. Las cosas pintarán diferentes, asegura Trump, enseguida después, o sea en las vísperas de las elecciones estadounidenses, como consecuencia de la inyección de cuatro billones de dólares, que hará, en última instancia, la Reserva Federal. Se frenaría de este modo la posibilidad de una crisis bancaria derivada de una crisis industrial, en contraste con 2017/9, cuando el derrumbe de los bancos llevó a un gigantesco parate económico internacional.
A diferencia de una depresión económica ‘normal’, para revertir la situación hay que pedirle permiso al Covid-19. La pandemia ha provocado una crisis de la fuerza de trabajo del capital, interrupciones indefinidas de la producción y rupturas de las cadenas de producción, especialmente cuando recorren varios países. Con la perspectiva de cuarentenas crecientes, la salida que se pergeña es improcedente, porque para mover la producción no alcanza el dinero – hay que movilizar la fuerza de trabajo. El dinero no crea valor – depende de la fuerza de trabajo. El descuido de la fuerza de trabajo, por parte del capital, no es novedad – las condiciones y métodos de trabajo son cada vez peores. No sorprende que el Big Pharma no se haya interesado en la prevención, que no es redituable en lo inmediato, cuando sí lo es la demanda infinita que crea una pandemia.
En estas condiciones, los rescates a los capitales super-endeudados o en default, no irán a la producción sino al dinero, o sea al oro. Para salir de una crisis es necesario, en primer lugar, un cambio en la tendencia de la tasa de ganancia, no un aumento artificial de la demanda (monetario). Al precipitar la crisis actual, la pandemia forzó al capital a reconocer que la tasa de beneficio venía cayendo, como se traducía en el retroceso de la inversión y de la productividad. Recuperar una tasa ascendente requerirá cambios de primera magnitud en la economía mundial – más guerras comerciales y no comerciales. En el caso que nos atañe ahora será necesario restablecer las condiciones para contratar mano de obra, que es confinada a una cuarentena y que sufre despidos masivos como consecuencia de ello. La crisis de demanda, de nuevo, no pasa de una etiqueta; están en quiebra las relaciones capitalistas, que no se reestructurarán por inyecciones monetarias.
En las vísperas del estallido de la pandemia, la proximidad de una crisis capitalista había provocado una huida de todo lo que no fuera dinero contante, incluso por parte de los poseedores de oro. Estallaba una crisis de liquidez, que es el primer paso del gran desplome, porque nadie quería prestar a nadie. Ahora la huida de activos y bonos de deuda corporativa, así como de la moneda fiduciaria, se ha acentuado, lo que provoca una fuerte demanda de oro – cuyo precio comienza a subir a ritmo mayor. El efecto de la pandemia sobre la fuerza de trabajo provoca, al final de la rueda, también una crisis de demanda, como un efecto residual. Pero se trata, de nuevo, de un eufemismo – el sistema capitalista en su conjunto enfrenta un desplome. De aquí el comienzo de las crisis políticas – y de las huelgas. El gobierno que pretendía producir “cambios de régimen” contra sus rivales, nos referimos a Trump, podrá darse el lujo de importarlos a su propio país.
La clase obrera enfrenta un desafío cualitativo: el capital le ofrece un régimen de trabajo que, además de la insalubridad, el cáncer, el agotamiento físico e intelectual, incluye la muerte. El cuento de la ‘demanda insuficiente’ es una distracción ideológica, de parte de quienes, como el kirchnerismo en particular, no tienen salidas, y encima las quiere compatibilizar con un acuerdo con Templeton y el FMI.
Es la hora de un plan de acción internacional y una lucha política por una salida obrera y socialista.

Jorge Altamira
26/03/2020

«La verdadera enfermedad es el sistema capitalista en su fase imperialista»

Entrevista a Carlos Ghioldi, Secretario Gremial de la CTA (T) de Rosario y La Toma

M.H.: No se enojen con Estela Carlotto, Macri dijo “El populismo es peor que el Coronavirus”, Estela dijo “Con el gobierno anterior no sé cuántos hubiéramos muerto”.
C.G.: Nunca es bueno hacer comentarios contra fácticos “qué hubiera sido si…”. Pero sí se puede saber que Bolsonaro y Trump que se inscriben dentro de la misma ideología de Macri, en estos momentos están llevando la situación de sus países a un desastre. Entonces no hace falta ser muy astuto para darse cuenta que los fundamentalistas de las posturas pro mercado y que han actuado destruyendo incluso la limitada salud pública que nos ofrece el actual sistema, nos estarían llevando a una situación mucho más grave. Es lo que pasa en Brasil y en EE UU.
Primero que nada yo no soy médico ni especialista en nada que tenga que ver con salud, entonces partimos de que lo que se nos está planteando es así. Yo no soy quién para cuestionar las medidas de sanidad que las autoridades sanitarias a nivel mundial recomiendan. Nosotros recomendamos acatar las medidas de aislamiento social y cuarentena que nos dicen que son las más eficientes para combatir esta cuestión. No soy quién para discutirla, ni para llamar a desacatarla, por lo tanto, creemos que primero hay que acatar esta circunstancia.
Ahora bien, el marco que nos lleva a analizar esto es que la verdadera enfermedad es el sistema capitalista en su fase imperialista, que ha llevado a millones de seres humanos a una situación dramática, de exclusión, miseria, hambre, enfermedades, de falta de elementos fundamentales para la salud. Porque en cuarentena puede quedarse alguien que cobra un sueldo, que tiene una habitación para quedarse, pero millones de personas no la tienen, o viven hacinados en condiciones de precariedad inmensas y quedarse en su casa implica no comer.
Entonces la pústula, y lo llamamos así porque es lo que se ve de una herida purulenta pero no lo que hay abajo. Que hoy se exprese en el Covid19 es una gota que rebalsa un recipiente largamente acumulado de la peste que realmente nos aqueja que es el sistema capitalista en su fase imperialista.
Ese es el gran tema que tenemos que ver. No puede ser que el mundo siga luego de esta pandemia como vino hasta este momento. No puede ser que un puñado de tipos esté engordando su capital y su patrimonio en estos momentos en que millones de personas nos estamos debatiendo entre seguir viviendo o no. Creemos que es impostergable la discusión que va a venir luego de este parate al que llevan las medidas sanitarias, que implican frenar la actividad económica. Es inevitable que la discusión va a ser quién paga esta crisis económica a la que nos están llevando y nosotros decimos claramente que la tienen que pagar esos expropiadores mundiales, la lista de millonarios de Forbes del planeta, el capital financiero que está engordando sus ganancias en cada uno de estos movimientos, el gran capital industrial concentrado.
A nosotros nos parece que esa es la gran discusión que tiene que empezar en esta época de reclusión obligada. Millones no pueden recluirse, millones serán infectados, miles ya están infectándose de otras enfermedades, y la peste es el sistema capitalista en su fase imperialista. Ese es el planteo de las organizaciones populares, poner el centro en una salida que se basa en la solidaridad de los sectores del pueblo.

El mercado no te cuida, te enferma

Nosotros decimos en nuestra declaración que el mercado no te cuida, que el mercado te enferma. Lo único que te cuida es el pueblo y los trabajadores actuando solidariamente y eso es algo que debemos poner en agenda en esta temporada terrible que nos está tocando vivir, que a veces parece una película de ciencia ficción.
Tanto hemos leído o visto con esta idea de cuarentena obligada para todo el mundo, pero creemos que esto es lo que hay que aprovechar y discutir y poner en el centro. El mundo no puede ser y no debemos permitir que siga como antes de esta pandemia.
M.H.: ¿Cómo vive esta situación la ciudad de Rosario? En mi informe político sindical semanal me refería a la situación de los auxiliares de educación, del reclamo de movimientos sociales.
C.G.: Hubo reclamos, nosotros desde la CTA de los Trabajadores presentamos el pedido de una línea de denuncia por algunas avivadas empresariales que siguen produciéndose pero que algunas fueron detectadas a tiempo. Empresas que mandaban el certificado diciendo que eran empleados de alimentación y en realidad son de producción, hay fábricas metalúrgicas que autorizaban trabajadores como supuestos trabajadores de seguridad y los mandaban a hacer otros trabajos. Para que este tipo de denuncias puedan ser llevadas adelante por los trabajadores y sindicatos.
Hay una situación dramática porque hay miles de personas, alrededor de un 30/40% de la población que vive de ingresos informales y que va a haber que inyectar dinero. Está muy bien que el gobierno apunte para el lado de inyectar subsidios pero eso no va a ser suficiente, hay que profundizar mucho más ese curso.
Rosario está como supongo que estará Buenos Aires con muy poco movimiento, menos que un domingo. Ahora, si esto se pospone en el tiempo no hace falta ser muy astuto para darse cuenta que vamos a una situación muy delicada, muy fuerte y terrible para los sectores populares que somos los que siempre padecemos mucho más estas cosas. No lo va a padecer el CEO de Vicentín que se fue a pasar la cuarentena, después de vaciar el Banco Nación, en su yate acá frente a las costas de Rosario. No lo va a pasar igual que mis vecinos de Barrio Tablada, muchos de ellos cartoneros o vendedores ambulantes.
M.H.: Te agrego que lo paró la Prefectura pero no lo detuvo.
C.G.: Claro. Eso siempre va a ser así porque tenemos fuerzas de seguridad que son de clase. Van a darle un “chas chas” en el hombrito al señor burgués que rompe la cuarentena y al pobre pibe que está tratando de ganarse el mango, o violando la norma, igualmente de repudiable la actitud, pero a él le van a tirar una bala de goma. Eso es inevitable. Va a ser así, porque es un sistema de clase, un sistema en que los jueces atienden a un señor como Vicentín y lo hacen pasar por una puerta y salir por otra y solo a algunos los hace quedarse en prisión preventiva o domiciliaria. No hay posibilidad de que sea distinto esto.
Por eso es muy importante cumplir las medidas sanitarias. Porque es colectivamente, ayudar a todos, no salir a desparramar el virus. Los países europeos que se tomaron a la ligera estas normas terminaron en una situación de mucha preocupación. Están aterrorizados diría yo.
M.H.: Estás aprovechando para hacer un poco de música me decías y te pregunto por “Acha Acha cucaracha, Cucaño ataca otra vez”.
C.G.: Es una hermosa película de un talentoso realizador cinematográfico, documentalista, Mario Piazza, que rescató la historia de un grupo de arte en la época de la dictadura, integrado por adolescentes, teníamos entre 16 y 18 años y que hicimos, tal vez impulsados por una inconsciencia muy grande y una enorme osadía, una serie de expresiones artísticas que la verdad, eran bastante contestatarias frente a las normas ético culturales que imponía la dictadura cívico militar.
Entonces, la historia y el tiempo han querido que esto fuera ubicado entre una de las expresiones de la resistencia cultural del pueblo y los trabajadores durante la dictadura y Mario Piazza contó esa historia en un hermoso film que recomendamos ver.
Sirve para contar lo que los jóvenes, muy jóvenes que no teníamos militancia abierta, porque no habíamos vivido la democracia de 1973-6 intentábamos hacer para sentirnos un poco menos muertos en ese contexto terrible de la dictadura.
M.H.: He visto que se puede acceder a verla gratuitamente.
C.G.: Sí. La liberó Vimeo con la aprobación del director para que pueda ser vista durante la cuarentena. Pueden entrar al sitio de Facebook “Acha Acha cucaracha, Cucaño ataca otra vez” y encuentran el enlace en Vimeo.
M.H.: Ya que estamos en este tema de los jóvenes y la cultura durante la dictadura. Ayer fue 24 de marzo.
C.G.: Como dijeron las Madres, que estemos circunstancialmente en nuestras casas no quiere decir que no tengamos memoria y no sigamos exigiendo el juicio y castigo a los responsables ideólogos y financistas del golpe de 1976.
Que no fue un golpe al azar, no fue un rayo en un cielo despejado, no fue la acción de dos o tres alcohólicos comandantes, más allá de que fueran alcohólicos, sino que fue un plan regional implementado en Uruguay y en Chile en 1973, en Bolivia en 1969, en Brasil en 1964. Un plan regional de imponer regímenes que cambiaron la matriz productiva en aquel momento, que cambiaron las características de las relaciones de producción que se imponían en la zona y fundamentalmente que le pusieron un régimen de terrorismo de Estado a un movimiento popular que venía reclamando y avanzando sostenidamente.
Ese golpe no fue hecho por individuos circunstanciales sino que fue un plan regional del poder económico concentrado que se hizo más concentrado, que inició las políticas de flexibilidad laboral, que inició la concentración que hoy conocemos. El mismo poder económico que dirige desde el sistema capitalista imperialista los reaccionarios que hoy hacen dinero con la pandemia. Ese mismo sector es el que hizo el golpe y es el que exigimos que también sea juzgado junto con los criminales que ejecutaron el terrorismo de Estado.

Mario Hernandez

Política anticapitalista para la cuarentena



Cuando trato de interpretar, comprender y analizar el flujo diario de noticias, tiendo a ubicar lo que sucede en el contexto de dos modelos distintos pero entrelazados de cómo funciona el capitalismo. El primer nivel es un mapeo de las contradicciones internas de la circulación y acumulación de capital, a medida que el valor del dinero fluye en busca de ganancias a través de los diferentes «momentos» (como los llama Marx) de producción, realización (consumo), distribución y reinversión. Este es un modelo de la economía capitalista como una espiral de expansión y crecimiento sin fin. Se vuelve bastante complicado a medida que se desarrolla a través de, por ejemplo, las rivalidades geopolíticas, desarrollos geográficos desiguales, instituciones financieras, políticas estatales, reconfiguraciones tecnológicas y la red siempre cambiante de divisiones del trabajo y de las relaciones sociales. Sin embargo, imagino que este modelo está integrado en un contexto más amplio de reproducción social (en hogares y comunidades), en una relación metabólica en curso y en constante evolución con la naturaleza (incluida la «segunda naturaleza» de la urbanización y el entorno construido) y todo tipo de formaciones culturales, científicas (basadas en el conocimiento), religiosas y contingentes que las poblaciones humanas suelen crear en el espacio y el tiempo.
Estos últimos «momentos» incorporan la expresión activa de los deseos, necesidades y deseos humanos, la pasión por el conocimiento y el significado y la búsqueda evolutiva del cumplimiento en un contexto de cambios en los arreglos institucionales, disputas políticas, confrontaciones ideológicas, pérdidas, derrotas, frustraciones y alienaciones. Este segundo modelo constituye, por así decirlo, mi comprensión funcional del capitalismo global como una formación social distintiva, mientras que el primero trata sobre las contradicciones dentro del motor económico que impulsa esta formación social a lo largo de ciertas vías de su evolución histórica y geográfica.
Cuando el 26 de enero de 2020 leí por primera vez sobre un virus Corona que estaba ganando terreno en China, inmediatamente pensé en las repercusiones para la dinámica global de la acumulación de capital. Sabía por mis estudios del modelo económico que los bloqueos y las interrupciones en la continuidad del flujo de capital darían lugar a recesiones y que si las recesiones se generalizaban y eran profundas, eso señalaría el inicio de las crisis. También sabía muy bien que China es la segunda economía más grande del mundo y que había rescatado efectivamente al capitalismo global después de 2007/2008, por lo que cualquier golpe a la economía de China tendría graves consecuencias para una economía global que estaba ya en una condición lamentable.
Me parecía que el modelo existente de acumulación de capital ya tenía muchos problemas. Se produjeron movimientos de protesta en casi todas partes (desde Santiago hasta Beirut), muchas de las cuales se centraron en el hecho de que el modelo económico dominante no funcionaba bien para la gran mayoría de la población. Este modelo neoliberal se basa cada vez más en el capital ficticio y en una vasta expansión en la oferta de dinero y la creación de deuda. Ya se enfrenta al problema de una demanda efectiva insuficiente para realizar la masa de valor que el capital es capaz de producir. Entonces, ¿cómo podría el modelo económico dominante, con su flacidez de legitimidad y delicada salud, absorber y sobrevivir los inevitables impactos de lo que podría convertirse en una pandemia? La respuesta depende en gran medida de cuánto tiempo podría durar y extenderse la interrupción, ya que, como señaló Marx, la recesión no ocurre porque las mercancías no pueden venderse sino porque no pueden venderse a tiempo.
Durante mucho tiempo he rechazado la idea de «naturaleza» como algo externo y separado de la cultura, la economía y la vida cotidiana. Tengo una visión más dialéctica y relacional de la relación metabólica con la naturaleza. El capital modifica las condiciones ambientales de su propia reproducción, pero lo hace en un contexto de consecuencias no deseadas (como el cambio climático) y en el contexto de fuerzas evolutivas autónomas e independientes que están modificando perpetuamente las condiciones ambientales.
Desde este punto de vista, no existe un desastre verdaderamente natural. Los virus mutan todo el tiempo para estar seguros. Pero las circunstancias en las que una mutación se vuelve potencialmente mortal dependen de las acciones humanas. Hay dos aspectos relevantes para esto. Primero, las condiciones ambientales favorables aumentan la probabilidad de mutaciones vigorosas. Por ejemplo, es plausible esperar que los sistemas de suministro de alimentos intensivos o caprichosos en los subtropicales húmedos puedan contribuir a esto. Tales sistemas existen en muchos lugares, incluida China al sur de Yangtse y el sudeste asiático. En segundo lugar, las condiciones que favorecen la transmisión rápida a través de los cuerpos del huésped varían mucho. Las poblaciones humanas de alta densidad parecerían un blanco huésped fácil. Es bien sabido que las epidemias de sarampión, por ejemplo, solo florecen en los centros de población urbana más grandes, pero desaparecen rápidamente en regiones escasamente pobladas. La forma en que los seres humanos interactúan entre sí, se mueven, se disciplinan u olvidan lavarse las manos afecta la forma en que se transmiten las enfermedades.
En los últimos tiempos, el SARS, la gripe aviar y porcina parece haber salido de China o del sudeste asiático. China también ha sufrido mucho de peste porcina en el último año, lo que implica la matanza masiva de cerdos y el aumento de los precios del cerdo. No digo todo esto para acusar a China. Hay muchos otros lugares donde los riesgos ambientales para la mutación viral y la difusión son altos. La gripe española de 1918 pudo haber salido de Kansas y África pudo haber incubado el VIH / SIDA y ciertamente inició el Nilo Occidental y el Ébola, mientras que el dengue parece florecer en América Latina. Pero los impactos económicos y demográficos de la propagación del virus dependen de las grietas y vulnerabilidades preexistentes en el modelo económico hegemónico.
No me sorprendió demasiado que COVID-19 se encontrara inicialmente en Wuhan (aunque no se sabe si se originó allí). Claramente, los efectos locales serán sustantivos y dado que este era un centro de producción serio, probablemente habría repercusiones económicas globales (aunque no tengamos idea aún de la magnitud). La gran pregunta es cómo podrá ocurrir el contagio y la difusión y cuánto durará (hasta que se pueda encontrar una vacuna). La experiencia anterior ha demostrado que una de las desventajas de la creciente globalización es la imposibilidad de detener una rápida difusión internacional de nuevas enfermedades. Vivimos en un mundo altamente conectado donde casi todos viajan. Las redes humanas para la difusión potencial son vastas y abiertas. El peligro (económico y demográfico) es que la interrupción durase un año o más.
Si bien hubo una recesión inmediata en los mercados bursátiles mundiales cuando surgieron las noticias iniciales, sorprendentemente fue seguida por una recuperación durante un mes o más cuando los mercados alcanzaron nuevos máximos. Las noticias parecían indicar que los negocios eran normales en todas partes, excepto en China. La creencia parecía ser que íbamos a experimentar una repetición del SARS que resultó ser bastante rápido, contenido y de bajo impacto global, a pesar de que tenía una alta tasa de mortalidad y creaba un pánico innecesario (en retrospectiva) en los mercados financieros. Cuando apareció COVID-19, una reacción dominante fue representarlo como una repetición de SARS que hacía que el pánico fuera redundante. El hecho de que la epidemia se desatara en China, que rápidamente y sin piedad se movió para contener sus impactos, también llevó al resto del mundo a tratar erróneamente el problema como algo que ocurre «allí» y, por lo tanto, fuera de la vista y la mente (acompañado de algunos problemas signos de xenofobia anti-china en ciertas partes del mundo).
El pico que el virus puso en la historia de crecimiento de China, que de otro modo fue triunfante, incluso fue recibido con alegría en ciertos círculos de la Administración Trump. Sin embargo, comenzaron a circular historias de interrupciones en las cadenas de producción mundiales que pasaron por Wuhan. Estas fueron en gran medida ignoradas o tratadas como problemas para determinadas líneas de productos o corporaciones (como Apple). Las recesiones se tomaron como locales y particulares, y no sistémicas. Los signos de caída de la demanda de los consumidores también se redujeron al mínimo, a pesar de que las corporaciones como McDonalds y Starbucks, que tenían grandes operaciones dentro del mercado interno chino, tuvieron que cerrar sus puertas allí por un tiempo. La superposición del Año Nuevo chino con el brote del virus enmascara los impactos durante todo enero. La complacencia de esta respuesta estaba fuera de lugar.
La noticia inicial de la propagación internacional del virus fue ocasional y episódica con un brote grave en Corea del Sur y algunos otros puntos críticos como Irán. Pero fue el brote italiano lo que provocó la primera reacción violenta. La caída del mercado de valores que comenzó a mediados de febrero osciló un poco, pero a mediados de marzo había provocado una caída neta de casi el 30 por ciento en los mercados de valores de todo el mundo. La escalada exponencial de las infecciones provocó una gama de respuestas a menudo incoherentes y a veces afectadas por el pánico. El presidente Trump realizó una imitación del rey Canute ante una potencial ola creciente de enfermedades y muertes. Algunas de las respuestas han sido extrañas. Hacer que la Reserva Federal redujera las tasas de interés frente a un virus parecía extraño, incluso cuando se reconoció que la medida tenía como objetivo aliviar los impactos del mercado en lugar de frenar el progreso del virus. Las autoridades públicas y los sistemas de atención de salud fueron atrapados en casi todas partes con poca mano. Cuarenta años de neoliberalismo en América del Norte y del Sur y Europa habían dejado al público totalmente expuesto y mal preparado para enfrentar una crisis de salud pública de este tipo, a pesar de que los temores previos de SARS y Ébola proporcionaron abundantes advertencias y lecciones convincentes sobre qué sería necesario hacer.
En muchas partes del supuesto mundo «civilizado», los gobiernos locales y las autoridades regionales / estatales, que invariablemente forman la primera línea de defensa en emergencias de salud pública y seguridad de este tipo, se vieron privados de fondos gracias a una política de austeridad diseñada para financiar recortes de impuestos y subsidios a las corporaciones y los ricos. La corporación Big Pharma tiene poco o ningún interés en la investigación no remunerativa sobre enfermedades infecciosas (como toda la clase de virus corona que se conocen desde la década de 1960). Big Pharma rara vez invierte en prevención. Tiene poco interés en invertir en prepararse para una crisis de salud pública. Le encanta diseñar curas. Cuanto más enfermos estamos, más ganan. La prevención no contribuye al valor del accionista. El modelo de negocios aplicado a la provisión de salud pública eliminó las capacidades de afrontamiento excedentes que serían necesarias en una emergencia. La prevención ni siquiera era un campo de trabajo lo suficientemente atractivo como para justificar las asociaciones público-privadas. El presidente Trump recortó el presupuesto del Centro para el Control de Enfermedades y disolvió el grupo de trabajo sobre pandemias en el Consejo de Seguridad Nacional con el mismo espíritu que recortó todos los fondos de investigación, incluido el cambio climático. Si quisiera ser antropomórfico y metafórico sobre esto, concluiría que COVID-19 es la venganza de la naturaleza por más de cuarenta años del maltrato grosero y abusivo de la naturaleza a manos de un extractivismo neoliberal violento y no regulado.
Quizás sea sintomático que los países menos neoliberales, China y Corea del Sur, Taiwán y Singapur, hayan superado la pandemia hasta ahora en mejor forma que Italia, aunque Irán desmentirá este argumento como un principio universal. Si bien hubo una gran cantidad de evidencia de que China manejó el SARS bastante mal con mucho disimulo inicial y negación, esta vez el presidente Xi rápidamente se movió para exigir transparencia tanto en la presentación de informes como en las pruebas, como lo hizo Corea del Sur. Aun así, en China se perdió un tiempo valioso (solo unos pocos días marcan la diferencia). Sin embargo, lo que fue notable en China fue el confinamiento de la epidemia a la provincia de Hubei con Wuhan en el centro. La epidemia no se trasladó a Beijing o al oeste o incluso más al sur. Las medidas tomadas para limitar el virus geográficamente fueron draconianas. Serían casi imposibles de replicar en otros lugares por razones políticas, económicas y culturales. Los informes que salen de China sugieren que los tratamientos y las políticas fueron todo menos cuidados. Además, China y Singapur desplegaron sus poderes de vigilancia personal a niveles invasivos y autoritarios. Pero parecen haber sido extremadamente efectivos en conjunto, aunque si las acciones contrarias se hubieran puesto en marcha solo unos días antes, los modelos sugieren que muchas muertes podrían haberse evitado. Esta es información importante: en cualquier proceso de crecimiento exponencial hay un punto de inflexión más allá del cual la masa en aumento se descontrola por completo (observe aquí, una vez más, la importancia de la masa en relación con la tasa). El hecho de que Trump haya perdido el tiempo durante tantas semanas aún puede resultar costoso en la vida humana.
Los efectos económicos ahora están fuera de control tanto en China como más allá. Las interrupciones que funcionan a través de las cadenas de valor de las corporaciones y en ciertos sectores resultaron ser más sistémicas y sustanciales de lo que se pensaba originalmente. El efecto a largo plazo puede ser acortar o diversificar las cadenas de suministro mientras se avanza hacia formas de producción menos intensivas en mano de obra (con enormes implicaciones para el empleo) y una mayor dependencia de los sistemas de producción artificial inteligente. La interrupción de las cadenas de producción implica despedir trabajadores, lo que disminuye la demanda final, mientras que la demanda de materias primas disminuye el consumo productivo. Estos impactos en el lado de la demanda, por derecho propio, habrían producido al menos una leve recesión.
Pero las mayores vulnerabilidades existen en otros lugares. Los modos de consumo que explotaron después de 2007-2008 se han estrellado con consecuencias devastadoras. Estos modos se basaron en reducir el tiempo de rotación del consumo lo más cerca posible a cero. La avalancha de inversiones en tales formas de consumismo tuvo que ver con la absorción máxima de volúmenes de capital exponencialmente crecientes en formas de consumo que tuvieron el menor tiempo de rotación posible. El turismo internacional fue emblemático. Las visitas internacionales aumentaron de 800 millones a 1.400 millones entre 2010 y 2018. Esta forma de consumismo instantáneo requirió inversiones masivas en infraestructura en aeropuertos y aerolíneas, hoteles y restaurantes, parques temáticos y eventos culturales, etc. Este sitio de acumulación de capital ahora está muerto en el agua, las aerolíneas están cerca de la bancarrota, los hoteles están vacíos y el desempleo masivo en las industrias hoteleras es inminente. Comer fuera no es una buena idea y los restaurantes y bares han estado cerrados en muchos lugares. Incluso para llevar parece arriesgado. El vasto ejército de trabajadores en la economía del concierto o en otras formas de trabajo precario está siendo despedido sin medios visibles de apoyo. Se cancelan eventos como festivales culturales, torneos de fútbol y baloncesto, conciertos, convenciones empresariales y profesionales e incluso reuniones políticas en torno a las elecciones. Estas formas «basadas en eventos» de consumismo experiencial se han cerrado. Los ingresos de los gobiernos locales se han derrumbado. Las universidades y las escuelas están cerrando.
Gran parte del modelo de vanguardia del consumismo capitalista contemporáneo es inoperable en las condiciones actuales. El impulso hacia lo que Andre Gorz describe como «consumismo compensatorio» (en el que se supone que los trabajadores alienados deben recuperar sus espíritus a través de un paquete de vacaciones en una playa tropical) fue frenado.
Pero las economías capitalistas contemporáneas son setenta u ochenta por ciento impulsadas por el consumo. La confianza y el sentimiento del consumidor en los últimos cuarenta años se han convertido en la clave para la movilización de una demanda efectiva y el capital se ha vuelto cada vez más impulsado por la demanda y las necesidades. Esta fuente de energía económica no ha estado sujeta a fluctuaciones salvajes (con algunas excepciones, como la erupción volcánica islandesa que bloqueó los vuelos transatlánticos durante un par de semanas). Pero COVID-19 está apuntalando no una fluctuación salvaje, sino un desplome omnipotente en el corazón de la forma de consumismo que domina en los países más ricos. La forma espiral de acumulación de capital sin fin se está derrumbando hacia adentro de una parte del mundo a otra. Lo único que puede salvarlo es un consumismo masivo inspirado por el gobierno e inspirado de la nada. Esto requerirá socializar toda la economía en los Estados Unidos, por ejemplo, sin llamarlo socialismo.
Existe el mito de que las enfermedades infecciosas no reconocen las barreras ni los límites sociales ni de otro tipo. Como en muchos de esos dichos, hay una cierta verdad en esto. En las epidemias de cólera del siglo XIX, la trascendencia de las barreras de clase fue lo suficientemente dramática como para engendrar el nacimiento de un movimiento de saneamiento público y salud (que se profesionalizó) y que ha perdurado hasta nuestros días. No siempre estuvo claro si este movimiento fue diseñado para proteger a todos o solo a las clases altas. Pero hoy, el diferencial de clase y los efectos e impactos sociales cuentan una historia diferente. Los impactos económicos y sociales se filtran a través de discriminaciones «habituales» que están en todas partes en evidencia. Para empezar, la fuerza laboral que se espera se encargue de los números crecientes de los enfermos tiene un sesgo de género, racial y étnico en la mayoría de las partes del mundo. También se refleja en la fuerza de trabajo de aeropuertos y otros sectores logísticos. Esta «nueva clase trabajadora» está a la vanguardia y lleva la peor parte por ser quienes tienenmayor riesgo de contraer el virus en el trabajo o por tener mayor probabilidades de ser despedido y quedarse sin recursos debido a la reducción económica impuesta por el virus. También existe, por ejemplo, la cuestión de quién puede trabajar en casa y quién no. Esto agudiza la división social al igual que la cuestión de quién puede permitirse aislarse o ponerse en cuarentena (con o sin paga) en caso de contacto o infección. Exactamente de la misma manera que aprendí a llamar a los terremotos de Nicaragua (1973) y Ciudad de México (1985) «terremotos de clase», el progreso de COVID-19 exhibe todas las características de una pandemia de clase, género y raza. Si bien los esfuerzos de mitigación están convenientemente encubiertos en la retórica de que «estamos todos juntos en esto», las prácticas, particularmente por parte de los gobiernos nacionales, sugieren motivaciones más siniestras. La clase trabajadora contemporánea en los Estados Unidos (compuesta principalmente por afroamericanos, latinas y mujeres asalariadas) se enfrenta a la fea elección de la contaminación en nombre del cuidado y el mantenimiento de las características clave de la provisión (como tiendas de abarrotes) abiertas o desempleo sin beneficios (tales como atención médica adecuada). El personal asalariado (como yo) trabaja desde su casa y recibe su salario igual que antes, mientras que los CEO vuelan en helicópteros y aviones privados.
La clase trabajadora en la mayoría de las partes del mundo ha sido socializada durante mucho tiempo para comportarse como buenos sujetos neoliberales (lo que significa culparse a sí mismos o a Dios si algo sale mal, pero nunca atreverse a sugerir que el capitalismo podría ser el problema). Pero incluso los “buenos sujetos neoliberales” pueden ver que hay algo mal con la forma en que se responde a esta pandemia.
La gran pregunta es ¿cuánto tiempo durará esto? Podría ser más de un año y cuanto más se prolongue, mayor será la devaluación, incluida la mano de obra. Los niveles de desempleo aumentarán casi con certeza a niveles comparables a la década de 1930 en ausencia de intervenciones estatales masivas que tendrán que ir en contra del grano neoliberal. Las ramificaciones inmediatas para la economía y para la vida social diaria son múltiples. Pero no todos son malos. En la medida en que el consumismo contemporáneo se estaba volviendo excesivo, estaba al borde de lo que Marx describió como «consumo excesivo y consumo insano, lo que significa, a su vez, lo monstruoso y lo extraño, la caída» del conjunto
La imprudencia de este consumo excesivo ha jugado un papel importante en la degradación ambiental. La cancelación de los vuelos de las aerolíneas y la reducción radical del transporte y el movimiento han tenido consecuencias positivas con respecto a las emisiones de gases de efecto invernadero. La calidad del aire en Wuhan ha mejorado mucho, al igual que en muchas ciudades de EE. UU. Los sitios de ecoturismo tendrán tiempo para recuperarse del pisoteo permanente. Los cisnes han regresado a los canales de Venecia. En la medida en que se reduzca el gusto por el consumo excesivo imprudente y sin sentido, podría haber algunos beneficios a largo plazo. Menos muertes en el Monte Everest podría ser algo bueno. Y aunque nadie lo dice en voz alta, el sesgo demográfico del virus puede terminar afectando a las pirámides de edad con efectos a largo plazo en las cargas de seguridad social y el futuro de la «industria del cuidado». La vida diaria se ralentizará y para algunas personas será una bendición. Las reglas sugeridas de distanciamiento social podrían, si la emergencia continúa lo suficiente, conducir a cambios culturales. La única forma de consumismo que seguramente se beneficiará es lo que yo llamo la economía «Netflix», que de todos modos atiende a los «adictos».
En el frente económico, las respuestas han estado condicionadas por la forma de éxodo del colapso de 2007-2008. Esto implicó una política monetaria ultra floja junto con el rescate de los bancos complementado por un aumento dramático en el consumo productivo por una expansión masiva de la inversión en infraestructura en China. Esto último no puede repetirse en la escala requerida. Los paquetes de rescate establecidos en 2008 se centraron en los bancos pero también implicaron la nacionalización de facto de General Motors. Tal vez sea significativo que ante el descontento de los trabajadores y la caída de la demanda del mercado, las tres grandes compañías automotrices de Detroit cierren al menos temporalmente. Si China no puede repetir su papel de 2007-8, entonces la carga de salir de la actual crisis económica ahora se traslada a los Estados Unidos y aquí está la ironía final: las únicas políticas que funcionarán, tanto económica como políticamente, son mucho más socialistas que todo lo que Bernie Sanders pueda proponer y estos programas de rescate tendrán que iniciarse bajo los auspicios de Donald Trump, presumiblemente bajo la máscara de Making America Great Again. Todos los republicanos que se opusieron visceralmente al rescate de 2008 tendrán que comer cuervo o desafiar a Donald Trump. Este último, si es sabio, cancelará las elecciones en caso de emergencia y declarará el origen de una presidencia imperial para salvar al capital y al mundo de los disturbios y la revolución.

David Harvey